Lectio Divina – Viernes II de Tiempo Ordinario

“Instituyó Doce, para que estuvieran con Él”

1.-Introducción.

Hoy te pido, Señor, en este rato de oración, que me hagas ver la grandeza de la elección. Me has elegido porque me amabas. Y me has elegido para que enseñe a amar a los demás. Me has elegido para crear entre los hombres y mujeres de este mundo una familia, la familia de los hijos de Dios. Bonita tarea. Preciosa misión.

2.- Lectura reposada del Evangelio. Marcos 3, 13-19

Subió al monte y llamó a los que él quiso; y vinieron donde él. Instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los demonios. Instituyó a los Doce y puso a Simón el nombre de Pedro; a Santiago el de Zebedeo y a Juan, el hermano de Santiago, a quienes puso por nombre Boanerges, es decir, hijos del trueno; a Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago el de Alfeo, Tadeo, Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el mismo que le entregó.

3.- Qué dice el texto del evangelio.


Meditación-Reflexión

Antes de llamar a sus discípulos Jesús subió al monte. ¿Qué hacía Jesús en el monte? ¿Respirar aire puro? ¿Mirar la belleza de los campos en primavera? Todo eso es posible, pero la clave nos la da el evangelista Lucas cuando nos dice que el monte era el lugar privilegiado de Jesús para orar. Jesús se pasó la noche orando. La elección de los apóstoles era un asunto muy importante y Jesús se pasa la noche dialogando con el Padre, barajando los nombres que iba a elegir al día siguiente. Esto que Jesús hizo con los primeros apóstoles lo hace Jesús siempre con aquellos que va a elegir. Y nos debe dar devoción el pensar que, antes de elegirme a mí, Jesús ha orado por mí al Padre.

“Los llamó para que estuvieran con Él”. Antes de enviarlos a predicar deben prepararse. ¿En las escuelas de Jerusalén? No. En la escuela de Jesús. Lo que han aprendido estando con Él, escuchando sus palabras, imitando su estilo de vida, eso va a ser el objeto de su predicación. Les llamó para que le siguieran. El seguimiento de Jesús forma parte esencial a su llamada.

Palabra del Papa

Jesús está en medio de la gente, la acoge, le habla, la cura, le muestra la misericordia de Dios; en medio de ella elige a los Doce Apóstoles para estar con Él y sumirse como Él en las situaciones concretas del mundo. Y la gente le sigue, le escucha, porque Jesús habla y actúa de modo nuevo, con la autoridad de quien es auténtico y coherente, de quien habla y actúa con verdad, de quien da la esperanza que viene de Dios, de quien es revelación del Rostro de un Dios que es amor. Y la gente, con alegría, alaba a Dios.

Esta tarde nosotros debemos preguntarnos: ¿cómo sigo a Jesús? Jesús habla en silencio en el Misterio de la Eucaristía y cada vez nos recuerda que seguirlo quiere decir salir de nosotros mismos y hacer de nuestra vida no una posesión nuestra, sino un don de Él y a los otros (Homilía de S.S. Francisco, 30 de mayo de 2013).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto que acabo de meditar. (Momentos de silencio).

5.- Propósito. Dar gracias a Dios por haberme llamado.

6.- Dios me ha hablado hoy a través de su Palabra. Ahora yo le respondo con mi oración

Señor, quiero darte gracias por haberme llamado, por haberme tenido presente en ese diálogo que has mantenido con Dios, tu Padre. Realmente yo he sido una persona muy importante para ti. Y quiero que me perdones mi falta de entrega y entusiasmo en esta hermosa tarea que me has encomendado. Lamento el no haber estado a la altura de mi vocación. Siento mucho el haberte defraudado. Ayúdame a compensar, desde ahora, el tiempo perdido. Quiero responder con una entrega generosa a tanta delicadeza, tanto afán, tanto cariño y tanto mimo.

Comentario – Viernes II de Tiempo Ordinario

Mc 3, 13-19

Hasta aquí, el grupo de los discípulos era de cinco: Simón, Andrés, dos hermanos…

Santiago y Juan, otros dos hermanos… y Leví. En ese punto de su relato, Marcos nos narra la Institución solemne de los «doce».

Jesús subió a un monte. 

Es el lugar de las grandes decisiones, un lugar solitario propicio para la oración… un lugar también de amplios horizontes, desde donde se ve a lo lejos…

Contemplo a Jesús subiendo por el sendero que conduce a la cumbre.

Es una alusión a Moisés subiendo al Sinaí para dar al pueblo de Dios las leyes que le constituyen como tal.

Llamó a los que quiso y vinieron a él. 

La primera característica de esta vocación, es la voluntad soberana del amo: llama a «los que quería». Eres Tú, Señor, quien toma la iniciativa. Señor, ¿estoy donde tú quieres? La segunda característica es la proximidad con Jesús: vinieron «a El», junto a El. Vivir en la intimidad de Jesús. Pertenecer a su grupo. Reflexionar, rezar, trabajar con Jesús. A fuerza de frecuentar a Jesús, deberán, en tres años, llegar a pensar y actuar como El. Cuando Jesús habrá desaparecido visiblemente, ellos tendrán que representarle… hacerle presente. Señor, ¿vivo yo suficientemente «junto a ti»?

Designó a doce… instituyó pues a los doce…

La palabra se repite en el intervalo de dos líneas.

¿Es una torpeza redaccional de Marcos? ¿Es una insistencia? Para Marcos, Jesús no ha «llamado» simplemente a los doce… los ha establecido, los ha «hecho», los ha «instituido».

Al escoger este número simbólico de «12», Jesús tiene una intención muy precisa: funda el nuevo Pueblo de Dios, estableciendo los doce patriarcas a los que conferirá la responsabilidad de este pueblo.

¿Cuál es mi actitud profunda hacia la Iglesia institucional? Cristo ha confiado inmensas iniciativas a su Iglesia: pero hay algo que El mismo ha fijado, y es la estructura jerárquica de la Iglesia, símbolo expresivo de la «iniciativa divina». La humanidad no se otorga la salvación a si misma, la recibe de Dios… y los «ministros» de esta salvación son el signo de que esta salvación «viene de Dios», es otorgada por Dios.

Para que le acompañaran y para enviarlos a predicar, con poder de expulsar a los demonios. 

Es la reanudación de la famosa jornada de Cafarnaúm, que daba un resumen de toda la actividad de Jesús (Mc 1, 21-30): Los Doce han sido pues instituidos para hacer lo que hacía Jesús.

«Enviados»… es la traducción de la palabra griega: «apóstoles».

Para «predicar»: es la primera misión de los apóstoles.

Como Jesús, y con El, hemos de proclamar la «buena nueva» del Reino de Dios.

«Para expulsar a los demonios»: es la segunda misión de los apóstoles. Como Jesús y con El, hay que combatir el mal del hombre, quitar el pecado del mundo, hacer que progrese el amor, ¡expulsar a los malos demonios del hombre! Por medio de su Iglesia, de los Doce y de sus sucesores, Jesús continúa actuando.

Y cada cristiano está asociado a esta obra, con su palabra y su trabajo, donde quiera que se halle en su medio familiar, o en su medio de trabajo.

Noel Quesson
Evangelios 1

Semana de oración por la unidad de los cristianos

DÍA 5

“Y la estrella que habían visto en Oriente los guió” (Mt 2, 9)

Guiados por el único Señor

Lecturas

Ex 13, 17- 14, 4: El Señor caminaba delante de ellos en una columna de nube.
Sal 121: Levanto mis ojos a los montes, ¿de dónde me vendrá el auxilio?
Ap 22, 5-9: Porque el Señor Dios será la luz que alumbre a sus habitantes.
Mt 2, 7-10: Y la estrella que habían visto en Oriente los guió.

Reflexión

Una y otra vez las Escrituras nos dicen cómo el Señor camina con su pueblo, lo protege y lo cuida día y noche. Puede que el camino no siempre sea recto: a veces tenemos que desandar nuestro propios pasos, otras veces nos toca regresar por una ruta diferente. Pero en toda nuestra peregrinación por esta vida, podemos estar seguros de que Dios, que «ni duerme ni descansa», cuida de nuestros pasos para que nuestros pies no tropiecen y caigamos.

Incluso en la más absoluta oscuridad la luz de Dios está con nosotros. Su luz brilló por medio de los profetas enviados para guiar a su pueblo por el camino que Dios había establecido y para recordarle la alianza que había hecho con él. Y al llegar la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Unigénito, Jesucristo. Él es la luz que guía a todas las naciones, la gloria de Dios manifestada en el mundo, la fuente de la vida divina, que sella una nueva alianza con su sangre.

El camino por el que hemos de seguir avanzando para alcanzar la unión entre nosotros y una unión más estrecha con Cristo, no siempre está claro. En nuestros intentos honestos de construir la unidad entre nosotros es fácil perder de vista este mensaje fundamental de la Escritura: que Dios no abandona a su pueblo a pesar de sus fracasos y divisiones. Este no es solo un mensaje esperanzador para los cristianos, sino también para el mundo entero. Como nos recuerda el relato de los Reyes Magos, Dios guía, con la luz de la estrella, a personas de todo pueblo, raza y nación, al encuentro con Cristo, la luz del mundo.

Con la luz del Espíritu Santo que Dios nos envía se nos permite contemplar con los ojos de la fe la verdad del Niño Dios, y en él descubrimos la llamada a la unidad y a la reconciliación de todas las cosas en Cristo. Es el Espíritu el que nos saca de nuestras oscuridades y de nuestras desdichas y nos inserta en la luz y en la vida de Cristo.

Oración

Oh Señor, Dios Padre nuestro, que enviaste la estrella para guiar a los Reyes Magos al encuentro de tu Unigénito; aumenta en nosotros la esperanza en ti y haznos tomar conciencia de que tú caminas siempre a nuestro lado, cuidando de nosotros. Enséñanos a ser fieles al rumbo que nos marca el Espíritu Santo, por extraño que pueda parecernos, para que así podamos alcanzar la unidad en Jesucristo, luz del mundo. Haz que nuestros ojos se abran a tu Espíritu, y reaviva nuestra fe, para que confesemos que Jesús es Señor, y así lo adoremos y nos llenemos de una inmensa alegría, como los Magos en Belén. Te lo pedimos en el nombre de tu Hijo Jesucristo. Amén.

La buena noticia

1.- «En aquellos días, Esdras, el sacerdote, trajo el libro a la asamblea de hombres y mujeres y de todos los que podían comprender» (Ne 8, 2) El Libro. Las palabras que Dios inspiró a los hombres. Palabras sagradas, divinas, transidas por la luz del cielo. Un padre que ama a sus hijos no puede permanecer callado. Y Dios es un padre que ama como ningún padre ama sobre la tierra. Por eso, a lo largo de los siglos, nos ha venido hablando a los hombres.

Muchos no le escucharon, cerraron sus oídos a la voz de Dios. Y sus palabras resbalaron en sus corazones como la lluvia sobre la piedra. Pero otros no, otros fueron tierra blanda que absorbe ávida el agua que cae de arriba. Y la semilla produjo fruto abundante y bueno. Fruto de caridad, de alegría, de paz, de fe, de mansedumbre, de continencia. «Y todo el pueblo estaba atento al libro de la Ley». Atento haz Señor que esté atento. Con el corazón en guardia permanente, con la voluntad pronta, con el entendimiento alerta. Para que tu Palabra llene mi vida con la música maravillosa de sus inefables resonancias. Para que acepte tu Palabra, para que la reciba con gozo, para que la busque con ansiedad. Que de todos mis libros, sea el tuyo, la Biblia, el primero, el más leído, el más escuchado. Sea tu Palabra luz para mis pasos, camino para mis pies. Que me cale hasta lo más hondo, que me transforme de barro en espíritu, de oscuridad en luz.

«Esdras pronunció la bendición del Señor Dios grande, y el pueblo entero, alzando las manos respondió: Amén, amén» (Ne 8, 6) Amén, amén. Palabra hebrea que ha perdurado a través de muchos siglos. Palabra litúrgica que encierra la síntesis de una auténtica espiritualidad: deseo ardiente de querer lo que Dios quiere, de someterse sin condiciones a los planes del Padre de los cielos… Amén, que así sea, como tú quieres, como tú lo dispones. Sea lo que sea, Señor, amén, amén.

El pueblo entero, nos sigue narrando Nehemías, se echó a llorar. Son lágrimas que brotan de un gozo profundo y sereno, llanto que se desborda como expresión paradójica de una gran felicidad. Los hombres que rigen el pueblo, Esdras y Nehemías, exclaman: «Andad y comed buenas tajadas, bebed vino dulce y enviad porciones a quien no tiene preparado, pues es un día consagrado a nuestro Dios. No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es nuestra fortaleza».

La alegría cristiana como fortaleza del alma. Concede a tus hijos esa alegría, esa fuerza que nos mantenga siempre en pie, felices, contentos, dispuestos a la entrega generosa, optimistas y esperanzados. La alegría de los hijos de Dios, la que nace de un corazón libre, de un corazón enamorado.

2.- «La ley del Señor es perfecta y descanso del alma » (Sal 18, 8) El precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante. Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón, la norma del Señor es límpida y luz para los ojos… Muchas veces el cantor de Dios dedica sus versos a ensalzar la Ley divina. La contemplación de esos preceptos tan llenos de mesura y rectitud, tan eficaces para conducir al hombre a buen fin, hacen que el salmo desgrane un rosario de bellas palabras que cantan a la Palabra por excelencia que es la de Dios.

Con ese espíritu es como hemos de recibir la Ley de Dios, con ese asombro y con esa admiración, con esa gratitud y entusiasmo. Sólo así haremos vida de nuestra vida esos preceptos del Señor. Pidamos que Dios nos ayude y nos ilumine pues somos tan tremendamente torpes, pobres y mezquinos que vemos en la Ley sólo una traba, una cortapisa para nuestra existencia. No nos damos cuenta de que, más que un freno, los mandamientos son un potente motor que nos impulsa con fuerza inaudita, alas poderosas que nos permiten el más alto vuelo.

«La voluntad del Señor es pura y eternamente estable» (Sal 18, 10) Sigue el poema del salmista cantando a los preceptos del Señor, que son -nos dice- verdaderamente justos… No podía ser de otro modo, ya que proceden del corazón de Dios, el único que jamás nos engaña, el único que es realmente bueno, el único que podrá ser siempre nuestro más firme apoyo. Roguemos con el salmo que nuestras palabras sean agradables al Señor, y que llegue hasta su presencia el meditar de nuestro corazón. Convencidos de la grandeza y sabiduría de esos mandamientos, hagamos un firme propósito de cumplirlos, decidamos de una vez por todas el ser fieles y sumisos a su santa voluntad. Es cierto que en ocasiones esto nos puede costar, y mucho quizás. Pero tengamos en cuenta que el Señor nos ayudará si se lo pedimos, y que siempre rebasará con mucho el premio al esfuerzo que hagamos por conseguirlo.

3.- «El cuerpo tiene muchos miembros, no uno sólo» (1 Co 12, 14) Es san Pablo el que acuñó esta imagen del Cuerpo Místico de Cristo para hablar de la Iglesia. Es cierto que esta doctrina se encuentra de algún modo en la misma predicación de Cristo. Así el Señor habló, por ejemplo, de la unión entre la vid y los sarmientos para expresar la unidad que existe entre Él y los suyos.

Pero será el Apóstol de los gentiles el que desarrolle y lleve a sus últimas consecuencias esa idea. Así nos dice que lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros y todos los miembros, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así también Cristo. Todos nosotros, ricos o pobres, listos o torpes, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo.

Esta solidaridad hace que nuestras vidas estén íntimamente unidas a las de los demás. Hasta el punto de que no podemos desentendernos los unos de los otros. Y así lo que hacemos bien repercute indefectiblemente en beneficio de todos, y de la misma manera nuestras malas acciones perjudican a los demás… Una razón más para vivir fieles a nuestras obligaciones y deberes de cada momento. Aunque sólo fuera por no causar daño a nadie, deberíamos esforzarnos por ser cristianos auténticos.

«Pues bien, Dios distribuyó el cuerpo y cada uno de sus miembros como él quiso» (1 Co 12, 18) Si todos fueran un mismo miembro -continúa el Apóstol-, dónde estaría el cuerpo… Los miembros son muchos, es verdad, pero el cuerpo es uno solo. El ojo no puede decir a la mano «no te necesito» y la cabeza no puede decir a los pies «no os necesito». Más aún, los miembros que parecen débiles son los más necesarios.

Todos los cristianos tenemos una parte en el Cuerpo Místico de Cristo, todos tenemos unos derechos y unas obligaciones dentro de la Iglesia. Nadie se puede considerar exento, nadie puede estar al margen. Hay que tomar conciencia clara de esta realidad y cumplir nuestra quizá pequeña misión, nuestro humilde y sencillo trabajo de cada día. Por otro lado hay que evitar toda división y preocuparnos unos de otros, pues cuando un miembro sufre, todos sufren con él. No lo olvidemos: nosotros somos el Cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro. Un miembro que ha de cumplir su propia función, para que así el cuerpo total marche bien… Ayúdanos, Señor, a vivir unidos, a trabajar cada uno en nuestro puesto, con una ilusión cada vez mayor por el bien de los demás, por el bien de toda la Iglesia, de toda la humanidad.

4.- «Yo también, después de comprobarlo todo exactamente desde el principio, he resuelto escribírtelos por su orden…» (Lc 1, 3) La vida y la doctrina de Jesucristo no podían quedar enterradas en el olvido. Fue tanta su fuerza y su grandeza que, a medida que pasaba el tiempo, crecía el interés por conocer mejor a Cristo. Por otra parte, sus apóstoles iban comprendiendo, bajo la luz del Espíritu Santo y a la vista de lo que estaba ocurriendo, que el mensaje que predicaban tenía un alcance mayor del que ellos pudieron comprender en un principio. Por todo ello nos dice san Lucas al comienzo de su evangelio que muchos emprendieron la tarea de relatar cuanto había sucedido entre ellos. A pesar de existir esos relatos -se refiere sobre todo a los evangelios de Mateo y de Marcos-, él también desea escribir sobre la vida y enseñanza del Señor. Para esto, nos dice el Evangelista, se ha preocupado de comprobarlo todo exactamente y desde el principio. Así quiere contribuir a que los creyentes conozcan la solidez de la doctrina que han recibido.

San Lucas, en efecto, nos transmite con fidelidad histórica algunos detalles y noticias que los otros evangelistas no refirieron. Relata datos cronológicos que han contribuido mucho a saber cuándo ocurrieron determinados acontecimientos. Por eso, cuantos desprecian el valor histórico de los evangelios se equivocan, por mucho que quieran decir que negar la historicidad de lo ocurrido no merma la fe sino que la acrecienta. Dios ha querido que nos apoyemos en unos hechos tangibles y comportables, no porque nuestra fe haya de ser el resultado de unos razonamientos lógicos, sino porque esa fe, aunque no sea racional, sí tiene que ser razonable.

Después de este preámbulo, san Lucas narra en el pasaje que corresponde a esta dominica uno de los momentos iniciales de la predicción de Jesús. El hecho se desarrolla en Nazaret. Ante el asombro de sus paisanos, Jesucristo toma la palabra y explica el pasaje del profeta Isaías que acababa de leer. Su voz es segura, su doctrina clara, sencilla y profunda. Sin la menor jactancia afirma que en él se cumplen las profecías acerca del Siervo de Yahvé, los presagios gozosos del profeta en torno al Mesías. Él ha sido ungido y enviado para proclamar la Buena Noticia -que esto significa evangelio-, a todos los hombres, en especial a los más humildes y desgraciados.

Unción y misión, dos aspectos de la persona de Cristo, que se repiten en aquellos que le siguen y son bautizados; en especial en quienes reciben el sacramento del Orden. Con la unción se sacraliza a la persona y se le encomienda la tarea sagrada de testimoniar sobre la doctrina salvadora del evangelio. Con la misión se le envía para que se vaya por doquier proclamando con la palabra y el ejemplo, cuanto nuestro Señor Jesucristo ha dicho y ha hecho. Seamos consecuentes con esta realidad y hagámonos voceros incansables de la única y auténtica Buena Noticia.

Antonio García Moreno

Misa del domingo

El Evangelio de este Domingo tiene dos partes. La primera es el prólogo del Evangelio de San Lucas. Lucas manifiesta que «después de comprobarlo todo exactamente desde el principio» ha querido relatar ordenadamente la vida y enseñanzas del Señor Jesús, para que sea conocida por Teófilo «la solidez de las enseñanzas» que ha recibido.

Con esta introducción San Lucas afirma la veracidad e historicidad de los hechos relatados, exponiéndolos en su Evangelio tal y como se los relataron testigos oculares, testigos que vieron y escucharon personalmente al Señor. La fe que han recibido los creyentes no se sustenta en un personaje mítico, en una fantasía o en un Cristo elaborado por una comunidad de discípulos alucinados que se negaban a aceptar la muerte infame de su Maestro, sino que se fundamenta sólidamente en lo que Cristo verdaderamente hizo y enseñó. El ‘Cristo de la fe’ no es distinto que ‘el Cristo histórico’, y los Evangelios no son fábula o mitología, sino auténtico recuento de hechos sucedidos.

La segunda parte del Evangelio relata el tremendo anuncio que el Señor Jesús hace al inicio de su ministerio público en la sinagoga de Nazaret. Poco antes el Señor había recibido el bautismo de Juan en el Jordán. Relata San Lucas que en aquella ocasión «se abrió el cielo, y bajó sobre Él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma» (Lc 3,21-22). Se trataba de un signo visible que señalaba a Jesús como el Ungido por Dios con el Espíritu divino, realizándose en Él de modo visible la antigua profecía de Isaías: «El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido» (Is 61,1). De esta manera Jesús es presentado al pueblo de Israel como el Mesías -que significa Ungido- prometido por Dios desde antiguo, aquél «que Dios enviaría para instaurar definitivamente su Reino.» (Ver Catecismo de la Iglesia Católica, 436 y 438)

Luego de ser “ungido” visiblemente por el Padre con el Espíritu el Señor inicia su ministerio público en diversos pueblos de Galilea, enseñando en sus sinagogas y obrando diversos milagros. Caná, Cafarnaúm, Corazim, Betsaida, Genesaret, habían ya escuchado sus enseñanzas y visto los signos que realizaba. Así, para el momento en que retorna a Nazaret y «como era su costumbre» entra en la sinagoga un sábado, ya su fama se había extendido por toda la región.

Una vez reunidos en la asamblea Jesús «se puso de pie para hacer la lectura». Una escena semejante la encontramos en la primera lectura. La asamblea se reúne para escuchar la lectura de los textos sagrados, a través de los cuales experimenta como Dios mismo dirige su palabra a su pueblo. En aquella ocasión «los levitas leían el libro de la Ley de Dios con claridad y explicando el sentido, de forma que comprendieran la lectura.» Jesús hará lo mismo.

En los tiempos de Jesús eran pocos los que sabían leer, más aún si se trataba de leer textos en hebreo, la lengua sagrada en la que estaban originalmente escritos los libros del Antiguo Testamento. Esta era una tarea reservada a los escribas, quienes luego de leer el texto sagrado en hebreo, pasaban a comentarlo en arameo, el lenguaje coloquial de los hebreos.

El Señor leyó la antigua profecía de Isaías que decía: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres…». Terminada la lectura, explicó la lectura de un modo absolutamente inesperado a la asamblea que lo escuchaba con gran atención y curiosidad: “Hoy”, es otras palabras, en Él se cumplía verdaderamente aquella antigua profecía. Él se presentaba ante sus oyentes como el Mesías prometido por Dios para la salvación de su Pueblo, el Ungido con el Espíritu divino, el enviado por Dios a anunciar la Buena Nueva de la Reconciliación a la humanidad sumida en la esclavitud, la pobreza, el mal, la enfermedad y la muerte.

¿Quién puede decir de sí mismo cosa semejante? Un desquiciado, un hombre trastornado por el delirio de grandeza, un megalómano, un embaucador, o alguien que en verdad es quien dice ser. Con sus señales y milagros, y sobre todo con su misma resurrección de entre los muertos, hechos todos que Lucas recoge en su Evangelio tras diligente investigación, el Señor Jesús demuestra la veracidad de sus palabras: Él es verdaderamente el Ungido de Dios, Aquél que ha venido a traer la liberación, la salvación y reconciliación a la humanidad. No hay que esperar a otro (Ver Hech 4, 12; Catecismo de la Iglesia Católica, 430-432).

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

El día que fui bautizado, junto con el agua fue derramado también el Espíritu en mi corazón. De este modo también yo fui ungido con el mismo Espíritu que se posó sobre Cristo en forma de paloma, el día de su bautismo. Para hacer más evidente esta unción con el Espíritu, fui ungido en la cabeza con óleo sagrado (Ver Catecismo de la Iglesia Católica, 1287). Por ello podemos decir que por nuestro Bautismo, al participar del mismo Espíritu de Cristo, también a nosotros se aplican las palabras de Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres.» (Lc 4,18-19)

Mi Bautismo no debe ser reducido a un momento olvidado en mi vida, como si hubiese sido un acto intrascendente, carente de interés o valor para mí. Tampoco puedo reducirlo a un mero acto social. ¡El Bautismo me ha comunicado la vida en Cristo, ha hecho de mí una nueva criatura (Ver 2Cor 5,17)! ¿No debería recordar y celebrar ese día grande, ese nuevo nacimiento, como celebro mi nacimiento en la carne? ¡Ciertamente!

Pero más aún, mi Bautismo me reclama vivir de acuerdo a lo que ese Bautismo ha hecho de mí: un cristiano, hijo de Dios, hijo en el Hijo, templo vivo de su Espíritu y miembro vivo del Cuerpo de Cristo que es su Iglesia (Ver Catecismo de la Iglesia Católica, 1997). Mas en el día a día nos topamos con la dolorosa realidad de que muchas veces no vivimos de acuerdo a nuestra grandeza y dignidad de hijos de Dios, y aunque queremos y procuramos responder al llamado que el Señor nos hace a ser santos (Ver Mt 5,48), sufrimos por nuestras múltiples y repetidas incoherencias y caídas (Ver Rom 7,15s).

La primera gran tarea de todo Bautizado, de todo aquél en quien el Espíritu divino ha sido derramado, es buscar la plena conformación con el Señor Jesús, es aspirar a vivir la perfección de la caridad. ¡La santidad! Esa es nuestra vocación (Ver Lev 19,2), esa es nuestra meta y principal tarea: buscar asemejarnos cada vez más a Cristo, pensando, sintiendo y actuando como Él.

Mas nadie puede alcanzar esta meta por sí mismo. Nuestra santificación, más allá de nuestros esfuerzos y de los medios que necesariamente hemos de poner, es obra del Espíritu en nosotros. Por ello es necesario vivir una vida espiritual intensa, una vida de intensa relación con el Espíritu. Él es quien nos va conformando con Jesús en la medida en que cooperamos desde nuestra pequeñez y libertad, cooperación que se da mediante un incesante y esforzado combate espiritual por el que procuramos despojarnos del hombre viejo y de todas sus obras para revestirnos del hombre nuevo, de las virtudes de Cristo (Ver Ef 4,21-24).

La segunda gran tarea, íntimamente ligada a la primera, es ésta: si por mi Bautismo y posteriormente también por mi Confirmación he sido ungido y sellado con el Espíritu Santo (Ver Catecismo de la Iglesia Católica, 1294), también yo soy enviado a proclamar la Buena Nueva de la liberación y la reconciliación a todos los seres humanos, en el hoy de la historia de la salvación, en las diversas realidades en las que me toca vivir y actuar. ¡No puedo olvidar esta exigencia que brota de mi condición de Bautizado! ¡Yo debo anunciar a Cristo! ¿Puede un Bautizado no irradiar a Cristo? ¿Puede el sol no iluminar? ¡Tan terrible como sería el apagarse la luz del sol es el apagarse la luz y la vida de de Cristo en un bautizado! Pero si por la presencia vivificante del Espíritu brilla en tu vida la luz de Cristo, como el sol podrás difundir a tu alrededor la luz de Cristo y el calor de su amor.

Este apostolado, este anuncio e irradiación de Cristo y de su Evangelio de tal manera que transforme otros corazones y las estructuras injustas y antievangélicas de nuestras sociedades no es “tarea” solamente de los sacerdotes o de personas consagradas a Dios, sino que brota espontáneamente de todo Bautizado que experimenta esa presencia ardorosa del Espíritu divino en su corazón: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio…»

Llegará un nuevo día

Llegará un día
en el que vivir no sea una pesada carga,
que doble las espaldas
y sofoque los corazones,
sino una asombrosa experiencia de plenitud
para todas las personas,
sea cual sea su origen, color, país o religión.

Llegará un día
en el que la libertad no sea un sueño,
temeroso de ser perdido
si despierta entre nuestros frágiles brazos,
sino una alegre realidad
capaz de ilusionar y emocionar
a todos los que vivimos y soñamos.

Llegará un día
en el que la igualdad no esté en entredicho
ni necesite discriminación positiva,
sea cual sea la cultura,
la condición social,
la patria, la riqueza
o el sexo de las personas.

Llegará un día
en el que los derechos humanos
no necesiten defensores ni leyes,
pues todos los llevaremos tatuados
en nuestras entrañas
y sabremos transmitirlos
a las generaciones futuras.

Llegará un día
en el que la justicia florecerá
en todos los campos y rincones
de nuestro ser y tierra
y podremos mirar sin temor,
en cualquier dirección,
con ojos limpios y acogedores.

Llegará un día
en el que las fronteras desaparecerán,
y todos los seres humanos
podremos movernos,
sin controles ni tarjetas,
de acá para allá,
como en nuestra propia casa.

Llegará un día
en el que la fraternidad
será la mejor carta de ciudadanía,
de dignidad y de respeto,
y todas las personas serán respetadas,
sean o no compañeras, camaradas,
adversarias o amigas.

Llegará un día
en el que podremos convivir,
dialogar y enriquecernos,
amar, compartir y criticarnos,
soñar, trabajar y cantar,
y ser diferentes sin excluirnos
en la mesa, en el corazón y en la historia.

Llegará un día
en el que esta sociedad se sienta renacer
en todos los cruces y sendas,
revistas, periódicos, radios y televisiones;
y en el que la buena noticia
sea el pan nuestro cada día
para quienes aman y caminan.

¡Pronto llegará ese nuevo día, Señor,
si proclamamos sólo palabras de gracia!
¡Ya se anuncia!

Florentino Ulibarri

Comentario al evangelio – Viernes II de Tiempo Ordinario

A Jesús le hacían falta colaboradores. La tarea es muy grande, anunciar el Reino de Dios por todas partes. Y anunciarla a todos, a los que quieran escucharlos y a los que no quieran, también. Que la salvación es gratis y universal. 

Nos encontramos en camino hacia el “sínodo de la sinodalidad”, que ha convocado el Papa Francisco. Nos recuerda que todos tenemos una tarea y un sitio en la Iglesia. Cada uno en su lugar. Algunos amigos de Jesús recibieron un encargo especial, para estar con Él más cerca e ir por todas partes, anunciando que Dios es amor.

Es fácil comentar la lista de Discípulos, diciendo que podemos añadir al final, cada uno de nosotros, su propio nombre. Sabiendo lo que eso significa. Vivir con Jesús, con su estilo, cerca de Él, para poder aprender de sus palabras y tratar de imitarle en la oración y en la entrega a los demás.

El Maestro sigue mirándonos a cada uno de nosotros, con esa mirada amorosa que invita a seguirle. Lo hace, sabiendo que ninguno es perfecto, que entre ellos hay de todo, desde gente un poco “torpe para entender” hasta un traidor. Eso significa que no hay excusas. Los Discípulos pudieron, con mucho esfuerzo, con muchas lágrimas superar todas sus debilidades, hasta llegar al fin del mundo. También nosotros también podemos, si queremos, convertirnos en seguidores cercanos de Jesús. Su llamada está siempre ahí. Muchos la hemos sentido en algún momento de la vida. Tú también, quizá. La cosa es, ¿cómo has respondido? ¿Cómo vas a responder?

Saúl se arrepintió del mal que quería hacer a David. Nunca es tarde para arrepentirse. Si sientes que no le has dado a Jesús todo lo que te pide, repite con el salmista “misericordia, Dios mío, misericordia”, dile que quieres ser de los suyos y empieza a hacer el bien. Sin prisa, pero sin pausa.

Hoy la Iglesia celebra la memoria de santa Inés, virgen y mártir. Aquí puedes leer algo sobre su vida. Muy interesante.

Alejandro Carbajo, cmf

Meditación – Santa Inés

Hoy celebramos la memoria de Santa Inés.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 13, 44-46):

En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: «El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel. También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas, y que, al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra».

Hoy la santa Iglesia celebra la festividad de Santa Inés, virgen y mártir (s. IV). En esta ocasión, la liturgia nos presenta un pasaje del Evangelio que expresa el sentido y profundidad de la actitud esta joven que no tenía más que trece años. Ella prefirió sufrir el martirio antes que renunciar al amor de su divino Maestro siéndole infiel. La explicación radica en que, en determinado momento de su vida, tuvo un encuentro excepcional con Jesucristo. Y como lo subraya el Evangelio: «El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel» (Mt 13,44). 

Santa Inés tuvo fe en la amorosa presencia de Jesucristo y, desde el principio quiso convertirse en su esposa. Jesús le ha revelado palabras de amor y la ha hecho entrar en comunicación con Dios, presente en ella. Desde aquel momento, ella ha comprendido que su misión era la de corresponder a esa fe en el abandono, pero con disponibilidad total y colocándose en segundo plano. A causa del ejemplo que ella nos da, san Jerónimo escribe: «Todas las naciones celebran su ejemplo en la fe y le rezan».

Es a ese mismo regalo total al que Jesucristo nos llama: el de dar nuestra vida. Sin embargo, trabajar para Jesucristo no nos dispensa de la cruz cotidiana ni de las dificultades de la vida. Santa Inés lo ha comprendido así y es en ese sentido que respondió al verdugo que la amenazaba de muerte: «Teñirás, si quieres, la espada con mi sangre. Pero no mancillarás mis miembros con la lujuria». Su martirio, tal como nos ha sido relatado en la Depositio Martyrum, es la gran manifestación de Jesucristo ofreciendo su vida por la salvación de todos nosotros, al asumir los pecados del mundo.

Fr. Joseph BELLERIVE