Homilía – Domingo II de Navidad

PALABRA DE DIOS

Los padres y los abuelos, los educadores y los sacerdotes hemos tenido, sin duda, muchos momentos de indignación ante los hijos, los nietos, los alumnos, los jóvenes, que nos son próximos, porque hacen oídos sordos a nuestras consignas y orientaciones. Con su autosuficiencia o su indiferencia cierran sus oídos a las palabras de quienes les señalan el camino hacia una vida feliz y fecunda. O, tal vez, asienten afirmativamente bajando la cabeza y pronunciando palabras corteses, pero actúan después según sus impulsos primarios o siguiendo la conducta y las consignas del líder de la pandilla. Luego, cuando llegan a la edad madura se lamentan inútilmente: «Si hubiera hecho caso a mis padres, a mi hermano mayor, a mi educador…». Esto, exactamente, ha ocurrido, ocurre y, desgraciadamente, ocurrirá hasta el final de los tiempos con respecto a Jesús, el Maestro infalible e insuperable que nos comunica los mensajes del Padre. La proclamación de las lecturas bíblicas terminan con la exclamación: «Palabra de Dios», «Palabra del Señor». ¿Nos percatamos reflexivamente del don que esto supone? Jesús echa en cara a sus contemporáneos que, mientras la reina de Saba vino a aprender sabiduría de Salomón y los ninivitas se dejaron interpelar por Jonás, ellos hacen oídos sordos a su palabra liberadora, y eso «que aquí hay alguien que es más que Salomón y que Jonás» (Mt 12,41-42).

¡Qué trágico sería si al final de nuestra vida tuviéramos que lamentar desgarradoramente: ¿Por qué no le habré hecho caso al Señor cuando quería orientarme y dar sentido a mi vida con su palabra? Estamos a tiempo para no incurrir en un fracaso fatal.

Los mensajes de las lecturas proclamadas son claros y sublimes. Tanto el pasaje de la carta a los efesios como el del evangelio de Juan cantan la pasión de Dios por el hombre y su generosidad sin límites: «Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único, para que tenga vida eterna» (Jn 3,16), «aquel que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por nosotros, ¿cómo es posible que con él no nos lo regale todo?» (Rm 8,32). El Hijo ha amado tanto a los hombres que «no tiene reparo en llamarnos hermanos» (Hb 2,11), «acampó entre nosotros» (Jn 1,14), «se hizo en todo semejante a nosotros menos en el pecado» (Hb 4,15).

Juan, en el prólogo de su evangelio, pone, frente al amor desbordante de Dios, el contrapunto del rechazo por parte de su pueblo: «Vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron» (Jn 1,11). Esta afirmación resume la cerrazón general del pueblo elegido, con excepción del «pequeño resto» que acogió la Palabra. Pablo nos alerta para que no incurramos en la misma insensatez: «Todo esto sucedió para que nosotros aprendiéramos» (1Co 10,6). Y la carta a los hebreos advierte: «La Buena Noticia la hemos recibido nosotros lo mismo que aquéllos; pero a ellos no les sirvió de nada oír la Palabra, porque no se sumaron a los que habían oído» (Hb 4,2).

 

NUESTRA SITUACIÓN PRIVILEGIADA

El autor de la carta a los hebreos indica que nuestra sordera sería mucho más culpable que la de los judíos (Cf. Hb 2,23). Ellos tenían en contra para reconocerle como el enviado de Dios el hecho de su situación, sus circunstancias históricas, su vida. Su mesianismo no respondía a la imagen que les habían transmitido en las escuelas rabínicas ni a lo que se respiraba en la calle. Además, lo jefes religiosos lo anatematizaban como un hereje, como un iluminado seductor, un peligro grave para el pueblo. Me imagino el desconcierto interior que por ello sufrirían las gentes sencillas que no sabrían a qué atenerse: ¿Será un conspirador, un demente (Me 3,21; Jn 8,49) o será un verdadero profeta? San Juan se hace eco de la polémica que suscitaban sus actitudes y palabras: «Se originó división en la gente a propósito de él» (Jn 7,43).

Para la gran mayoría, que recibimos la transmisión de la fe en el regazo de nuestros padres, creer que Jesús es el Hijo de Dios, la Palabra infalible del Padre, resulta lo más obvio y, al mismo tiempo, lo más fácil; basta abrir un pequeño libro que podemos leer en cualquier momento y en cualquier parte, y con ello, tener el privilegio de escuchar al mismísimo Hijo de Dios, la Palabra definitiva, sobre los grandes valores de la vida y su sentido. «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn 14,6). «Señor, y ¿a quién vamos a acudir si sólo tú tienes palabras de vida eterna?» (Jn 6,68).

«En múltiples ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por su Hijo» (Hb 1,1-2). Albert Vidal comenta a propósito de esta cita: «Pero la Palabra quiso acercarse aún más para ser alimento y luz de los hombres de todos los tiempos: se hizo libro en la Biblia y pan en la Eucaristía». El largo camino de la Palabra desde la eternidad se ha remansado en forma de Biblia y de Eucaristía. Y Cristo confió esos dos tesoros a la Iglesia para que nos los reparta en «la doble mesa de la Sagrada Escritura y de la Eucaristía» (Dl/21). La Iglesia ha unido siempre las dos mesas, porque «sin Biblia, tendríamos en la Eucaristía una presencia muda; y sin eucaristía, tendríamos en la Biblia la palabra de un ausente» {Auzou). ¿En qué medida nos dejamos iluminar por Cristo-luz? (Jn 9,5).

«LES DA PODER DE SER HIJOS DE DIOS»

Juan testimonia que quienes acogen la luz de la Palabra y la hacen vida propia quedan constituidos hijos de Dios. «Mirad qué magnífico regalo nos ha hecho el Padre: llamarnos hijos de Dios, pues lo somos» (Un 3,1). «A cuantos la recibieron (la Palabra, la Luz, la Sabiduría) les da poder para ser hijos de Díos»(Jn 1,12).

Con su palabra Jesús nos entrega su espíritu, sus sentimientos y actitudes, su visión de la vida. «Tened los mismos sentimientos que Cristo Jesús» (Flp 2,5). Esos sentimientos, esa «una-nimidad» (una sola alma, etimológicamente), ese espíritu común lo crea la asimilación y puesta en práctica de su palabra. Pablo lo vivía en plenitud, por eso exclamaba: «Vivo yo, pero ya no soy yo; es Cristo quien vive en mí» (Gá 2,20). Si tenemos el espíritu de Jesús, espíritu de Hijo del Padre y de hermano de todos, entonces también somos hijos con él. Por eso dirá con una seguridad conmovedora: «Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen por obra» (Le 8,21). Los lazos que establecen los vínculos carnales no son nada en comparación de la comunión que crea el tener el mismo espíritu, que se asimila con la escucha de la Palabra.

Jesús es «la luz del mundo» (Jn 9,5). Pero tenemos el peligro de repetir el error de prescindir de la luz y andar a tientas en las tinieblas (Jn 3,19). Los cristianos de siempre tenemos el gran peligro de la rutina; las grandes afirmaciones de la Palabra del Señor, sus declaraciones de amor, pueden sonarnos a música conocida que no nos impacta. Acoger de verdad al Señor como Maestro es escuchar su palabra, procurar comprenderla, contemplarla, orarla y dejar que determine nuestra vida. Jesús previene contra posibles autoengaños: «No basta decirme: ¡Señor, Señor! para entrar en el Reino de Dios; no, hay que poner por obra la voluntad de mi Padre» (Mt 7,21).

El Espíritu, por medio de estas grávidas lecturas, nos impulsa a preguntarnos: ¿Qué hemos de hacer para ser cada día más dóciles a la Palabra de Dios? ¿Qué compromisos hemos de adoptar para que esa Palabra se convierta en transfusiones de vida y de paz? El Padre nos invita a comprender la suprema grandeza de ese don llamado Jesús y nos invita: «Éste es mi Hijo amado, mi predilecto. Escuchadlo».

Atilano Alaiz