Lectio Divina – Lunes I de Tiempo Ordinario

“El tiempo se ha cumplido”

1.- Oración introductoria.

Señor, dame la gracia de seguir tu llamada. El que te hayas fijado en mí y me hayas llamado por mi nombre, es un bonito regalo que me has hecho. Que esta oración sea de acción de gracias. Una acción de gracias existencial. Yo no sólo quiero darte gracias sino “ser” una acción de gracias para ti. Toda mi vida te bendeciré.

2.- Lectura reposada del evangelio: Marcos 1, 14-20

Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: Decía: -El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva. Bordeando el mar de Galilea, vio a Simón y Andrés, el hermano de Simón, largando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: -Venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres. Al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando un poco más adelante, vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan; estaban también en la barca arreglando las redes; y al instante los llamó. Y ellos, dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron tras él.

3.-Qué dice la palabra de Dios.

Meditación-Reflexión

En este evangelio nos sorprende que la llamada a los discípulos aparezca ya en el primer capítulo. Lo más lógico, como así hace Lucas, es ponerlo después de que Jesús ya ha actuado en público y es más conocido, tal vez ha hecho algún milagro…Pero San Marcos tiene prisa en poner a los discípulos ya desde el principio.  Jesús y sus discípulos van a ser algo inseparable. Cuando Jesús los manda a predicar, se corta la narración. Jesús no tiene nada que decir. Para Jesús, es muy importante resaltar el valor de la COMUNIDAD. Él llama y ellos le siguen. El discípulo es aquel que no deja a su Maestro ni a sol ni a sombra. El hecho de ir siempre en grupo es significativo. No concibe la vida en el desierto, alejado del pueblo. Ni menos viviendo Él solo.

Vio a Simón y Andrés La acción parte de Jesús. “la mirada” se clava sobre estos hombres y en seguida Jesús “los llama”, llamada categórica, penetrante, poderosa. Cuando llama Dios no cabe ningún titubeo. El contenido de la llamada es “ir detrás de Jesús”. “Os haré”… Dejarse hacer… Discípulo  es el que siempre se está haciendo.  El Maestro siempre es Jesús. Los apóstoles siempre se llamarán “discípulos” es decir, siempre estarán aprendiendo. Pescadores de hombres. ¡Bonita tarea! Jesús quiere que nos realicemos plenamente como personas, que no dejemos nuestra vida a medio hacer, a medio llenar. Por eso, el verdadero discípulo de Jesús es el que se realiza plenamente en la vida y quiere que todos tengan vida en abundancia.

Palabra del Papa.

El Apóstol Andrés, con su hermano Pedro, al llamado de Jesús, no dudaron ni un instante en dejarlo todo y seguirlo: «Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron». También aquí nos asombra el entusiasmo de los Apóstoles que, atraídos de tal manera por Cristo, se sienten capaces de emprender cualquier cosa y de atreverse, con Él, a todo. Cada uno en su corazón puede preguntarse sobre su relación personal con Jesús, y examinar lo que ya ha aceptado –o tal vez rechazado– para poder responder a su llamado a seguirlo más de cerca. El grito de los mensajeros resuena hoy más que nunca en nuestros oídos, sobre todo en tiempos difíciles; aquel grito que resuena por «toda la tierra […] y hasta los confines del orbe». Y resuena también hoy aquí, entre nosotros y nos invita a perseverar con entusiasmo en la misión, una misión que necesita de nuevos mensajeros, más numerosos todavía, más generosos, más alegres, más santos. Todos y cada uno de nosotros estamos llamados a ser este mensajero que nuestro hermano, de cualquier etnia, religión y cultura, espera a menudo sin saberlo. En efecto, ¿cómo podrá este hermano –se pregunta san Pablo– creer en Cristo si no oye ni se le anuncia la Palabra? (Homilía de S.S. Francisco, 30 de noviembre de 2015).
4.- Qué me dice hoy a mí este texto. (Guardo silencio)

5.-Propósito: En este día me comprometo a hacer presente a Jesús en todo lo que haga.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Gracias por este encuentro de oración. Quiero salir de ella convencido de que soy un privilegiado: me has mirado, me has llamado por mi nombre, te has comprometido a vivir siempre a mi lado y no dejarme nunca. Yo me siento feliz de estar siempre contigo, de ser siempre tu discípulo, siempre aprendiendo de ti, siempre descubriendo en tu doctrina una enseñanza nueva. Gracias, Señor

Haced lo que él os diga

Centramos nuestra atención en el rico texto del evangelio según san Juan, que nos ilumina en nuestra experiencia de fe en esta hermosa mañana. Y del mismo destacamos algunas expresiones cargadas de un rico contenido simbólico y teológico.

No tienen vino/Hagan lo que él les diga

Son palabras cruciales presentadas por la madre de Jesús. Su intervención es significativa al inicio del comienzo de su predicación y al final del camino de Jesús, al pie de la cruz. El centro de María en el relato no está vinculada a la maternidad del Hijo sino en cuanto que es seguidora del Maestro. Por ello, no deja de ser curioso que de ella no se nos indica su nombre.

La madre es intermediaria entre Jesús y los invitados. En su atención atenta advierte la carencia manifiesta “No tienen vino». El vino que, entre sus significados bíblicos se encuentra las accesiones de vida y alegría. Ella sabe de quién fiarse y a quién acudir. Por eso no se dirige al mayordomo, ni al novio. Sus pasos se encaminan a Jesús, el único que puede aportar la salvación que Israel necesita.

¿Qué es una boda sin amor y alegría? ¿Qué podemos celebrar cuando estamos tristes y nuestro corazón está escaso y vacío de amor? A muchos de nosotros a veces se nos acaba el vino por situaciones económicas, políticas, el miedo que paraliza, la pandemia que sigue amenazando y tantas y tantas situaciones que desilusionan, se escapan de nuestras manos, nos hacen sentir vulnerables e impotentes. Ante tal situación necesitamos del auxilio de Dios, y el de los hermanos, para poder volver al centro y sentido de nuestra vida.

Por eso, como la madre de Jesús, primero, hemos de estar atentos a las necesidades de los demás y ofrecer nuestros dones. Estos son iluminados por la segunda lectura de este día. Dios se vale de la diversidad de dones y ministerios ofrecido a cada ser humano para “provecho común” de todas las personas. Y, segundo, indicar el camino a Jesús: “Hagan lo que él les diga”. Favorecer la experiencia del encuentro con los otros con Dios es una obra de caridad para todos los tiempos.

Has guardado el vino bueno hasta ahora

A veces caemos en la tentación de pensar que ya lo sabemos todo, que ya lo hemos vivido todo, que ya lo poseemos todo y nada nuevo podemos descubrir bajo el sol. Y tal vez, se haga más manifiesto en los ancianos de nuestras comunidades. Asumir dicha actitud en la vida es ahogar el Espíritu Santo que se nos ha dado.

El creyente ha de fiarse siempre de su Señor, quien todo lo hace siempre nuevo. Ante este año que va trascurriendo hemos de mirar al mundo, a las personas y a nosotros mismos con ojos renovados. Dios siempre nos sorprende y nos reserva lo mejor aquí y ahora. El degustar del nuevo vino, que es el mismo Jesús que se parte y se reparte, siempre nos abre un nuevo horizonte en la vida. El mejor vino está siempre por descubrir, está escondido en el centro de ti.

Manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él

La fe mueve montañas. Sin los ojos de la fe es imposible ver brillar la gloria de Dios en todos y cada uno de nosotros. El cristiano ha de vivir su fe con alegría.  Alegría que proviene de Dios y no se identifica con un estado psicológico, aunque la pueda incluir. La experiencia de fe se vive desde la comunidad y para la comunidad.

Así pues, el creyente es un testigo que da fe de la gloria de Dios que ha experimentado. Sólo así, podemos contar y cantar a todos los pueblos lo que hemos visto y oído; las maravillas que ha obrado y sigue obrando en cada uno. Isaías bien lo expresa cuando escribe:

«Por amor a Sion no callaré,
por amor de Jerusalén no descansaré,
hasta que rompa la aurora de su justicia,
y su salvación llamee como antorcha».

Por otra parte, lejos de milagros exóticos y de luces extraterrestres, la gloria de Dios es que el hombre viva y tenga vida en abundancia. Allí donde brilla la presencia de Dios, se disipan las tinieblas del pecado y de la muerte.

Fr. Raisel Matanzas Pomares

Comentario – Lunes I de Tiempo Ordinario

Mc 1, 14-20

Durante las nueve primeras semanas del año hacemos la lectura continua del evangelio según san Marcos, el primero que se puso por escrito y el más corto de los evangelios. Los trece primeros versículos, que no leemos aquí, porque se leyeron durante los domingos precedentes, relatan muy brevemente la «predicación de Juan Bautista», «el bautismo de Jesús» y «el retiro preliminar de Jesús en el desierto, donde fue tentado»…

Después que Juan fue preso, Jesús marchó a Galilea, predicando la «buena nueva» de Dios. 

Jesús humildemente sigue la predicación de Juan. Le ha dejado llegar hasta el final de su misión de precursor. A su desaparición, le llega a Jesús el turno de entrar en escena. ¿Sé yo dejar su lugar a los demás? Juan Bautista fue pues «detenido», y encarcelado. En esta situación dramática -la «buena nueva» es un estorbo y los portavoces de Dios son mal vistos- es cuando Jesús comienza: ya puede prever lo que le esperará dentro de algunos meses.

Decía «Los tiempos se han cumplido… y el Reino de Dios está cerca… Arrepentíos… y creed en la «buena nueva…» 

Voy a meditar pausadamente sobre estas cuatro palabras.

Jesús desde el principio se considera ser el término de todo el Antiguo Testamento. El tiempo fijado por Dios para cumplir sus promesas ha llegado. Una nueva era comienza. Abraham, Moisés, David, los Profetas… no eran más que una preparación: «Yo llego… cumplo… termino… Pretensión exorbitante. Se ha creído a veces poder soslayar la cuestión engorrosa que suscita la personalidad de Jesús, tratando de suprimir los milagros o de explicarlos humanamente. De hecho la conciencia que posee Jesús de su vinculación privilegiada con Dios está presente en todas las páginas del evangelio. Si se rehúsa admitir la divinidad de Jesús, no sólo se tendrán que romper algunas páginas molestas… toda la trama del evangelio quedaría rota.

«El Reino de Dios está cercano». Yo introduzco la humanidad en este reino. Es a partir de mí que este reino tan esperado va a comenzar por fin. «Convertíos». Cambiad de vida. Es urgente.

«Creed en «la buena nueva.» Sí, lo que acabo de deciros es bueno, ¡es una alegre nueva!

Caminando a orillas del mar de Galilea vio a Simón y a su hermano Andrés… Algo más allá vio a Santiago y a su hermano Juan… 

Marcos no intenta darnos una biografía real. Sabemos por el evangelio según san Juan que Jesús había ya encontrado esos mismos hombres a orillas del Jordán. Pero aquí Marcos quiere decirnos toda la importancia que, para Jesús, tienen los «discípulos».

Todavía no hemos visto a Jesús ante las muchedumbres, ni ante personas precisas…

Estamos sólo en el versículo 16 del evangelio… y he aquí que Jesús se rodea de cuatro hombres, que no van a dejarle más, y que veremos siempre a su alrededor. Son éstos más importantes para El que el entusiasmo de las gentes; es ya la Iglesia que se va preparando.

Venid… Seguidme… Yo os haré pescadores de hombres. 

Decididamente, este joven «rabí» se impone de entrada.

¿Quién es para tener tales pretensiones y tales exigencias? Parece saber muy bien lo que quiere. Por el momento no será un «maestro» intelectual reuniendo auditores para ir pensando con El… No, hay que seguirle para una acción, hay que trabajar en su obra, hay que ayudar a salvar a la humanidad.

Noel Quesson
Evangelios 1

Homilía – Domingo II de Tiempo Ordinario

LA BODA Y EL VINO DEL BANQUETE

ACONTECIMIENTO-PARÁBOLA

Estamos ante un pasaje evangélico muy grávido. Anota el evangelista Juan al final del relato: «Así, en Cana de Galilea, Jesús comenzó sus signos». El signo es aquella realidad a través de la cual podemos conocer otra realidad que está manifestada o simbolizada en el signo. Un dicho oriental afirma: «Cuando el dedo señala la luna, el idiota mira el dedo». El signo de las bodas de Cana es un dedo que señala una realidad más sublime que la trasciende. Todos los escrituristas están de acuerdo en que estamos ante una narración simbólica, un recurso literario para proclamar un hondo mensaje teológico. Todo esto significa que para el creyente, a quien van dirigidos los signos del evangelio, no tiene importancia el hecho de que las narraciones de estos signos sean un recurso literario o reflejen una realidad, ni importan tampoco los detalles de la narración. Lo importante es el mensaje que está entrañado en el signo.

En el caso concreto de las bodas de Cana tenemos, por una parte, la gran mayoría de los convidados, judíos practicantes, y las seis tinajas vacías, que simbolizan al pueblo de la Antigua Alianza; y, por otra, a Jesús, María, los apóstoles y el vino nuevo, que simbolizan el Nuevo Pueblo de Dios y su estilo de vida. Todo ello supone la oferta de un «vino nuevo en odres nuevos».

El relato nos presenta la relación del Señor con la Iglesia bajo el simbolismo de los desposorios. La imagen no es nueva; la repitieron con frecuencia los profetas, como hemos escuchado en la lectura de Isaías. El relato evangélico señala la indiferencia y falta de amor con que vive el pueblo judío su relación con Dios. Se reduce a ritos vacíos, simbolizados en las tinajas vacías o con agua, a formalismos y legalismos fastidiosos, sin alegría, simbolizados en la abundancia de agua para lavarse las manos y en la escasez de vino para alegrar el corazón.

Dios quiere contraer unos nuevos desposorios en la persona de Jesús de Nazaret con un pueblo nuevo, representado en las bodas de Cana por María y el grupo de los apóstoles. Un pueblo que, cuando Juan escribe su evangelio, son las diversas comunidades cristianas que viven unidas y enamoradas de su esposo, el Señor Jesús. Unas comunidades que viven en un ambiente de banquete festivo en el que abundan los «vinos de solera y los manjares suculentos»: el banquete mesiánico.

El pueblo religioso que encuentra Jesús es un pueblo aburrido, cumplimentero, ritualista, con una religiosidad muy pobre, contractual, que quiere comprar los favores divinos con ofrendas y plegarias humanas. Frente a esta comunidad aburrida, triste, que vive su religiosidad como una obligación, está la comunidad que instituye Jesús: una comunidad fraterna, que vive en un clima de alegría. Las primeras comunidades eclesiales viven una auténtica luna de miel en sus relaciones con Cristo: «A diario frecuentaban el templo en grupo; partían el pan en las casas y comían juntos alabando a Dios con alegría y sencillez de corazón, siendo bien vistos por el pueblo» (Hch 2,46-47).

 

SIN COMUNIDAD NO HAY FIESTA

Con el paso del tiempo, aquel vino abundante con que celebraban el banquete del Reino se acabó para muchos cristianos y para muchas colectividades eclesiales. Siguiendo el simbolismo del evangelio, diríamos que hay una cierta manera «aguada» de vivir la vida y, por lo tanto, de vivir la fe. Los cuatro evangelistas señalan constantemente estas formas impropias para un buen encuentro o matrimonio entre Dios y los hombres. Así, por ejemplo: señalan la hipocresía de un culto exterior y legalista, el apego a las tradiciones humanas sin tener en cuenta la esencia de la Palabra de Dios que debe ser captada en el espíritu y no en la letra; también se indica el centralizar la religión en los actos de culto, olvidándose de la ley suprema del amor al prójimo, tanto si es amigo como si es extranjero o enemigo.

También es una religión aguada la que se contenta con rezar y dar alguna limosna soslayando el imprescindible deber de la justicia, o la que se cimienta sobre el culto a la personalidad y el autoritarismo religioso, olvidando que la autoridad es un servicio a la comunidad y que el único Señor es Jesucristo, a quien se le debe absoluta fidelidad. El Espíritu, en el Concilio, cambió de nuevo el agua de una religiosidad moralística, ceñuda, rutinaria, en vino de entusiasmo, de generosidad, de fraternidad. Pero, como siempre ocurre, todavía hay muchos que no se han enterado de que hay vino en sus mesas, vino exquisito que se guardaba en las bodegas del Evangelio.

El relato significativo de las bodas de Cana implica una serie de mensajes. En primer lugar, que sin aquella comunidad inicial de Jesús con los suyos no hubiera habido fiesta de bodas. Sin comunidad, no puede haber banquete del Reino. El Señor quiere recrear su Iglesia, quiere crear comunidades nuevas, juveniles, jubilosas en las que se encarne el misterio de la Iglesia, y quiere, para ello, contar con nosotros. Jesús se desposa con la «comunidad» como si fuera una sola persona.

El Señor está locamente enamorado de nosotros; y hasta siente celos de otros amantes, como tantas veces repite en la Escritura y como indican san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús. Pablo, embriagado por esta experiencia de sentirse amado por el Señor Jesús, exclama en un arrebato místico: «Me amó y se entregó por mí (Gá 2,20).

AMOR CON AMOR SE PAGA

Creo que el gran pecado de los cristianos está en no tener experiencia de sentirse apasionadamente amados por el Señor. De otro modo, nos sentiríamos arrebatados por un amor agradecido y desinteresado. Si tengo una fuerte experiencia de ser amado, ¿cómo voy a corresponder con cumplimientos tacaños, ritualistas y cicateros? Muchos cristianos necesitan que Jesús repita en sus vidas el milagro de Cana: que cambie el agua de su vulgaridad, la rutina y desgana, en vino generoso del Espíritu que nos vuelva «ebrios de Dios» hasta causar asombro como los apóstoles el día de Pentecostés (Hch 2,13). Necesitamos pasar del apagamiento al entusiasmo, vivir místicamente la fe en Jesús. La languidez, la desgana, la mediocridad no tienen nada que ver con la fe en Jesús. Se ha hecho antológica una afirmación certera del gran teólogo Karl Rahner: «El cristiano del siglo XXI será un místico o no será cristiano». El ángel echa en cara a la comunidad de Éfeso: «Conozco tus obras, tu constancia y tus fatigas… Pero tengo esto contra ti: Has perdido el amor del principio» (Ap 2,4).

El acontecimiento simbólico de la boda de Cana evoca otro aspecto de la vida de la comunidad cristiana. Una vez más se indica que el Reino es un banquete de bodas. El ambiente comunitario ha de ser festivo. Un conjunto de rostros serios, ceñudos, rígidos, de personas distantes, no es, ciertamente, una comunidad cristiana. Nosotros, «los amigos del novio (más todavía, la novia) no hemos de ayunar» (Mt 9,15). San Atanasio decía: «Cristo, la fe, convierte la vida del cristiano en una fiesta continua». El clima de fiesta, de alegría, es una exigencia esencial de sabernos amados por el Señor.

Atilano Alaiz

Jn 2, 1-11 (Evangelio Domingo II de Tiempo Ordinario)

Llenar la religión de alegría y vida

El evangelio de hoy nos propone el relato de las bodas de Caná como el primer signo que Jesús hace en este evangelio y que preanuncia todo aquello que Jesús realizará en su existencia. Podríamos comenzar por una descripción casi bucólica de una fiesta de bodas, en un pueblo, en el ámbito de la cultura hebrea oriental. Así lo harán muchos predicadores y tienen todo el derecho a ello. Pero el evangelio de Juan no se presta a las descripciones bucólicas o barrocas. Este es un relato extraño que habla de unas bodas y no se ocupa, a penas, de los novios. La novia ni se menciona. El novio solamente al final para reprocharle el maestresala que haya guardado el vino bueno. La “madre y su hijo” son los verdaderos protagonistas. Ellos parecen, en verdad, “los novios” de este acontecimiento. Pero la madre no tiene nombre. Quizás la discusión exegética se ha centrado mucho en las palabras de Jesús a su madre. “¿qué entre tú y yo”? o, más comúnmente. “¿qué nos va ti y a mi”? Y el famoso “aún no ha llegado mi hora”. Cobra mucha importancia el “vino” que se menciona hasta cinco veces, ya que el vino tiene un significa mesiánico. Y, además, esto no se entiende como un milagro, sino como un “signo” (semeion), el primero de los seis que se han de narrar en el evangelio de Juan.

La fuerza del mensaje del evangelio de este domingo es: Jesús, la palabra de vida en el evangelio joánico, cambia el agua que debía servir para la purificación de los judíos -y esto es muy significativo en el episodio-, según los ritos de su religión ancestral, en un vino de una calidad proverbial. El relato tiene unas connotaciones muy particulares, en el lenguaje de los símbolos, de la narratología y de la teología que debemos inferir con decisión. El “tercer día” da que pensar, pues consideramos que es una expresión más teológica que narrativa. El tercer día es el de la pascua cristiana, la resurrección después de la muerte. No es, pues, un dato estético sino muy significativo. También hay una expresión al tercer día en el Sinaí (Ex 19,11) cuando se anuncia que descendería Yahvé, la gloria de Dios.

La teología del evangelio de Juan quiere poner de manifiesto, a la vez, varias cosas que solamente pueden ser comprendidas bajo el lenguaje no explícito de los signos. Jesús y su madre llegan por caminos distintos a estas bodas; falta vino en unas bodas, lo que es inaudito en una celebración de este tipo, porque desprestigia al novio; la madre (no se nos dice su nombre en todo en relato, ni en todo el evangelio) y Jesús mantienen un diálogo decisivo, cuando solamente son unos invitados; incluso las tinajas para la purificación (eran seis y no siete) estaban vacías. Son muchos vacíos, muchas carencias y sin sentidos los de esta celebración de bodas. El “milagro” se hace presente de una forma sencilla: primero por un diálogo entre la madre y Jesús; después por la “palabra” de Jesús que ordena “llenar” las tinajas de unos cuarenta litros cada una.

María actúa, más que como madre, como persona atenta a una boda que representa la religión judía, en la que ella se había educado y había educado a Jesús. No es insignificante que sea la madre quien sepa que les falta vino. No es una boda real, ni un milagro “fehaciente” lo que aquí se nos propone considerar primeramente: es una llamada al vacío de una religión que ha perdido el vino de la vida. Cuando una religión solamente sirve como rito repetitivo y no como creadora de vida, pierde su gloria y su ser. Jesús, pues, ante el ruego de las personas fieles, como su madre, que se percatan del vacío existente, adelanta su hora, su momento decisivo, para tratar de ofrecer vida a quien la busca de verdad. Su gloria no radica en un milagro exótico, sino en salvar y ofrecer vida donde puede reinar el vacío y la muerte. Esa será su causa, su hora y la razón de su muerte al final de su existencia, tal como interpreta el evangelio de Juan la vida de Jesús de Nazaret. De una religión nueva surgirá una comunidad nueva.

Podríamos tratar de hacer una lectura mariológica de este relato, como muchos lo han hecho y lo seguirán haciendo. El hecho mismo de que este relato se haya puesto como el segundo de los “misterios de luz” del Rosario de Juan Pablo II es un indicio que impulsa a ello. Pero no debemos exagerar estos aspectos mariológicos que en el evangelio de San Juan no se prodigan, aunque contemos con la escena a los pies de la cruz (Jn 19,26-27) que se ha interpretado en la clave de la maternidad espiritual de María sobre la Iglesia. Nuestro relato es cristológico, porque nos muestra que los “discípulos creyeron en él”. Eso quiere decir que la mariología del relato (el papel de María en las bodas de Caná) debe estar muy bien integrada en la cristología. María en el evangelio de Juan puede muy bien representar a una nueva comunidad que sigue a Jesús (como el discípulos amado) y que ve la bodas de esos novios que se quedan sin vino como una lectura crítica de un “judaísmo” al que combaten “los autores” del evangelio de Juan. De ahí que la respuesta de Jesús a su madre en el relato, si lo hacemos con la traducción  más común: “¿qué nos va a ti y a mí?”, puede tener todo su sentido si el evangelista quiere marcar diferencias con un judaísmo que se está agotando como religión, porque ha perdido su horizonte mesiánico. Y unas preguntas finales: ¿y a nuestra religión qué le está sucediendo? ¿es profética; trasmite vida y alegría?.

1Cor 12, 4-11 (2ª lectura Domingo II de Tiempo Ordinario)

Los carismas y el bien común de la comunidad

En el pasaje de la carta a los Corintios de San Pablo que leemos hoy encontramos la teología de los carismas en la comunidad. Este texto está elaborado por dos conceptos que se atraen: unidad y diversidad. Hay diversidad de carismas, de ministerios y de funciones, pero en un mismo  Espíritu, en un mismo Señor, en un mismo Dios (he aquí la unidad). Pero sobresale el papel del Espíritu como fuente inmediata de los carismas, servicios y actuaciones. No es ahora el momento de fijarnos en la diversidad o en la misma enumeración y orden que Pablo establece. Podría ser curioso el orden y el sentido de los mismos, pero no es el momento de hacer una lectura exegética que, además, debería tener en cuenta todo el conjunto de 1Cor 12-14 para mayor alcance. Quizás los dos últimos, el de hablar en lenguas (glosolalia) y el de interpretarlas estarían en el fondo de un problema que se ha suscitado en la comunidad y sobra lo que han consultado al apóstol. El criterio, no obstante, es que los dones especiales que cada uno tiene, por el Espíritu, deben estar al servicio de la comunidad cristiana.

El fenómeno de la glosolalia es extático y tiene que ver con algunos elementos de este tipo en el mundo helenista, como en Delfos o las Sibilas.  Quizás habría de tomar en consideración las palabras de K. Barth, quien decía que este tipo de oración podría llamarse «expresión de lo inexpresable». El apóstol san Pablo en 1Cor 14,18 apunta, incluso, que él mismo es capaz de «hablar en lenguas» y no parece que haya ironía en sus palabras. Algunos corintios estaban deslumbrados con este carisma que consideraban de los más brillantes y celestes, casi como un meterse en lo divino. Pero ¿quién lo puede entender? Tiene que haber alguien que lo interprete. Pablo no habla con ironía sobre este caso, repetimos, pero su criterio es decisivo: el bien de la comunidad.

Estamos ante una teología que pone de manifiesto la vitalidad de una comunidad cristiana donde el Espíritu (como el vino nuevo de la vida) concede a cada uno su papel en el servicio en beneficio de los otros: unos predican, otros alaban, otros consuelan, otros profetizan, otros se dedican a los pobres y desheredados; todo bajo el impulso del Espíritu de Jesús. Pablo les habla de esta manera a una comunidad que no era precisamente un prodigio de unidad, sino que había algunos que pretendían imponerse sobre los otros en razón de roles que podían resultar extraños y donde se buscaba más el prestigio personal que el servicio a la comunidad. Estos dones, pues, si no saben ponerse al servicio de todos no vienen del Espíritu.

Is 62, 1-5 (1ª lectura Domingo II de Tiempo Ordinario

El enamoramiento de Dios desde la justicia

La lectura profética está tomada de la tercera parte del libro de Isaías (se le llama el Tritoisaías); y el profeta discípulo, o de la escuela de Isaías en sentido amplio, anuncia una nueva Jerusalén, la ciudad de Sión, bajo el lenguaje poético del enamoramiento y el amor divinos. La gran pasión del profeta Isaías fue Jerusalén, donde estaba el templo de Dios o, lo que es lo mismo, su presencia más determinada según la teología de los especialistas. Pero ni siquiera la presencia de Dios se garantiza eternamente en un lugar o en una ciudad, si allí, sus habitantes y todos los que deseen venir a ella, no se percatan de la necesidad de la justicia como signo de salvación. La estrecha unión, en los profetas, entre la presencia de Dios y la justicia es algo digno de resaltar. Es evidente que Dios no puede comprometerse con un pueblo que no cuida a los pequeños, a los desgraciados y a los que no tienen casi nada. Si la religión es “religarse” a Dios.

Conceptos y palabras fuertes son las que podemos oír en este bello poema profético (que debemos leer desde 61,10): amor, justicia, salvación. Es como la descripción de la boda de un rey victorioso con su esposa, que en este caso es Sión, Jerusalén. La boda, en realidad, es una victoria, la victoria de la justicia (sdqh). Esa es su corona y su triunfo: desposar a la amada Jerusalén. Por lo mismo, hablar de una Jerusalén nueva es anunciar una religión nueva, revivida por el amor eterno de Dios. Jerusalén es la esposa, pero ¿qué hace una esposa desposada si en sus bodas falta el vino nuevo del amor? Eso es lo que sucedió en las bodas de Caná, en Jerusalén, en la religión judía, hasta que interviene Jesús ofreciendo el vino nuevo del amor divino. Una religión sin amor es como unas bodas sin amor. Y muchas veces nos acostumbramos a practicar ese tipo de religión: vacía, sin sentido, sin enamoramiento.

Comentario al evangelio – Lunes I de Tiempo Ordinario

¡Hay que ver cómo pasa el tiempo! Si no hace ni dos días que estábamos preparando la nochebuena, celebrando el año nuevo, cantando el “Campana sobre campana”… y ya estamos a 9 de enero. Hemos vuelto a lo normal: el trabajo, las clases, la catequesis… lo que sea.

Terminado el ciclo de Adviento-Navidad hemos vuelto al tiempo Ordinario. Hace tiempo escuché a un amigo que había que hacerle un homenaje al tiempo Ordinario. ¿Sabes por qué? Porque, en el fondo, la mayor parte de nuestra vida es tiempo ordinario. Y aunque los tiempos “extraordinarios” nos acercan al misterio de nuestra fe y a la celebración con los cercanos, es en el tiempo ordinario donde se nos van dando las cosas importantes de la vida y donde estamos llamados a vivir con calidad.

En el día a día aprenden los niños/as a andar y a hablar. En ese mismo tiempo construimos la familia y la comunidad. También ahí colaboramos con nuestro trabajo cotidiano en el proyecto de la creación. En lo cotidiano surgen las intuiciones y las dudas, se forjan o se frustran los proyectos, se dan los encuentros y los desencuentros, acontecen las crisis y las superaciones…

“¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?”. Así se nos sugiere en el Salmo 115 de la liturgia de hoy: invocando su nombre, cumpliendo mis promesas, ofreciendo un sacrificio de alabanza… en medio del mundo.

El mismo Jesús –el Hijo- se hace “ordinario” y viene a la vida de cada día –junto al lago de Galilea, mientras los pescadores echan la red en el lago- a llamarnos por el nombre y a hacernos su propuesta: “Venid conmigo… Convertíos y creed la Buena Noticia”. En el tiempo Ordinario. ¿No es para hacerle un homenaje?

Ciudad Redonda

Meditación – Lunes I de Tiempo Ordinario

Hoy es lunes I de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Marcos (Mc 1, 14-20):

Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio». Pasando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, echando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. A continuación los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon en pos de él.

En el Evangelio de hoy escuchamos a Jesús que nos dice: ¨El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia¨. A renglón seguido, se deja ver la respuesta inmediata y radical de los primeros discípulos que, dejándolo todo, siguen a Cristo. El primer llamado de Jesús, entonces, es a una profunda y radical metanoia, es decir, conversión. Jesús cuenta con que nosotros, a partir del encuentro con Él, cambiemos nuestra vida, transformemos nuestra biografía, y seamos hombres y mujeres que lo sigamos camino de la Buena Nueva, hombres y mujeres que lo ayudemos en la construcción del Reino que ya está cerca. A propósito de la conversión y el seguimiento de Cristo al que se nos llama, los primeros discípulos nos regalan hoy una clave esencial: dejarlo todo. Tanto en la vida de los primeros Apóstoles y discípulos como luego en la vida de los grandes Santos (pienso, entre otros, en Francisco de Asís, en Ignacio de Loyola), el encuentro con Jesús es, esencialmente, transformador.Nadie queda igual. Nadie sigue con su vida normal después de haberse encontrado con Cristo y haber comenzado, de su mano, un camino de conversión, un tiempo de metanoia. En este sentido, cito a Francisco de Asís y a Ignacio de Loyola porque, como Pedro y Andrés, como Santiago y Juan, supieron plasmar en hechos concretos y externos la conversión mas interior que estaban viviendo Los primero discípulos llamados por Cristo, dejan su antigua vida. Dejan las barcas, las redes, sus familias. Así demuestran con claros signos externos que la conversión interna, la conversión radical, la del corazón, va en serio. Así dan pruebas que en el seguimiento de Cristo están dispuestos a ir siempre más allá. El Santo de Asís, cuando entiende que es Cristo mismo quien lo llama al seguimiento y a la reconstrucción de la Iglesia, también se juega con un gesto externo. ¿Cómo no recordar aquel día en que se despojo de todo y entrego a su padre sus ropas y riquezas? Ignacio, por su parte, como signo de la conversión profunda que había vivido en su tiempo de reposo y oración en Loyola, parte en peregrinación a un santuario Mariano, a la Virgen de Monserrat. Y, delante de ella, hace ofrenda de su espada y su puñal, signos de su vida pasada.Así mismo, regala sus lujosas prendas a un pobre y se viste con un simple sayo de peregrino. De esta forma, también Ignacio muestra con signos externos que la conversión interna va en serio, que el seguimiento de Cristo será, de ahora en más, radical. El testimonio de estos Santos, sumado al Evangelio de hoy, donde contemplábamos a los primeros disípulos dejando todo por el Reino y convirtiendo su vida en seguimiento, nos interpela a nosotros, que estamos invitados a preguntarnos: ¿cómo va nuestra conversión?, ¿tenemos signos externos, palpables, concretos de que nuestra vida va en serio en la linea del Reino, en el camino del seguimiento? Pidamos esta gracia enorme, la gracia de reconocer el llamado de Cristo y ser capaces de dejarlo todo por Él. Que así sea.

P. Germán Lechini, SJ

Liturgia – Lunes I de Tiempo Ordinario

LUNES DE LA I SEMANA DE TIEMPO ORDINARIO, feria

Misa de feria (verde)

Misal: Cualquier formulario permitido. Prefacio común.

Leccionario: Vol. III-par

  • 1Sam 1, 1-8. Su rival importunaba a Ana, pues el Señor la había hecho estéril.
  • Sal 115.Te ofreceré, Señor, un sacrificio de alabanza.
  • Mc 1, 14-20.Convertíos y creed en el Evangelio.

Antífona de entrada
En un trono excelso vi sentado a un hombre, a quien adora muchedumbre de ángeles, que cantan a una sola voz: «Su imperio es eterno».

Monición de entrada y acto penitencial
Hermanos, de sobra sabemos que, si el Señor llevase cuenta de los delitos, ninguno podríamos resistir; pero como de Él, Dios de Israel, procede el perdón, nos acogemos a su misericordia, y le pedimos perdón por nuestros pecados para celebrar dignamente esta Eucaristía.

˝• Tú, que nos llamas a convertirnos. Señor, ten piedad.
• Tú, que quieres convertirnos en pescadores de hombres. Cristo, ten piedad.
• Tú, que nos invitas a ir en pos de ti. Señor, ten piedad.

Oración colecta
TE pedimos, Señor,
que tu gracia nos preceda y acompañe,
y nos sostenga continuamente en las buenas obras.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Hermanos, dirijamos nuestra oración a Dios, Padre todopoderoso, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

1.- Por la santa Iglesia de Dios, para que la custodie y la haga crecer. Roguemos al Señor.

2.- Por todos los pueblos de la tierra, para que les conceda vivir en concordia. Roguemos al Señor.

3.- Por los que viven angustiados por distintas necesidades, para que encuentren ayuda en Dios. Roguemos al Señor.

4.- Por nosotros mismos y por nuestra comunidad, para que el Señor nos acepte como ofrenda agradable. Roguemos al Señor.

Oh, Dios, refugio y fortaleza nuestra, escucha las oraciones de tu Iglesia y concédenos, por tu bondad, lo que pedimos con fe. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
SEÑOR,
que la ofrenda de tu pueblo te agrade,
nos santifique y alcance para nosotros
lo que imploramos piadosamente.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión          Sal 35, 10
Señor, en ti está la fuente viva y tu luz nos hace ver la luz.

Oración después de la comunión
SEÑOR,
pedimos humildemente a tu majestad que,
así como nos fortaleces con el alimento
del Santísimo Cuerpo y Sangre de tu Hijo,
nos hagas participar de su naturaleza divina.
Por Jesucristo, nuestro Señor.