Comentario – Día VI dentro de la Octava de Navidad

Lc 2, 36-40

Vivía entonces una profetisa, llamada Ana… Vivió con su marido siete años y habíase mantenido viuda hasta los ochenta y cuatro de su edad. No salía del templo, sirviendo en él a Dios día y noche, con ayunos y oraciones. 

Pobreza.

Ana pertenece al grupo de los pobres de Yahvé los «anawim». No posee nada. Tampoco es muy alegre su vida. La desgracia entró en su hogar. Si permanecía en su pobre casa, ¡la de una anciana! estaría sola todo el día. Entonces encuentra una solución: pasa la mayor parte del tiempo en el templo, rezando «día y noche». Es tanta su edad, y quizá sus fuerzas físicas muy disminuidas por alguna enfermedad… que nadie le pide ni le encarga nada… por lo demás podría sentirse inútil. PERO, cerca de Dios ha hallado una solución: hace de su vida una «ofrenda», «sirve a Dios», «ayuna»: toda su vida es una especie de sacrificio, de holocausto, que sube al cielo como el humo del incienso en la oración y ofrenda de la tarde.

Y entonces, su vida, su pobreza son de un valor infinito; con lo que salva al mundo. Esta mujer es más importante a los ojos de Dios que todos los doctores de la Ley y los sacerdotes que ejercen sus funciones oficiales en el Templo.

Ella proclamaba las alabanzas de Dios, y hablaba del niño a todos aquellos que esperaban la liberación de Israel. 

Esta es la esperanza de los pobres, la humilde espera de los pobres: ¡ser liberados! Ana no se repliega en sí misma y ni su «ayuno» ni su «oración» son para sí misma. Ella no ofrece su vida en vista a su salvación personal. Lo que verdaderamente aporta es la «esperanza de Israel».

¿Cargo sobre mí a toda la humanidad? ¿Aporto la esperanza y la espera al mundo? En mi plegaria ¿está presente la Iglesia, pueblo de Dios? ¿Comparto mi esperanza con la de la Iglesia misionera? Y Ana, la ancianita, no está inactiva, pasiva, resignada, sin recurso… hace lo que puede: «hablaba… del niño a todos los que esperaban la liberación…»

…»proclamaba las alabanzas de Dios». Probablemente, en los oficios del Templo cantaría los salmos con toda su alma y con su cascada voz. Y al salir, hablaría de Dios a todos los que querían escucharla.

«Cumplidas todas las cosas ordenadas por la ley del Señor, regresaron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El Niño iba creciendo y fortaleciéndose lleno de sabiduría, y la gracia de Dios, estaba en El». 

Es preciso contemplar e imaginar largamente todo esto.

Jesús, a los tres años… está creciendo. A los seis años… su conciencia despierta con la educación y los buenos consejos de su madre y de José… va a la escuela, aprende a leer… va progresando…

Y no obstante, es Dios. Es un misterio.

Jesús sigue todas las leyes naturales del crecimiento humano, crecimiento físico, crecimiento intelectual (progresa en ciencia). Pasa por la pubertad y la adolescencia.

«Siendo como es el Hijo», acepta el no conocer su misión más que progresivamente, ha aprendido lo que es obedecer» (Hebreos, 5, 8).

Ha tomado para sí mucha condición de hombres en todo.

Realiza su fidelidad al Padre en una obediencia absoluta a su condición humana frágil y limitada.

Pobreza de Ana, la vieja pobreza de Jerusalén…

Pobreza de Dios «aquel que se ha despojado»…

Noel Quesson
Evangelios 1