Homilía – Domingo II de Tiempo Ordinario

LA BODA Y EL VINO DEL BANQUETE

ACONTECIMIENTO-PARÁBOLA

Estamos ante un pasaje evangélico muy grávido. Anota el evangelista Juan al final del relato: «Así, en Cana de Galilea, Jesús comenzó sus signos». El signo es aquella realidad a través de la cual podemos conocer otra realidad que está manifestada o simbolizada en el signo. Un dicho oriental afirma: «Cuando el dedo señala la luna, el idiota mira el dedo». El signo de las bodas de Cana es un dedo que señala una realidad más sublime que la trasciende. Todos los escrituristas están de acuerdo en que estamos ante una narración simbólica, un recurso literario para proclamar un hondo mensaje teológico. Todo esto significa que para el creyente, a quien van dirigidos los signos del evangelio, no tiene importancia el hecho de que las narraciones de estos signos sean un recurso literario o reflejen una realidad, ni importan tampoco los detalles de la narración. Lo importante es el mensaje que está entrañado en el signo.

En el caso concreto de las bodas de Cana tenemos, por una parte, la gran mayoría de los convidados, judíos practicantes, y las seis tinajas vacías, que simbolizan al pueblo de la Antigua Alianza; y, por otra, a Jesús, María, los apóstoles y el vino nuevo, que simbolizan el Nuevo Pueblo de Dios y su estilo de vida. Todo ello supone la oferta de un «vino nuevo en odres nuevos».

El relato nos presenta la relación del Señor con la Iglesia bajo el simbolismo de los desposorios. La imagen no es nueva; la repitieron con frecuencia los profetas, como hemos escuchado en la lectura de Isaías. El relato evangélico señala la indiferencia y falta de amor con que vive el pueblo judío su relación con Dios. Se reduce a ritos vacíos, simbolizados en las tinajas vacías o con agua, a formalismos y legalismos fastidiosos, sin alegría, simbolizados en la abundancia de agua para lavarse las manos y en la escasez de vino para alegrar el corazón.

Dios quiere contraer unos nuevos desposorios en la persona de Jesús de Nazaret con un pueblo nuevo, representado en las bodas de Cana por María y el grupo de los apóstoles. Un pueblo que, cuando Juan escribe su evangelio, son las diversas comunidades cristianas que viven unidas y enamoradas de su esposo, el Señor Jesús. Unas comunidades que viven en un ambiente de banquete festivo en el que abundan los «vinos de solera y los manjares suculentos»: el banquete mesiánico.

El pueblo religioso que encuentra Jesús es un pueblo aburrido, cumplimentero, ritualista, con una religiosidad muy pobre, contractual, que quiere comprar los favores divinos con ofrendas y plegarias humanas. Frente a esta comunidad aburrida, triste, que vive su religiosidad como una obligación, está la comunidad que instituye Jesús: una comunidad fraterna, que vive en un clima de alegría. Las primeras comunidades eclesiales viven una auténtica luna de miel en sus relaciones con Cristo: «A diario frecuentaban el templo en grupo; partían el pan en las casas y comían juntos alabando a Dios con alegría y sencillez de corazón, siendo bien vistos por el pueblo» (Hch 2,46-47).

 

SIN COMUNIDAD NO HAY FIESTA

Con el paso del tiempo, aquel vino abundante con que celebraban el banquete del Reino se acabó para muchos cristianos y para muchas colectividades eclesiales. Siguiendo el simbolismo del evangelio, diríamos que hay una cierta manera «aguada» de vivir la vida y, por lo tanto, de vivir la fe. Los cuatro evangelistas señalan constantemente estas formas impropias para un buen encuentro o matrimonio entre Dios y los hombres. Así, por ejemplo: señalan la hipocresía de un culto exterior y legalista, el apego a las tradiciones humanas sin tener en cuenta la esencia de la Palabra de Dios que debe ser captada en el espíritu y no en la letra; también se indica el centralizar la religión en los actos de culto, olvidándose de la ley suprema del amor al prójimo, tanto si es amigo como si es extranjero o enemigo.

También es una religión aguada la que se contenta con rezar y dar alguna limosna soslayando el imprescindible deber de la justicia, o la que se cimienta sobre el culto a la personalidad y el autoritarismo religioso, olvidando que la autoridad es un servicio a la comunidad y que el único Señor es Jesucristo, a quien se le debe absoluta fidelidad. El Espíritu, en el Concilio, cambió de nuevo el agua de una religiosidad moralística, ceñuda, rutinaria, en vino de entusiasmo, de generosidad, de fraternidad. Pero, como siempre ocurre, todavía hay muchos que no se han enterado de que hay vino en sus mesas, vino exquisito que se guardaba en las bodegas del Evangelio.

El relato significativo de las bodas de Cana implica una serie de mensajes. En primer lugar, que sin aquella comunidad inicial de Jesús con los suyos no hubiera habido fiesta de bodas. Sin comunidad, no puede haber banquete del Reino. El Señor quiere recrear su Iglesia, quiere crear comunidades nuevas, juveniles, jubilosas en las que se encarne el misterio de la Iglesia, y quiere, para ello, contar con nosotros. Jesús se desposa con la «comunidad» como si fuera una sola persona.

El Señor está locamente enamorado de nosotros; y hasta siente celos de otros amantes, como tantas veces repite en la Escritura y como indican san Juan de la Cruz y santa Teresa de Jesús. Pablo, embriagado por esta experiencia de sentirse amado por el Señor Jesús, exclama en un arrebato místico: «Me amó y se entregó por mí (Gá 2,20).

AMOR CON AMOR SE PAGA

Creo que el gran pecado de los cristianos está en no tener experiencia de sentirse apasionadamente amados por el Señor. De otro modo, nos sentiríamos arrebatados por un amor agradecido y desinteresado. Si tengo una fuerte experiencia de ser amado, ¿cómo voy a corresponder con cumplimientos tacaños, ritualistas y cicateros? Muchos cristianos necesitan que Jesús repita en sus vidas el milagro de Cana: que cambie el agua de su vulgaridad, la rutina y desgana, en vino generoso del Espíritu que nos vuelva «ebrios de Dios» hasta causar asombro como los apóstoles el día de Pentecostés (Hch 2,13). Necesitamos pasar del apagamiento al entusiasmo, vivir místicamente la fe en Jesús. La languidez, la desgana, la mediocridad no tienen nada que ver con la fe en Jesús. Se ha hecho antológica una afirmación certera del gran teólogo Karl Rahner: «El cristiano del siglo XXI será un místico o no será cristiano». El ángel echa en cara a la comunidad de Éfeso: «Conozco tus obras, tu constancia y tus fatigas… Pero tengo esto contra ti: Has perdido el amor del principio» (Ap 2,4).

El acontecimiento simbólico de la boda de Cana evoca otro aspecto de la vida de la comunidad cristiana. Una vez más se indica que el Reino es un banquete de bodas. El ambiente comunitario ha de ser festivo. Un conjunto de rostros serios, ceñudos, rígidos, de personas distantes, no es, ciertamente, una comunidad cristiana. Nosotros, «los amigos del novio (más todavía, la novia) no hemos de ayunar» (Mt 9,15). San Atanasio decía: «Cristo, la fe, convierte la vida del cristiano en una fiesta continua». El clima de fiesta, de alegría, es una exigencia esencial de sabernos amados por el Señor.

Atilano Alaiz