Lectio Divina – 4 de enero

¿Qué buscáis?…  Venid y lo veréis…

1.-Oración introductoria.

Señor, yo quiero acercarme hoy al evangelio “con ojos de enamorado”. Sólo así se puede leer este evangelio escrito por el discípulo a “quien Jesús tanto quería”. Sólo si quiero  iniciar con Juan “un camino de amor” podré  entenderlo. Este evangelio no está escrito para personas superficiales. Dame la gracia, Señor, de contemplarlo en profundidad.

2.- Lectura reposada del evangelio. Juan 1, 35-42

En aquel tiempo, Juan se encontraba de nuevo allí con dos de sus discípulos. Fijándose en Jesús que pasaba, dice: «He ahí el Cordero de Dios». Los dos discípulos le oyeron hablar así y siguieron a Jesús. Jesús se volvió, y al ver que le seguían les dice: «¿Qué buscáis?» Ellos le respondieron: «Rabbí -que quiere decir, «Maestro»- ¿dónde vives?» Les respondió: «Venid y lo veréis». Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la hora décima. Andrés, el hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que habían oído a Juan y habían seguido a Jesús. El primero a quien encontró Andrés, fue a su hermano Simón, y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías» (que quiere decir ´el ungido´). Lo llevó a donde estaba Jesús y éste, fijando en él su mirada, le dijo: «Tu eres Simón, hijo de Juan. Tú te llamarás Kefás (que significa Pedro, es decir, «roca»)

3.- Qué dice el texto.

Meditación-Reflexión.

Los primeros discípulos conocen a Jesús “estando con Él”. En el desierto Jesús no podía ofrecerles nada. “El Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza”.  Pero les ofrece algo mejor: “su persona”. Y les impactó tanto que “se quedaron con Él”. Juan, que escribe su evangelio siendo ya anciano, no ha olvidado esa hora, la más bonita de tantas horas vividas en casi cien años: “las cuatro de la tarde”. El discípulo amado no ha olvidado el encanto de su mirada, la dulzura de su voz, la presión de su mano, el latido de su corazón y el estremecimiento de su ser al pronunciar su nombre.   Lo que verdaderamente cambia a una persona, la transforma, la enriquece y le hace crecer es otra persona. ¿Qué diremos del encuentro de una persona con la persona de Jesús? Algo inefable, misterioso, fascinante debió ocurrirles a estos discípulos que, estando en el puro desierto, a medida que el sol se ocultaba por las montañas de Judea, más difícil les resultaba arrancarse de su  persona. “Y se quedaron con Él”. Se quedaron fascinados, embobados, entusiasmados de la persona de Jesús. Y, llenos de ese entusiasmo, fueron a contar a otros lo que les había sucedido. Eso es la auténtica manera de evangelizar.

Palabra del Papa.

La palabra «Cristo» (Mesías) significa «el Ungido». La humanidad de Jesús está insertada, mediante la unidad del Hijo con el Padre, en la comunión con el Espíritu Santo y, así, es «ungida» de una manera única, y penetrada por el Espíritu Santo. Lo que había sucedido en los reyes y sacerdotes del Antiguo Testamento de modo simbólico en la unción con aceite, con la que se les establecía en su ministerio, sucede en Jesús en toda su realidad: su humanidad es penetrada por la fuerza del Espíritu Santo. Cuanto más nos unimos a Cristo, más somos colmados por su Espíritu, por el Espíritu Santo. Nos llamamos «cristianos», «ungidos», personas que pertenecen a Cristo y por eso participan en su unción, son tocadas por su Espíritu. No quiero sólo llamarme cristiano, sino que quiero serlo, decía san Ignacio de Antioquía. Y pidamos al Señor para que no sólo nos llamemos cristianos, sino que lo seamos verdaderamente cada vez más. (Benedicto XVI, 21 de abril de 2011).

4.- Qué me dice a mí esta palabra ya meditada. (Silencio)

5.-Propósito. Si yo he  experimentado el amor de Dios en mi encuentro con Jesús,  hoy voy a intentar contagiar esta experiencia a otras personas.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra y ahora yo le respondo con mi oración.

Gracias por permitirme encontrarte en esta oración. Como te encontró Juan, el discípulo amado. Ahora, Señor, una vez que he sido seducido por ti, no permitas que vuelva la vista atrás. No dejes que me encandile con las tentaciones del mundo. Realmente quiero responder a tu llamada y vivir feliz y contento contigo.  Permite que mi testimonio de vida sea un puente para que otros también te sepan buscar y encontrar.

Tú eres mi Hijo, el amado

Por lo que seremos recordados

Ninguno de nosotros ha decidido venir a la vida, pero sí podemos decidir qué hacer con ella una vez que la encontramos entre nuestras manos. A diferencia de otros seres vivos, los humanos tenemos la capacidad de elección y decisión. De Dios, los cristianos, no sabemos más de lo que Jesús, su Hijo unigénito y nacido de una Virgen, nos ha transmitido de Él: un Dios-Padre compasivo y misericordioso, siempre dispuesto al perdón y la bondad. Y, ¿cómo fue recordado Jesús, autoproclamado su Hijo, por aquellos que lo conocieron y siguieron? Como aquel que pasó por esta tierra haciendo el bien, sanando y curando a la humanidad de toda dolencia y rescatándola del dominio del mal.

Desde el punto de vista histórico solo tenemos acceso al Jesús recordado y transmitido por la Tradición que empezó con aquellos y aquellas que fueron testigos de sus hechos y palabras antes de su muerte en cruz, de su pasión y muerte y de sus apariciones, después de su Resurrección de entre los muertos. La presencia de Jesús, histórica, religiosa o espiritual, ha sido y sigue decisiva para millones de personas de todo el mundo desde hace dos milenios. Jesús sigue siendo percibido por muchos de nuestros contemporáneos como Aquel que pasa haciendo el bien.

Los cristianos tenemos en la humanidad de Jesús nuestro referente. Sus palabras, acciones y silencios, son para nosotros luces en nuestro camino. Posiblemente nosotros quisiéramos ser recordados como buenas personas, que han hecho el bien que han podido, luchado por un mundo más justo, trabajado por erradicar las injusticias, colaborado en la sostenibilidad del planeta y vivido en armonía con los demás seres humanos y con la naturaleza. Estamos llamados a ser no solo buenos, sino también a ser parte integrante de la bondad.

Las aguas que dan al hombre la fuerza que resucita

El agua es un elemento primordial. Sin agua la humanidad no sobreviviría. Dicen no pocos estrategas y analistas de relaciones internacionales que la próxima guerra mundial será por el acceso y control del agua. La relación del bautismo cristiano con el agua está referida al mismo Jesús y a los inicios del cristianismo. Por medio del rito del bautismo nos incorporamos a la salvación ofrecida por Jesucristo y entramos a formar parte de la Iglesia.  Es el sacramento principal y puerta de los restantes sacramentos, incluyendo la eucaristía, sacramento de pertenencia cristiana por excelencia.

¿Qué es bautizarse? Juan marca el límite de su bautismo “yo solo os bautizo con agua”, lo mío, dice, es un agua de preparación. El verdadero bautismo, aunque también conlleve agua, está impregnada de un ardor especial, el que produce el Espíritu Santo. Este Espíritu es el que recitamos en el Credo: ‘Señor y dador de vida’. De nueva vida. Quien nace del Espíritu Santo no nace de la carne o de la sangre, si no de Dios mismo. Bautizarse es volver a nacer, despertar a una nueva vida, a la verdadera vida. En el rito del bautismo morimos para nacer de nuevo. El Espíritu Santo es quien realiza todo el proceso.

Con el bautismo nos adentramos en una nueva existencia. La Iglesia sostiene que todo lo que somos y nos compromete como cristianos se inicia con nuestro bautismo. En la secularizada cultura occidental cada vez son menos los que se bautizan. Se discute cómo y en qué momento celebrarlo y sobre las condiciones culturales, religiosas, formativas, psicológicas y espirituales para su recta recepción. Conviene no olvidar que el sacramento ‘tipo’ del bautismo en la Iglesia Católica es el de adultos y que a los niños solo se bautiza en la garantía de la fe de sus padres y padrinos.

Una nueva humanidad

Jesús es el portador de una Buena Noticia de parte de Dios. Él mismo, en su Persona, ya lo es, pero, además, sus palabras, hechos y gestos también anuncian y muestran la salvación de Dios. En la Persona de Jesús, en su propio Hijo, Dios mismo ha decidido intervenir de manera plena, serena y consciente en la construcción ‘de un cielo y de una tierra’ totalmente renovada donde las aspiraciones de justicia, fraternidad, equidad y paz de los marginados, humillados, ofendidos y ninguneados de este mundo sea una realidad: el Reino de Dios.

Dios, en Jesús, se hace compañero y prójimo de la humanidad desvalida y de aquellas personas que están empeñadas en la construcción de una paz y de una justicia que rompa la tiranía y las relaciones basadas en el poder de la fuerza y en la autoridad cimentada en la opresión, injusticia y el desprecio hacia los que son débiles o diferentes. Dios ha tomado partido en la Historia. La pretendida neutralidad divina no es sino un engaño manifiesto y una burla socarrona de aquellos que quieren que nada cambie porque saben que son los que dominan. El cielo se pronuncia: Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto.

El mundo nuevo que inaugura el bautismo de los seguidores conscientes de Jesús se construye con símbolos de vida, por lazos de comunión, por la defensa de sanos valores familiares, por el respeto a las creencias religiosas, por acciones solidarias y por opciones formativas y educativas respetuosas con las pluralidades culturales, los sentimientos religiosos, las sensibilidades espirituales, la tolerancia hacia las minorías y el respeto al medio ambiente. El bautismo, por ser portador de la fuerza renovadora del Espíritu Santo, nos abre los horizontes de justicia y paz de los que han sido portadores los auténticos profetas de todos los tiempos.

¡Que vivamos esta fiesta de la memoria del bautismo del Señor con alegría y esperanza! Saludos y ánimo, el Espíritu del Señor está con nosotros.

Fray Manuel Jesús Romero Blanco O.P.

Comentario – 4 de enero

Jn 1, 35-42

Juan Bautista, fijando su vista sobre Jesús que pasaba… dijo: He aquí el Cordero de Dios» 

Fijar los ojos en Jesús.

Impregnarme de esta contemplación.

Los dos discípulos que oyeron esta Palabra, siguieron a Jesús. 

Me imagino esta escena. Jesús va por un sendero. Dos hombres se deciden a seguirle, tímidamente, con el corazón saltante… Es el primer encuentro. ¿Qué va a hacer Jesús?

¿Qué pensará? Por el momento basta «seguirle».

Volvióse Jesús a ellos, viendo que le seguían y les dijo: «¿Qué buscáis?» 

Primera palabra de Jesús. Se da cuenta de que le buscan… El les hace una pregunta. «Maestro (Rabí) ¿dónde moras?» Buscar. Seguir. Quedarse con. Tres actitudes esenciales.

¿Busco yo a Dios? ¿Le sigo? ¿Me quedo con El?

«Venid y ved» 

Es una respuesta a su deseo. Respetuosa con su libertad. «Venid a ver».

Y permanecieron con El aquel día. Era como las cuatro de la tarde. 

Juan lo recuerda con precisión. Anota la hora. Esto es normal, pues era su primera conversación con Jesús ¿Qué se dijeron? Ambos debieron de contarle su vida, sus deseos, sus asuntos.

El, debió de decirles sus proyectos, sus propios deseos.

Era Andrés uno de los dos… Encontró luego a su hermano Simón y le dijo: «Hemos hallado al Mesías». Andrés condujo a su hermano a Jesús. 

La aventura divina, se realiza en las relaciones humanas: Juan y Andrés eran amigos, pertenecían al mismo equipo de pesca sobre el lago (Lucas, 5, 10)… Además, estaban unidos por el mismo ideal, en torno a Juan Bautista que habían seguido primero.

Y he aquí que ahora también los lazos de la sangre entran en juego: Andrés conduce a su hermano Simón. Es pues un grupo natural el que se halla «embarcado» en la aventura apostólica: cuatro hombres que se conocían, Andrés, Simón, Juan, Santiago. Una vocación no nace en las nubes: todo un contexto humano la favorece o la estorba. Trataré de estar más atento a los fenómenos de grupos, a las comunidades naturales, a la solidaridad que enlaza a las gentes.

La buena nueva del evangelio no atañe a individuos aislados, sino a personas, en relación con otras… y es por medio de esas relaciones que se propaga un cierto encuentro con Jesús.

Crear lazos. ¿Cuál es mi ambiente, mi comunidad real? Vivir en primer lugar, en mí, los lazos naturales. ¿Qué personas se relacionan conmigo? No vivir solo. Participar. Estar con. Desarrollar las amistades.

Jesús, fijando la vista en Simón, dijo: «Tú eres Simón el hijo de Juan; tú serás llamado «Cefas», que quiere decir Pedro. 

Importancia del «nombre» entre los semitas… Jesús cambia el nombre de uno de los que formaban ese grupo de amigos.

Es un tomar, un contar con él, un confiarle un papel a desempeñar: piedra, roca. Si toda vocación divina arraiga en lo humano, como acabamos de constatar, continúa siendo, no obstante, una llamada de Dios, una iniciativa divina.

A través de nuestras relaciones humanas, si sabemos mirarlas en profundidad, con fe, veremos que se juega allí un designio de Dios: no es por azar que he encontrado a tal persona, que trabajo o habito cerca de «tal»; Dios cuenta con ello, y El tiene algo que ver en este encuentro o en estas relaciones.

Noel Quesson
Evangelios 1

Homilía – Bautismo del Señor

UNGIDOS Y URGIDOS PARA LA MISIÓN

SENTIDO TEOLÓGICO DEL RELATO

El relato evangélico no trata primordialmente de narrar lo que ocurrió en aquel momento junto al Jordán, ni siquiera en el interior de Jesús, sino que el evangelista pretende explicar a los destinatarios cristianos de los primeros tiempos quién era en realidad Jesús de Nazaret que, como uno de tantos, se acercó a recibir el bautismo penitencial de Juan el Bautista. Y lo hace con el género literario midráshico con rasgos apocalípticos y de teofanía: cielos abiertos, Espíritu que desciende en forma de paloma, voz del Padre desde el cielo… El acontecimiento del bautismo de Jesús es «releído» a la luz de la fe pascual de la primera comunidad apostólica, y enriquecido teológicamente con referencias a la literatura profética y apocalíptica.

Está claro que el bautismo de Jesús es visto por la primera Iglesia como modelo y prototipo del bautismo del cristiano. Comprender el bautismo de Jesús es comprender la propia realidad de bautizados.

El relato teológico del bautismo nos presenta a Jesús como «el Primogénito entre muchos hermanos», a cuya imagen hemos de configurarnos (Rm 8,29). Se trata, por tanto, de descubrir la mística de nuestra condición de bautizados, de hijos de Dios y hermanos de Jesús. «Él se asemejó en todo a nosotros menos en el pecado» (Hb 4,15) para que nosotros nos asemejemos a él en nuestro ser y en nuestro quehacer. Como cualquier persona, hubo de buscar cuál era su vocación, la voluntad del Padre. Y cuando vio claro que el Padre le llamaba para la misión profética, pidió ser bautizado por Juan. Y, como todos los profetas anteriores a él se legitimaban ante el pueblo como enviados de Dios dando testimonio de haber tenido una experiencia de encuentro con Él, también lo hace Jesús mediante la epifanía de su bautismo. Y de la misma manera que los profetas tenían un profeta-padrino que les avalaba, Jesús tiene a Juan que le presenta y garantiza que es el Enviado de Dios. Jesús tiene conciencia de ser Hijo de Dios.

De la misma manera, nuestra comprensión de la vida ha de nacer de sabernos hijos de Dios. Vivir como bautizados es tener conciencia de ser hijos de Dios y vivir como tales. Dios dice también de todos y de cada uno de nosotros: Éste es mi hijo muy amado en quien tengo mis complacencias. Escribe Pablo a los romanos: «Recibisteis un Espíritu que os hace hijos y que nos permite gritar: ¡Abba! ¡Papá! Ese mismo Espíritu le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios» (Rm 8,15-17).

Jesús es consagrado desde el vientre de su madre como sacerdote, profeta y rey. Y para realizar su misión es ungido y urgido por el Espíritu: «Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hch 10,38; Le 24,19). Jesús es ungido para ser sacerdote, sumo y eterno sacerdote que se ofrece a sí mismo como ofrenda pura: «Sacrificios y ofrendas no los quisiste; en vez de esto, me has dado un cuerpo…; entonces dije: Aquí estoy para hacer tu voluntad» (Hb 10,5-7). En el primer pueblo elegido sólo algunos eran llamados y ungidos como sacerdotes, profetas y reyes públicamente; en el nuevo pueblo de Dios hemos sido ungidos todos en nuestro bautismo, para ser todos un pueblo de sacerdotes, reyes y profetas. Todos podemos entrar en el sancta sanctorum; todos, pueblo sacerdotal, podemos ofrecer junto con el sacerdote ministerial nuestras ofrendas al Señor.

SACERDOTES, REYES Y PROFETAS

Después de la efusión del agua bautismal, ora el celebrante: «Que el Espíritu Santo te consagre con el crisma de la salvación para que entres a formar parte de su pueblo y seas para siempre miembro de Cristo, sacerdote, profeta y rey». Es preciso descubrir en toda su grandeza lo que supone la dignidad del cristiano y su misión en el mundo. En general nos falta esta mística. El sacerdocio, el profetismo y la realeza no es

algo reservado sólo a algunos elegidos. El sacerdocio ministerial presupone el sacerdocio común de todos los bautizados. «También vosotros, como piedras vivas, vais entrando en la construcción del templo espiritual, formando un sacerdocio santo, destinado a ofrecer sacrificios espirituales que acepta Dios por Jesucristo» (1P 2,5.9). En el bautismo fuimos ungidos, consagrados, como sacerdotes. Estamos acostumbrados a oír hablar del sacerdocio de los sacerdotes. Todos somos sacerdotes. Necesitamos redescubrir esta faceta grandiosa de nuestra vida.

Somos sacerdotes no sólo ahora, cuando estamos celebrando la Eucaristía, sino cuando trabajamos, nos divertimos, luchamos por el Reino o hacemos algo con amor. Toda nuestra vida tiene una dimensión litúrgica, eucarística, como la tuvo la de Jesús. Pablo escribe: «Por esa misericordia de Dios, os suplico, hermanos, que ofrezcáis vuestra existencia como sacrificio vivo, consagrado, agradable a Dios, como vuestro culto auténtico» (Rm 12,1; 1Co 10,31). «Cualquier actividad vuestra, de palabra o de obra, hacedla en honor del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él» (Col 3,17). Los documentos conciliares están sembrados de referencias al sacerdocio de los seglares y de llamadas a vivirlo con místico entusiasmo. Esto determina qué hemos de hacer y cómo lo hemos de hacer.

Hemos sido consagrados para que seamos y vivamos como «reyes», no dejándonos dominar por nada ni por nadie, como Jesús. Evidentemente, él fue libre frente a las personas y las cosas. Es libre y señor de las cosas el que tiene la propiedad y consume lo que necesita. Hay esclavitudes evidentes con respecto a las cosas: dejarse dominar por el tabaco, por el alcohol o el gasto excesivo. Pero hay también otras formas de exceso que también tientan. Decía el poeta latino, Horacio: «No me he de someter yo a las cosas, sino las cosas a mí». «No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24), señala Jesús. «No llaméis a nadie ‘señor’, porque uno solo es el Señor: Cristo» (Mt 23,8). «No seáis esclavos de nadie» (1Co 7,24).

Jesús, en su bautismo, es proclamado profeta: «Éste es mi Hijo amado, escuchadlo». A partir del bautismo comienza su ministerio profético. Nosotros también hemos sido ungidos como él para el ministerio profético. Hay grupos y familias que, fieles a su vocación profética, con su «vida distinta», interpelan y cuestionan. El Concilio recuerda a todos los bautizados su condición de profetas en medio de los hombres (LG 12,1).

Pedro afirma de Jesús que fue «ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo» (Hch 10,38). Todos los profetas han actuado y actúan ungidos y urgidos por la fuerza del Espíritu. Al rasgarse el cielo y aparecer la Paloma, quiere decir que por Jesús se nos dan en abundancia los dones del Espíritu para ejercer nuestra misión sacerdotal, real y profética.

El bautismo de Jesús no es un bautismo de agua, como el de Juan, sino de fuego en el Espíritu. Pedro proclama bien alto, citando a Joel: «En los últimos días derramaré mi Espíritu sobre todo hombre: Profetizarán vuestros hijos e hijas, vuestros jóvenes tendrán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños; y sobre mis siervos y siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días y profetizarán» (Hch 2,17). Hasta este punto llega nuestra dignidad de cristianos.

Atilano Alaiz

Lc 3, 15-16. 21-22 (Evangelio Bautismo del Señor)

Bautismo: ponerse en las manos de Dios

La escena del Bautismo de Jesús, en los relatos evangélicos, viene a romper el silencio de Nazaret de varios años (se puede calcular en unos treinta). El silencio de Nazaret, sin embargo, es un silencio que se hace palabra, palabra profética y llena de vida, que nos llega en plenitud como anuncio de gracia y liberación. El Bautismo de Jesús se enmarca en el movimiento de Juan el Bautista que llamaba a su pueblo al Jordán (el río por el que el pueblo del Éxodo entró en la Tierra prometida) para comenzar, por la penitencia y el perdón de los pecados, una era nueva donde fuera posible volver a tener conciencia e identidad de pueblo de Dios. Jesús quiso participar en ese movimiento por solidaridad con la humanidad. Es verdad que los relatos evangélicos van a tener mucho cuidado de mostrar que ese acto del Bautismo va a servir para que se rompa el silencio de Nazaret y todo el pueblo pueda escuchar que él no es un pecador más que viene a hacer penitencia; Es el Hijo Eterno de Dios, que como hombre, pretende imprimir un rumbo nuevo en una era nueva. Pero no es la penitencia y los símbolos viejos los que cambian el horizonte de la historia y de la humanidad, sino el que dejemos que Dios sea verdaderamente el “señor” de nuestra vida.

Es eso lo que se quiere significar en esta escena del Bautismo del evangelio de Lucas, donde el Espíritu de Dios se promete a todos los que escuchan. Juan el Bautista tiene que deshacer falsas esperanzas del pueblo que le sigue. El no es el Mesías, sino el precursor del que trae un bautismo en el Espíritu: una presencia nueva de Dios. Lucas es el evangelista que cuida con más esmero los detalles de la humanidad de Jesús en este relato del bautismo en el Jordán, precisamente porque es el evangelista que ha sabido describir mejor que nadie todo aquello que se refiere a la Encarnación y a la Navidad.  No se duda en absoluto de la historicidad del bautismo de Jesús por parte de Juan, pero también es verdad que esto, salvo el valor histórico, no le trae nada a Jesús, porque es un bautismo de penitencia.

Jesús sale del agua y “hace oración”. En la Biblia, la oración es el modo de comunicación verdadera con Dios. Jesús, que es el Hijo de Dios, y así se va a revelar inmediatamente, hace oración como hombre, porque es la forma de expresar su necesidad humana y su solidaridad con los que le rodean. No se distancia de los pecadores, ni de los que tensan su vida en la búsqueda de la verdadera felicidad. Por eso mismo, a pesar de que se ha dicho muy frecuentemente que el bautismo es la manifestación de la divinidad de Jesús, en realidad, en todo su conjunto, es la manifestación de la verdadera humanidad del Hijo de Dios. Diríamos que para Lucas, con una segunda intención, el verdadero bautismo de Jesús no es el de Juan, donde no hay diálogo ni nada. Incluso el acto de “sumergirse” como acción penitencial en el agua del Jordán pasa a segundo término. Es la oración de Jesús la que logra poner esta escena a la altura de la teología cristiana que quiere Lucas.

El bautismo de Jesús, en Lucas, tiene unas resonancias más proféticas. Hace oración porque al salir del agua (esto se ha de tener muy en cuenta), y estando en oración, desciende el Espíritu sobre él. Porque es el Espíritu, como a los verdaderos profetas, el que cambia el rumbo de la vida de Jesús, no el bautismo de penitencia de Juan. Lucas no ha necesitado poner el diálogo entre Juan y Jesús, como en Mt 3,13-17, en que se muestra la sorpresa del Bautista. Las cosas ocurren más sencillamente en el texto de Lucas: porque el verdadero bautismo de Jesús es en el Espíritu para ser profeta del Reino de Dios; esta es su llamada, su unción y todo aquello que marca una diferencia con el mundo a superar del AT. Se ha señalado, con razón, y cualquiera lo puede leer en el texto, que la manifestación celeste del Espíritu Santo y la voz que “se oye” no están en relación con el bautismo, que ya ha ocurrido, sino con la plegaria que logra la revelación de la identidad de Jesús. El Hijo de Dios, como los profetas, por haber sido del pueblo y vivir en el pueblo, necesita el Espíritu como “bautismo” para ser profeta del Reino que ha de anunciar.

Tit 2, 11-14; 3, 4-7 (2ª lectura Bautismo del Señor)

La maravilla de la «gracia de Dios»

La lectura tomada de la carta a Tito es verdaderamente magistral y en ella se habla de la “gracia de Dios” como salvación de todos los hombres. Dios es nuestro Salvador, que ha manifestado su bondad y su ternura con los pecadores. Esta lectura pretende ser, en la liturgia de este domingo, como la forma práctica de entender qué es lo que supone el bautismo cristiano: un modo de entroncarnos en el proyecto salvífico de Dios; un acto para acogernos a la misericordia divina en nuestra existencia; un símbolo para expresar un proyecto de vida que se fundamenta en una vida justa y religiosa y no en la impiedad mundana; una opción por la salvación que viene de Dios, como gracia, como regalo, y no por nuestros méritos.

La teología de la gracia que se nos propone en esta segunda lectura de la fiesta del Bautismo de Jesús, pues, marca expresamente la dimensión que llama al hombre a la vida y a la felicidad verdadera. Quien se adhiere a la Palabra de Dios toma verdadera conciencia de ser su hijo. Si no somos capaces de vivir bajo esa conciencia de ser hijos de Dios, estamos expuestos a vivir sin identidad en nuestra existencia.

Is 42, 1-4. 6-7 (1ª lectura Bautismo del Señor)

Te he hecho luz de las naciones

De las lecturas de la liturgia de hoy, debemos resaltar que el texto profético, con el que comienza una segunda parte del libro de Isaías (40), cuya predicación pertenece a un gran profeta que no nos quiso legar su nombre, y que se le conoce como discípulo de Isaías (los especialistas le llaman el Deutero-Isaías, o Segundo Isaías), es el anuncio de la liberación del destierro de Babilonia, que después se propuso como símbolo de los tiempos mesiánicos, y los primeros cristianos acertaron a interpretarlo como programa del profeta Jesús de Nazaret, que recibe en el bautismo su unción profética.

Este es uno de los Cantos del Siervo de Yahvé (Isaías 42, 1-7) nos presenta a ese personaje misterioso del que habla el Deutero-Isaías, que prosiguió las huellas y la escuela del gran profeta del s. VIII a. C.) como el mediador de una Alianza nueva. Los especialistas han tratado de identificar al personaje histórico que motivó este canto del profeta, y muchos hablan de Ciro, el rey de los persas, que dio la libertad al pueblo en el exilio de Babilonia. Pero la tradición cristiana primitiva ha sabido identificar a aquél que puede ser el mediador de una nueva Alianza de Dios con los hombres y ser luz de las naciones: Jesucristo, el Hijo encarnado de Dios.

Comentario al evangelio – 4 de enero

¿Fue para Juan el Bautista perder a sus discípulos a favor de Jesús? En realidad, no lo sabemos. Pero lo que sí sabemos es esto: que Juan sabía perfectamente que él era sólo un precursor, y que Cristo era el protagonista; que su papel era preparar el camino para el Señor, dirigir a la gente hacia Cristo, y retirarse él mismo a los márgenes. Desempeñó su papel a la perfección; y por la falta de pruebas que demuestren lo contrario, parece que también lo disfrutó.

Una vez me encontré con un joven maravilloso en el que percibí semillas de vocación al sacerdocio o a la vida religiosa. Le pedí a su madre, una católica practicante, que animara al joven a considerar esas vocaciones. Pero ella dijo: «Oh, no, Padre. Quiero tener nietos». Si eres padre o madre, ¿estás dispuesto a entregar tus hijos a Cristo? Si eres sacerdote o religioso, ¿en qué medida te resulta agradable o doloroso trabajar al margen dejando que Cristo ocupe el centro del escenario? Si eres un joven, ¿hasta qué punto estás dispuesto a dejar que Cristo reclame tu vida?

Paulson Veliyannoor, CMF

Meditación – 4 de enero

Hoy es 4 de enero.

La lectura de hoy es del evangelio de san Juan (Jn 1, 35-42):

En aquel tiempo, estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Este es el Cordero de Dios». Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?». Ellos le contestaron: «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?». Él les dijo: «Venid y veréis». Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; era como la hora décima. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)». Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce: Pedro)».

El texto de hoy es apasionante. Tiene su nudo y su centro en la pregunta de Jesús y en la respuesta-pregunta de los discípulos: “¿Qué quieren?”; “¿Dónde vives?” Me lo imagino como un momento cargado de tensión en el ambiente del diálogo. Lo cierto es que se resuelve no en palabras, sino en hechos, es decir, los curiosos discípulos van a ver dónde vive Jesús. Esto es lo paradigmático además del relato: ¡no se nos describe ni una palabra acerca de dónde vive Jesús! Lo cierto es que aquellos anhelantes buscadores de sentido encontraron algo que marcó tanto su vida que hasta le pusieron hora: las cuatro de la tarde. Hora más que simbólica, dado que en la antigüedad era cuando terminaba la jornada de trabajo y empezaba la tarde-noche. La hora del descanso. El tiempo del reposo. El ir haciendo síntesis del día vivido. Hasta ese momento se quedaron los discípulos. ¿Qué habrán visto? ¿Qué fue lo que los cautivó tanto? ¿Cuál habrá sido el hecho decisivo por el cual decidieron quedarse y proclamar a Jesús como Mesías? No lo sabemos. Lo cierto es eso. No lo sabemos. Y esto nos hace pensar a nosotros inmediatamente en nuestra propia vida. ¿Dónde vive hoy Jesús? Creo que es una de las grandes preguntas que nos podemos hacer. A Jesús, hoy, ¿dónde lo encuentro? Y la pregunta dispara para varios sentidos. ¿Dónde vive Jesús en el mundo? ¿Dónde vive Jesús en la Iglesia? ¿Dónde vive Jesús en mi vida de todos los días? ¿Dónde vive Jesús en la vida de tantos hermanos que caminan conmigo? ¿Cuáles son los “lugares” donde me encuentro con Jesús?

Una de las tantas respuestas que me animo a dar es que Jesús está donde está la Vida. Creo que es una de las grandes claves de discernimiento de nuestra época. Si queremos descubrir a Jesús, vayamos detrás de la vida y denunciemos los lugares de muerte, ahí donde la vida es manoseada, maltratada, violada, vendida. Es un lindo ejercicio el poder examinar cuáles son los lugares de Vida para poder acrecentarlos o poder descubrir cada vez más a Jesús; y cuáles los lugares de no-Vida para poder llevar allí la Vida de Jesús. ¡Qué desafío grande este! Porque si no lo hacemos corremos el riesgo del acostumbramiento: siempre se hizo así. Y con eso la novedad siempre nueva del Evangelio de Jesús no puede entrar en el corazón. Así alimentamos estructuras caducas en la Iglesia, nos enquistamos, nos encerramos, y no tenemos nada nuevo para decirle al mundo; nuestro corazón se cierra y no le dejamos espacio al Espíritu de Jesús para que nos hable y nos conduzca; nos volvemos indemnes al sufrimiento de nuestros hermanos y lo justificamos diciendo que las cosas no pueden cambiar, o que es culpa de otros, o que siempre han existido los pobres y nosotros no lo vamos a revertir. Si nos acostumbramos, perdemos la novedad y perdemos a Jesús. Vamos a ser unos pobres tipos y mujeres que anden por la vida poniendo excusas pero sin jugársela en serio por aquello que amamos y nos apasiona: ser como Jesús y llevar la alegría del Evangelio a todos los hombres, especialmente los pobres. Abrile a Jesús las puertas de tu vida y de tu corazón. Descubrí donde vive. Y después, amá con locura. Esa misma que llevó a los discípulos a quedarse con Él hasta las cuatro de la tarde; esa misma locura que se entrega en la Cruz, para que todos tengamos Vida y Vida eterna. (….)

P. Sebastián García