Boda en Caná de Galilea

1.- Que el simpático evangelio de hoy nos enseñe que Jesús no es un aguafiestas, sino alguien que ha venido a procurar la felicidad del hombre y que Santa María, su madre, es una excelente cooperadora en este propósito de salvación de la humanidad, es, sin duda alguna, mis queridos jóvenes lectores, su mensaje fundamental. Pero quiero sacarle más jugo al fragmento de San Juan.

En primer lugar situaré el acontecimiento. Cana de Galilea corresponde, con mucha probabilidad, a la actual población de Kafr Kanna, a pocos kilómetros de Nazaret. Tal vez, dicen algunos, se trate de otro lugar, situado un poco más lejos, pero, como en aquel tiempo no existían ni los rótulos de carretera ni, mucho menos los GPS, que pudieran darnos las coordenadas, no hay duda que, en ciertos casos como en el de hoy, no se puede precisar, con seguridad y exactitud, donde ocurrió un hecho.

2.- Se celebraba una boda, dice el evangelio, no un matrimonio. Vale la pena un pequeño análisis sobre el particular. Hoy en día parece que el camino hacia el estado matrimonial empieza en el “flechazo”, el apasionado atractivo físico entre un hombre y una mujer, seguido de una satisfactoria experiencia de simpatía emotiva y, pasado el tiempo, llegará el día que decidan casarse, cosa supeditada, según esta manera de ver las cosas, a una serie de condicionantes de orden económico. Calculan unos a quien invitarán, calculan otros que regalarán, a que lista acudirán para acertar en el obsequio, en algunos casos se les ofrecerá un número de cuenta corriente donde ingresar dinero. No hace falta que explique el desarrollo de una boda. Hay lugares reservados para el banquete, y el menú y la música que pueda entretener, están minuciosamente contratados.

3.- En tiempos de Jesús, y en su país, la cosa no era así. Reunidas las dos familias establecían una condiciones, unos proyectos, unos lugares para la vida en común y, en este marco familiar, aquella chica de no mucho más de doce años, acordaos de que no existía la etapa de la adolescencia, y aquel chico de sus quince cumplidos, se comprometían entre sí. Eso de comprometerse es un acto genuinamente humano. Por muy semejante que sea nuestro código genético al de los animales, no oiréis nunca que dos de estos se han comprometido entre ellos. En este clima y terreno del compromiso, nacía y crecía el amor matrimonial, mientras se preparaban los utensilios y espacios necesarios para la vida familiar. Al cabo de unos meses, seguramente nunca más de un año, se celebraba la boda. Era una fiesta con invitados, pero abierta a muchas personas. Aquello de que los amigos de mis amigos, son mis amigos, era auténtica realidad. Si en este caso la invitada era María o lo fue el Hijo, no importaba, se presentó con sus discípulos y se incorporaron a la fiesta, siendo aceptados. Las bodas tenían su ritual. La novia se había reunido con sus amigas previamente, el novio con sus amistades y, en un determinado momento, ambos grupos se encontraban, pasando unos días alegremente juntos, hasta que el chico era arrebatado por un compañero y llevado a la cámara nupcial, finalizando con ello la fiesta. (Mt 9,15)

Primera sugerencia que deseo os hagáis. Pensad si un tal planteamiento matrimonial existe entre vosotros. Examinad qué valor se da al compromiso con respecto al puro atractivo y goce en común. Calculad qué resultados se conseguirían si amor, conocimiento personal y aprendizaje del compromiso, se cultivasen y creciesen juntos. Tal vez el fracaso de tantas parejas de hoy en día, proceda de un mal planteamiento del matrimonio.

Segunda cuestión. Estas listas de regalos, estos cálculos de a cuantos se invitarán y donde se situará cada uno, ¿son ingredientes que faciliten la feliz convivencia? ¿son criterios cristianos? ¿podría presentarse de improviso alguien allí, Jesús de Nazaret, por ejemplo, con sus amigos y ser aceptados todos con naturalidad y sin ningún reproche? Una boda a la que no se haya invitado a Dios no será boda cristiana, no tendrá el apoyo sacramental.

Asistía María, mujer detallista y Jesús, recién iniciado en sus proyectos de futuro, idealista y audaz dispuesto al sacrificio, como después bien se supo. El amor del hombre es el mundo, el mundo de la mujer es el amor. En Caná se cocinaba un buen cariño. María estaba a sus anchas, en su mundo, de aquí que descubriera con antelación lo que ni los responsables del servicio habían sido capaces de observar. Es inconcebible que en una mesa mediterránea pueda faltar vino. No hay duda que María sabía muy bien que Jesús siempre estaba dispuesto a ayudar en lo que fuera necesario. Se les está acabando la bebida, dice ella, no me toca a mí solucionarlo, dice Él. Haced lo que os sugiera, indica la mujer a los sirvientes. Pues, llenad los depósitos de agua, manda Él. El “maître” se asombra al comprobar el cambio de calidad del caldo, la pareja sin notarlo continúa su fiesta. Mas tarde ellos, sus vecinos y sus parientes, reconocerán que esta visita de Jesús, no fue un encuentro fortuito, el milagro de convertir el agua en excelente vino no fue sólo un gesto de delicadeza generosa. La asistencia de Jesús, se dieron cuenta después, implicaba dar un mayor rango a la boda, una categoría superior a la unión de aquella pareja, elevar la calidad del compromiso. Aquel encuentro en Caná, mis queridos jóvenes lectores, estaba anunciando que, llegado el momento, y dándole la categoría merecida, el matrimonio se convertiría en sacramento. Una realidad sublime que nadie imaginaba. Un acontecimiento que trasformaba el encuentro matrimonial, el simple beso, en un don de Gracia. A los esposos se les concede, a partir de ese momento, ser concesionarios de la Gracia, dadores de santidad, con solo amarse.

4.- Si no hay que olvidar la intercesión valiosa de Santa María al meditar el relato proclamado hoy, también hay que reconocer que tiene más sustancia. Deben cambiar muchas cosas en las celebraciones actuales del matrimonio, para que podamos pensar que ella, la Virgen, se haga presente. Puedo imaginarme una aparición mariana en una gruta, en una encina, en la tilma de buen hombre. Lo que soy incapaz de imaginar es que se pueda hacer presente, para solucionar problemas, en las actuales fiestas nupciales.

Mis queridos jóvenes lectores, os urge introducir modalidades en este y en otros terrenos. La actualidad os necesita para que se efectúen cambios, como los que en otros terrenos y otros tiempos, ocasionaron gente semejante a vosotros, gente joven, que se llamaron Francisco de Asís o Juana de Arco, entre otros, que citar más alargaría excesivamente este mensaje.

Pedrojosé Ynaraja