Homilía – Domingo III de Tiempo Ordinario

LIBERADOS Y LIBERADORES

«PARA DAR LIBERTAD A LOS OPRIMIDOS»

¡Cuánta expectación suscita el discurso programático de un político, de un dirigente religioso, que asume la dirección de un gran colectivo humano! Hace veinte siglos, un humilde profeta de Nazaret expuso también su programa. No lo hace ante el sanedrín, la autoridad religiosa, sino ante sus convecinos, que inicialmente le escuchan con admiración, pero que, paulatinamente, van cerrando los puños, cargados de ira.

Es un minidiscurso que apenas dura medio minuto: «El Espíritu del Señor sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, a los ciegos la vista, para dar la libertad a los oprimidos y anunciar el año de gracia (es decir, una era de jubileo). Esto que dijo el profeta de sí mismo, se cumple hoy en mí».

Sabemos hasta qué punto los evangelistas levantaron acta de que Jesús cumplió íntegramente su programa salvador, cómo liberó del pecado, de la marginación, de la pobreza, del temor al poder de las fuerzas del mal. Pedro resume lapidariamente su vida diciendo: Pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo (Hch 10,38). ¡Qué buen lema para todo discípulo suyo!

Jesús anuncia solemnemente: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír». A lo largo de los tiempos cualquier evangelizador puede repetir lo mismo: «Hoy Jesús sigue liberando». Pedro, años después, dando razón del milagro de la curación del lisiado, causa del juicio organizado contra él y contra Juan, testifica: «Ha sido por obra de Jesús Mesías, el Nazareno resucitado» (Hch 4,10). En otro sentido Pablo, varios años después, testificará también: «Cristo Jesús me ha otorgado esta libertad de que gozo» (Gá 5,1). Así mismo, Pablo pide a los miembros de sus comunidades que recuerden su antigua situación de esclavitud del pecado, de sus vicios, y la comparen con la experiencia de libertad que Cristo les ha regalado. «¿Qué salíais ganando de aquello de lo que ahora os avergonzáis? El pecado paga con muerte, mientras que Dios regala vida eterna por medio de Cristo Jesús» (Rm 6,21).

EN PROCESO DE LIBERACIÓN

Tengamos el nivel espiritual que tengamos, todos somos todavía esclavos, porque todavía nos domina el egoísmo, el pecado. Dentro de nosotros se libra la batalla entre el «yo instintual», egoísta, y el yo profundo», el de la conciencia, batalla que tan genialmente, desde su propia experiencia, describe Pablo: «No hago el bien que quiero, sino el mal que repudio» (Rm 7,19). Esto lo vemos hoy en forma de adicción: «Le domina la bebida, la droga, la secta, el juego»… Pero, junto a esas esclavitudes de componente psicosomático, escandalosas, están las otras esclavitudes, que no nos dejan ser nosotros mismos ni gozar de la gran experiencia de una libertad radical. Y así, en una medida o en otra, todos somos esclavos de la ambición, del consumo, del placer, de la opinión ajena, del trabajo, de la comodidad, de las diversas versiones del egoísmo. Por eso, cuando aceptamos esa sumisión, sentimos que nos hemos traicionado a nosotros, al prójimo y a Dios. Y sentimos el reproche de nuestro «yo» auténtico.

Quienes presumen de libres son, con frecuencia, los más esclavos. «¿Nosotros esclavos?» (Jn 9,39), protestan enfurecidos los escribas y fariseos. «Todo el que está bajo el pecado es su esclavo» (Rm 6,16). Unamuno dijo sapiencialmente: No habla de libertad más que el cautivo, el pobre cautivo. El hombre libre canta amor. Leyendo las obras o las biografías de los grandes santos y místicos se observa que la vida creciente del cristiano es como un interminable proceso de liberación a través de muchas noches, muchas pruebas, muchas purificaciones. Creer es caminar hacia esa suspirada tierra de promisión, tierra de libertad.

San Pablo no cesa de repetir que su adhesión incondicional a Jesús le llevó a la profunda libertad interior. «Para que fuéramos libres nos liberó Cristo» (Gá 5,1). El amor es la única experiencia auténtica de libertad. Es más: el amor es el otro nombre de la libertad. La afirmación de san Agustín es asombrosa: Ama y haz lo que quieras.

La fe viva en Jesús de Nazaret comporta experiencia de liberación. El pecado entraña siempre experiencia de esclavitud. Retornar a la casa del Padre, convertirse, es recobrar la libertad.

La palabra del Señor invita a preguntarnos con sinceridad descarada: «¿Cuáles son las esclavitudes que más me oprimen? ¿Qué disgustos, ansias o sometimientos me atormentan? ¿Qué medios pone a mi alcance el Señor, nuestro Liberador, para crecer en la libertad de los hijos de Dios?

ES LIBERANDO COMO UNO SE LIBERA

Ungidos por el Espíritu, el Señor señala a los discípulos la misma misión que el Padre le encomendó a él: «Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios» (Mt 10,8). Lucas pone bien de manifiesto el cumplimiento de la misión por parte de los discípulos que, como el Maestro, realizan numerosas acciones liberadoras curando paralíticos, resucitando muertos, expulsando los malos espíritus, pero, sobre todo, liberando de la esclavitud del pecado en todas sus versiones. En esto consiste la conversión (Hch 2,38).

Con la experiencia de la libertad, nacida de su comunión con el Maestro, libres de la opresión de la ley (Mt 23,4; Hch 15,10), libres de sus propias ambiciones de poder hasta el punto de gozarse en los humillantes sufrimientos por fidelidad al Maestro (Hch 5,41), libres del servilismo a los hombres (Hch 5,30), anuncian el Evangelio de liberación. Y crean comunidades que, desde la fe en Jesús, viven la libertad.

Por lo demás, hay que tener en cuenta que el amor es la meta y el camino de la verdadera libertad. Si amo, soy libre; en la medida en que me entrego a los demás, voy creciendo en libertad. Nos contaba en una conferencia el escritor Michel Quoist que, en sus años de juventud, vivía atormentado por sus problemas dando vueltas en torno a ellos hasta marearse. Un buen día, se encontró con un compañero, cristiano comprometido, a quien le contó sus penas. El compañero, después de escucharle, le indicó: «Déjate de problemillas ridículos; ven, que te enseño tragedias; anda, échame una mano para solucionarlas, verás cómo desaparecen tus problemillas… Te preocupas por tu acné juvenil y lo que otros tienen es lepra, cáncer, hambre… Me curó de raíz».

Podría enumerar una larga letanía de ejemplos similares: personas esclavizadas por tragedias, obsesiones, frustraciones o traiciones que, al volcarse en los demás, se han visto libres de su propia esclavitud y han recobrado multiplicada la alegría y el dinamismo.

La señal imprescindible e indefectible de que estamos liberados es que somos liberadores. Si el amor es el otro nombre de la libertad, y el amor no nos lleva a liberar a los hermanos de cualquier esclavitud que les tenga oprimidos, es señal de que no amamos y, en consecuencia, de que no somos libres.

No se trata sólo de liberar de las grandes esclavitudes. Toda forma de caridad, toda ayuda, toda tarea de reconciliación en el seno de la familia, de la comunidad de vecinos, de los grupos eclesiales, toda ayuda al deprimido, desesperanzado, acomplejado, es una acción liberadora que nos libera. Y allí donde se libera el hombre, se construye el Reino.

Atilano Alaiz