Conservar, meditar, contemplar

Ayer hablábamos de las ocasiones en que, por el motivo que sea, nos encontramos sin saber qué decir, y que debíamos aprender de la Virgen María a guardar silencio y conservar todas estas cosas, meditándolas en nuestro corazón, para que, después, quien hable sea la Palabra que se hizo carne y habitó entre nosotros, como hemos escuchado hoy, que es la única Palabra que puede iluminar y ofrecer un sentido a toda nuestra vida.

En esta línea, este segundo domingo después de Navidad nos invita a conservar y meditar en nuestro corazón lo que hemos escuchado en el Evangelio, ese Prólogo que con el que el evangelista san Juan comienza su obra y en el que ya aparecen los grandes temas que desarrollará después. Unos temas que nos afectan profundamente como discípulos y apóstoles, llamados a dar testimonio de fe, viviendo en santidad.

El Verbo, la Palabra, Jesucristo, estaba junto a Dios y era Dios. Estos días no he celebrado el nacimiento de un hombre, sino del Hijo de Dios hecho hombre. Dios mismo viene a mi encuentro.

En Él estaba la vida. Todo lo que me rodea, y yo mismo, somos caducos. Pero el que tiene en sí mismo la vida ha venido a comunicármela. Él es “mi vida”, la razón y el motor de mi vida.

Era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Cuando son tantas las tinieblas que me rodean, cuando tantas “luces” que parecían prometedoras se apagan, la Palabra es la única luz que puede iluminar y ofrecer un sentido a mi vida. Una luz que está disponible para todos.

Sin embargo, el mundo no lo conoció. Vino a su casa y los suyos no lo recibieron. El que es la luz está disponible para todos pero nadie está obligado a recibirlo. Y, aunque digo que soy de los suyos, me encuentro a menudo rechazando a Dios, rechazando su vida, rechazando su luz. ¿Me he preguntado por qué?

Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Si creo en la Palabra, tengo la posibilidad de ser hijo de Dios. ¿Creo, de verdad? ¿Me siento hijo de Dios?

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Dios no es el lejano, incomprensible. Se ha hecho carne, igual a mí. Habitó y habita entre nosotros, en mi entorno cercano. ¿Descubro su presencia?

El Prólogo del Evangelio según san Juan es una ayuda para que conservemos todas estas cosas meditándolas en nuestro corazón. Pero hay que dar un paso más. Cuando pasen estos días, deberíamos poder decir también: Hemos contemplado su gloria, aunque haya sido fugazmente.

La meditación en el corazón nos debe llevar a contemplar al Verbo hecho carne, a contemplar la unión de lo humano y lo divino, a contemplar el Misterio de Amor revelado en lo pequeño e insignificante, en un Niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.

Y, si hemos contemplado su gloria, entenderemos que “no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con Él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra, no es lo mismo poder contemplarlo, adorarlo, descansar en Él, que no hacerlo”. (EG 266), que en Navidad hemos recibido el mayor regalo, un regalo que siempre conservaremos, que siempre podremos meditar en nuestro corazón y que siempre podremos contemplar, porque el amor de Dios manifestado en la Palabra hecha carne es algo que nada ni nadie nos podrá arrebatar.