Comentario – 3 de enero

Jn 1, 29-34

Al día siguiente Juan Bautista vio venir a Jesús hacia él y dijo:

Señor, enséñanos a ver.

Señor, enséñanos a no quedarnos con las apariencias. ¡Cuántas veces no sabemos «mirar» a las gentes que viven con nosotros: no los juzgamos correctamente, nos quedamos con las apreciaciones superficiales.
Muchas personas del tiempo de Jesús no captaron «Quien» era El.

«He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo

Para los judíos que le escuchaban, la alusión era clara. Lo es menos para nosotros. Los judíos sacrificaban animales para la purificación de los pecados, según la ley de Moisés. La gran fiesta de los judíos era la Pascua, en la que se sacrificaban gran cantidad de corderos.

Jesús se identifica aquí con el «Salvador» con aquel que ‘carga sobre sí nuestros pecados».; Y va hasta el derramamiento de sangre! Esto no ha sido un asunto insignificante, sino un gran combate sangriento.
«El pecado del mundo», en singular. Ese singular es significativo. Jesús carga sobre él y hace desaparecer el conjunto de los pecados del mundo, la totalidad del pecado de la humanidad. Gracias, Jesús.

¿Cómo podría yo ayudarte, Señor, en esta gran labor?

En primer lugar, luchando contra el mal en mí… Y luego luchando contra el mal donde quiera que éste se encuentre y yo pueda hacerlo… Me siento pobre y débil para hacerlo. Ven en mi ayuda.

Ayúdame, Señor, a ser salvador contigo, en mi ambiente, en mi familia, en mis responsabilidades.

Detrás de mí viene uno que es antes de mí, porque era primero que yo.

Históricamente, humanamente, Juan ha sido concebido y ha nacido antes que Jesús.
Pero hay que superar las apariencias, las evidencias.

De hecho Juan Bautista percibe el origen divino de Jesús: ¡»era primero que yo»! El nacimiento «según la carne» en Belén, no es sino el eco de otro nacimiento eterno, «El es Dios, nacido del Padre, antes de todos los siglos».

Quiero entretenerme contemplando, cuanto sea posible, la «Persona» de Cristo, que es divina, eterna, que preexistía desde siempre. Es en verdad el Verbo de Dios, el Hijo, engendrado, ‘no creado», que aparece humanamente en el tiempo, un día de la historia humana, en un lugar del planeta.

El Eterno se inscribe en la evolución, y lo sucesivo, y lo pasajero… Te veremos, pues, nacer, crecer, morir.
El Omnipresente se limita a un solo lugar y acepta no pisar sino una pequeña parcela de la Tierra, un pequeño país del Oriente Medio.

Pero fundará una Iglesia para representarle, en todos los tiempos y en todos los lugares. La Iglesia es la continuación de la Encarnación.

Yo vi el Espíritu descender del cielo y posarse sobre El.

Jesús está investido, lleno, desbordante… del Espíritu.

Es El, el Hijo de Dios

Detrás de las particularidades banales de ese «ciudadano de Nazaret», se esconde todo un misterio. Su persona no se limita a lo que aparenta. «Creéis conocerle, pero hay en El un secreto: su personalidad está sumergida en Dios… En medio de vosotros está Aquel a quien vosotros no conocéis».

Es aquel que bautiza (sumerge) en el Espíritu Santo.

No olvidemos que la palabra griega «baptizó» significa «yo sumerjo». Los primeros cristianos, como Juan Bautista, bautizaban sumergiendo totalmente al candidato al bautismo en el agua de un río.
¡Espíritu, sumérgeme en ti!

Noel Quesson
Evangelios 1