Lo realmente real

El himno-prólogo del cuarto evangelio constituye un canto a lo realmente real, que es nombrado con el término Logos (luego traducido como Verbum en latín y Palabra en castellano, con lo que, en cierto sentido, perdió la fuerza de su significado original).

Se trata de un texto que intenta armonizar “mapas” diferentes para hacerlos “confluir” en la creencia en Jesús como “Hijo único” de Dios. Tal intento hace que, por momentos, el texto resulte confuso: si bien afirma que el “Logos” es distinto de Dios, añade, sin embargo, que es Dios. No resulta difícil entender que la fe cristiana leyera el texto en clave trinitaria.

Sin embargo, es posible una lectura previa, no teísta, en la que Logos sería el término para referirse a lo realmente real, Aquello que está más allá de todo nombre. En este sentido, sería un término equiparable a estos otros: Tao, Ser, Consciencia, Vida, Totalidad… Y todos ellos apuntan -no pueden hacer más- a Aquello que es la fuente y el “núcleo” último de todo lo real, Lo que es, Plenitud de vida, de luz y de amor.

El evangelio y la creencia cristiana atribuyen esta plenitud a Jesús, en lo que consistió la más grave herejía para el judaísmo: atribuir a un hombre naturaleza divina. Para el estricto monoteísmo judío resultaba algo aberrante.

De manera similar, el cristianismo considera herética la afirmación según la cual, lo que su creencia afirma sobre la persona de Jesús es válido para todos los seres humanos. Por decirlo de modo más preciso: en todos nosotros se cumple lo que este prólogo afirma de Jesús.

Como en él, nuestra identidad última es el Logos, Plenitud de vida, de luz y de amor. No decimos que nuestro “yo” sea todo eso -el yo es solo una “forma” temporal en la que se está experimentando el Logos-, sino que, más allá de la personalidad particular, nuestra identidad es una con todo lo que es. Solo nos queda caer en la cuenta y vivirnos desde ella.

Con lo cual, se hace manifiesta de modo inmediato una primera “moraleja”: siendo plenitud, ¿cómo nos vivimos habitualmente perdidos en la confusión y el sufrimiento que nacen de su “olvido”?

¿Qué es para mí lo realmente real?

Enrique Martínez Lozano

Dios acampa entre nosotros

El evangelio de san Juan trata de darnos a entender que la Palabra divina se ha hecho carne, para que sea nuestra luz. El Niño de Belén sale de la Palabra eterna del Padre. Una silueta de bebé parte al encuentro de la humanidad, con el corazón en la mano, dando desde el principio Amor y alegría a los que esperan su venida. La Palabra acampa en medio de nosotros envuelta en pañales de recién nacido. Se convierte en Buena Noticia para un mundo rodeado de frío y enemistad. Él viene a transformar el mundo, nuestro mundo. Abramos nuestra vida a ese pequeño que llega.

La sabiduría de Dios se ha manifestado a lo largo de los siglos y ha hablado a través de los profetas, anunciando la llegada del Mesías. En nuestro tiempo nos sigue hablando mediante la proclamación de las lecturas en la asamblea litúrgica para que reconozcamos la vocación celestial a la que nos llama Dios Padre.

La liturgia de hoy trata por una parte de mostrarnos que, con la venida de Cristo, la Sabiduría está plantada en medio de la Iglesia entendida como comunidad de creyentes y nuevo Israel. Y por otra parte hoy somos invitados para ver como la nueva encarnación de la sabiduría a través del Hijo, abre esta realidad a todos los hombres. Dios acampa de nuevo en la tierra para ofrecernos de forma universal su mensaje de salvación.

Dios ha querido ser don para el hombre, don de Sí mismo. Vemos en la primera lectura que, primeramente, es un don que se encarna bajo la forma de sabiduría. Es una sabiduría divina. Preexistía cerca de Dios y ha salido de su boca, y a la vez ha puesto su tienda en Jerusalén y tiene su lugar de reposo en Israel. Es decir, en medio de la sabiduría humana. Israel goza de una sabiduría superior, por la que Dios le revela sus designios y proyectos y le manifiesta el sentido de las cosas y de la historia. Pero, con el paso de los siglos, al llegar al momento culminante de toda la historia, se verifica un cambio singular: Dios no se da sólo como don espiritual (sabiduría), sino personal (encarnación del Verbo, de la Palabra de Dios). Ningún signo de admiración es capaz de expresar este don excepcional. Sólo el amor lo explica. Además, no sólo es un don personal, es también un don universal.

La grandeza y plenitud del don nos remiten a la grandeza y plenitud del Donante. Este mensaje de salvación en la segunda lectura manifiesta la iniciativa de Dios en todas las acciones: elección, liberación, redención, recapitulación, predestinación a ser hijos. Pero con una novedad. Todo esto acontece en Cristo, en quien tenemos la gracia y el perdón de los pecados. Y por medio de Él recibimos la herencia prometida. Lo que viene a decirnos es que Dios, desde siempre, nos ha contemplado a nosotros, desde su Hijo, dotándonos de la libertad, de la gracia, y del espíritu santo, para que a través de llevar una vida como la de Cristo, nosotros alcancemos también su gloria por mediación de este.

Dios que contempla la situación en la que se encuentra la humanidad, envía al hijo; Verbo Divino, para que nos inunde de claridad. La llegada de Jesús divide la historia en dos partes. Tinieblas antes de Jesús, luz después de él y nos coloca en una alternativa: ser hijos de la luz o hijos de las tinieblas.

San Juan intenta, sobre todo, destacar que Jesús de Nazaret, palabra de Dios hecha carne, no es una apariencia, una sombra o un fantasma. Ama, cura, perdona. Vive y sufre como un hombre entre los hombres. Todos pueden verlo y oírlo. Todos pueden creer en él, ver su luz, beber su agua, comer su pan, participar de su plenitud de gracia y de verdad. Y al mismo tiempo podemos rechazarlo como hicieron los judíos. “Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron”. Pero a los que creen en su nombre les da el poder de hacerse hijos de Dios.

Traducido en palabras cercanas o de mejor comprensión, podemos decir que el nacimiento del Hijo de Dios, inaugura el nacimiento de todos los hombres a una vida nueva, ya no somos espectadores de un acontecimiento ocurrido hace dos mil años, sino que hemos de vivirlo tomando parte en él y como miembros del cuerpo místico de la Iglesia.

Celebrar la Navidad quiere decir que no estamos viviendo en la tiniebla, porque Dios nos ha iluminado con su Palabra, con su Sabiduría, con su Verdad, con su nacimiento del hijo. Tengamos siempre presente a la Virgen María, ella respondió al anuncio del ángel con unas palabras que son todo un programa para nosotros: “hágase en mí según tu Palabra”. Y la Palabra de Dios, Cristo Jesús, la llenó con su gracia. También nosotros somos invitados, en esta Navidad, a dejarnos llenar de esa misma Palabra que Dios ha enviado a nuestras vidas. Si le aceptamos en verdad también sucederá para nosotros lo que el evangelio de hoy nos anunciaba: viviremos en la luz.

En este segundo domingo de Navidad pidamos al Niño Dios que seamos presencia de Dios para los demás. Que seamos gracia y verdad de Dios. Que seamos vida y luz para los demás. Que brillemos en las tinieblas del mundo, aunque el mundo no quiera vernos, ni recibirnos. Acojamos a Cristo, el Hijo de Dios y Hermano nuestro; que no se pueda decir de nosotros lo que Juan ha dicho de los judíos: “al mundo vino y el mundo no le conoció; vino a su casa y los suyos no le recibieron”. Por ello oremos hoy por todas las familias del mundo para que vivan con autenticidad y generosidad la riqueza del evangelio de Cristo.

Roberto Juárez

Un grito incómodo, que nos saca de nuestras zonas de confort

Iniciamos el año con un grito, el de Juan Bautista en el desierto: Preparad el camino al Señor. Un grito es siempre una provocación que reclama atención y pide pasar de la expectación la implicación, de la pasividad al posicionarnos. En este sentido desde este primer versículo, el texto nos recuerda que no podemos contemplar el evangelio nunca desde posturas asépticas o neutrales, sino desde una actitud previa: la del dejarnos afectar. El grito de Juan Bautista es una provocación que nos saca de nuestra zona de confort y nos lleva a preguntarnos cuales son hoy los desiertos donde se hace necesario suscitar condiciones de posibilidad para que la Palabra encarnada de Dios sea reconocida y acogida. Por eso preparar el camino al Señor hoy, en nuestros contextos, pasa por hacernos preguntas incómodas y no quedarnos como comunidades “en lo de siempre” y “con los y las de siempre”.

¿Cómo identificar las necesidades de salvación de las personas que nos rodean en el corazón de nuestros ambientes secularizados y en los que los lenguajes y símbolos religiosos han dejado de significar, pero no por ello exentos de búsqueda de sentido y de anhelo por otro mundo posible? ¿Como universalizar la espiritualidad? Durante siglos espiritualidad y las religiones han ido de la mano como en íntima simbiosis, como si fueran una sola cosa, pero no lo son. La espiritualidad trasciende las religiones y pertenece a toda la humanidad.

El grito de Juan Bautista podemos escucharlo también hoy como el de una humanidad herida que reclama espiritualidad más que religiones. En un mundo donde la mayor pandemia sigue siendo el hambre y la injusta distribución de la riqueza se hace más urgente que nunca una espiritualidad de pan y rosas. Pan para tener de qué vivir (justicia, derechos humanos y sociales: trabajo, vivienda, salud pública y universal, etc) y rosas para entender por qué vivir (reconocimiento, belleza, sentido, gratuidad, trascendencia, etc)

¿Cómo suscitar condiciones de posibilidad que nos lleven a descubrir y gustar que el ser humano y la creación toda estamos habitada por un misterio de Amor, Dignidad y Resiliencia, que no puede ser mercantilizado? ¿Qué nuevos lenguajes, gestos, signos, espacios de cuidados, hemos de poner en práctica para ello? ¿Como echarle paciencia, sabiduría y sensibilidad al acompañamiento de los procesos y a identificar en lo más hondo de los clamores de la humanidad y de la tierra y el clamor de Dios mismo en su encarnación?

Preparar el camino al Señor desde la Betania de nuestras vidas nos supone como a Juan Bautista encarnar nuestras convicciones y creencias en estilos de vida y relaciones que hagan creíble que la esperanza y el amor existen, se hacen históricos y más que respuestas estereotipadas suscitan preguntas y complicidades.

Pepa Torres Pérez

Dios entre nosotros

El evangelista Juan, al hablarnos de la encarnación del Hijo de Dios, no nos dice nada de todo ese mundo tan familiar de los pastores, el pesebre, los ángeles y el Niño Dios con María y José. Juan nos invita a adentrarnos en ese misterio desde otra hondura.

En Dios estaba la Palabra, la Fuerza de comunicarse que tiene Dios. En esa Palabra había vida y había luz. Esa Palabra puso en marcha la creación entera. Nosotros mismos somos fruto de esa Palabra misteriosa. Esa Palabra ahora se ha hecho carne y ha habitado entre nosotros.

A nosotros nos sigue pareciendo todo esto demasiado hermoso para ser cierto: un Dios hecho carne, identificado con nuestra debilidad, respirando nuestro aliento y sufriendo nuestros problemas. Por eso seguimos buscando a Dios arriba, en los cielos, cuando está abajo, en la tierra.

Una de las grandes contradicciones de los cristianos es confesar con entusiasmo la encarnación de Dios y olvidar luego que Cristo está en medio de nosotros. Dios ha bajado a lo profundo de nuestra existencia, y la vida nos sigue pareciendo vacía. Dios ha venido a habitar en el corazón humano, y sentimos un vacío interior insoportable. Dios ha venido a reinar entre nosotros, y parece estar totalmente ausente en nuestras relaciones. Dios ha asumido nuestra carne, y seguimos sin saber vivir dignamente lo carnal.

También entre nosotros se cumplen las palabras de Juan: «Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron». Dios busca acogida en nosotros, y nuestra ceguera cierra las puertas a Dios. Y, sin embargo, es posible abrir los ojos y contemplar al Hijo de Dios «lleno de gracia y de verdad». El que cree siempre ve algo. Ve la vida envuelta en gracia y en verdad. Tiene en sus ojos una luz para descubrir, en el fondo de la existencia, la verdad y la gracia de ese Dios que lo llena todo.

¿Estamos todavía ciegos? ¿Nos vemos solamente a nosotros? ¿Nos refleja la vida solo las pequeñas preocupaciones que llevamos en nuestro corazón? Dejemos que nuestro corazón se sienta penetrado por esa vida de Dios que también hoy quiere habitar en nosotros.

José Antonio Pagola

Dios es encarnación

Por dos veces en este corto tiempo de Navidad nos propone la liturgia este evangelio. Ni en dos ni en diez homilías agotaríamos el contenido de esta página de la Escritura; sin duda la más sublime que se haya escrito nunca. Es imposible de comprender desde la racionalidad. Cualquier explicación que demos, será descabellada, porque solo la vivencia interior nos puede aproximar a lo que quiera decir y nunca a comprender todo su sentido. Lo que intentamos a continuación es dar pautas para superar la tentación de explicarlo.

La frase “y Dios era la Palabra” podría traducirse por un ser divino era el proyecto, puesto que “Theos” no lleva artículo. El cambio de perspectiva, demuestra la dificultad que tenemos para aceptar la encarnación. No terminamos de creer que Dios está en el hombre y hacemos decir al evangelio lo que no dice. Haciendo Dios a Jesús nos dispensamos de aceptar a un Dios fundido con lo humano. Ni Dios tiene que hacerse hombre ni Jesús tiene que hacerse Dios. Por Jesús, podemos llegar a saber lo que es Dios. Pero un Dios que no está ya en la estratosfera, ni en los templos sino en el hombre, en todo ser humano.

«… estaba junto a Dios«: Esta frase expresa a la vez dos cosas: Proximidad y distinción. El (pros ton theon) sería: vuelto hacia Dios, volcado sobre Dios. El sentido más aproximado sería: En íntima unión con Dios, fruto de una relación, sin considerarlo absolutamente idéntico a Él. Recordemos que el mismo Jesús dice: «El Padre es mayor que yo». Aunque también dice: «Yo y el Padre somos uno». Para un judío era imposible aceptar otro ser equiparado a Dios. En cambio para los griegos, el peligro estaba en interpretar la existencia de otro ser igual a Dios como politeísmo. La primera comunidad cristiana se desarrolló entre las dos culturas. Y tuvo dificultad para expresar la relación de Jesús con Dios.

En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres”. Otro texto que solemos entender al revés. La ilumina­ción viene precisamente porque ha llegado la Vida. Esta idea va más allá de la mentalidad judía. Para ellos la Ley era la luz que ilumina y salva. Sin luz (Ley) no podía haber vida (salvación). La idea de que la Vida es anterior a la luz es clave para entender el evangelio de Juan. Dios por medio de la Palabra, comunica la Vida, y es esta Vida la que ilumina, la que permite la comprensión de lo que es Jesús y de los que es Dios. Se entiende mal si se quiere ver en Jesús un maestro de verdades que dan vida. Jesús es dador de Vida, porque nos hace descubrir la que el Padre le ha dado a él.

Vino a su casa, pero los suyos no la acogieron. Con frecuencia pasamos por alto esta seria advertencia repetida tres veces. En Jesús se hizo patente Dios, pero a pesar de ello, muy pocos fueron capaces de descubrir esa presencia. Hasta a los más íntimos, que vivieron con él durante años, les costó Dios y ayuda descubrir la realidad de Jesús. Hoy la culpa de que el mundo siga sin reconocer a Jesús la tenemos los que decimos seguirle. Hablamos demasiado de Jesús, pero la verdad es que a la hora de vivir lo que él vivió, dejamos mucho que desear. Si todos los que nos llamamos cristianos lo viviéramos, todo cambiaría.

Pero a cuantos le recibieron les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre”. Recibir a Cristo significa creer en él, identificarse con él, repetir la actitud y la relación con Dios que él tuvo. “Les dio poder para ser hijos de Dios” no quiere decir que, desde fuera se haya añadido algo a lo que eran. Se trata del descubrimiento de una realidad que está en todos y cada uno de nosotros. Jn deja muy clara la diferencia entre ser Hijo referido a Jesús y ser hijos, referido a nosotros. Determinar esa diferencia es una de las claves para entender todo el mensaje de Juan. «Subo a mi Padre y vuestro Padre…»

En el AT, el título de hijo de Dios se aplicaba: a) A los ángeles. b) Al rey. c) Al Sumo sacerdote. d) Al pueblo judío en conjunto. Ninguna de estas ideas sirve para comprender lo que Juan quiere decir. Los primeros cristianos “Hijo de Dios” lo entienden en sentido mesiánico, el enviado a cumplir una tarea de salvación. Nada que ver con la generación ni con su identidad sustancial con la divinidad. El mensaje de Juan va más allá de todo lo que podemos encontrar en el AT y en la primera comunidad sobre un Mesías Salvador. Este lenguaje es fruto de setenta años de experiencia mística cristiana y muestra una comprensión de Jesús que no podían tener los apóstoles ni sus primeros seguidores.

A pesar de lo dicho, la raíz de la idea de Hijo que Juan quiere trasmitirnos, hay que buscarla en la Sabiduría de los libros sapienciales. Como veíamos en la primera lectura de hoy, la Sabiduría existía antes de la creación, participaba de la Vida Divina y era el agente de la creación. Esta idea unida a la cristolo­gía mesiánica da origen a la genial visión de Juan: «Hijo de Dios» o simplemente «el Hijo». El ser preexistente, vuelto hacia el Padre, que se hace carne para llevar a cabo el encargo (proyecto) del Padre: hacernos hijos.

Es una nueva perspectiva para entender lo que quiere decir el NT con los conceptos de Padre e Hijo. Para un semita, era verdadero hijo el que obedecía en todo al Padre; el que salía al padre. Cuando a una persona se le quería introducir en el ámbito de la familia se le llamaba hijo. Lo más importante de ser hijo, no es la dependencia biológica, sino actuar como el padre actúa. Que Jesús es Hijo de Dios no lo adivinamos porque comprendamos su naturaleza, sino por ver que actúa como Dios. Nacer de Dios sería actuar como Dios.

Estos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios”. Juan no da ninguna importancia a la procedencia biológica. Después de dejar clara su preexistencia, comienza su evangelio con el verdadero nacimiento, el del Espíritu. Dice el Bautista: “Yo he visto al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y permanecía sobre él”. Aquí deja claro que la generación biológica no tiene importancia. Lo que importa es nacer de Dios. A Nicodemo le dice Jesús: “Hay que nacer de agua y de Espíritu”.

Y la Palabra se hizo carne…” Carne es el hombre sometido a su debilidad, pero susceptible de recibir el Espíritu. Carne no es lo contrario de espíritu, sino la posibilidad de que el espíritu se manifieste. En la antropología judía no existía el concepto de alma y cuerpo. Para ellos el ser humano era un todo indivisible; pero se podía descubrir en él distintos aspectos: hombre carne, hombre cuerpo, hombre alma, hombre espíritu. Cuando dice: se hizo carne, quiere decir que la Palabra asumió la totalidad humana hasta lo más bajo del ser humano. La revelación de Dios es una realidad tangible.

La revelación de Dios no es una verdad enseñada sino su misma persona. Al hacerse carne, la Palabra ni dejó de ser Palabra, ni dejó de ser Dios. Al contrario, al hacerse carne la Palabra desarrolla su esencia al máximo. La finalidad de la palabra es comunicar. En la encarnación Dios se comunica de modo insuperable. En la encarnación la Palabra sigue siendo Dios, pero manifestado, Dios-con-nosotros. Todo ser humano de cualquier condición es ahora la nueva localización de la presencia de Dios. Ya no debemos buscar a Dios en la tienda del encuentro ni el templo, sino en el hombre.

Fray Marcos

La sabiduría y la Palabra

Una homilía problemática

Predicar este año 2020 el segundo domingo después de Navidad es un desafío. La mayoría de los fieles estarán pensando en la cabalgata de Reyes que se celebrará por la tarde o en los regalos que van a hacer o recibir. Si la misa es por la tarde, ya no se dice la del domingo sino la de la Vigilia de la Epifanía. Y el evangelio es el Prólogo de san Juan, el mismo que se leyó en la tercera misa del día de Navidad, con la posibilidad de eliminar las partes referentes a Juan Bautista.

Una buena escapatoria (la segunda lectura: Efesios 1,3-6.15-18)

El sacerdote puede refugiarse en la segunda lectura, aunque tampoco sea demasiado fácil, contiene ideas importantes, fáciles de entender y que debemos poner en práctica: bendecir a Dios por todos los bienes que nos ha concedido, especialmente por ser sus hijos; darle gracias por todas las personas buenas que nos han ayudado y siguen ayudando con su ejemplo y su fe; pedirle conocer cada día más y mejor a su hijo Jesucristo. Con esto podrían volver los fieles a sus casas más que satisfechos. Pero no habríamos dichos nada de la primera lectura y del evangelio. En el comentario que envié para el día 25 traté el Prólogo de Juan. Ahora ofrezco unas ideas más fáciles de predicar comparándolo con la primera lectura.

La visión optimista de la primera lectura (Eclesiástico 24,1-4.12-16)

Las conquistas de Alejandro Magno, a finales del siglo IV a.C., supusieron una gran difusión de la cultura griega. En Judea, como en todas partes, los griegos ejercían un influjo enorme: cada vez se hablaba más su lengua, se imitaban sus costumbres, se construían edificios siguiendo su estilo, se abrían gimnasios, se enseñaba la doctrina de sus filósofos. Los judíos, al menos la clase alta, estaban encandilados con la sabiduría de Grecia. Sin embargo, algunos autores no compartían ese entusiasmo. Para ellos, la sabiduría griega era un producto reciente, obra del ingenio humano, y tenía su templo en un lugar pagano, Atenas. La verdadera sabiduría es eterna, procede de Dios, y reside en Jerusalén. Esto es lo que dice Jesús ben Sira, autor del libro del Eclesiástico, con un optimismo fuera de lo común.

La Sabiduría existe desde el principio, creada por Dios antes de los siglos; reside en la asamblea del Altísimo, donde es alabada, admirada y bendecida por todos. Entonces Dios decide trasladar su morada a Jerusalén, en la ciudad santa y escogida, y echa raíces en la porción del Señor. Ni una nube ensombrece el horizonte. La relación entre la Sabiduría eterna y el pueblo de Israel es perfecta.

La visión pesimista/optimista del evangelio (Juan 1,1-18)

Aunque en la Iglesia primitiva se identificó a Jesús con la Sabiduría de Dios, el autor del cuarto evangelio prefiere el término Palabra (muy frecuente en la teología judía de la época, con claras referencias a los antiguos profetas que recibían la palabra del Señor y la proclamaban). [No me entusiasma el cambio de la liturgia actual que usa Verbo en vez de Palabra.]

De esa Palabra comienza hablando con el mismo optimismo que el Eclesiástico: existía desde el principio, estaba junto a Dios, era Dios, todo fue hecho por medio de ella, en ella había vida y era luz de los hombres.

Pero, cuando Dios decide que la Palabra venga al mundo, «el mundo no la conoció». Ni siquiera Israel, su propio pueblo. «Vino a su casa y los suyos no la recibieron». Estamos en las antípodas de esa Sabiduría acogida y alabada de la que hablaba el libro del Eclesiástico.

¿Fracaso total? No. Algunos están dispuestos a recibirla, se convierten en hijos de Dios y contemplan su gloria, lleno de gracia y de verdad.

Jesús es el mayor regalo de Dios, idea que encaja muy bien en la Víspera de Reyes. Por desgracia, muchos no aprecian ese regalo y lo rechazan. Quienes lo acogemos tenemos motivos de sobra para agradecer la venida de «este Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad».

José Luis Sicre

Lectio Divina – Domingo II de Navidad

“La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros”

INTRODUCCIÓN

A veces, nuestra fe y espiritualidad nos separan de la tierra y nos alejan de Él cuando Él hizo todo lo contrario. “La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros”. Dios ha bajado a lo profundo de nuestra existencia y la vida nos sigue pareciendo vacía. Dios ha acampado entre nosotros y parece estar totalmente ausente de nuestras relaciones. Dios ha asumido nuestra carne y seguimos sin saber vivir debidamente lo carnal. Dios se ha encarnado en un cuerpo humano y olvidamos que nuestro cuerpo es el templo del Espíritu. Su amor y lealtad se han hecho realidad, y nosotros sólo percibimos negatividad. Se nos ha comunicado la vida y la luz, y nosotros seguimos caminando por caminos de muerte y oscuridad. (Florentino Ulibarri).

TEXTOS BÍBLICOS

1ª lectura: Eclo.24,1.2,8-12.        2ª lectura: Ef, 1,3-6.15-18.

EVANGELIO

Jn.1,1-18

En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios. 2Él estaba en el principio junto a Dios. 3Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho. 4En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. 5Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió. 6Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: 7este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. 8No era él la luz, sino el que daba testimonio de la luz. 9El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. 10En el mundo estaba; | el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. 11Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. 12Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. 13Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, | ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios. 14Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. 15Juan da testimonio de él y grita diciendo: «Este es de quien dije: el que viene detrás de mí se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo». 16Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. 17Porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo. 18A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.

REFLEXIÓN

1.- Y EL VERBO SE HIZO CARNE. Y no se encarnó en una naturaleza pura, como la de Adán y Eva antes del pecado, sino en una naturaleza con las secuelas del pecado. A nosotros esto nos sigue pareciendo demasiado hermoso y nos cuesta creerlo. Un Dios hecho “carne” identificado con nuestra debilidad, nuestra fragilidad, nuestra vulnerabilidad. Un Dios que pisa nuestro suelo, come con nosotros el pan de los sudores, y experimenta el amargo sabor de nuestras lágrimas.  Un Dios que respira nuestro aire, bebe nuestro vino, mira extasiado la multitud de estrellas por la noche, obra de las manos de su Padre, y muy de mañana contempla la belleza de los lirios del campo en primavera. Un Dios que “trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros excepto en el pecado” (G.S. 22).

2.- Y ACAMPÓ ENTRE NOSOTROS. Tal vez nadie como Pablo en la carta a los Efesios (2ª lectura) ha sabido captar todo lo que esto significa. En Cristo Resucitado, todos nosotros tenemos: a) Una preexistencia. b) Una nueva existencia. c) Una garantía de una existencia eterna.

Preexistencia. San Pablo nos hace esta manifestación: “En Él existimos antes de la Creación del mundo”. En Cristo existimos desde siempre. No habíamos nacido para este mundo y desde toda la eternidad ya habíamos sido objeto de unos sueños eternos de Dios. Por eso puede decir el profeta Jeremías “nos amó con amor eterno”. (Jr. 31,3). Durante toda la eternidad hemos sido acunados por los brazos cariñosos e invisibles del Padre.

Nueva existencia. “Nos ha destinado por medio de Jesucristo a ser sus hijos”. En la visión de Pablo, cada cristiano está destinado a ser “otro Cristo”. Ser cristiano, en la mentalidad de Pablo, es ser capaz de dar un espacio y un tiempo para que Cristo siga viviendo hoy en el mundo. Él repite hasta la saciedad que todo lo tenemos que vivir “En Cristo”.

Una garantía de una existencia eterna. San Pablo se rebela contra aquellos que se conforman con un Cristo “para esta vida”. Y llega a afirmar que, si Cristo no ha resucitado, somos los más desgraciados de todos los hombres. Estamos destinados a vivir con Cristo para siempre. Por eso a él no le hace ninguna extorsión la muerte, al contrario, la desea para estar ya “definitivamente con el Señor”. En esta carta a los efesios, nos habla de “una esperanza de gloria que da en herencia a los santos”. Los cristianos llevamos “el sello”, la marca del Espíritu. Esa es nuestra garantía.

3.- HEMOS VISTO SU GLORIA. En el evangelio de Juan es muy importante el verbo ver. Pero según él, hay un “ver” en minúscula, es decir, ver la vida y existencia de Jesús en un sentido meramente histórico y un VER con mayúscula que consiste en ver en profundidad los acontecimientos de Jesús y su Persona. A este VER con mayúscula nos invita el evangelio al principio: “Venid y ved” (Jn. 1,39). Y, al final, en una escena estremecedora, nos presenta a Cristo muerto en la Cruz, con una invitación: “Mirarán al que traspasaron” (Jn.19, 37). Todos los que lean este evangelio deben contemplar el misterio de un Dios que ha muerto por amor.

PREGUNTAS

 1.- ¿Vivo las exigencias de un Dios encarnado, asumiendo la vida tal y como es, sin espiritualismos baratos? ¿Intento parecerme cada día un poco más a Jesús?

2.- ¿Doy gracias a Dios por Jesús, por haberle conocido, por poderle imitar, por todo lo que aporta a mi vida?

3.- ¿Soy una persona superficial, o intento mirar la vida en profundidad, descubriendo toda la belleza y riqueza que contiene?

ESTE EVANGELIO, EN VERSO, SUENA ASÍ:

Hoy San Juan, en su Evangelio,
nos describe a ciencia cierta,
las tres venidas preciosas
de la Palabra a la tierra.

Primero, «en la CREACIÓN»,
en nuestra «Naturaleza»,
derramando en cada ser
su bondad y su belleza.

Después se acercó a su Pueblo,
«en la LEY Y EN LOS PROFETAS».
Vino a su casa y los suyos
le cerraron todas puertas.

Por fin, «en la ENCARNACIÓN»,
nos dio la mayor sorpresa:
Se hizo carne y colocó,
entre nosotros, su tienda.

La Palabra tomó un nombre:
JESÚS, que con paz revela
quién es Dios y cómo es Dios,
al que cree en sus promesas.

La Palabra era la «LUZ»
y la «VIDA» verdadera,
pero los hombres del mundo
prefirieron las tinieblas.

Señor, que todos nosotros
acojamos su presencia.
En Jesús, por pura gracia,
somos tus hijos, tu «herencia».

La Palabra vive con nosotros

1. Primero fue el tabernáculo, tienda portátil, en medio de su pueblo, acampado en el Sinaí. Después, fue el Templo de piedra en Silo y en Jerusalén. Eran preparaciones, símbolos de la presencia de Dios entre los hombres. Cuando los tiempos granaron y reinaba la paz en el orbe, en medio del esplendor del Imperio Romano, siendo Emperador César Augusto, la Palabra se hizo hombre, uno más de nosotros, y vino a vivir con nosotros, y a comer a nuestro lado, y a llorar, y a amar y a compartir nuestras fatigas, zozobras, y alegrías, sobresaltos y monotonías, rudezas y desvíos, tanto más agudos, cuanta mayor era su sensibilidad, creado por el Espíritu Santo para más redimir, por más amar. Dios hecho hombre ha acampado entre nosotros. Es lo que viene a decirnos la primera lectura de este domingo, que confirmará la lectura 3ª de Juan.

2. «La Sabiduría hace su propio elogio, se gloría en medio de su pueblo. En medio de su pueblo será ensalzada, recibirá alabanzas de la muchedumbre de los escogidos… Desde el principio, antes de los siglos, me creó, y no cesaré de amar jamás» Eclesiástico 24,1. Hoy comprobamos que los sabios de Israel habían recibido una revelación incompleta de la Sabiduría. Ellos la concebían, no como Persona, sino como criatura de Dios, aunque existente en él desde el principio, y eterna para siempre. Y la veían obedeciendo a Dios cuando le ordena establecer su morada en Jacob, en Israel, en Sión, en Jerusalén. Era una visión grandiosa, pero imperfecta.

3. San Juan, ya en plenitud y madurez de manifestación, entonará su gran HIMNO a la PALABRA, revelación suprema ya y definitiva: «La Palabra, que era Dios, acampó entre nosotros. Era Vida, y era Luz» de los hombres Juan 1,1 y ¡cuánta necesidad tenían los hombres de esa Luz!. En el tiempo, había «Nacido de María Virgen», pero desde el Principio había sido engendrado y no creado del Padre:

«El corriente que de estas dos procede
se que ninguna de ellas le precede
Aunque es de noche»,
lo cantará San Juan de la Cruz.

4″En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo» (Hb 1,1).

Cuando los hombres hablan, pronuncian palabras. Pero sus palabras son palabras, palabras, palabras…Se han gastado las palabras. No tienen sentido, carecen de vida. Son sólo sonidos lanzados al viento. Palabras corteses. Palabras mundanas. Palabras vacías. Palabras monótonas. Palabras de cumplimiento social. Sosas, siempre iguales, gastadas de tanto decirlas, de tanto manosearlas. De tanto repetirlas. De tanto trillarlas. Como quien repite el Avemaría sin sentido, sin pensarlo, sin saber lo que dice. Pero el “yo” en el fondo. El “yo” asomando desvergonzante la cabecita por entre las retamas. Es necesario que el podador dé un buen golpe y decapite toda la palabrería y se quede sólo el silencio profundo y fecundo.

5. «Lo bueno, si breve, dos veces bueno». Es un refrán atribuído a Gracián, que aceptamos como dogma, cuando merece ser analizado y desmitificado. La eternidad feliz es buena, pero es eterna, ¿sería dos veces buena, sino fuera tan eterna, sino más breve? La Suma Teológica de Santo Tomás es buena, ¿pero no sería dos veces buena, si en vez de 3 partes, tuviera una sola? Pensemos en San Agustín, el primero de los Padres, ¿cuántas obras escribió? Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Aguila de Hipona, no sabes lo que has hecho. Eres bueno, pero si hubieras sido más breve, habrías sido dos veces bueno. Y así, todos. Subió al púlpito el buen predicador y comenzó su sermón: «Me ha dicho el párroco que sea breve; las clavariesas, también y hasta las autoridades, así que voy a ser breve: Ave María Purísima». Y se bajó. La causa que hace que lo bueno breve, sea dos veces bueno, es que es difícil y arduo conseguir algo bueno largo. Y para relleno, comienzan las repeticiones, y las muletillas y los lugares comunes, anodinos, vulgares y manidos. Pero esa no debe ser la solución del refrán. La solución es suprimir la hojarasca bullanguera, que alarga lo breve y lo hace no sólo bueno, sino malo. Ahí reside la explicación del mito de que «lo bueno, si breve, dos veces bueno». Se escriben tres páginas geniales, y, como hay que terminar el libro de quinientas, se rellena con todos los tópicos y lugares comunes que hacen que lo primero y único bueno, consiga que el excesivo montón de palabras vacías, como nueces fallidas, habladas o escritas, lleguen a producir náusea.

Y tengo la impresión de que los tiros van por ahí y por eso los oyentes se disponen al cabezazo, en cuanto que empieza la homilía: lugares ramplones y triviales, repeticiones innecesarias, verborrea y falta de solidez, por carencia de estudio riguroso y bien preparado y condimentado. Lo peor que me ha sucedido en mi vida dilatada de predicador es el cambio variable de auditorio. Cuando estás un tiempo razonable hablando a un mismo grupo, ha asimilado y te comprende a la primera, y eso, te incita la inspiración. Al cambiar de oyentes, la tierra está en barbecho, y todo se les hace nuevo. Capto que reciben la palabra como el niño el aceite de ricino. Ilustraré este razonamiento con un ejemplo de vida. Dirigí un Retiro a sacerdotes y estaban con la boca abierta y terminó el Retiro con aplauso general y, sobre todo, con provecho, hasta visible. El Vicario Episcopal estuvo presente. Terminado y pasados días, me llamó y me dijo: Demasiado plato.- ¿Pero estaba rico?, le contesté. Mira, cuando a mí me sirven un plato exquisito y sólido y con rigor, si no puedo con todo el plato, de cuatro partes me como una, y salgo nutrido. Es como la mesa del self-service. El que pueda más, que se aproveche. Es decir: Creemos que la gente entiende menos de lo que entiende. Y sí entiende. Y si les decimos siempre cosas triviales para que ellos no tengan que hacer ningún esfuerzo, y sobre todo, para que nosotros nos ahorremos el esfuerzo, a parte de que se esclerosarán, nunca promocionaremos a los fieles, ni menos convenceremos a los más preparados en otros temas, pero semianalfabetos en teología, en biblia y en cosas de Dios. Siendo sacerdote muy joven prediqué una misión en dos parroquias simultáneamente. La gente escuchaba. Me comentó el Párroco: Cuesta seguirte, pero tus palabras convencen y alimentan. Ya sabréis perdonarme este testimonio «pro domo sua». Una Homilía, de aquí, yo no la llamaría Homilía, sino, modestamente, manantial de homilías. El que quiera copiar todo el texto sin seleccionarlo personalmente conociendo a sus feligreses o grupos, no sabe lo que hace. Pero aquí hay materia para documentarse, asimilar, elegir los textos necesarios, y hacer trabajar su propia minerva, sin esperar a que nos den el trabajo hecho.

6. Cuando Dios habla por el Hijo nos lo dice todo en una PALABRA: «Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo» (San Juan de la Cruz. Dichos de luz y amor, 99). Y muchos rechazaron la Palabra: «Vino a los suyos y los suyos no la recibieron».

7. Cuando el mundo se oscurecía progresivamente en sus tinieblas, o en sus luces de neón, era necesaria la Luz. Y vino la Luz a iluminar la tiniebla. Y las tinieblas no la recibieron. Prefirieron su oscuridad, su caos, su propia hecatombe, ruína y destrucción.

Engreídos en su soberbia, quisieron construir una ciudad a su aire, sin Dios, sin Luz, sin Verdad. Inducidos por el Padre de la mentira, se encerraron en su laberinto, del cual no podían salir. Como el aprendiz de brujo, no le funcionó el ensalmo. Con demasiada frecuencia preferimos a las criaturas. ¿Es que pensamos que nos pueden ofrecer más felicidad?

8. Cada hombre que no recibe a Cristo, está cegando la fuente de la Luz para él y para el mundo. Pero los que le han recibido son hechos hijos de Dios. Han recibido con Cristo toda clase de bendiciones espirituales y celestiales; han sido elegidos para ser santos e irreprochables en su presencia por el amor. Nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por Jesucristo, conforme a su agrado. Fue su voluntad, su amor y su gloria y alabanzaEfesios 1,3.

9. La Sabiduría recibió orden de morar en Jacob. Igualmente: «El Verbo se hizo carne, es decir, debilidad, y plantó su tienda entre nosotros y hemos contemplado su gloria, la gloria que le pertenece como Hijo Unico del Padre, lleno de gracia y de verdad». El Evangelio de Juan comienza con la gran sinfonía del HIMNO AL VERBO HECHO CARNE, como ya hemos dicho.

Es todo él una obertura que abre la espléndida obra y grandiosa que es el Evangelio de San Juan. Y en él se encuentran ya esbozados algunos de los grandes temas que se irán desarrollando, a lo largo de la composición en variaciones diversas y resonancias diferentes. Entre todos destaca su estructura poética y un concepto teológico nuevo: el título de “Verbo” dado a Jesús. Seguramente este poema nació en alguna Iglesia donde Juan había desarrollado su ministerio, tal vez en Efeso. Dios en su eternidad estaba siempre con su Verbo, con su Palabra. Y pone el énfasis no en lo que es Dios, sino en sus relaciones con los hombres. El término mismo Verbo-Palabra sugiere de inmediato una comunicación humana, que se origina en la Palabra. Como es un texto poco profundizado, voy a intentar desmigarlo para darlo, en frase de San Pedro: «como a niños recien nacidos, que anhelan la leche espiritual no adulterada, para que alimentados con ella, crezcáis en el orden de la salvación» (1ª, 2,2).

“La Vida era la Luz de los hombres”. Del Verbo ha brotado la vida; todo lo que tiene vida, vive porque participa su vida, que a la vez es «Luz de vida”: porque da y produce vida. en el Evangelio de Juan, Luz y vida son correlativos.

«Y la Luz brilla en la tiniebla”. En medio del ambiente de pecado, víctima de la fuerza satánica, que no la venció. El Verbo es señalado aquí como “la Luz verdadera”, la luz auténtica que reúne todas las características de la Luz, con acción iluminadora universal, que alumbra a todo hombre que viene al mundo.

«El mundo no la conoció». Ese conocimiento no sólo es actividad del entendimiento, sino conocimiento que comporta una actitud de conversión, de entrega, de servicio y de amor. “Vino a su casa y los suyos no le recibieron”. Hay una frase terrible en el libro de Jeremías, que decide el rechazo de la llamada de Dios: «Hemos curado a Babilonia, pero no ha sanado, dejadla y abandonémosla» (51,9).

«Pero a cuantos lo recibieron”, porque algunos lo recibieron, “les dió poder para llegar a ser hijos de Dios”. Son los que creen en su Nombre, es decir, “los que creen” y le aceptan en plenitud. Se refiere al grupito que creyó en Jesús, en virtud de la vida que el Verbo comunica e ilumina, son hijos de Dios. “Y el Verbo se hizo carne y fijó su tienda entre nosotros. Y contemplamos su gloria, gloria como de Hijo Unico del Padre, lleno de gracia y de verdad». Juan tiene muy vivo el recuerdo de aquella inmensa tarde en que tuvo apoyada su cabezaen el Corazón del Verbo-Hombre en la última Cena, que rememorará San Juan de la Cruz:

«Quedéme y olvidéme
El rostro recliné sobre el Amado,
Cesó todo y dejéme,
Dejando mi cuidado
Entre las azucenas olvidado».

He aquí el gran misterio de la encarnación del Verbo de Dios! El Verbo entra y se somete al orden de las cosas que comienzan a existir en un determinado orden, al que élviene a someterse y a ordenar. El ingreso del Verbo en este mundo da un salto trascendente, paso de gigante, y hace posible un nuevo principio. Que el Verbo se encarnó, enfatiza la humilde condición a la que se ha humillado el que lo había hecho todo: La expresión “carne” designa al hombre, y subraya su condición de flaqueza y de creaturiedad. Lo había dicho Isaías: “Toda carne es heno, hierba, y toda su gloria como flor del campo. Se Séca la hierba, se marchíta la flor, pero la Palabra de nuestro Dios permanece por siempre».

Al venir el Verbo al mundo y hacerse hombre toma todas las limitaciones, debilidades y flaquezas de la condición humana, excepto el pecado. Y se hace hombre porque trae una misión divina, en consonancia con su mismo ser. Si es la Palabra, su misión será hablar, “comunicar” los secretos divinos, “revelar” al mundo las cosas que pertenecen a la intimidad de Dios.

“Y plantó su tienda entre nosotros”. Existiendo permanentementeen el Padre, vino a plantar su tienda, y su morada, y a vivir en medio de nosotros. Es la plenitud de habitación de Dios en medio de la humanidad: «El Creador me ordenó: «Habita en Jacob, sea Israel tu heredad». El vocablo escogido para expresar la habitación entre nosotros es muy expresivo: “Plantar una tienda, un tabernáculo, una casa, una morada”.

La presencia de Dios entre nosotros no se podía realizar si la Palabra misma de Dios no asumía la naturaleza humana en una misma persona.

El «Y contemplamos su gloria» alude a la experiencia personal de los mismos Apóstoles, que contemplaron su “poder taumatúrgico”, sus obrasprodigiosas, que manifestaban la presencia de Dios. Pero su gloria se manifestó soberanamente, cuando al salir Judas del cenáculo, dijo: «Ahora ha sido glorificado el Hijo del Hombre», y al ser clavado y elevado en la cruz, paso para su subida al Padre. El “Lleno de gracia y de verdad» denota su amor infinito, gratuito y compasivo, causa de que “de su plenitud todos hemos recibimos y gracia tras gracia».

10.- Comprendemos que con el Salmo 154 “Glorifica al Señor Jerusalén porque en ninguna nación obró así: Anunciar su Palabra, sus decretos y mandatos” para invitarnos a recibir en nuestra casa al Verbo Divino que viene a revelarnos las maravillas del Padre y a contarnos las locuras de su amor, que se siente feliz viviendo con nosotros. Si a un joven aristócrata, acostumbrado a una vida sumamente refinada, se le envía a vivir a una tribu de esquimales, o de gitanos, ¿notará la diferencia?. El Hijo de Dios ha dado un salto mayor, de gigante (Sal 18,6). Del cielo a la tierra. De la compañía de los ángeles, a la de los hombres rudos que somos. ¡Y está a gusto! (Prov 8,31). Y quiere que estemos con El. Lo peor es que podemos cerrarle la puerta, como lo hicieron en Belén, y como lo hacemos cada día tantas veces. Le cerramos la puerta a El, cuando no acogemos sus palabras y cuando no acogemos a los hermanos, sus hermanos, los hijos adoptivos de su Padre. Pues el mandamiento del amor de Dios es el primero en la jerarquía del precepto, pero el amor del prójimo es el primero en el rango de la acción (San Agustín). Por eso quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve (1 Jn 4,20). Parte tu pan con el hambriento, y hospeda a los pobres sin techo; viste al que ves desnudo, y no te cierres a tu propia carne (Is 58,7).

11. Al acampar Dios entre nosotros, Dios está en todos nosotros, en cada uno de nosotros. Lo que hacemos al prójimo lo hacemos a Dios. No le cerremos la puerta de nuestro corazón, como los que no le quisieron recibir, sino «abramos de par en par las puertas a Cristo» (Juan Pablo II).

Jesús Martí Ballester

La luz brilla en la tiniebla

1.- Puede ser que, en medio de tanta jornada festiva, hayamos olvidado lo más obvio del mensaje de la Navidad o que, tal vez, nuestros oídos hayan quedado confundidos por tanta palabra o los ojos seducidos por infinidad de inútiles imágenes. ¿Han quedado impresionados los oídos y los ojos seducidos por el mensaje de la auténtica Navidad?

Después de haber celebrado esta semana intensa del Nacimiento de Cristo ¿Podemos concluir que hemos vibrado con este acontecimiento que ha marcado la historia de la humanidad?

Pues bien, por si lo hemos olvidado, viene Dios (de nuevo en este domingo) y nos dice que su Palabra fue y sigue siendo luz desde siempre y para siempre. Que Jesús (Dios hombre en la tierra) trae debajo de su brazo un “haz de luz” para todo hombre de buena voluntad y que, por lo tanto, la mala suerte nunca será más fuerte que la presencia de ese Dios que va por delante acompañándonos e iluminándonos. Produce serenidad este prólogo de Juan haciéndonos ver el secreto que esconde: desde siempre Dios ha estado ahí.

2.- Jesús en Belén, nos lo recuerda y nos lo hace presente. Dios nunca nos ha olvidado a pesar de las ingratitudes y de las puertas cerradas que, a lo largo de la historia de la humanidad, encontró su iniciativa. Nació en medio de un mundo, no precisamente ideal, y nace en una situación actual donde hay demasiados males evidentes y demasiados bienes escondidos por temor a no sé qué y a no sé quién. Belén es aquel momento donde el reloj de la eternidad marca una hora decisiva: Dios echará el resto haciéndose hombre.

-Vino, y como era de esperar, unos se abrieron en contraste con los que se replegaron ante semejante novedad.

-Vino, y como era de esperar, unos dudaron y otros (los pocos) creyeron

-Vino, y como había sido anunciado, unos vieron que Jesús era aquella luz de la que tanto habían hablado los profetas (incluso ofreciendo su sangre) y otros se rieron a carcajadas sólo con pensar en aquellos ilusos que creían e intuían que Dios venía pobre, humilde, en establo y sin meter demasiado ruido.

-Vino y, mientras para unos fue luz, otros quedaron desconcertados por los fusibles fundidos de sus corazones cerrados a cal y canto.

3.- Celebrar, con esta profundidad la Navidad, es sentir una bendición de Dios como dice San Pablo en la segunda lectura. Iniciar este año 2005, con la seguridad de que Dios nos tiene en su memoria y se compromete a ser luz en medio de nosotros, es una bendición. Caminar, animados por el Misterio de un Niño que es Dios, supone siempre una bendición para todo creyente.

Javier Leoz

Conservar, meditar, contemplar

Ayer hablábamos de las ocasiones en que, por el motivo que sea, nos encontramos sin saber qué decir, y que debíamos aprender de la Virgen María a guardar silencio y conservar todas estas cosas, meditándolas en nuestro corazón, para que, después, quien hable sea la Palabra que se hizo carne y habitó entre nosotros, como hemos escuchado hoy, que es la única Palabra que puede iluminar y ofrecer un sentido a toda nuestra vida.

En esta línea, este segundo domingo después de Navidad nos invita a conservar y meditar en nuestro corazón lo que hemos escuchado en el Evangelio, ese Prólogo que con el que el evangelista san Juan comienza su obra y en el que ya aparecen los grandes temas que desarrollará después. Unos temas que nos afectan profundamente como discípulos y apóstoles, llamados a dar testimonio de fe, viviendo en santidad.

El Verbo, la Palabra, Jesucristo, estaba junto a Dios y era Dios. Estos días no he celebrado el nacimiento de un hombre, sino del Hijo de Dios hecho hombre. Dios mismo viene a mi encuentro.

En Él estaba la vida. Todo lo que me rodea, y yo mismo, somos caducos. Pero el que tiene en sí mismo la vida ha venido a comunicármela. Él es “mi vida”, la razón y el motor de mi vida.

Era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Cuando son tantas las tinieblas que me rodean, cuando tantas “luces” que parecían prometedoras se apagan, la Palabra es la única luz que puede iluminar y ofrecer un sentido a mi vida. Una luz que está disponible para todos.

Sin embargo, el mundo no lo conoció. Vino a su casa y los suyos no lo recibieron. El que es la luz está disponible para todos pero nadie está obligado a recibirlo. Y, aunque digo que soy de los suyos, me encuentro a menudo rechazando a Dios, rechazando su vida, rechazando su luz. ¿Me he preguntado por qué?

Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Si creo en la Palabra, tengo la posibilidad de ser hijo de Dios. ¿Creo, de verdad? ¿Me siento hijo de Dios?

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Dios no es el lejano, incomprensible. Se ha hecho carne, igual a mí. Habitó y habita entre nosotros, en mi entorno cercano. ¿Descubro su presencia?

El Prólogo del Evangelio según san Juan es una ayuda para que conservemos todas estas cosas meditándolas en nuestro corazón. Pero hay que dar un paso más. Cuando pasen estos días, deberíamos poder decir también: Hemos contemplado su gloria, aunque haya sido fugazmente.

La meditación en el corazón nos debe llevar a contemplar al Verbo hecho carne, a contemplar la unión de lo humano y lo divino, a contemplar el Misterio de Amor revelado en lo pequeño e insignificante, en un Niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.

Y, si hemos contemplado su gloria, entenderemos que “no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con Él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra, no es lo mismo poder contemplarlo, adorarlo, descansar en Él, que no hacerlo”. (EG 266), que en Navidad hemos recibido el mayor regalo, un regalo que siempre conservaremos, que siempre podremos meditar en nuestro corazón y que siempre podremos contemplar, porque el amor de Dios manifestado en la Palabra hecha carne es algo que nada ni nadie nos podrá arrebatar.