María, mujer contemplativa

1.-. «Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer» Gálatas 4,4. Madre de Dios, el fundamento de toda su grandeza. Madre que concibe y Madre que da a luz. Concebir y dar a luz. A Dios. Dios ha querido nacer de una mujer. Esa mujer tiene una relación no sólo biológica, sino metafísica y espiritual con Dios. Espiritual, porque según San Agustín, le ha concebido antes en la mente que en su seno. Y por eso es también nuestra Madre, la Madre de todos los hermanos de su Hijo. El Hijo de Dios ha querido asumir el proceso biológico humano como todos los hombres, nacer llorando, pasar largos ratos durmiendo, someterse a todas las necesidades fisiológicas, depender de su madre, como todos nosotros. Despertó al Niño Jesús el parloteo de los pastores. Unos le cogieron en brazos, otros le acariciaron, y El correspondía con una sonrisa. Ha querido ser acunado y recibir bellos y encendidos piropos, ser cubierto de besos mientras es alimentado a los pechos de su amorosa madre y ser mecido por ella, cariñosa y asombrada. ¿Cómo se va a acostumbrar a tener en sus brazos a Dios, a su hijo –Dios? ¿No nos ha pasado algo parecido a los que hemos visto nacer por primera vez en nuestras manos y por nuestras palabras personales y ministeriales de la consagración eucarística al Hijo de Dios?

2. San José también lo toma en sus brazos con naturalidad y con un cariño inmenso, agradeciendo, loco de alegría, la gran vocación y confianza privilegiada que ha recibido del Padre. José está fascinado con su pequeño, a la vez que también descolocado y como un intruso en la familia.

3. Pero no están siempre en adoración del Niño. Hay que hacer cosas, limpiar el establo, encender el fuego, preparar comida, lavar los pañales del Niño, atender con cariño a los pastores y a los vecinos que fueron llegando también poco a poco.

4. Y después, cuando todos se fueron, y se quedaron solos, María pensaba. María es una mujer contemplativa, como se deduce de las palabras del Evangelio: «María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» Lucas 2,16. Había escuchado a los pastores y ahora medita en su corazón. María sabe leer los signos de los tiempos y los signos de Dios. Cuando decimos que María meditaba estas cosas, no queremos decir que María daba vueltas en su mente a las imágenes de los pastores: si jóvenes, si viejos, si rudos, si muchos, si pocos, si altos, si bajos, si de pelo negro, o de ojos grandes, o pequeños, si habladores o graciosos, sino que se pierde en Dios.

5. María cumple la misión del hombre recordada por el Concilio: «Dios ha llamado y llama al hombre a adherirse a El con la total plenitud de su ser en la perpetua comunión de la incorruptible vida divina» (GS 18). La contemplación acerca intuitivamente a la divinidad, es integradora, afectiva, unificante. Cuando María contempla, admira, se asombra, alaba, se enternece, glorifica, agradece, se ofrece, se entrega. Sale de sí misma. Esto es el éxtasis que se abisma en la «profundidad de la riqueza, de la sabiduría y ciencia de Dios y comprende cuán insondables son sus pensamientos, y cuán indescifrables sus caminos» (Rm 11,33). Y se convierte en una mujer madura y grande, inalterable y equilibrada, viviendo en la atmósfera de paz que el mismo Dios le contagia. “Tiene en Dios clavada la mirada y el corazón” en frase de Pablo VI.

6. Sólo María calla. Dios habló a Abraham y a Moisés y envió a los Profetas para que hablaran a nuestros padres. Ahora, en esta etapa final nos ha hablado por su Hijo (Hb 1,1). Cuando nace el Hijo de Dios, hablan los ángeles, hablan los pastores y hablan los reyes venidos de Oriente. Hablarán Simeón y Ana en el templo. Sólo María calla, absorta en el misterio. Sólo la Madre guarda silencio. Sartre, el filósofo existencialista y ateo, después de haber leído el Diario de un cura rural, de Bernanos, en el que define que un pueblo de cristianos es un pueblo de esperanza, contra su fatal afirmación y triste que el mundo morirá de desesperanza, escribió prisionero de los alemanes para distraer a sus compañeros de campo en la Navidad de 1940, una pieza teatral titulada Bariona el hijo del trueno. De esta obra son las siguientes palabras:

“Como hoy es Navidad, tenéis derecho de exigir que os muestre el Portal de Belén. Aquí está. Aquí tenéis a la Virgen, y aquí a José, y aquí al Niño Jesús. El artista ha puesto todo su amor en este dibujo. Fijaos, los personajes tienen una vestimenta hermosa, pero están rígidos: se diría que son marionetas. Ciertamente no lo eran. Si fueseis como yo, que tengo los ojos cerrados…, pero escuchad: no tenéis más que cerrar los ojos para oírme y os diré cómo los veo dentro de mí: la Virgen está pálida y mira al Niño. Lo que habría que pintar en su cara es un ansioso estupor que solamente una vez ha aparecido en un rostro humano; porque el Cristo es su bebé, carne de su carne y fruto de sus entrañas. Durante nueve meses lo ha llevado en su seno, y ella le dará el pecho y su leche se convertirá en la sangre de Dios. Le estrecha entre sus brazos y le dice: ¡Mi pequeño! Pero, en otros momentos se queda sin habla y piensa, Dios está ahí. Y la atenaza un temor reverencial ante este Dios mudo, ante este niño que impone respeto. Hay también otros momentos, rápidos y difíciles, en los que siente que el Cristo es su hijo, su pequeño, y es Dios. Lo mira y piensa: Este Dios es hijo mío, esta carne divina es mi carne. Está hecha de mí. Tiene mis ojos, y la forma de su boca es la mía. Es Dios y se parece a mí. Y ninguna mujer, jamás, ha disfrutado así de su Dios, para ella sola. Un Dios muy pequeñito al que se puede estrechar entre los brazos y cubrir de besos. Un Dios calentito que sonríe y que respira, un Dios al que se puede tocar; y que vive. Esto es todo sobre Jesús y sobre la Virgen María. ¿Y José? A José, yo no lo pintaría. Sólo pondría una sombra en el portal y dos ojos brillantes, porque no sé qué decir de José, y porque José no sabe qué decir de sí mismo. Adora, y es feliz adorando, y se siente un poco como en el exilio. Me parece que sufre sin confesarlo, porque ve cuánto se parece a Dios la mujer a la que ama, y qué cerca está ya de Dios. Porque Dios ha estallado como una bomba en la intimidad de esta familia. José y María están separados para siempre por este incendio de luz. Y me imagino que toda la vida de José no será suficiente para aprender y aceptar”. Imponente.

7. José, imponiéndole al Niño el Nombre, al ser circuncidado, ejerció el derecho y el deber del padre. Así se lo había mandado el ángel: «Al cumplirse los ocho días, cuando tocaba circuncidar al Niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción» Lucas 2,21.

8. Ha comenzado el tiempo de la gracia que ha hecho posible el corazón de una mujer que ha conjugado las urgencias de su pueblo con las expectativas de la humanidad. Así ha nacido una gran esperanza que no se extingue con el fin de nuestra existencia sino que se renueva y florece para cada generación que intenta convertir nuestra historia de violencia y muerte en una historia de redención, que nace en la experiencia de cada día vivida con paciencia y con amor. Con esta alegría se alegraron los pastores ante el niño nacido en un pesebre. Su grito de júbilo causó admiración entre todos los que oyeron el anuncio de los pastores: Dios no se ha olvidado de nosotros y nos ha enviado un salvador. El Dios de la esperanza cumple sus promesas y renueva la posibilidad de transformar el mundo. Entre quienes los oían había muchos desesperados que habían acudido a su pueblo natal para asistir al empadronamiento forzoso impuesto por el Emperador. El censo no sólo pretendía llevar la estadística del número de habitantes, sino controlar la población en edad militar y cobrar los impuestos. En este ambiente enrarecido por la carga que imponían los invasores, se alza la voz de los ángeles a los pastores proclamando que Dios ha nacido para comunicarle una gran esperanza.

9. Junto a sus manifestaciones de júbilo está la alegría serena de la Madre del Señor. Mientras ellos celebraban con alborozo el nacimiento de un niño, ella meditaba el significado de todo lo que estaba ocurriendo en la manifestación de su hijo a los hombres. Esta misma actitud, mezcla de mirada comprensiva y de serena meditación, será una de las constantes con la que el evangelista nos presenta a María en todo el evangelio hasta Hechos de los Apóstoles, donde María encabeza en el Cenáculo a los discípulos de Jesús que inauguran, con la irrupción del Espíritu Santo, la nueva era de la humanidad.

10. Aprendamos esta lección del evangelio para combinar el gozo de los pastores y la actitud meditativa de María. La fiesta del nuevo año es una buena oportunidad para celebrar con júbilo la esperanza, pero también para evaluar la experiencia del año anterior. De modo que la felicidad de un día no provenga sólo del alboroto de las fiestas de fin de año, sino de una sabia disposición ante el año que viene. Cada día se nos abre un ramillete de posibilidades en el que podemos escoger los caminos hacia una más plena realización humana de nuestro servicio. La fiesta nos debe ayudar a cultivar una actitud sobria ante las novedades que cada época de la vida nos va presentando.

11. Madre del Redentor, Virgen fecunda, puerta del cielo siempre abierta, estrella del mar, ven a librar al pueblo que tropieza y quiere levantarse. Ante la admiración de cielo y tierra, engendraste a tu santo Creador, y permaneces siempre virgen. Recibe el saludo del ángel Gabriel, y ten piedad de nosotros pecadores.

Jesús Martí Ballester