Homilía – Bautismo del Señor

UNGIDOS Y URGIDOS PARA LA MISIÓN

SENTIDO TEOLÓGICO DEL RELATO

El relato evangélico no trata primordialmente de narrar lo que ocurrió en aquel momento junto al Jordán, ni siquiera en el interior de Jesús, sino que el evangelista pretende explicar a los destinatarios cristianos de los primeros tiempos quién era en realidad Jesús de Nazaret que, como uno de tantos, se acercó a recibir el bautismo penitencial de Juan el Bautista. Y lo hace con el género literario midráshico con rasgos apocalípticos y de teofanía: cielos abiertos, Espíritu que desciende en forma de paloma, voz del Padre desde el cielo… El acontecimiento del bautismo de Jesús es «releído» a la luz de la fe pascual de la primera comunidad apostólica, y enriquecido teológicamente con referencias a la literatura profética y apocalíptica.

Está claro que el bautismo de Jesús es visto por la primera Iglesia como modelo y prototipo del bautismo del cristiano. Comprender el bautismo de Jesús es comprender la propia realidad de bautizados.

El relato teológico del bautismo nos presenta a Jesús como «el Primogénito entre muchos hermanos», a cuya imagen hemos de configurarnos (Rm 8,29). Se trata, por tanto, de descubrir la mística de nuestra condición de bautizados, de hijos de Dios y hermanos de Jesús. «Él se asemejó en todo a nosotros menos en el pecado» (Hb 4,15) para que nosotros nos asemejemos a él en nuestro ser y en nuestro quehacer. Como cualquier persona, hubo de buscar cuál era su vocación, la voluntad del Padre. Y cuando vio claro que el Padre le llamaba para la misión profética, pidió ser bautizado por Juan. Y, como todos los profetas anteriores a él se legitimaban ante el pueblo como enviados de Dios dando testimonio de haber tenido una experiencia de encuentro con Él, también lo hace Jesús mediante la epifanía de su bautismo. Y de la misma manera que los profetas tenían un profeta-padrino que les avalaba, Jesús tiene a Juan que le presenta y garantiza que es el Enviado de Dios. Jesús tiene conciencia de ser Hijo de Dios.

De la misma manera, nuestra comprensión de la vida ha de nacer de sabernos hijos de Dios. Vivir como bautizados es tener conciencia de ser hijos de Dios y vivir como tales. Dios dice también de todos y de cada uno de nosotros: Éste es mi hijo muy amado en quien tengo mis complacencias. Escribe Pablo a los romanos: «Recibisteis un Espíritu que os hace hijos y que nos permite gritar: ¡Abba! ¡Papá! Ese mismo Espíritu le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios» (Rm 8,15-17).

Jesús es consagrado desde el vientre de su madre como sacerdote, profeta y rey. Y para realizar su misión es ungido y urgido por el Espíritu: «Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hch 10,38; Le 24,19). Jesús es ungido para ser sacerdote, sumo y eterno sacerdote que se ofrece a sí mismo como ofrenda pura: «Sacrificios y ofrendas no los quisiste; en vez de esto, me has dado un cuerpo…; entonces dije: Aquí estoy para hacer tu voluntad» (Hb 10,5-7). En el primer pueblo elegido sólo algunos eran llamados y ungidos como sacerdotes, profetas y reyes públicamente; en el nuevo pueblo de Dios hemos sido ungidos todos en nuestro bautismo, para ser todos un pueblo de sacerdotes, reyes y profetas. Todos podemos entrar en el sancta sanctorum; todos, pueblo sacerdotal, podemos ofrecer junto con el sacerdote ministerial nuestras ofrendas al Señor.

SACERDOTES, REYES Y PROFETAS

Después de la efusión del agua bautismal, ora el celebrante: «Que el Espíritu Santo te consagre con el crisma de la salvación para que entres a formar parte de su pueblo y seas para siempre miembro de Cristo, sacerdote, profeta y rey». Es preciso descubrir en toda su grandeza lo que supone la dignidad del cristiano y su misión en el mundo. En general nos falta esta mística. El sacerdocio, el profetismo y la realeza no es

algo reservado sólo a algunos elegidos. El sacerdocio ministerial presupone el sacerdocio común de todos los bautizados. «También vosotros, como piedras vivas, vais entrando en la construcción del templo espiritual, formando un sacerdocio santo, destinado a ofrecer sacrificios espirituales que acepta Dios por Jesucristo» (1P 2,5.9). En el bautismo fuimos ungidos, consagrados, como sacerdotes. Estamos acostumbrados a oír hablar del sacerdocio de los sacerdotes. Todos somos sacerdotes. Necesitamos redescubrir esta faceta grandiosa de nuestra vida.

Somos sacerdotes no sólo ahora, cuando estamos celebrando la Eucaristía, sino cuando trabajamos, nos divertimos, luchamos por el Reino o hacemos algo con amor. Toda nuestra vida tiene una dimensión litúrgica, eucarística, como la tuvo la de Jesús. Pablo escribe: «Por esa misericordia de Dios, os suplico, hermanos, que ofrezcáis vuestra existencia como sacrificio vivo, consagrado, agradable a Dios, como vuestro culto auténtico» (Rm 12,1; 1Co 10,31). «Cualquier actividad vuestra, de palabra o de obra, hacedla en honor del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él» (Col 3,17). Los documentos conciliares están sembrados de referencias al sacerdocio de los seglares y de llamadas a vivirlo con místico entusiasmo. Esto determina qué hemos de hacer y cómo lo hemos de hacer.

Hemos sido consagrados para que seamos y vivamos como «reyes», no dejándonos dominar por nada ni por nadie, como Jesús. Evidentemente, él fue libre frente a las personas y las cosas. Es libre y señor de las cosas el que tiene la propiedad y consume lo que necesita. Hay esclavitudes evidentes con respecto a las cosas: dejarse dominar por el tabaco, por el alcohol o el gasto excesivo. Pero hay también otras formas de exceso que también tientan. Decía el poeta latino, Horacio: «No me he de someter yo a las cosas, sino las cosas a mí». «No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6,24), señala Jesús. «No llaméis a nadie ‘señor’, porque uno solo es el Señor: Cristo» (Mt 23,8). «No seáis esclavos de nadie» (1Co 7,24).

Jesús, en su bautismo, es proclamado profeta: «Éste es mi Hijo amado, escuchadlo». A partir del bautismo comienza su ministerio profético. Nosotros también hemos sido ungidos como él para el ministerio profético. Hay grupos y familias que, fieles a su vocación profética, con su «vida distinta», interpelan y cuestionan. El Concilio recuerda a todos los bautizados su condición de profetas en medio de los hombres (LG 12,1).

Pedro afirma de Jesús que fue «ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo» (Hch 10,38). Todos los profetas han actuado y actúan ungidos y urgidos por la fuerza del Espíritu. Al rasgarse el cielo y aparecer la Paloma, quiere decir que por Jesús se nos dan en abundancia los dones del Espíritu para ejercer nuestra misión sacerdotal, real y profética.

El bautismo de Jesús no es un bautismo de agua, como el de Juan, sino de fuego en el Espíritu. Pedro proclama bien alto, citando a Joel: «En los últimos días derramaré mi Espíritu sobre todo hombre: Profetizarán vuestros hijos e hijas, vuestros jóvenes tendrán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños; y sobre mis siervos y siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días y profetizarán» (Hch 2,17). Hasta este punto llega nuestra dignidad de cristianos.

Atilano Alaiz