Se han abierto los caminos divinos de la tierra

1.- «Vienen todos los de Sabá, trayendo incienso y oro…»(Is 60,6) El profeta canta lleno de alegría y exhorta a Jerusalén que también se llene de gozo. Contempla como la luz hace retroceder a las tinieblas. Como el Bien vence al Mal y se inicia la salvación de los hombres que sólo Dios puede otorgarnos. Vislumbra extasiado como el Dios de los cielos nace en la tierra. El nuevo y definitivo Rey de Israel, el Hijo de David anunciado como redentor nace y con él la esperanza, la alegría y la paz.

Y como a Salomón, el otro hijo de David, vienen desde las tierras del sur y del este, de Sabá y de Madián, a festejar su grandeza, a rendirle pleitesía. Para ello llegan cargados de dones: oro, incienso y mirra. Elementos valiosos y altamente significativos. Expresión de su amor y de su fe. Ratificación de sus sentimientos mediante la entrega de algo de sí mismos, de un don que pruebe la autenticidad de su reconocimiento y admiración.

2.- «…también los gentiles son coherederos…» (Ef 3,5) Hoy es el día en que conmemoramos, revivimos, el momento en el que Dios se manifiesta a los gentiles, es decir, cuando el Señor abre las puertas de su Reino a todos los hombres, sean o no hebreos, pertenezcan o no al pueblo judío, el elegido en primer lugar. Hasta que Cristo nace, los que no fueran descendientes de Abrahán no podían entrar en el Reino de Dios. Eran los gentiles, gente impura cuya cercanía manchaba, hasta el punto de que no se podía entrar en sus casas sin quedar impuros ante Dios.

Todo eso desaparece y el Señor destruye aquellas fronteras. Con el nacimiento de Cristo una nueva estrella se enciende en lo alto de los cielos, su luz brilla con claridad y fuerza, es un signo visible del amor de Dios, de su llamada insistente y persuasiva para que cada uno siga el camino marcado por la luz de la fe en Cristo, un camino distinto para cada uno, pero igual para todos ya que a todos nos llama Dios a ser santos.

3.- «…se marcharon a su tierra por otro camino» (Mt 2,12) Dios premió su constancia y abnegación, su firme fe y su acendrada esperanza. Aquella estrella tenía un brillo especial, les llamó la atención desde el primer momento quizá. Por otra parte había un clima de expectación, de una parte y de otra se oía decir que vendría un Salvador. Además la situación en muchos lugares de la tierra era cada vez más penosa, los anhelos de salvación eran profundos. Por eso no era extraño que Dios se apiadara y enviase al Mesías esperado.

Aquellos hombres vinieron por un camino y se marcharon por otro, vinieron con la ansiedad de quien busca y se marcharon con el gozo del que ha encontrado lo que tanto buscaban. El camino de ida era incierto y penoso, el de vuelta seguro y alegre… La estrella sigue brillando, «se han abierto los caminos divinos de la tierra», repetía San Josemaría. Pero es preciso recorrerlos, encontrar a Cristo para seguir caminando con seguridad, con esperanza, con alegría y paz.

Antonio García Moreno

La fiesta de hoy es una llamada a la fe

1.- La fiesta de la Epifanía del Señor no es otra cosa que la certeza que tenemos los cristianos de que Dios no hace acepción de personas, razas, culturas y pueblos. Él es Dios del universo y es Padre de todos los que se dejan iluminar por el misterio de su Hijo hecho hombre para nuestra salvación.

En la Palabra de Dios se nos revela el proyecto salvífico de Dios mediante el ministerio de los profetas, pero se nos dice, precisamente en el Nuevo Testamento que ese proyecto tiene su cumplimiento en Jesucristo.

2. – El profeta Isaías es una voz, entre tantas, que anunció la universalidad de la salvación. Como muchos otros hombres de Dios, invitó constantemente al pueblo elegido a dejar las actitudes nacionalistas y excluyentes para asumir su vocación de ser instrumento de salvación para la humanidad entera.

Así, en el libro de Isaías, el profeta presenta a Jerusalén —que en la relectura cristiana podemos identificar con la Iglesia— como la luz que se sobrepone a las tinieblas, precisamente porque en ella brilla la gloria del Señor, es decir, en ella habita el Señor. Esta presencia suya unifica a todos los pueblos siendo atraídos por Él junto con el pueblo de Israel que regresa del exilio. Es la idea universalista que domina las profecías, como ya decíamos, pero que tiene sus primeras realizaciones en el Nuevo Testamento. En el mismo texto hebreo dice muy directamente: “Sé luz”. Lo que significa que es toda la persona que se transforma en fuente de luz. Así, veremos en el Nuevo Testamento que el cristiano es luz pues camina a la luz de Cristo y lo mismo se dirá de la Iglesia.

3.- La segunda lectura tomada de la carta a los Efesios nos da una descripción del plan de Dios realizado por Jesucristo y dado a conocer a los apóstoles por medio del Espíritu. San Pablo afirma que no sólo los hebreos han sido llamados a la salvación sino también todos los paganos, puesto que, suprimidas por Cristo todas las barreras éstos forman ya con los judíos un único pueblo y son partícipes de las promesas hechas a los padres de la antigua alianza.

El Nuevo Testamento, por otra parte, presenta a Cristo como el perfecto y único revelador del Padre, tal como le hemos escuchado en estos días en el evangelio de san Juan y en la carta a los Hebreos.

San Mateo, en el evangelio, no se detiene tanto, como lo hace Lucas, en darnos pormenores del nacimiento del Salvador, sino que centra toda su atención en hacernos entender que el horizonte de la salvación llega hasta los paganos a quienes atrae como una estrella.

El centro de este encuentro con la salvación no es ya Jerusalén sino Belén, según lo había profetizado Miqueas. Con el cumplimiento de las profecías, san Mateo nos quiere hacer ver y entender, que Cristo está en continuidad con la revelación que Dios hizo en el Antiguo Testamento, pero la supera, pues la salvación no está encerrada en un pueblo, una raza o una cultura, sino que pertenece a todos aquellos que aman y buscan la verdad.

A la luz de la Palabra de Dios, podemos afirmar que la fiesta de hoy es una llamada a la fe. Los magos, que mejor sería llamarlos astrólogos, representan a todos aquellos que buscan al verdadero Dios y están abiertos a los signos que Él quiere dar. En el caso de ellos, ese signo es la estrella, pues es el medio más acorde con su experiencia. Ellos responden muy activa y positivamente a esta llamada; no así Herodes y los sacerdotes quienes, además, tienen el testimonio de las Escrituras.

4.- Nosotros, como Iglesia, y como individuos que formamos parte de ella, tenemos en la vida de creyentes, muchos y variados signos que nos invitan a aceptar a Jesucristo como Señor y Salvador nuestro. Tenemos, en primer lugar, la Palabra de Dios que se nos reparte como alimento, especialmente en el contexto de la Eucaristía dominical; están también a nuestra disposición los otros sacramentos que nos hacen crecer en la experiencia de un Dios muy cercano; la vida de cada día, con sus logros, sus fracasos y sus problemas, el dolor y la enfermedad; en fin, en la perspectiva de la fe, todo lo que acontece en torno nuestro.

Y todo esto para que podamos, por nuestra parte, ser dignos luminosos para quienes todavía no creen o andan perdidos en la confusión de tantos caminos que propone el mundo. Somos, en continuidad con el antiguo pueblo de Dios, pero superándolo, gracias a Jesucristo, servidores de la humanidad por medio del testimonio. Como miembros de la Iglesia, damos un verdadero testimonio de unidad en la caridad cuando sabemos compartir lo que somos, sabemos y tenemos, en medio de la gran diversidad de razas, culturas y condiciones sociales.

Antonio Díaz Tortajada

Lectio Divina – Epifanía del Señor

“Vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron”

INTRODUCCIÓN

“Es Navidad. De Oriente llegan unos magos, porque les espera un recién nacido, porque ha nacido el Rey. Buscan al que los ha llamado, van al que los ha atraído, preguntan por el que los ha guiado, llevan regalos al  que se ha hecho para ellos regalo del cielo, encuentran al que ha bajado del cielo para buscarlos. Si te fijas en la estrella que los guía, reconocerás en ella la luz de la fe que a ti te ilumina y te lleva adonde está Jesús. Si te fijas en los magos, hoy entras con ellos en la casa, hoy contigo ellos caen de rodillas en adoración y ofrecen al Niño sus regalos, tu regalo: tu pan y tu vino”. (Fray Santiago Agrelo).

TEXTOS BÍBLICOS

1ª lectura: Is. 60,1-6.         2ª lectura: Ef. 3,2-3ª.5-6

EVANGELIO

Mateo 2, 1-12

Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle.» AL oír esto, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: «En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel. Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo: Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle. Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino.

REFLEXIÓN

El camino de los Magos es el auténtico camino de la fe. Siempre hay “una luz” que viene de lo alto, “un camino” nada fácil de recorrer y “una meta”: La adoración.

1.- Vimos la estrella en Oriente. Confucio, célebre pensador chino que vivió en el siglo VI antes de Cristo, nos dejó este proverbio: “Cuando el sabio apunta con el dedo la luna, sólo el necio se queda mirando el dedo”. Desde que se escribieron los evangelios  ha habido muchos necios que, ante la estrella de los magos, se han quedado mirando el dedo de las apariencias externas y no han descubierto el significado profundo de los hechos.

Sabemos que los evangelios de la infancia se escribieron al final y están coloreados por la experiencia de Pascua. Esa estrella maravillosa que alumbra en el cielo es Cristo Resucitado, que no puede ser patrimonio de un solo pueblo, el pueblo judío, sino de todos los pueblos. Hoy es la fiesta de todos los que creemos en Jesús, aunque no seamos judíos. Fiesta grande, fiesta universal, fiesta de la Humanidad. Pero hay que “mirar al cielo” y descubrir la estrella “para llenarnos de alegría”.

2.- Y venimos. Los Magos se pusieron de camino. Y en el camino de la fe hay que dejar las comodidades materiales y entrar a formar parte en la caravana de los “buscadores de Dios”. Es verdad que la “estrella de Dios” brilla, seduce, fascina y te lanza a una búsqueda apasionante. Pero no es menos verdad que, cuando menos lo esperas, esa estrella “desaparece”. Y corres el riesgo de desanimarte, tirar la toalla y desandar el camino. Lo expresaba bellamente Ortega y Gasset: “En la órbita de la Tierra hay perihelio y afelio: un tiempo de máxima aproximación al sol y un tiempo de máximo alejamiento. Algo parecido ocurre con la mente respecto a Dios. Hay épocas de “odium Dei”, de gran fuga de lo divino, en que esa enorme montaña de Dios llega casi a desaparecer del horizonte. Pero al cabo vienen sazones en que súbitamente, con la gracia intacta de una costa virgen, emerge el acantilado de la divinidad. Y se grita ¡DIOS A LA VISTA!” (El espectador).  

Dios es presencia y ausencia. Y una ausencia “sentida” es un modo de presencia. Tal vez uno de los males de nuestro tiempo es que “no siente” la ausencia de Dios. “Bueno es saber que los vasos nos sirven para beber; lo peor es que no sabemos para qué sirve la sed” (A.Machado).

3.- A adorarle. “El hombre ha nacido para adorar a Dios”. Es el principio y fundamento de los ejercicios de San Ignacio. Si unimos esta frase con la de San Juan de la Cruz: “El hombre ha nacido para la unión con Dios”, debemos concluir que a máxima unión con Dios, máxima realización de la persona. Cuando, como los magos de Oriente, caemos de rodillas ante Dios y le adoramos, nos vaciamos de nuestro egoísmo personal, nos descentramos de nosotros mismos, y nos llenamos de Dios poniéndolo en el centro de nuestra existencia, ahí  se acaba el orgullo y la soberbia de querer ser “como Dios”. En eso consiste el pecado.  Adorar es aceptar con gozo nuestra situación de criaturas y, bien orientadas hacia Dios, nuestro Creador,  disfrutar de Dios y de toda su creación, obra de su amor. Y queremos traer aquí unas palabras del Papa Francisco con motivo de la fiesta de la Epifanía: «Para adorar al Señor es necesario ver más allá del velo de lo visible, que frecuentemente se revela engañoso»,  El Santo Padre subrayó que este modo de “ver” que trasciende lo visible, «hace que nosotros adoremos al Señor, a menudo escondido en las situaciones sencillas, en las personas humildes y marginales. Se trata pues de una mirada que, sin dejarse deslumbrar por los fuegos artificiales del exhibicionismo, busca en cada ocasión lo que no es fugaz». (6-enero-2021).

PREGUNTAS

1.- ¿Soy capaz de descubrir “estrellas”, es decir, señales, guiños, que Dios me hace para que yo le siga?

2.- ¿Me siento llamado a esa maravillosa aventura de buscar a Dios? ¿Me desanimo en esa búsqueda?

3.- ¿Alguna vez me he quedado asombrado ante una bonita puesta de sol, ante la inmensidad  de los mares, ante una noche con un cielo sereno, tachonado de estrellas? En esos momentos, ¿no me han dado ganas de ponerme de rodillas?

Este evangelio, en verso, suena así:

Ésta es la preciosa «historia»
de unos «Magos soñadores»
que, al descubrir una «estrella»,
siguieron sus resplandores.

Después de un largo camino,
cruzando valles y montes,
la «estrella» vino a pararse
sobre una casa muy pobre.

De rodillas, ante un «NIÑO»,
abrieron sus ricos cofres
de oro, de incienso y de mirra
y le ofrecieron sus dones …

Hoy, con pena no es el «NIÑO»,
REY de nuestros corazones.
Lo hemos cambiado por «viejos
barbudos y barrigones».

Es verdad que sus regalos
no caben en los salones,
pero están tristes las casas,
«sin flores en los balcones».

Al olvidar a Jesús
matamos las ilusiones.
Perdieron su luz los ojos
de niños y de mayores

Perdona, Señor, y escucha
nuestras puras oraciones:
Devuélvenos la «ILUSIÓN»,
que robaron los ladrones.

(Compuso estos versos José Javier Pérez Benedí)

Postrándose, lo adoraron

De muy lejos llegaron a Belén unos magos que, cuando encontraron a Jesús, se pusieron de rodillas ante él y le ofrecieron unos regalos delicados: oro, incienso y mirra. Este día, conocido como el día de los Reyes, celebramos que Jesús es alguien importante para todos. En el evangelio vemos a los magos de oriente como protagonistas, porque en ellos descubrimos la verdadera identidad de esta fiesta que no es otra que todos los pueblos del mundo adoren al niño Dios. Ellos, simbolizan a los hombres de todas las razas y de todos los pueblos que descubren en el niño Jesús al mismo Dios vivo.

Como aquellos sabios de Oriente, también nosotros, guiados por la estrella luminosa de la fe, estamos invitados para postrarnos ante el Niño Jesús, y reconocer que Él es nuestro Señor, la Luz.

En la fiesta de la Epifanía celebramos que el nacimiento de Jesús en Belén es Buena Noticia para todo el universo. Como vemos en el evangelio no son sólo unos pocos vecinos los que están al tanto del acontecimiento: desde oriente han llegado, también, para adorar al Niño. Es una forma de cumplimiento de lo anunciado por Isaías en la primera lectura. Y de lo que proclama la carta a los Efesios: todos los hombres y mujeres de la tierra somos herederos de la misma salvación. Como vemos las lecturas de esta celebración nos conducen a ver que el Hijo de Dios se manifiesta como luz y camino de salvación para todos los seres humanos.

El profeta Isaías proclama con gran exaltación la Buena Nueva a la gente que andaba en la oscuridad. Una luz brilla; la gloria de Dios aparece. Con un lenguaje muy poético, el profeta Isaías anuncia la alegría de la salvación, la vuelta de los desterrados, una salvación universal centrada en Jerusalén, sobre la cual brilla una luz. El profeta, lleno de entusiasmo, anuncia cómo vendrán desde las regiones más lejanas a ofrecer sus regalos al Mesías esperado, al que trae la luz y la alegría a todos los pueblos de la tierra, y al que se le debe toda adoración. En estos días de navidad vamos haciendo memoria de cómo Dios se va manifestando: a José y María, a los pastores, a los magos de oriente… Cada uno de estos encuentros nos ofrece, al menos, dos aspectos a considerar: el modo en el que Dios se revela y la forma en la que responden cada una de las personas implicadas.

San Pablo en su carta a los efesios, nos manifiesta la universalidad de la salvación que el niño recién nacido trae para el hombre; no solo para el pueblo judío, sino también para nosotros. Dios no se ha manifestado sólo a una raza, a un pueblo privilegiado, se da a conocer a todo el mundo. Dios ha decidido salvar a todos los hombres, de cualquier raza y religión. En esta festividad celebramos la universalidad del amor de Dios. Dios nos invita a proclamar a su Hijo por todo el mundo y a extender su mensaje, iluminar las tinieblas para liberar a todos los hombres. Recordando, como bien no señala el papa Francisco: solo en la conciencia de ser todos hijos de un mismo Padre podremos fundar la hermandad que posibilite transformar nuestro mundo.

El relato de los Reyes Magos es muy conocido por todos nosotros. Los Magos buscaban con plena sinceridad a Cristo para ofrecerle sus riquezas. Esos personajes que vienen desde lejos, obedientes a una intuición misteriosa, llegan hasta Jesús, lo reconocen como el enviado de Dios y «cayendo de rodillas, lo adoran». Junto con las ofrendas que traen, ofrecen su fe, su amor, e incluso a ellos mismos.

Hoy el evangelio nos llama a mirar nuestra capacidad para saber arrodillarnos ante Dios. Porque con esta crisis sanitaria, podemos presuponer que el hombre es capaz de avanzar por sí mismo hacia nuevas metas, avances científicos que endiosan al hombre por su capacidad para estar por encima de la enfermedad y la muerte. Vemos en nuestra sociedad como cada día se proponen y aprueban leyes que sugieren el fin del dolor, del sufrimiento. Podemos ver como el hombre actual ha quedado, en gran medida, impresionado por su poder, pero al mismo tiempo queda atrofiado para descubrir a Dios, es decir, “se ha hecho incapaz de Dios”. Lloramos a los muertos de esta pandemia, al tiempo que aprobamos el derecho al suicidio asistido. Aplaudimos a los sanitarios que salvan vidas, mientras les pedimos que completen su jornada provocando la muerte. Impulsamos políticas que dignifiquen a los discapacitados, pero simultáneamente consideramos la discapacidad como razón suficiente para el suicidio. Es necesario recordar al mundo que la encarnación de Jesucristo dignifica la vida humana, abriendo nuestros ojos al milagro de la vida. Este bebé indefenso nacido en Belén, que nada más nacer requiere ser protegido frente a la agresión de Herodes, es al mismo tiempo el autor de la vida. En Belén ha nacido no solo el autor de la vida, sino el que autentifica y garantiza la dignidad de toda vida humana. Tenemos que tener claro que la vida del hombre alcanza su mayor grandeza cuando sabe arrodillarse interiormente ante Dios.

En los magos de oriente tenemos un buen modelo en el que mirarnos, para ser capaces de levantar la mirada hacia lo alto, más allá de lo inmediato que llena la vida (ocupaciones, pequeñas cosas de cada día, luces, regalos…) y ser capaces de distinguir la luz de Dios. Para poner en nuestras vidas una dosis de valentía, para ponernos en camino siguiendo esa luz-estrella, confiando en su guía, desprendiéndonos de seguridades y costumbres que nos atan. Para tener la humildad necesaria para preguntar y pedir ayuda cuando perdemos el rastro de la estrella. Y la más importante, para saber arrodillarnos para adorar, aceptar la propia incapacidad y regalarnos a Dios para que nos devuelva al norte de nuestra vida. Porque después de adorarlo y de ofrecer sus dones, los Magos regresaron a su tierra. Algo así tiene que ser nuestra vida cristiana.

Pidamos al Señor que nos de la alegría de los Magos al haberse encontrado con él y que nos de capacidad de asombro, para saber reconocer en Él a la verdadera luz que alumbra al mundo y lo llena de sentido.

Roberto Juárez

Los cristianos, estrellas para el mundo

1.-. El Cántico de gloria entonado por Isaías a la futura Jerusalén de los tiempos mesiánicos, lleno de lirismo, que es una de las más altas cimas de la poesía hebrea, e incluso universal, describe la presencia del Señor en medio de su pueblo, cuando contempla, radiante de alegría, el regreso de los hijos desterrados de Israel a la ciudad luminosa. Pero los que hoy vienen al resplandor de la aurora que inunda Jerusalén, son también los magos, representantes de los pueblos todos, todas las gentes. «Los tesoros del mar», (los habitantes del Mediterráneo), nosotros también. Madián y Efa (los del Golfo de Akaba), y los de Sabá (Yemen), convertidos todos en hijos de Abraham por la fe con sus productos preciosos de oro e incienso, cantando las glorias del Señor. Isaías 60,1. El Profeta no ha querido hacer un relato histórico, sino anunciar poéticamente el triunfo del Señor y de su Mesías, manifestado a los gentiles.

2.- Mateo utiliza el episodio de los Magos, una leyenda con base sólida, para narrar una manifestación extraordinaria que guía a los Magos a descubrir al Rey de los judíos. Después de haber contado la genealogía de Jesús, como hijo del hombre, Mateo, ratifica la dignidad de Jesús, Hijo de Dios, valiéndose de los Magos como figuras teológicas. Los magos como paganos, desconocen la Escritura. Y a partir de ahora Mateo introduce una dialéctica que estará presente en todo su evangelio. Mientras los doctores de la Ley, expertos en las escrituras, no reconocen al Mesías, lo reconocen los paganos. Jesús es rechazado por el pueblo de Dios y acogido por los gentiles. Dios no hace acepción de personas. El particularismo judío cede el paso al universalismo de la salvación que se ofrece a todos. Primero los pastores, los incultos, después los sabios, los magos. En Jesús se cumplen todas las esperanzas de todos los hombres, judíos o griegos, romanos o persas, o babilonios. Jesús es el rey que todos esperan, pero un rey humilde y oculto. Quien lo encuentra se alegra, lo adora como rey de su vida y se entrega a él, como los magos. Los regalos que le ofrecen, son productos de un país oriental, propios de los reyes.

3.- Cuando nos parece que Dios calla, hay que saber que habla distinto lenguaje y no con palabras humanas. Después de haber hablado por los profetas, nos ha hablado por Cristo y se ha quedado mudo, (San Juan de la Cruz). Hay que tener sensibilidad para captar el lenguaje de Dios, ser dóciles a su mensaje y estar dispuestos a soportar la Noche de la fe, que la purifica. Llama a tres para que se ayuden en la noche, ese es el sentido de la dirección espiritual y el vivir la fe en comunidad. Hay que acrecentar la confianza en Dios. La estrella se oculta porque ella no produce la fe; ésta es fruto de la palabra, que está en Jerusalén. Como los magos, hay practicar la humildad buscando y preguntando. Los evangelistas vieron cumplida esta profecía al nacer el Sol de Justicia. «Reyes que buscáis estrellas, No busquéis estrellas ya, porque donde el Sol está, no tienen luz las estrellas». Ha nacido el Sol que a todos nos atrae, mientras no queme demasiado. Pero el Sol ha nacido para iluminar a todo hombre de esta tierra y quemar los pecados.

4.- Cantemos al Señor ante quien «se postrarán todos los reyes de la tierra y le ofrecerán sus dones, y supliquémosle que todos los pueblos le sirvan, para que por nuestra oración libre al pobre que clama, y al afligido que no tiene quien le proteja, y para que el pobre y el indigente sean protegidos por él» Salmo 71. Vieron una estrella en el cielo y este suceso los sacó de su país. «Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarle» Mateo 2,1. Cuando el pueblo de Israel estaba en los campos de Moab, su rey Balac, exigió a Balaam, que profetizara contra Israel, lo único que consiguió fue decir bendiciones sobre aquel pueblo. De entre los largos capítulos, destaca este texto: «Veo una estrella que se destaca de Jacob» (Nm 24,17). Esa es la estrella que han visto, doce siglos después, hoy los Magos. Como ellos hemos de recorrer el camino de la fe. Un día comenzamos a buscar, a caminar… Después, la luz ha ido palideciendo, hasta llegar a desaparecer. Sentimos la tentación de regresar a Egipto. Nos tentaban las ollas de carne. La vida fácil, el camino trillado. Y titubeamos. Hemos de proceder como los Magos: Consultad a los especialistas de la Palabra porque sólo en ella encontramos sentido a nuestra vida. Estos nos dicen que hay que ir a Belén. Como los magos hemos de prestar la obediencia de la fe. Cuando Abraham fue llamado a salir de su tierra, lo dejó todo (Gn 12,1). Había encontrado la perla preciosa. Hay que seguir la estrella con prontitud, venciendo el qué dirán, con generosidad, con alegría y amor, con perseverancia.

5.- Herodes, que teme que le quiten el reino, se sobresaltó. Cuando en vez de servir desde el cargo que se tiene, uno se sirve del cargo que tiene, posee el cargo y se sobresalta ante cualquier atisbo de superación, suplantación. La vida se hace amarga y la amargura repercute en los demás, porque no se tiene paz. La noche y el mundo del mal nos rodean. Los peligros son más inminentes, las tentaciones se presentan más atractivas e insinuantes. Herodes, nuevo Faraón, nos quiere hacer esclavos suyos. Los Magos avisados en lo más profundo de su ser, desbaratan las trampas, aceptan la Palabra que les ofrecen, y vuelve a hacerse de día. En medio de la oscuridad de la Noche, sale de nuevo la estrella. Al fin, hemos llegado a Belén. Lo sabemos por la alegría interior que nos invade: «Se llenaron de gozo». Como quien ha encontrado la perla y el tesoro. En Belén adoramos y ofrecemos a Cristo nuestra vida, unidos a su Sacrificio.

6.- «Y se marcharon a su tierra por otro camino». No podemos vivir como antes. Hemos de tomar otro camino. El camino del amor y de la fidelidad, del sacrificio y de la abnegación, del trabajo de cada día bien hecho, de la paciencia en las contradicciones y de la afabilidad y justicia en el trato con nuestros hermanos. El camino de la compasión activa con todos los que sufren. Y nos hemos de convertir en Epifanía para nuestros hermanos por la predicación, los sacramentos, la vida. Cuando por la cultura del consumismo fomentada por la formidable publicidad, se acentúa el materialismo, los cristianos debemos privilegiar la primacía del espíritu y de las actividades espirituales, como la contemplación, el amor, la fidelidad, el ejemplo = testimonio, convirtiéndonos en estrellas de justicia y fidelidad para el mundo pagano en tinieblas.

Jesús Martí Ballester

Los motivos de un viaje

1.- “Entonces unos Magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando: ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo”. San Mateo, Cáp. 2. Ni brujos ni adivinos. Este nombre de Magos que el Evangelio aplica a los viajeros que visitaron Jerusalén, apenas nacido el Niño Dios, significa más bien personas importantes. Como cuando decimos Constantino el Grande, o Carlomagno. Sin descartar que ellos profesaran alguna religión oriental, muy dada al culto de los astros. Por otra parte, Oriente significaba entonces aquellos pueblos situados a la otra orilla del Jordán: Arabia, Babilonia, Caldea, y más lejos la India. Sin mucho rigor geográfico, también Egipto y Etiopía. Los comerciantes de esas tierras llegaban con frecuencia a Palestina, en viaje de negocios.

2.- En el relato de san Mateo podemos descubrir tres elementos: En primer lugar el hecho histórico, aunque muchos detalles se escapen a la pluma del autor. Luego los recursos que la leyenda añade a todo acontecimiento importante. De allí nacieron los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar. Tres personajes en razón de los dones que ofrecieron al Niño. Representantes además de las tres razas conocidas entonces. Finalmente, el mensaje que el evangelista desea transmitirnos: Cristo es el Salvador de todos los hombres, de todas las culturas. San Mateo además, acostumbra contraponer la fe de los paganos que se convertían al cristianismo, a la infidelidad de los judíos.

El texto nos presenta al Viejo Zorro, como llamó a Herodes un escritor latino, inquieto por el nacimiento de un niño, a quien estos forasteros llaman rey. No porque un pequeño pudiera destronarlo, pero sí podría convertirse en un símbolo que atizara la rebelión del pueblo. Entre tanto, los consejeros de palacio consultados por el rey, señalaron a Belén como la patria del Mesías, según la profecía de Miqueas. Y nuestra imaginación de niños – y de adultos – mira desfilar la vistosa caravana de criados y camellos, por las angostas calles de la capital, de camino a un pequeño pueblo, que apiñaba sus casas sobre un cerro entre cultivos y rebaños. Arriba seguía brillando la estrella, que luego “se detuvo sobre la casa donde estaba el Niño”, según dice el Evangelio.

3.- Varios científicos, superando problemas cronológicos respecto al nacimiento de Jesús, han querido averiguar qué astro nuevo apareció por tales fechas. Pero es preferible entender esa estrella como un signo, que invita a descubrir que Dios se nos revela en nuestra historia. A Ignacio de Loyola, convaleciente de una grave herida, el Señor se le mostró entre las páginas de la “Vida de Cristo”. A Margarita de Cortona, que luego sería santa, cuando fue asesinado su amante. A Paul Claudel en la hermosa liturgia de Nôtre Dame de París.

Cada historia humana se inscribe, igual que aquella de los magos, en una prolongada travesía, colmada a veces de frecuentes desatinos. Otros vamos de huída a todas horas, procurando escapar de tantas cosas, aún de nosotros mismos. Pero aquellos ilustres viajeros nos enseñan a caminar con un claro propósito: “Hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo”. El motivo más noble y constructivo para seguir peregrinando por la tierra, no es otro que encontrarnos cara a cara con un Dios hecho hombre.

Gustavo Vélez, mxy

Signos, certezas y sueños. Epifanía para el mundo de hoy

Sabían de signos, de señales en el cielo estrellado. Leían. Estudiaban. Buscaban. Esperaban. Se les llama magos, sabios. Pero algo concluyó aquella noche al reconocer una estrella concreta que les puso en marcha en la dirección que les señalaba.

Quizás llegaron a Jerusalén pensando que el pueblo estaría de fiesta y preguntaron inocentemente: “¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Es que vimos una estrella en el Oriente y hemos venido a adorarlo; con la naturalidad de quienes dan por hecho que allí les darían datos del nacimiento del Mesías que el pueblo de Israel esperaba desde la antigüedad.

“El rey Herodes, al oírlo, se sobresaltó y con él toda Jerusalén”. ¡Es normal el sobresalto! Unos extranjeros preguntando por algo que, por mucho que supieran y esperaran algún día, no podría ser anunciado de esa manera. “Así que convocó a los sumos sacerdotes y escribas del pueblo y les preguntó dónde debía nacer el Cristo”. Ellos le respondieron: ‘En Belén de Judá, porque así lo dejó escrito el profeta’.

Por si no le quedaba claro a Herodes siguieron: “Y tú, Belén de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel”.

Herodes conocía, sin duda, las palabras del profeta, habría sido instruido desde su juventud en la Ley, pero era rey, tenía poder y debió de ser costoso pensar en las repercusiones que podría tener para él la llegada del Mesías. Implicaría una pérdida de poder y toda la parafernalia que rodea a los poderes desde que el mundo es mundo.

“Llamó aparte a los magos y, gracias a sus datos, pudo precisar el tiempo de la aparición de la estrella. Después les envió a Belén con este encargo: ‘Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando lo encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarlo”. Aquí empieza la manipulación del poderoso intentando hacerse con toda la información para ejecutar un plan que ayudara a preservar su status. Más de lo mismo a lo largo de la historia de la humanidad y siempre generando víctimas inocentes. No fue muy original el villano Herodes. Todo un clásico.

“Ellos, confiados, se pusieron en camino. La estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño”. Siempre aparecen signos en la historia de quien busca, si es que es una búsqueda sincera. Si parte de dentro de quien se ha de poner en camino. Hay signos pero no siempre los vemos. Sucede a veces que, aun viéndolos los rechazamos porque la prepotencia no deja espacio y ni valora nada que no pueda ser tocado, medido y pesado. Así los signos se difuminan, se esfuman… y los buscadores se mueven perdidos por bosques desconocidos.

“Al ver la estrella, se llenaron de una inmensa alegría”. La estrella como signo, y su confiada certeza les llevó hasta la meta deseada: “Al entrar en la casa, vieron al niño con María, su madre. Entonces se postraron y lo adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra.” Símbolos para honrar a quien esperaban y encontraron.

Sigue el relato (Mt 2, 16*): “Avisados en sueños que no volvieran a Herodes, regresaron a su país por otro camino”. Parece que también hacían caso a los sueños. Con sensatez y sin más explicaciones “regresaron a su país por otro camino”. Como decimos ahora, ningunearon al sobresaltado y manipulador rey Herodes, que “al ver que había sido burlado por los magos, se enfureció terriblemente y mandó matar a todos los niños de Belén y de su comarca, menores de dos años”. Orgía de muerte contra inocentes. En nuestro tiempo lo llaman “daños colaterales”.

Epifanía es manifestación. Sí, Dios se manifiesta. Luego habrá que abrir el corazón de a esa manifestación que viene en forma de signos, certezas y sueños. ¿Una estrella? Sí, porqué no. ¿Una intuición? Sí, porque “la intuición sin miedo es fecunda y creativa” esto me dijo en una ocasión un sabio monje.

Para mí, a estas alturas de vida, unos pequeños personajes me provocan de continuo; me hacen estar especialmente atenta a lo que dicen casi sin ser conscientes de lo que están diciendo. Me despiertan de la dormidera, la rutina, el aburrimiento de los adultos resabiados (¡pobres!) que queremos darles lecciones y acabamos domesticándoles. Son los niños y niñas pequeños que tengo alrededor. Ellos no miran signos, ni sueños… no lo necesitan. Ellos son epifanía de la Epifanía que celebramos el 6 de enero, son la certeza de que Dios se manifiesta en cada uno de nosotros, pero ellos aún lo llevan a flor de piel. Translucen.

Estemos atentos a nuestros pequeños maestros, cuidémoslos. Queda bien claro en la escritura lo que dijo, el que nació en Belén de Judá, cuando se puso a contarlo.

Mari Paz López Santos

Dios se está manifestando siempre en todo lo que es

Es una de las fiestas más antiguas, anterior a la Navidad. “Epifanía” significa en griego manifestación. Parece ser que en su primer significado hacía referencia a la primera luz que aparecía en Oriente y anunciaba el nuevo día. Hasta hace bien poco se conmemoraban este día tres ‘manifestaciones’ de Jesús: la adoración de los magos, la boda de Caná y el bautismo. Hoy celebramos en occidente la adoración de los magos, más conectada con la Navidad y como símbolo de la llamada de todos los pueblos a la salvación ofrecida por Dios en Jesús. En oriente se sigue celebrando hoy la Navidad.

El relato que hoy leemos del evangelio de Mateo, no hay la más mínima posibilidad de que sea histórico. Esto no nos debe preocupar en absoluto, porque lo que se intenta con esa “historia” es dar un mensaje teológico. Dios se está manifestando siempre. El que lo descubre tiene que convertirlo en imágenes para poder comunicarlo a los que no lo han descubierto. Si nos quedamos en los signos, no descubriremos la realidad. Dios se manifiesta siempre pero lo descubrimos solo en circunstancias muy concretas.

El concebir la acción de Dios como venida de fuera y haciendo o deshaciendo algo en el mundo material, sigue jugándonos muy malas pasadas. Muchas veces he intentado explicar cómo es la actuación de Dios, pero acepto que es muy difícil de comprender, mientras sigamos creyendo en un Dios todopoderoso, apto para hacer o deshacer cualquier entuerto. Pensemos, por ejemplo, en el comienzo de la mayoría de las oraciones de la liturgia: “Dios todopoderoso y eterno… para terminar pidiendo algo.”

Debemos superar la idea de Dios creador como hacedor de algo que deja ahí fuera. Dios no puede desentenderse de la criatura, como hacemos nosotros al ‘crear’ algo. Lo que llamamos creación es manifestación de Dios, que está ahí sosteniendo en el ser a su criatura. Imaginad que la creación es la figura que se refleja en el espejo. Si quitamos del medio la realidad reflejada, el espejo no podría reflejar ninguna imagen. Dios crea porque es amor y en la creación manifiesta su capacidad de unir. Al crear Dios solo puede buscar el bien de las criaturas, no puede esperar nada de ellas para Él.

La creación no falla nunca. Siempre está manifestando a su creador. En el Génesis se repite una y otra vez, que lo que iba haciendo Dios era “bueno”. Cuando llega a la creación del hombre, dice: era todo “muy bueno”. La idea de un Dios que tiene que estar haciendo chapuzas con la creación es mezquina. La idea de una salvación como reparación de una creación que le salió mal, es consecuencia de un maniqueísmo mal disimulado. Cada ser humano puede no ser consciente de lo que es y vivir como lo que no es, pero seguirá siendo manifestación de Dios y como tal único y perfecto.

Podemos seguir diciendo, que Dios actúa puntualmente en la historia, que se sigue manifestando en los acontecimientos, pero conscientes de que es una manera impropia de hablar. Con ello queremos indicar que el hombre, en un momento determinado, se da cuenta de la acción de Dios, y para él es como si en ese momento Dios hiciera algo. Como Dios está en toda criatura y en todos los acontecimientos, está ahí en todo momento. La manifestación de Dios es siempre la misma para todos, pero solo algunos, en circunstancias concretas, llegan a descubrir su teofanía.

La presencia de Dios nunca puede ser apodíctica, nunca se puede demostrar, porque no tiene consecuencias que se puedan percibir por los sentidos y por lo tanto no se puede obligar a nadie a admitir esa presencia. Es indemostrable. Tener esto claro equivaldría a desmontar todo el andamiaje de las acciones espectaculares como demostración de la presencia del poder de Dios. No digamos nada cuando ese poder se quiere poner al servicio de los “buenos”, e incluso, en contra de los “malos”. Pascal decía: “Toda religión que no confiese un Dios escondido, es falsa”.

Dios es el Dios que se revela siempre y el que siempre está escondido. La experiencia de los místicos les llevó a concluir que Dios es siempre el ausente. S. Juan de la Cruz lo dejó claro: «A donde te escondiste, Amado y me dejaste con gemido. Como el ciervo huiste, habiéndome herido. Salí tras ti clamando y eras ido.» Y el místico sufí persa Rumi dice: «Calla mi labio carnal. Habla en mi interior la calma, voz sonora de mi alma, que es el alma de otra Alma eterna y universal. ¿Dónde tu rostro reposa, Alma que a mi alma das vida? Nacen sin cesar las cosas, mil y mil veces ansiosas de ver Tu faz escondida”.

El relato de los Magos no hace referencia a personas sino a personajes. Ni eran reyes, ni eran magos, ni eran tres. Eran sabios que escudriñaban el cielo para entender la tierra. Porque estaban buscando, encontraron. Fijaros que lo descubren los que estaban lejos, pero no se enteraron de nada lo que estaban más cerca del niño. Para descubrir la Presencia lo único definitivo es la actitud. Al descubrir algo sorprendente, se pusieron en camino. No sabían hacia donde encaminarse, pero arriesgaron.

Otro mensaje importantísimo para los primeros cristianos, casi todos judíos, es que todos los seres humanos están llamados a la salvación. Para nosotros hoy esto es una verdad obvia, pero a ellos les costó Dios y ayuda salir de la conciencia de pueblo elegido. Pablo lo propone como un misterio que no había sido revelado en otro tiempo: “También los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la promesa”. Lo definitivo no es pertenecer a un pueblo sino estar en búsqueda.

Preguntan por un Rey de los judíos, clara contraposición al rey Herodes. La ciudad se sobresaltó con él, es decir identificada con el rey en su tiranía. Es Herodes el que lo identifica con el Mesías. Los sacerdotes y escribas “sabían” donde tenía que nacer, pero no experimentan ninguna reacción ante acontecimiento tan significativo. Una vez más se demuestra que el conocimiento puramente teórico no sirve de nada.

En aquellas culturas, el signo de la presencia extraordinaria de Dios en una vida humana era la estrella. Se creía que el nacimiento de toda persona estaba precedido por la aparición de su estrella. El relato nos dice que la estrella de Jesús, solo la pudo ver el que está mirando al cielo. Solo los que esperan algo están en condiciones de aceptar esa novedad. Los magos insatisfechos siguen escudriñando el cielo y por eso pueden detectar la gran novedad de Jesús. En Jerusalén nadie la descubre.

Los dones que le ofrecen son símbolo de lo que significa aquel niño para los primeros cristianos después de haber interpretado su vida y su mensaje. El oro, el incienso y la mirra son símbolos místicos de lo que el niño va a ser: el oro era el símbolo de la realeza. El incienso se utilizaba en todos los cultos que solo se tributan a Dios; la mirra se utilizaba para desparasitar el cuerpo y para embalsamarlo, como hombre.

Fray Marcos

Los Reyes Magos somos nosotros. Fiesta de la Epifanía

El autor del primer evangelio (el de Mateo), que probablemente reside en Antioquía de Siria, lleva años viviendo una experiencia muy especial: aunque Jesús fue judío, la mayoría de los judíos no lo aceptan como Mesías, mientras que cada vez es mayor el número de paganos que se incorporan a la comunidad cristiana. Algunos podrían interpretar este extraño hecho de forma puramente humana: los paganos que se convierten son personas piadosas, vinculadas a la sinagoga judía, pero no se animan a dar el paso definitivo de la circuncisión; los cristianos, en cambio, no les exigen circuncidarse para incorporarse a la iglesia.

Mateo prefiere interpretar este hecho como una revelación de Dios a los paganos. Para expresarlo, se le ocurre una idea genial: anticipar esa revelación a la infancia de Jesús, usando un relato que no debemos interpretar históricamente, sino como el primer cuento de Navidad. Un cuento precioso y de gran hondura teológica. Y que nadie se escandalice de esto. Las parábolas del hijo pródigo y del buen samaritano son también cuentecitos, pero han cambiado más vidas que infinidad de historias reales.

La estrella

Los antiguos estaban convencidos de que el nacimiento de un gran personaje, o un cambio importante en el mundo, era anunciado por la aparición de una estrella. Orígenes escribía en el siglo III:

“Se ha podido observar que en los grandes acontecimientos y en los grandes cambios que han ocurrido sobre la tierra siempre han aparecido astros de este tipo que presagiaban revoluciones en el imperio, guerras u otros accidentes capaces de trastornar el mundo. Yo mismo he podido leer en el Tratado de los Cometas, del estoico Queremón, que han aparecido a veces en vísperas de algún aconteci­miento favorable; de lo que nos proporciona numerosos ejemplos” (Contra Celso I, 58ss).

Sin necesidad de recurrir a lo que pensasen otros pueblos, la Biblia anuncia que saldrá la estrella de Jacob como símbolo de su poder (Nm 24,17). Este pasaje era relacionado con la aparición del Mesías.

El bueno: los magos

De acuerdo con lo anterior, nadie en Israel se habría extrañado de que una estrella anunciase el nacimiento del Mesías. La originalidad de Mt radica en que la estrella que anuncia el nacimiento del Mesías se deja ver lejos de Judá. Pero la gente normal no se pasa las noches mirando al cielo, ni entiende mucho de astronomía. ¿Quién podrá distinguirla? Unos astrónomos de la época, los magos de oriente.

La palabra “mago” se aplicaba en el siglo I a personajes muy distin­tos: a los sacerdotes persas, a quienes tenían poderes sobrenaturales, a propagandis­tas de religiones nuevas y a charlatanes. En nuestro texto se refiere a astrólogos de oriente, con conocimientos profundos de la historia judía. No son reyes. Este dato pertenece a la leyenda posterior, como luego veremos.

El malo: Herodes, los sumos sacerdotes y los escribas

La narración, muy sencilla, es una auténtica joya literaria. El arran­que, para un lector judío, resulta dramático. “Jesús nació en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes”. Cuando Mt escribe su evangelio han pasado ya unos ochenta años desde la muerte de este rey. Pero sigue vivo en el recuerdo de los judíos por sus construcciones, su miedo y su crueldad. Es un caso patológico de apego al poder y miedo a perderlo, que le llevó incluso a asesi­nar a sus hijos y a su esposa Mariamme. Si se entera del nacimiento de Jesús, ¿cómo reaccionará ante este competidor? Si se entera, lo mata.

Un cortocircuito providencial

Y se va a enterar de la manera más inesperada, no por delación de la policía secreta, sino por unos personajes inocentes. Mt escribe con asombrosa habili­dad narrativa. No nos presenta a los magos cuando están en Oriente, observando el cielo y las estre­llas. Omite su descubrimiento y su largo viaje.

La estrella podría haberlos guiado directamente a Belén, pero entonces no se advertiría el contraste entre los magos y las autoridades políticas y religiosas judías. La solución es fácil. La estrella desaparece en el momento más inoportuno, cuando sólo faltan nueve kilómetros para llegar, y los magos se ven obligados a entrar en Jerusalén.

Nada más llegar formulan, con toda ingenuidad, la pregunta más compromete­do­ra: “¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto su estrella y venimos a adorarlo”. Una bomba para Herodes.

El contraste

Y así nace la escena central, importantísima para Mt: el sobresalto de Herodes y la consulta a sacerdotes y escribas. La respuesta es inmediata: “En Belén, porque así lo anunció el profeta Miqueas”. Herodes informa a los magos y éstos parten. Pero van solos. Esto es lo que Mt quiere subrayar. Entre las autori­dades políticas y religiosas judías nadie se preocupa por rendir homenaje a Jesús. Conocen la Biblia, saben las respuestas a todos los proble­mas divinos, pero carecen de fe. Mientras los magos han realizado un largo e incómodo viaje, ellos son incapa­ces de dar un paseo de nueve kilómetros. El Mesías es rechazado desde el principio por su propio pueblo, anunciando lo que ocurrirá años más tarde.

Los magos no se extrañan ni desaniman. Emprenden el camino, y la reapari­ción de la estrella los llena de alegría. Llegan a la casa, rinden homenaje y ofrecen sus dones. Estos regalos se han interpretado desde antiguo de manera simbólica: realeza (oro), divinidad (incienso), sepultura (mirra). Es probable que Mt piense sólo en ofrendas de gran valor dentro del antiguo Oriente. Un sueño impide que caigan en la trampa de Herodes.

Los Reyes magos no son los padres, somos nosotros

A alguno quizá le resulte una interpretación muy racionalista del episodio y puede sentirse como el niño que se entera de que los reyes magos no existen. Podemos sentir pena, pero hay que aceptar la realidad. De todos modos, quien lo desee puede interpretar el relato históricamente, con la condición de que no pierda de vista el sentido teológico de Mt. Desde el primer momento, el Mesías fue rechazado por gran parte de su pueblo y aceptado por los paganos. La comunidad no debe extrañarse de que las autoridades judías la sigan rechazando, mientras los paganos se convierten.

Nosotros somos los herederos de esos paganos convertidos. Y debemos preguntarnos hasta qué punto nos parecemos a ellos. No se trata de hacer un largo viaje de miles de kilómetros, ni de llevar regalos costosos. A Jesús lo tenemos muy cerca: en la iglesia, en el prójimo, en nosotros mismos. ¿Tenemos el mismo interés de los Magos en presentarnos ante él y adorarlo? Si buscamos en nuestro interior, encontraremos algo que ofrecerle.

La mitificación de la estrella

La estrella ha atraído siempre la atención, y sigue ocupando un puesto capital en nuestros naci­mientos. Mt, al principio, la presenta de forma muy sencilla, cuando los magos afirman: “hemos visto salir su estrella”. Sin embargo, ya en el siglo II, el Protoevangelio de Santiagola aumenta de tamaño y de capacidad lumínica: “Hemos visto la estrella de un resplandor tan vivo en medio de todos los astros que eclipsaba a todos hasta el punto de dejarlos invisibles”. Y el Libro armenio de la infancia dice que acompañó a los magos durante los nueve meses del viaje.

En tiempos modernos incluso se ha intentado explicarla por la conjunción de dos astros (Júpiter y Saturno, ocurrida tres veces en 7/6 a.C.), o la aparición de un cometa (detectado por los astrónomos chinos en 5/4 a.C.). Esto es absurdo e ingenuo. Basta advertir lo que hace la estrella. Se deja ver en oriente, y reaparece a la salida de Jerusalén hasta pararse encima de donde está el niño. Puesta a guiarlos, ¿por qué no lo hace todo el camino, como dice el Libro armenio de la infancia? ¿Y cómo va a pararse una estre­lla encima de una cuna? Para Dios «nada hay imposible», pero dentro de ciertos límites.

El número y nombre de los magos

En el Libro armenio de la infancia (de finales del siglo IV) se dice: “Al punto, un ángel del Señor se fue apresurada­mente al país de los persas a avisar a los reyes magos para que fueran a adorar al niño recién nacido. Y éstos, después de haber sido guiados por una estrella durante nueve meses, llegaron a su destino en el momento en que la Virgen daba a luz… Y los reyes magos eran tres hermanos: el primero Melkon (Melchor), que reinó sobre los persas; el segundo, Baltasar, que reinó sobre los indios, y el tercero, Gaspar, que tuvo en posesión los países de los árabes”. Para Mt, el dato esencial es que no son judíos, sino extranjeros.

Según Justino proceden de Arabia. Luego se impone Persia. En cuanto al número, la iglesia siria habla de doce.

El contraste entre la primera lectura y el evangelio

La liturgia parece ver en el relato de los magos el cumplimiento de lo anunciado en el libro de Isaías (Is 60,1-6). Sin embargo, la relación es de contraste. En Isaías, la protagonista es Jerusalén, la gloria de Dios resplandece sobre ella y los pueblos paganos le traen a sus hijos, los judíos desterrados, la inundan con sus riquezas, su incienso y su oro. En el evangelio, Jerusalén no es la protagonista; la gloria de Dios, el Mesías, se revela en Belén, y es a ella adonde terminan encaminándose los magos. Jerusalén es simple lugar de paso, y lugar de residencia de la oposición al Mesías: de Herodes, que desea matarlo, y de los escribas y sacerdotes, que se desinteresan de él.

José Luis Sicre

Señor, que me hagas niño

1. – Hoy es el día de los niños, de la infantil ilusión de los juguetes, de las estrellas que vuelan por el cielo hacia Belén, de unos señores muy serios que ponen ante el Niño Dios juguetes incomprensibles…

Todos guardamos en un rincón del corazón entre la barba blanca de Melchor y el negro tizón del rostro de Baltasar la luz radiante de aquella ilusión con que descubríamos los juguetes de los Reyes.

Todo ha nacido de ese trozo de evangelio de San Mateo donde se mezcla la historia real con el cuento de niños. Mateo no hace historia, hace teología y la teología, desde que nuestro Dios se hizo niño, es lo que el Niño Dios tiene que decirnos a los que reconociendo nuestra pequeñez infantil nos hagamos compañeros de sus juegos.

Tan cuento de hadas es el prólogo de San Juan y “el Verbo se hizo carne y puso su tienda de campaña entre nosotros” y “que la estrella vino a pararse encima de donde estaba el Niño”. Cuento de hadas para el que no cree. Emocionante e incomprensible cercanía de Dios para quien cree.

Mateo viene a decirnos con ropaje oriental y soñador lo que Juan con lenguaje teológico: “Qué Dios se ha hecho hombre, que vino a los suyos y no le recibieron, y que solo lo encuentran los que le buscan” Son los sabios y entendidos de este mundo los que no entienden nada y son los que hacen como niños a los que el Niño Dios les revela el Reino de los Cielos.

2. – Día de estrellas que nos hablan de su lejanía de las maravillas de un Dios creador de todas ellas, nacido niño en Belén.

–Día de la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.

–Día de la luz tenue y amiga de estrellas a las que podemos mirar cara a cara, que nos conducen a un Dios escondido en brazos de María, un Dios al que no podríamos mirar fijamente sin quemarnos la retina.

3. – San Ignacio de Loyola es un arrebato místico pone en esta escena un personaje que Mateo ha olvidado y es el esclavito indigno del que habla en sus Ejercicios Espirituales. Cualquiera de nosotros puede desempeñar ese papel y hablar con el Niño Dios mientras los Magos desempaquetan sus complicados regalos. Y podemos decir al Niño:

— Señor, también yo vengo caminando a través del desierto de la vida, tratando de seguir la estrella vacilante de la Fe, que tantas veces pierdo de vista.

— Señor, creo que Tú eres mi Dios, y no me da vergüenza creerlo aunque otros lo nieguen o se rían.

— Señor, yo no soy generoso como estos Magos que han dejado su patria por seguir la estrella. Yo me aferro a mi juguete preferido y ese amor egoísta no me deja verte con claridad. Yo sé que amas a los niños, pero a mí me gusta ser hombrecito y con dificultad admito lo que Tú me dices.

— Señor, hoy los niños del mundo entero han escrito su carta a los Reyes Magos. Yo la tengo aquí en mi bolsillo y a Ti te la entrego. Y como eres Niño y no sabes leer te diré que en ella te pido una sola cosa: que me hagas niño.

Niño que se confíe totalmente a su Padre Dios
Niño que crea y espere en Ti sin límites.
Niño que pase por el mundo dando cariño y sonrisas
Niño que confíe en que hay mucha bondad en los hombres de buena voluntad.

José María Maruri, SJ