Bautismo del Señor

1.- Los apóstoles al marchar a predicar la Buena Nueva, no se entretenían en explicar detalles referentes al nacimiento del Salvador, un hecho biológico, interesante sin duda, pero carente de profundidad teológica. El meollo está en la Encarnación, no lo olvidéis, aunque a su fiesta, el 25 de marzo, se le de poco relieve. Lo importante había sido este hecho íntimo, en el seno de María, pero que por haber sido recóndito, no se prestaba a ser vociferado. A sus contemporáneos no les hubiera interesado demasiado. Hablaban ellos, los apóstoles, de alguien que había sido presentado por Juan en el Jordán, mediante un signo pedagógico propio de aquel tiempo: el bautismo. Juan fue, en su tiempo, más famoso que Jesús, al que dio la alternativa, dicho en lenguaje taurino, o le pasó el testigo, en vocabulario atlético. Había sido notable y conocido por su probidad y valentía, reconocida por todos. Para darse cuenta de la importancia que tenía el gesto del bautismo, permitidme, mis queridos jóvenes lectores, que os explique algunos detalles de la escena que el evangelio de este domingo nos relata.

Bautizar significa remojar, hundir en agua viva, no en un charco sucio cualquiera. Practicada esta ceremonia como signo espiritual. El agua escaseaba en Israel, pese a llamarse el territorio “creciente fértil” . El agua es riqueza para la vegetación y para el ganado. Beber agua es una necesidad del organismo humano, que la requiere también para su higiene corporal. En el agua se sumerge el fiel como signo de plegaria humilde y de esperanza de salvación. Lo hace en Ein-Karen o en Lourdes o en Benarés. En el agua se sumergía al que deseaba entrar o progresar en un grupo religioso. Era el equivalente a los documentos firmados y rubricados de hoy en día, para dar valor público al compromiso al que uno decide someterse. La ceremonia se podía practicar en una corriente de agua, el río Jordán u otros lugares (tal vez las fuentes de Ein-Fará) o en pequeñas piscinas rituales, como se ven en tantos lugares (la población catalana de Besalú tiene la que, según dicen, es la mejor conservada de occidente).

3.- Juan predicaba y su mensaje duro de pelar, pero, como era auténtico y su testimonio también lo era, mucha gente quedaba convencida. Convencida de que debía reconocer sus pecados y corregirse, tomar una decisión y cumplirla. Como el que después de escuchar una charla sobre los peligros del tabaco, declara en público que se va a someter a un tratamiento clínico para dejar de fumar e ingresa en un hospital. Para expresar este convencimiento y deseo de conversión se acercaba al Bautista, quien solemnemente lo sumergía en el agua, deseando que el hecho supusiera para el remojado, un cambio de actitud y vida.

Jesús acude y solicita el bautismo. Otro año, mis queridos jóvenes lectores, la liturgia se fijará en otros detalles. Hoy quiere que sepamos que Juan, pese a ser un hombre famoso no presumía de ello y que el Señor se somete a un acto público de humillación. Él no era pecador, de nada podía convertirse. Cargó con nuestros pecados, aquellos que le moverían un día en Getsemaní a decidir dejarse coger, ser torturado y ejecutado. Ante tal acto de humildad la Divinidad en pleno debe manifestarse, para evitar equívocos, para poner los puntos sobre las íes. Y con el Hijo, hecho hombre, se manifiesta el Padre en solemne voz y se transparenta el Espíritu, en apariencia de paloma. La voz proclama en sesión plenaria que aquel Galileo de Nazaret es la predilección de la Divinidad. Os toca ahora contemplar la escena, imaginándoosla en vuestro interior, y quedando a continuación un rato, en adoración. En ella os dejo. Y acabo en silencio, acompañándoos con mi plegaria.

Pedrojosé Ynaraja