Misa del domingo

El episodio relatado en el pasaje del evangelio de este Domingo se sitúa al inicio de la actividad pública del Señor. Se inicia así el llamado “tiempo ordinario”, en el que Domingo a Domingo se va avanzando ordenadamente (de allí el término “ordinario”) en la lectura del Evangelio con el fin de proponer a la meditación de los fieles las enseñanzas y obras del Señor Jesús desde el inicio hasta el final de su vida pública. Aunque este año se leerá el Evangelio según San Lucas, el pasaje de este Domingo esta tomado del Evangelio de San Juan, único que narra el episodio de las bodas de Caná.

El Bautismo del Señor marca el inicio de su ministerio público. Al ser bautizado por Juan en el Jordán el Espíritu Santo desciende sobre Jesús en forma de paloma y se oye la voz del Padre presentándolo ante el pueblo de Israel como “el Hijo predilecto”, a quien hay que escuchar (ver Mt 3, 13-17). «Es la manifestación (“Epifanía”) de Jesús como Mesías de Israel e Hijo de Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, 535).

Al día siguiente, cuenta Juan en su Evangelio, el Señor atrae a sus primeros discípulos cuando el Bautista lo señala como «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29). Andrés y probablemente el mismo Juan, hasta entonces discípulos del Bautista, son los primeros en seguirlo. Luego se unen al grupo Simón Pedro, Felipe y Natanael, con quienes el Señor se dirige a Caná de Galilea, distante aproximadamente unos 110 km de la parte baja del Jordán, donde se encontraba predicando y bautizando Juan.

En Caná el Señor y sus primeros discípulos asisten a una boda. Observa el evangelista que «estaba allí la madre de Jesús». Es por intercesión suya que el Señor obrará allí su primer milagro o “signo”, como llama San Juan a los milagros obrados por el Señor. La conclusión del Evangelista es muy importante: «Así, en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria, y creció la fe de sus discípulos en Él».

Las bodas en Israel y en Oriente se iniciaban al oscurecer el día. Se conducía a la novia a la casa del esposo, acompañada de un cortejo de jóvenes doncellas, familiares y amigos. A ellos se sumarían seguramente los vecinos de los villorrios, pudiendo la fiesta prolongarse hasta por una semana. No todos los invitados estaban presentes desde el inicio, iban llegando con el paso de los días, desfilando por la casa y gozando de la hospitalidad y alegría de los nuevos esposos y sus familias.

El vino en la boda era un elemento esencial. “Donde no hay vino, no hay alegría”, refiere el Talmud. En la Escritura la felicidad prometida por Dios se expresaba no pocas veces bajo la forma de la abundancia de vino. El vino era signo de prosperidad debido a las bendiciones de Dios. Por tanto, podía tomarse como un mal signo el que en la celebración de una boda llegase a faltar el vino.

Esto es lo que sucede en la celebración de la boda que se llevaba a cabo en Caná: el vino se ha acabado. María, atenta, se percata de esta ausencia y pronta acude a quien sabe que puede remediar tal situación. «No les queda vino», le dice a su Hijo, insinuándole a que haga un milagro. La respuesta de Jesús puede parecer hostil, y puede tomarse como un rechazo: «Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora». María, en cambio, sabe comprender lo que nosotros no y le dice a los sirvientes: «hagan lo que Él les diga». Entonces, por intercesión de María y por la obediencia y cooperación de algunos siervos, el Señor realiza su primer milagro: la transformación del agua en vino.

La cantidad de vino producido por aquel milagro es más que abundante. Una tinaja de piedra contenía entre 80 y 120 litros. Siendo seis las tinajas que le trajeron, sumaban unos 600 litros en total. ¿Por qué tanto vino, y mejor al anterior? El vino superior y abundante quería ser una señal de la sobreabundancia de las bendiciones divinas que Dios ofrece a su pueblo en el tiempo mesiánico inaugurado ya por su Hijo.

Esta sobreabundancia está íntimamente vinculada a “la hora de Jesús”, que según el Evangelio de Juan, es la hora de su pasión y glorificación en la Cruz (ver Jn 12, 23; 13, 1; Catecismo de la Iglesia Católica, 730), la hora en que llevará a término la obra de la reconciliación de la humanidad. Ese es precisamente el segundo momento en que aparece nuevamente, en el Evangelio de Juan, la Madre de Jesús: «Junto a la Cruz de Jesús estaba su madre» (Jn 19, 25). La respuesta del Señor a su Madre, «todavía no ha llegado mi hora», permite intuir que Él quiso darle al episodio de Caná un significado simbólico de lo que realizaría al llegar “su hora”: en la transformación del agua en vino anuncia el paso de la antigua Alianza a la Nueva. En Caná el agua de las tinajas, destinada a la purificación de los judíos y al cumplimiento de las prescripciones legales (ver Mc 7, 1-15), se transforma en el vino nuevo del banquete nupcial, símbolo de la unión definitiva entre Dios y la humanidad.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Santa María, que percibe la falta de vino en una boda en Caná, ve también lo que nos hace falta en nuestras vidas, sabe de las virtudes que necesitamos para asemejarnos cada vez más a su Hijo, el Señor Jesús: más fe, más caridad, más esperanza, más paciencia, más alegría, más pureza, más humildad. Ayer como hoy, Ella intercede también ante su Hijo para que transforme el agua de nuestra insuficiencia o mediocridad en el “vino nuevo” de una vida santa, plena de caridad, rebosante de alegría.

Al aspirar a conformarnos con el Señor Jesús, el Hijo de Santa María, hemos de tener muy presente que sólo Él puede ayudarnos a cambiar nuestros vicios por virtudes. Así como Jesús transformó el agua en vino, Él puede también transformar nuestros corazones endurecidos por nuestros pecados y opciones contra Dios en corazones “de carne”, capaces de amar como Él nos ha amado (ver Ez 36, 26-27).

Para que se dé esta transformación interior en nuestras vidas Santa María intercede incesantemente por cada uno de nosotros, sus hijos e hijas, ante el Señor, al tiempo que nos urge a nosotros: «¡hagan lo que Él les diga!» (Jn 2, 5). Si bien el Señor realiza el milagro de la transformación del agua en vino gracias a la intercesión de su Madre, lo hace también en la medida en que los siervos cooperan haciendo lo que Él les indica, obedeciendo a su palabra. Del mismo modo, el Señor obrará nuestra conversión y santificación sólo en la medida en que prestemos nuestra decidida cooperación desde el recto ejercicio de nuestra propia libertad. Si cooperamos con el Señor cada día, obedeciéndole, procurando poner por obra lo que Él nos dice, Él realizará en nosotros por el don de su Espíritu el milagro de nuestra progresiva santificación, hasta que podamos también nosotros afirmar como el Apóstol Pablo: «vivo yo, más no yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gál 2, 20).

¿Pero cómo me habla el Señor, de modo que pueda “hacer lo que Él me diga”, cada vez que descubra que me “falta el vino” de alguna virtud? Cuando te falte fe, escucha al Señor que te dice: «No se turbe tu corazón. Crees en Dios: cree también en mí» (Jn 14, 1); si te falta la esperanza y resistencia en las tribulaciones, Él te dice: «¡ánimo!: yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33); si te falta caridad: «ámense los unos a los otros como yo los he amado» (Jn 15,12); si te falta la humildad, y pretendes dar frutos de santidad por ti mismo, Él te dice: «El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no pueden hacer nada» (Jn 15, 5); si te falta paciencia: «aprende de mí que soy manso y humilde de corazón»; si te falta capacidad de perdón y consientes resentimientos, rencores, deseos de venganza, Él te dice: perdona «hasta setenta veces siete» (Mt 18, 22); si te falta generosidad, te dice: «A todo el que te pida, da» (Lc 6, 30); si te falta la perseverancia en la oración, Él te dice: «es preciso orar siempre sin desfallecer» (Lc 18, 1). Ante todo lo que nos hace falta, acudamos al Señor y escuchemos reverentes aquellas enseñanzas a las que María nos invita a adherirnos de mente, corazón y acción: «¡hagan lo que Él les diga!»