Oración en familia para la Epifanía

ORACIÓN EN FAMILIA PARA LA EPIFANÍA

Agranda la puerta, Padre, porque no puedo pasar; la hiciste para los niños, yo he crecido a mi pesar. Si no me agrandas la puerta, achícame por piedad; vuélveme a la edad bendita en que vivir es soñar.

Monición

La celebración de hoy tiene a los magos de oriente como protagonistas, porque en ellos descubrimos la verdadera identidad de esta fiesta que no es otra que la de que todos los pueblos del mundo adoren al niño Dios, ellos, simbolizan a los hombres de todas las razas y de todos los pueblos que descubren en el niño Jesús al mismo Dios vivo.

Como aquellos sabios de Oriente, también nosotros, guiados por la estrella luminosa de la fe, estamos aquí para postrarnos ante el Niño Jesús, y reconocer que Él es nuestro Señor, la Luz verdadera que ilumina a todo hombre.

Evangelio (Mt 2, 1-12)

Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo». Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenia que nacer el Mesías. Ellos le contestaron: «En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta: “Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las poblaciones de Judá, pues de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo Israel”». Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles: «Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo». Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino.

Reflexión

El relato de los Reyes Magos es muy conocido por todos nosotros. Los Magos buscaban con plena sinceridad a Cristo para ofrecerle sus riquezas. Esos personajes que vienen desde lejos, obedientes a una intuición misteriosa, llegan hasta Jesús, lo reconocen como el enviado de Dios y «cayendo de rodillas, lo adoran». Junto con las ofrendas que traen, ofrecen su fe, su amor, e incluso a ellos mismos. Hoy el evangelio nos llama a mirar nuestra capacidad para saber arrodillarnos ante Dios.

Canto: El camello cojito (https://youtu.be/xodzS1j8t5w ó https://youtu.be/0L93aGSRudo) (Poema de Gloria Fuertes)

El camello se pinchó
Con un cardo en el camino
Y el mecánico Melchor
Le dio vino.

Baltasar fue a repostar
Más allá del quinto pino….
E intranquilo el gran Melchor
Consultaba su «Longinos».

-¡No llegamos, no llegamos
y el Santo Parto ha venido!
-son las doce y tres minutos
y tres reyes se han perdido-.

El camello cojeando
Más medio muerto que vivo
Va espeluchando su felpa
Entre los troncos de olivos.

Acercándose a Gaspar,
Melchor le dijo al oído:
-Vaya birria de camello
que en Oriente te han vendido.

A la entrada de Belén
Al camello le dio hipo.
¡Ay, qué tristeza tan grande
con su belfo y en su hipo!

Se iba cayendo la mirra
A lo largo del camino,
Baltasar lleva los cofres,
Melchor empujaba al bicho.

Y a las tantas ya del alba
-ya cantaban pajarillos
los tres reyes se quedaron
boquiabiertos e indecisos,
oyendo hablar como a un Hombre
a un Niño recién nacido.

-No quiero oro ni incienso
ni esos tesoros tan fríos,
quiero al camello, le quiero.
Le quiero, repitió el Niño.

A pie vuelven los tres reyes
Cabizbajos y afligidos.
Mientras el camello echado
Le hace cosquillas al Niño.

Compromiso

En los magos de oriente tenemos un buen modelo en el que mirarnos, para ser capaces de levantar la mirada hacia lo alto, más allá de lo inmediato que llena la vida (ocupaciones, pequeñas cosas de cada día, luces, regalos,…) y ser capaces de distinguir la luz de Dios. Para poner en nuestras vidas una dosis de valentía para ponernos en camino siguiendo esa luz-estrella, confiando en su guía, desprendiéndonos de seguridades y costumbres que nos atan. Para tener la humildad necesaria para preguntar y pedir ayuda cuando perdemos el rastro de la estrella. Y la más importante, para saber arrodillarnos, para adorar, aceptar la propia incapacidad y regalarnos a Dios para que nos devuelva al norte de nuestra vida. Porque después de adorarlo y de ofrecer sus dones, los Magos regresaron a su tierra. Algo así tiene que ser nuestra vida cristiana.

Oración final

Vinieron de lejos para ofrecerte sus regalos. Cruzaron ríos y desiertos, atravesaron mares y montañas. Fueron valientes hasta encontrarte. Señor, nosotros queremos ser también valientes. Ayúdanos a encontrarte en Belén. Que esta Navidad te ofrezcamos el incienso de nuestro cariño y de nuestra oración. El oro del respeto a todos y la mirra de nuestra alegría. Ayúdanos a ser generosos con nuestra familia y nuestro prójimo. Amén.

Lectio Divina – 3 de enero

«He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo

1.-Oración introductoria.

Padre Santo, dame la gracia de experimentar tu presencia en esta oración. Cordero de Dios, quita mi pecado. Sé que no he sido fiel a tu gracia, pero puedo decirte con San Pedro: “Tú sabes todo, tú sabes que yo te amo”. Dame la fuerza de tu Espíritu para arrancar de mí las raíces del pecado, las consecuencias del pecado y crear en mí un corazón nuevo.

2.- Lectura reposada de la Palabra. Juan 1, 29-34

En aquel tiempo, vio Juan el Bautista a Jesús venir hacia él y dice: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es por quien yo dije: Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo. Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel». Y Juan dio testimonio diciendo: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él. Y yo no le conocía pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: «Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo.» Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Elegido de Dios.

3.- Qué dice la Palabra de Dios.

Meditación-Reflexión.

Dios es el Inefable, el Indecible. Los autores sagrados tuvieron necesidad de echar mano de imágenes, incluso de animales. En algún momento nos hablan de la belleza del Águila escalando las alturas; de la fuerza del León; y también de la mansedumbre del cordero y la sencillez de la paloma. Hay que desterrar para siempre la imagen de un Dios que exige la sangre del Hijo para satisfacer la sed de justicia por la ofensa de los hombres. Si Dios es amor, siempre que nos apartamos de esta realidad, seguro que nos equivocamos. Jesús es aceptado por el Padre porque luchó contra el dolor y sufrimiento de los hombres hasta dar la vida. Nosotros no estamos en el mundo para sufrir sino para quitar el sufrimiento del mundo. Lo nuestro es retornar con Jesús al Paraíso,   a aquel proyecto maravilloso de Dios sobre el mundo. Nosotros estamos aquí para luchar contra el mal, contra la violencia, contra los abusos, contra las guerras y conseguir que “de oriente a occidente revolotee  sobre nuestras cabezas la paloma de la paz”.

Palabra del Papa.

«He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado», ¡pero quita el pecado con la raíz y todo! Esta es la salvación de Jesús, con su amor y su mansedumbre. Al oír esto que dice Juan el Bautista, que da testimonio de Jesús como Salvador, debemos crecer en la confianza en Jesús. Muchas veces tenemos confianza en un médico: es bueno, porque el médico está para sanarnos; tenemos confianza en una persona: los hermanos, y las hermanas están para ayudarnos. Es bueno tener esta confianza humana entre nosotros. Pero nos olvidamos de la confianza en el Señor: esta es la clave del éxito en la vida. La confianza en el Señor: encomendémonos al Señor. «Pero, Señor, mira mi vida: estoy en la oscuridad, tengo esta dificultad, tengo este pecado…», todo lo que tenemos: «Mira esto: ¡yo confío en ti!» Y esta es una apuesta que tenemos que hacer: confiar en Él y nunca decepciona. Nunca, ¡Nunca! Escuchen bien, chicos y chicas, que comienzan la vida ahora: Jesús nunca decepciona. Nunca. Este es el testimonio de Juan: Jesús, el bueno, el manso, que terminará como un cordero: asesinado. Sin gritar. Él ha venido a salvarnos, para quitar el pecado. El mío, el tuyo y el del mundo: todo, todo.» (S.S. Francisco, 19 de enero de 2014).

4.- Qué me dice hoy a mí esta Palabra. (Guardo silencio).

5.- Propósito. En el día voy a recordar la Cruz de Cristo como suprema manifestación de amor a mí. Y viviré el día derrochando amor.

6.- Dios me ha hablado hoy a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración. Señor Jesús, para tenerte como compañero de mi vida necesito conocerte más, especialmente en la Eucaristía, en el Evangelio y en la oración. Pero no quiero quedarme en la superficialidad de quienes sólo «oyen» hablar de Ti, pero no tienen una relación personal contigo ni se preocupan de los demás.  Sólo en el contacto asiduo contigo se podrá formar mi corazón de discípulo y misionero de tu amor para mis hermanos.

Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo

En la liturgia del día de hoy podríamos detenernos en estas enseñanzas:

Hoy se celebra la manifestación de Dios en carne y figura humana

Epifanía es la escenificación del solemne prólogo de S. Juan en su evangelio. La Palabra que estaba junto a Dios y era Dios se manifestó  ─ eso significa Epifanía─  a los suyos. Descendió y asumió lo humano “y acampó entre los hombres” (Ju 1,14).  Y “a cuantos lo recibieron ─como es el caso de aquellos magos─- les dio el poder de ser hijos de Dios” (Ju 1,12). La Epifanía celebra que tenemos una nueva familia: “la de quienes han nacido  de Dios” (Ju 1,13). Y ese Dios, a quien nadie había visto jamás, se dio a conocer (se ‘epifanizó’) a todos los que vagamos por el mundo tras las estrellas de cada momento, cual magos errantes. Se nos ha señalizado cuál es la estrella en que tenemos que fijarnos y se nos ha incitado a seguirla, como a los magos.

Epifanía es, pues, fiesta de la luz.  Las fiestas del 25 diciembre y 6 enero son fiestas de la luz. La luz nace en el solsticio de invierno. De ahí se pasa a la luz de Cristo, que es el sol que alumbra nuestras vidas. Ya Isaías anunciaba la salvación de Dios bajo la imagen de la luz: “llega la luz, la gloria del Señor amanece sobre ti¨”; “sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti” (1ª lectura). Y los pueblos “caminarán a tu luz”.

Nuestra actitud de acogida del misterio de Navidad debe ser una apertura a la luz. Es el misterio de la iluminación. En la bendición final de la eucaristía se nos recuerda: “Dios os llamó de las tinieblas a su luz admirable y que podamos encontrarnos al final de la vida con Cristo luz de luz”.

Una estrella que nos lleva a confesar a Jesús

La perícopa del evangelio de hoy tiene una finalidad global: Jesús es el Mesías, Ungido de Dios, rechazado por los judíos y aceptado pro los paganos. El reino de Dios está abierto a todos los pueblos. Por tanto, el relato de los Magos es el relato de los gentiles que aceptan la fe en el Mesías Jesús y lo adoran como tal, mientras que Herodes, representante de pueblo judío, quiere matarlo y deshacerse de él.

La luz de la estrella que conduce los magos hasta Jesús en el evangelio de Mateo es una indicación de la luz traída al mundo  por el Dios encarnado. Se presenta a Jesús con la referencia a los salvadores del pueblo de Dios. Cristo sería el nuevo Moisés que recapitula toda la historia. La estrella de los magos es una referencia a la estrella de Jacob profetizada por Balaam (Núm 24,17).

Por tanto, se enseña: la mesianidad y divinidad de Jesús, en quien se cumplen las profecías del AT, y el mundo entero es solidario del único Mesías. La existencia de la humanidad integrará en adelante la existencia de un Mesías entre esos humanos de los que forma parte. La humanidad entera está llamada a tomar conciencia de ser hija adoptiva de Dios en Jesús. Esa  misma humanidad está llamada a una nueva e inédita referencia con Dios que nunca había podido barruntar. Pero también a una nueva responsabilidad si rechaza esa oferta.

Una estrella que ilumina a todas las naciones y las conduce a Jesús

Dios quiere la salvación de todos. Universalidad de la salvación: Dios se ha manifestado a todos los pueblos, no solo Israel: todos los pueblos caminarán a tu luz. Todos los pueblos traerán sus regalos a Cristo: “caminarán los pueblos a tu luz” (1ª Lectura). Como recuerda el Catecismo: “en estos magos el evangelio ve las primicias de las naciones que acogen, por la Encarnación, la Buena Nueva de la salvación” (Catecismo, n. 528). Ese es el misterio oculto que se ha manifestado en Cristo (Oración de la fiesta). Por eso la fiesta de hoy es fiesta de la Iglesia misionera. Los magos se ponen en camino, buscan la luz y la verdad, pero no forman parte del pueblo elegido.

Toda celebración de la eucaristía es profesión de universalidad, pues todos participamos de Cristo único y el mismo. No es la epifanía de un pueblo o una raza sino que hoy celebramos la epifanía de toda la humanidad.  La estrella nos abre al universalismo mesiánico por el que “los gentiles son coherederos, miembros de un mismo cuerpo y partícipes de la promesa en Jesucristo” (2ª Lectura).

Todos tenemos un mismo familiar: ¿por qué nos sentimos tan extraños los pueblos, naciones o razas? La encarnación del Señor es una para todos los pueblos, no hay un pueblo especialmente elegido. Hoy, en cambio, lo que abunda es el sectarismo, cerrajón, distanciamiento, la xenofobia… Hasta a Dios lo vemos distinto por las culturas o las tradiciones religiosas, cuando la manifestación (epifanía) ha sido del mismo para todos; y única y puntual manifestación en un tiempo determinado. Ya en tiempos de Jesús la discriminación estaba muy marcada y su mismo pueblo racial tenía infinidad de prejuicios para los gentiles. Hasta los primeros cristianos tuvieron que superar prejuicios, nacionalismos y circunscripciones culturales. Sin embargo, los primeros que adoraron al Niño venían de tierras lejanas y de otro pueblo.

Fr. Antonio Osuna Fernández-Largo O.P.

Comentario – 3 de enero

Jn 1, 29-34

Al día siguiente Juan Bautista vio venir a Jesús hacia él y dijo:

Señor, enséñanos a ver.

Señor, enséñanos a no quedarnos con las apariencias. ¡Cuántas veces no sabemos «mirar» a las gentes que viven con nosotros: no los juzgamos correctamente, nos quedamos con las apreciaciones superficiales.
Muchas personas del tiempo de Jesús no captaron «Quien» era El.

«He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo

Para los judíos que le escuchaban, la alusión era clara. Lo es menos para nosotros. Los judíos sacrificaban animales para la purificación de los pecados, según la ley de Moisés. La gran fiesta de los judíos era la Pascua, en la que se sacrificaban gran cantidad de corderos.

Jesús se identifica aquí con el «Salvador» con aquel que ‘carga sobre sí nuestros pecados».; Y va hasta el derramamiento de sangre! Esto no ha sido un asunto insignificante, sino un gran combate sangriento.
«El pecado del mundo», en singular. Ese singular es significativo. Jesús carga sobre él y hace desaparecer el conjunto de los pecados del mundo, la totalidad del pecado de la humanidad. Gracias, Jesús.

¿Cómo podría yo ayudarte, Señor, en esta gran labor?

En primer lugar, luchando contra el mal en mí… Y luego luchando contra el mal donde quiera que éste se encuentre y yo pueda hacerlo… Me siento pobre y débil para hacerlo. Ven en mi ayuda.

Ayúdame, Señor, a ser salvador contigo, en mi ambiente, en mi familia, en mis responsabilidades.

Detrás de mí viene uno que es antes de mí, porque era primero que yo.

Históricamente, humanamente, Juan ha sido concebido y ha nacido antes que Jesús.
Pero hay que superar las apariencias, las evidencias.

De hecho Juan Bautista percibe el origen divino de Jesús: ¡»era primero que yo»! El nacimiento «según la carne» en Belén, no es sino el eco de otro nacimiento eterno, «El es Dios, nacido del Padre, antes de todos los siglos».

Quiero entretenerme contemplando, cuanto sea posible, la «Persona» de Cristo, que es divina, eterna, que preexistía desde siempre. Es en verdad el Verbo de Dios, el Hijo, engendrado, ‘no creado», que aparece humanamente en el tiempo, un día de la historia humana, en un lugar del planeta.

El Eterno se inscribe en la evolución, y lo sucesivo, y lo pasajero… Te veremos, pues, nacer, crecer, morir.
El Omnipresente se limita a un solo lugar y acepta no pisar sino una pequeña parcela de la Tierra, un pequeño país del Oriente Medio.

Pero fundará una Iglesia para representarle, en todos los tiempos y en todos los lugares. La Iglesia es la continuación de la Encarnación.

Yo vi el Espíritu descender del cielo y posarse sobre El.

Jesús está investido, lleno, desbordante… del Espíritu.

Es El, el Hijo de Dios

Detrás de las particularidades banales de ese «ciudadano de Nazaret», se esconde todo un misterio. Su persona no se limita a lo que aparenta. «Creéis conocerle, pero hay en El un secreto: su personalidad está sumergida en Dios… En medio de vosotros está Aquel a quien vosotros no conocéis».

Es aquel que bautiza (sumerge) en el Espíritu Santo.

No olvidemos que la palabra griega «baptizó» significa «yo sumerjo». Los primeros cristianos, como Juan Bautista, bautizaban sumergiendo totalmente al candidato al bautismo en el agua de un río.
¡Espíritu, sumérgeme en ti!

Noel Quesson
Evangelios 1

Comentario – 3 de enero

(Jn 1, 29-34)

Este texto da testimonio de la intensa experiencia espiritual de Juan Bautista, porque lo muestra completamente extasiado ante la figura de Jesús.

Toda su existencia tiene sólo un sentido: anunciar al Mesías, dar lugar al Salvador, señalarlo para que las miradas se dirijan al único Señor: el Cordero que quita el pecado del mundo, el que existía desde antes, el que tiene el Espíritu Santo y lo comunica.

Los judíos podían entender qué significaba eso de ser el “cordero”, ya que ellos ofrecían corderos en sacrificio para implorar el perdón de Dios por sus pecados. Jesús, el Cordero, venía a entregarse a sí mismo por nosotros, para que ya no fuera necesario ofrecer animales en sacrificio, sino simplemente recibir el perdón que él trae generosamente, porque se entregó a sí mismo por nosotros.

Y su sacrificio tiene valor, porque no es un cualquiera. Si bien Juan el Bautista fue engendrado antes que Jesús, sin embargo Juan dice que Jesús existía antes que él (v. 30); Juan da testimonio de que “él es el hijo de Dios” (v. 34).

Al mismo tiempo, se muestra que, a diferencia del bautismo de Juan, el bautismo de Jesús no derrama sólo agua, sino el mismo Espíritu Santo. El bautismo de Juan es sólo signo y preparación, pero el de Jesús es fuente de vida eterna. Jesús es el que bautiza con el Espíritu Santo, nos sumerge en la vida nueva, en la luz, en el poder del Espíritu Santo para que entremos en otra dimensión y nuestra vida se transforme completamente.

Oración:

“Concédeme Señor que mis gestos, mis palabras y mis actitudes puedan dar testimonio de tu presencia; que todo mi ser sea como un anuncio para que los demás puedan reconocerte y encontrarte”.

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Homilía – Epifanía del Señor

LA FE, GRACIA Y RESPONSABILIDAD

RELATO TEOLÓGICO

Para que el relato evangelio de hoy pueda interpelarnos, es preciso descubrir la clave en que está escrito. Todos los exegetas están de acuerdo en que no se trata de un pasaje histórico, una crónica, sino de una narración simbólica, de un género literario llamado por los biblistas «midrash haggádico», que tiene mucho que decir a los cristianos de todos los tiempos. El relato pone de manifiesto la gran noticia: «Os ha nacido un Salvador, el Mesías» (Le 2,11). Pero quienes fueron llamados los primeros, los que conocían «la Ley y los Profetas», quienes lo esperaban desde hacía siglos «no le recibieron» (Jn 1,11). En cambio, «a pueblos que andaban en tinieblas y en sombra de muerte les iluminó una luz esplendorosa» (Mt 4,16). Mateo escribe el relato de los magos a la luz de las comunidades que forman la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios, compuesto en su gran mayoría por cristianos venidos de la sociedad pagana. El relato, pues, más que histórico, es teológico, simbólico, con vigencia hasta el final de los tiempos.

Todos los personajes que intervienen «han visto la estrella», se han enterado de la buena noticia del nacimiento del Salvador, del Esperado. Para los magos, figura de los paganos, esta estrella ha sido la predicación de los apóstoles y profetas, el testimonio personal y comunitario de los cristianos, los prodigios y señales de la fuerza liberadora del Espíritu de Jesús. Para los judíos del tiempo en que escribe Mateo son los magos, es decir, los paganos convertidos, los que desde su experiencia de salvación, testimonian que efectivamente el profeta revoltoso y ejecutado es el Liberador de Israel. Todos han recibido la noticia, pero no todos la han acogido y se han convertido como invitaban los pregones de Pedro (Hch 2,38); todos, en cierto modo, han visto la estrella, pero no todos se han puesto en camino. Los judíos, representados por Herodes (el poder político), por los sumos pontífices y los letrados (el

poder religioso), ni se molestan en acompañar a los magos peregrinos; es más, rechazan masivamente al Mesías recién nacido. Pablo se sacudirá el polvo de sus sandalias itinerantes en señal de reprobación y de renuncia a seguir evangelizándoles (Hch 13,51). En cambio, muchos paganos acogen la gran noticia e inician la peregrinación de la fe al encuentro cada vez más profundo del Señor Jesús.

La estrella es para nosotros cada llamada del Señor a través de diversos signos que nos invitan a la primera conversión o a superar una etapa en la vivencia de la fe. Esa estrella puede ser una desgracia o un fracaso que nos invita a renunciar a los ídolos y a confiar en el que tiene palabras de vida eterna (Jn 6,68). La estrella puede ser el testimonio de un testigo apasionado por Jesús y su Causa, un libro inquietador, la reflexión de un creyente, la vida vibrante de una comunidad que nos invita a partir… Todo ello es gracia, don, signo del amor gratuito de Dios. Estas estrellas aparecen en el firmamento de nuestra vida, no son fruto de nuestro ingenio como las estrellas de nuestros belenes. A nosotros nos corresponde vivir atentos y observar las «estrellas».

LA FE ES UN ÉXODO

Quizás nos digamos: «Bueno, yo ya soy creyente, soy cristiano practicante, de modo que el mensaje de este relato no tiene nada que ver conmigo…». La fe es un éxodo. Hay que partir muchas veces. La fe no es algo que se tiene como una joya en un cofre; es una relación de amistad y de comunión con el Señor y, a través de él, con el Padre y el Espíritu. Tal relación no está nunca hecha del todo, ha de estar en constante crecimiento.

La vida cristiana es una llamada a superar etapas. Dios nos hace sucesivas invitaciones a partir… La pareja que se casa, el sacerdote que sube al altar, la religiosa que se compromete ante Dios… saben que inician una «aventura», pero lo hacen con entusiasmo y fe. Luego, los roces de la vida y nuestra propia mediocridad nos van desgastando. Aquel ideal que veíamos con tanta claridad parece oscurecerse. Se pueden apoderar de nosotros el cansancio y la insensibilidad. Tal vez seguimos caminando, pero la vida se hace cada vez más dura y pesada. Ya sólo nos agarramos a nuestro pequeño bienestar. Seguimos «tirando», pero, en el fondo, sabemos que algo ha muerto en nosotros. La vocación primera parece apagarse. Es precisamente en ese momento cuando hemos de escuchar esa «segunda ilamaüa» que puede devolver el sentido y el gozo a nuestra vida. Precisamente los magos encarnan la figura del hombre o de la comunidad que atisba la llamada de Dios en los signos de los tiempos, en los hechos de su vida, en «estrellas» que invitan a caminar. Es el «kairós», la oportunidad que Dios nos ofrece.

La estrella que le invitó a levantarse de su sacerdocio honesto, pero burgués, a Henri Nouwen fue el «Regreso del hijo pródigo» de Rembrandt. La estrella que invitó a emprender un cristianismo más generoso a un par de amigos míos, cristianos cumplimenteros, fue precisamente la lectura del libro de Henri Nouwen titulado como el cuadro. En este sentido, hay que decir que el Señor llama y llama, pero, por desgracia, muchos tienen el móvil apagado. Pablo y el autor de la carta a los hebreos alertan enérgicamente a los cristianos a no repetir la cerrazón y la infidelidad del primer pueblo de Dios, simbolizado en los sumos sacerdotes, los sabios y Herodes (1Co 10,1-14; Hb 4,1-4). «Si escucháis la voz del Señor, no endurezcáis vuestro corazón como vuestros padres» (Hb 3,7). El mismo Pablo, que se siente identificado con Cristo, escribe: «Hermanos: Yo no pienso haber conseguido la meta; más bien, sigo corriendo hacia ella» (Flp 3,12-14). La Palabra nos urge, pues, a preguntarnos: ¿Qué estrella o estrellas han aparecido en mi entorno que me provocan éxodo? ¿Hacia dónde me guía esa estrella o estrellas para entablar una nueva relación con el Señor y un modo nuevo de ver y vivir?

CAMINAR JUNTOS

Los magos caminan juntos, como los de Emaús. Helder Cámara, aquel gran caminante que entendía la vida como éxodo y que tan bellamente escribió sobre el tema, aseguraba: «Dichoso el que comprende y vive este pensamiento: Si no estás de acuerdo conmigo, me enriqueces». Tener junto a nosotros a un hombre que siempre está de acuerdo de manera incondicional no es tener un compañero, sino una sombra. Es posible viajar solo. Pero un buen caminante sabe que el gran viaje es el de la vida, y éste exige compañeros. Bienaventurado quien se siente eternamente viajero y ve en cada prójimo un compañero. Un buen caminante se preocupa de los compañeros desanimados y cansados, intuye el momento en que empiezan a desesperar, los recoge donde los encuentra, los escucha, y con inteligencia y delicadeza, pero sobre todo con amor, vuelve a darles ánimos y gusto por el camino. Ch. Peguy decía: «Hay que caminar juntos; hay que llegar juntos a la casa del Padre. ¿Qué diría si nos viera llegar a los unos sin los otros?».

A los magos se les ocultó la estrella. Pero no por eso emprendieron el viaje de regreso, no por eso desistieron. Utilizaron los medios a su alcance, siguieron buscando…

Hay que caminar juntos porque, de vez en cuando, en la vida se oculta la estrella, se hace de noche y el miedo se apodera del corazón. Con compañeros al lado, la noche es menos noche. Son los días de desconcierto en que parece que Dios se ha ausentado y se ha olvidado de nosotros. «¡Ay del solo! Si cae no tiene quien le levante» (Eclo 4,10). Todos los libros del Nuevo Testamento presentan a los cristianos viviendo en comunidad, caminando juntos en estrecha fraternidad, apoyándose en momentos de debilidad y de desconcierto (1Ts 5,14; Ef 4,1-6; Flp 2,1-4).

«VOSOTROS SOIS LA LUZ DEL MUNDO»

La Palabra de Dios nos recuerda con este relato la misión de ser luz, estrellas orientadoras para los demás. Hay que partir de que Jesucristo es un derecho de todos, es luz «para alumbrar a las naciones» (Le 2,32). Y nosotros somos responsables de que otros puedan gozar de ese derecho. Ya en nuestro bautismo se nos entregó un cirio encendido en el gran cirio, símbolo de Cristo, para que seamos luz del mundo (Mt 5,14).

Estamos llamados a ser estrellas e iluminar con nuestro testimonio personal y colectivo. Testimonio de palabra, desde luego, pero sobre todo de vida. Y, juntos, testimonio de amor recíproco, de unidad, de fraternidad, como nos señaló Jesús: «Que sean uno como tú y yo, Padre, somos uno, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17,21-23). Tertuliano testifica la admiración que suscitaba el convivir fraterno de los primeros cristianos. Los paganos, llenos de asombro, comentaban: «¡Mirad cómo se aman!». «Que al ver vuestras buenas obras -señala Cristo- glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,16). El cardenal Suhard dijo inspiradamente: Ser testigo es llevar una vida que resulte inexplicable sin Dios.

La Epifanía es mucho más que una fiesta folclórica e infantil. La figura simbólica de los magos nos invita a seguir buscando a quien ya hemos encontrado por la fe; nos invita también a proclamar con nuestra vida, sobre todo, que Jesús es de verdad nuestro Salvador y Liberador. Charles de Foucauld repetía enardecido: Que nuestra vida grite el Evangelio.

Atilano Alaiz

Mt 2, 1-12 (Evangelio Epifanía del Señor)

La estrella de la salvación de la humanidad entera

Texto complicado, simbólico, arcaico, prefigurativo, midráshico. Todos estos adjetivos se usan a la hora de leer e interpretar el relato de Mateo sobre los magos (magoi, en griego, no reyes) que vienen en busca de una estrella. Y la verdad es que la exégesis bíblica ya ha dado numerosas muestras de madurez a la hora de interpretar un relato de este tipo, que desde luego, no puede leerse histórica o fácticamente, al menos con opciones fundamentalistas. Tenemos que reconocer que nos encontramos ante una magnífica página teológica, con sabor oriental y con una cristología de las primeras comunidades cristianas, especialmente la de Mateo, que vio en el texto de Miqueas (5,1) la prefiguración de Jesús como Mesías, por su nacimiento en Belén. La comunidad de Mateo, de origen judeo-cristiano, necesitó leer mucho las Escrituras, el AT, para rastrear su identidad de aceptar a Jesús como el Mesías en todos los sentidos. Consiguientemente, es posible que en una comunidad de este tipo se viera necesario, como causa-efecto, que si Jesús es considerado el Mesías, tenga que nacer en Belén.

Pero ¿qué papel desempeñan los magos? Pues el de aquellos que extraños al judaísmo y a su religión, han buscado y han interpretado los signos de los tiempos y se han arriesgado también a aceptar al niño de Belén como su luz. Es verdad que estos textos de Mateo, como los de Lucas, no pueden haber sido escritos sino después de que las comunidades cristianas proclamaran a Jesús resucitado. No podía ser de otra manera. Pero el texto de Mateo es más especial, si cabe, porque está “empedrado” de alusiones a textos veterotestamentarios que se leen con el sentido de cumplimiento o de alusiones significativas. Todos los grandes personajes de la historia han tenido su “estrella”, como Alejandro Magno, Augusto, y el “rey de los judíos” no podía ser menos a la hora de presentarlo ante toda la humanidad. Desde luego no es necesario pensar o defender que en el momento del nacimiento de Jesús se produjo una gran conjunción de Júpiter y Saturno en la constelación de Piscis; es bastante hipotético que sea así, y tampoco podemos decir que esté contemplado en nuestra narración. Además, si esta conjunción pudiera probarse para el año 7 a.C. (como algunos sostienen), todavía no se “buscaría” a Jesús como el “rey de los judíos”, porque este título no podía aplicársele desde su nacimiento, sino después de la muerte (es el título de la condena en la cruz) y la resurrección.

Desde el significado de la fiesta de hoy es mucho más iluminador leer el texto sin buscar exageradamente coincidencias históricas. Por eso interesa resalta su tejido midráshico (actualización y adaptación de textos bíblicos). Así podemos ver que nuestro relato ha podido confeccionarse teniendo en cuenta al profeta Balaam (Num24,17), un extranjero llamado por Balaq para maldecir a Israel; pero sucede lo contrario: lo bendice preanunciando la estrella de Jacob, el padre de las tribus. De la misma manera, el texto de Is 60,6 (nuestra primera lectura) con los camellos y dromedarios cargados de dones que vienen a Jerusalén y, no menos, el sentido del Sal 72,10.15 sobre los reyes de tierras lejanas que traen regalos al rey del futuro. La fe de los primeros cristianos tuvo que formularse de esta forma y de esta manera, expresarse simbólicamente. La verdad es que los cristianos aceptaron a Jesús como el Mesías verdadero, el que traería la salvación a todos. No había más remedio que rebuscar en la Escritura para dar sentido a todo ello.

Ef 3, 2-3. 5-6 (2ª lectura Epifanía del Señor)

El misterio de Dios se revela a todos

El texto de Efesios nos habla del “misterio” que le ha sido encomendado al Apóstol para que lo lleve a todos los pueblos, a los paganos, a los gentiles (diríamos a los que no tienen Dios). ¿Cómo es posible? El texto es un texto paulino, una “confesión” que retrata a Pablo, si bien la carta a los Efesios es muy posible que no haya sido escrita por él, sino por un discípulo que quiere mantener en alto la antorcha de la vocación y la misión del Apóstol. Efectivamente, vemos un interés especial en describir la originalidad de la misión paulina. Y en esto no hay nada que objetar. Las cartas auténticas de Pablo nos revelan, por activa y por pasiva, que esta ha sido la vocación y la historia de Pablo, por lo que ha dado su vida “en Cristo”.

Se habla del “don de la gracia”, de una “revelación” que ha recibido el apóstol. Esta es la verdad si comparamos nuestro texto con Gal 1,12.16. Aquí se refiere al camino de Damasco como punto focal de esta iniciativa divina. Dios lo ha llamado para ser apóstol de los paganos y para ello le ha entregado el evangelio de la salvación. Lo que en nuestro texto de hoy se llama “misterio”, es lo mismo. Porque el evangelio es la buena noticia de que Dios ha decidido salvar a todos los hombres, de cualquier raza y religión. Es eso lo que el autor de Efesios llama misterio y lo que Pablo llama varias veces “mi evangelio”.

Is 60, 1-6 (1ª lectura Epifanía del Señor)

Dios de todos los pueblos

El texto del libro del profeta Isaías adelanta el sentido de la fiesta: el universalismo de la salvación de Dios. El Trito-Isaías (la tercera parte del libro de Isaías, con oráculos de un profeta desconocido), se vale de la imagen de Jerusalén, símbolo de la presencia de Dios, para afirmar que todos los pueblos buscarán a ese Dios. Pero no se hace por la apologética barata de que el Dios nacional de Israel sea el único y verdadero. El Dios del profeta no es un Dios nacionalista, y con ello cae por tierra ese nacionalismo religioso que muchas veces se ha usado para grandes despropósitos. Si el profeta se vale de Jerusalén, es porque el profeta no puede dejar de ser un judío en su mundo y en su cultura.

Pero la intuición del profeta se perfila en el sentido de que Jerusalén ha sido humillada muchas veces en su historia. Comparada con las grandes ciudades de la cultura y la religión que la han rodeado ha sido humillada, postrada, asediada y ha sido pasada a cuchillo. Ahora, teniendo Dios allí su morada (cosa que el profeta entiende al pie de la letra, pero nosotros no estamos obligados a ello) es testigo de cómo vienen todos los pueblos, todas las religiones, todas las culturas, para ver la luz de Dios, trayendo sus dones. Dios, pues, escoge a la Jerusalén maltrecha para decir quién es y qué quiere de la humanidad entera. Este es el evangelio, el misterio, del Trito-Isaías para sus contemporáneos. El texto resonará en el evangelio de Mateo del día de hoy.