Postrándose, lo adoraron

De muy lejos llegaron a Belén unos magos que, cuando encontraron a Jesús, se pusieron de rodillas ante él y le ofrecieron unos regalos delicados: oro, incienso y mirra. Este día, conocido como el día de los Reyes, celebramos que Jesús es alguien importante para todos. En el evangelio vemos a los magos de oriente como protagonistas, porque en ellos descubrimos la verdadera identidad de esta fiesta que no es otra que todos los pueblos del mundo adoren al niño Dios. Ellos, simbolizan a los hombres de todas las razas y de todos los pueblos que descubren en el niño Jesús al mismo Dios vivo.

Como aquellos sabios de Oriente, también nosotros, guiados por la estrella luminosa de la fe, estamos invitados para postrarnos ante el Niño Jesús, y reconocer que Él es nuestro Señor, la Luz.

En la fiesta de la Epifanía celebramos que el nacimiento de Jesús en Belén es Buena Noticia para todo el universo. Como vemos en el evangelio no son sólo unos pocos vecinos los que están al tanto del acontecimiento: desde oriente han llegado, también, para adorar al Niño. Es una forma de cumplimiento de lo anunciado por Isaías en la primera lectura. Y de lo que proclama la carta a los Efesios: todos los hombres y mujeres de la tierra somos herederos de la misma salvación. Como vemos las lecturas de esta celebración nos conducen a ver que el Hijo de Dios se manifiesta como luz y camino de salvación para todos los seres humanos.

El profeta Isaías proclama con gran exaltación la Buena Nueva a la gente que andaba en la oscuridad. Una luz brilla; la gloria de Dios aparece. Con un lenguaje muy poético, el profeta Isaías anuncia la alegría de la salvación, la vuelta de los desterrados, una salvación universal centrada en Jerusalén, sobre la cual brilla una luz. El profeta, lleno de entusiasmo, anuncia cómo vendrán desde las regiones más lejanas a ofrecer sus regalos al Mesías esperado, al que trae la luz y la alegría a todos los pueblos de la tierra, y al que se le debe toda adoración. En estos días de navidad vamos haciendo memoria de cómo Dios se va manifestando: a José y María, a los pastores, a los magos de oriente… Cada uno de estos encuentros nos ofrece, al menos, dos aspectos a considerar: el modo en el que Dios se revela y la forma en la que responden cada una de las personas implicadas.

San Pablo en su carta a los efesios, nos manifiesta la universalidad de la salvación que el niño recién nacido trae para el hombre; no solo para el pueblo judío, sino también para nosotros. Dios no se ha manifestado sólo a una raza, a un pueblo privilegiado, se da a conocer a todo el mundo. Dios ha decidido salvar a todos los hombres, de cualquier raza y religión. En esta festividad celebramos la universalidad del amor de Dios. Dios nos invita a proclamar a su Hijo por todo el mundo y a extender su mensaje, iluminar las tinieblas para liberar a todos los hombres. Recordando, como bien no señala el papa Francisco: solo en la conciencia de ser todos hijos de un mismo Padre podremos fundar la hermandad que posibilite transformar nuestro mundo.

El relato de los Reyes Magos es muy conocido por todos nosotros. Los Magos buscaban con plena sinceridad a Cristo para ofrecerle sus riquezas. Esos personajes que vienen desde lejos, obedientes a una intuición misteriosa, llegan hasta Jesús, lo reconocen como el enviado de Dios y «cayendo de rodillas, lo adoran». Junto con las ofrendas que traen, ofrecen su fe, su amor, e incluso a ellos mismos.

Hoy el evangelio nos llama a mirar nuestra capacidad para saber arrodillarnos ante Dios. Porque con esta crisis sanitaria, podemos presuponer que el hombre es capaz de avanzar por sí mismo hacia nuevas metas, avances científicos que endiosan al hombre por su capacidad para estar por encima de la enfermedad y la muerte. Vemos en nuestra sociedad como cada día se proponen y aprueban leyes que sugieren el fin del dolor, del sufrimiento. Podemos ver como el hombre actual ha quedado, en gran medida, impresionado por su poder, pero al mismo tiempo queda atrofiado para descubrir a Dios, es decir, “se ha hecho incapaz de Dios”. Lloramos a los muertos de esta pandemia, al tiempo que aprobamos el derecho al suicidio asistido. Aplaudimos a los sanitarios que salvan vidas, mientras les pedimos que completen su jornada provocando la muerte. Impulsamos políticas que dignifiquen a los discapacitados, pero simultáneamente consideramos la discapacidad como razón suficiente para el suicidio. Es necesario recordar al mundo que la encarnación de Jesucristo dignifica la vida humana, abriendo nuestros ojos al milagro de la vida. Este bebé indefenso nacido en Belén, que nada más nacer requiere ser protegido frente a la agresión de Herodes, es al mismo tiempo el autor de la vida. En Belén ha nacido no solo el autor de la vida, sino el que autentifica y garantiza la dignidad de toda vida humana. Tenemos que tener claro que la vida del hombre alcanza su mayor grandeza cuando sabe arrodillarse interiormente ante Dios.

En los magos de oriente tenemos un buen modelo en el que mirarnos, para ser capaces de levantar la mirada hacia lo alto, más allá de lo inmediato que llena la vida (ocupaciones, pequeñas cosas de cada día, luces, regalos…) y ser capaces de distinguir la luz de Dios. Para poner en nuestras vidas una dosis de valentía, para ponernos en camino siguiendo esa luz-estrella, confiando en su guía, desprendiéndonos de seguridades y costumbres que nos atan. Para tener la humildad necesaria para preguntar y pedir ayuda cuando perdemos el rastro de la estrella. Y la más importante, para saber arrodillarnos para adorar, aceptar la propia incapacidad y regalarnos a Dios para que nos devuelva al norte de nuestra vida. Porque después de adorarlo y de ofrecer sus dones, los Magos regresaron a su tierra. Algo así tiene que ser nuestra vida cristiana.

Pidamos al Señor que nos de la alegría de los Magos al haberse encontrado con él y que nos de capacidad de asombro, para saber reconocer en Él a la verdadera luz que alumbra al mundo y lo llena de sentido.

Roberto Juárez