La libertad del hombre

1.- Lo más sorprendente de la relación del hombre débil con el Dios omnipotente es que ese ser comparativamente tan débil pueda oponerse a la voluntad del Ser tan poderoso. La mayoría de los humanos somos transgresores de la Ley de Dios. Algunos lo son muy gravemente con daño a terceros. Otros enarbolando su soberbia se enfrentan y oponen a Dios. Y este Dios lo tolera y diríamos que lo respeta. Entonces se encuentra que la libertad viene de Dios y que es esencia de Dios. El don más grande del hombre es su libertad. Pero el hombre tiende a olvidarla y, despreciando la libertad que Dios le da, se deja oprimir. Muchos de nuestros pecados graves son una forma de opresión. Hemos querido ser libres y nos encontramos amarrados por lo que parecía un buen uso de nuestra libertad. La mayor opresión se produce con la soberbia y con el dinero. Y, sin embargo, vivimos en la época del uso loco de la soberbia y se adora al dinero hasta niveles clínicamente demenciales. Tras consagrar Dios el principio de la libertad absoluta del hombre y ser despreciada por el genero humano y aceptar la opresión ejercida por el Demonio, envío a su hijo para «liberar a los cautivos». Y cuando él, Jesús, esta leyendo en la sinagoga el texto de Isaías está señalando que pretende hacerles libres de verdad, liberarles de la esclavitud del engaño, de la falsa libertad.

2. – Igual que la bondad que reina en el mundo es un reflejo de Dios, la libertad que poseen los hombres también son espejo de la mirada divina. Cuando un régimen político oprime a sus ciudadanos está en contra de Dios. Los enemigos de la libertad vienen de cualquier parte. Hay dictadores de derechas y de izquierdas. La aplicación práctica del marxismo-leninismo ha sido un ejercicio violento contra la libertad. Pero desde los nacionalismos o desde los dictados de clases dominantes también se usa la violencia contra la libertad del hombre. La mejor arma para liberar a los oprimidos es la paz. Puede que sea un camino más lento, pero es muy seguro. Los «libertadores» de la violencia solo engendran más violencia. Y de estos violentos liberticidas, en muy pocos casos han actuado en legítima defensa, y si lo han hecho enseguida han abusado de su fuerza.

Jesús, en la sinagoga de Nazaret, anunció el principio de una liberación pacifica, del reinado del amor. Lo hemos dicho un poco más arriba. Y lo hemos oído en el canto del aleluya que acabamos de proclamar:

El Señor me ha enviado a dar la Buena Noticia

a proclamar la liberación de los cautivos

Y es un muy breve texto que debe servirnos para la meditación, durante esta semana que empieza. Tal vez no haga falta más. Pero, claro, siempre hay más.

3. – Pero siempre hay algo más para nosotros y nuestra vida mejor. Así en el final de fragmento de Nehemías que hemos escuchado se dice: “No estéis tristes, pues el gozo del Señor es vuestra fortaleza”. La consagración del templo, la vuelta al camino marcado por Dios produce una enorme emoción en el pueblo de Israel. Y esa emoción trae lágrimas. Y, entonces, se dice que nuestra alegría viene de Dios, “pues el gozo del Señor es vuestra fortaleza”. La cercanía de Dios y las obras que están cerca de Él dan alegría como símbolo de que estamos en el camino adecuado. Y además el gozo del Señor ante nuestro trabajo bien hecho es, precisamente, nuestra fortaleza. Y de ahí es de donde puede llegar la mejor recompensa para nuestro esfuerzo. Y da igual cual sea nuestra ocupación en el trabajo para Dios y los hermanos. San Pablo en su Primera Carta a los Corintios explica magistralmente esa organización jerárquica –al mismo tiempo igualitaria—de la Iglesia de Dios. La semejanza a un cuerpo humano con el trabajo interrelacionado de todas las partes de ese cuerpo y la misión principal de la cabeza, pues es un atajo para mejor entender nuestra labor.

Hemos de hacer uso de nuestra libertad absoluta para emprender caminos de santificación y de vida en común con los hermanos. Nadie nos debe empujar hacia donde no queramos, pero una vez que en uso de nuestra libertad estamos dentro de la Iglesia hemos de comprender que existe un gran número de misiones y que todas ellas son importantes para el desarrollo del Reino de Dios. Y ahí hemos de aceptar el trabajo designado. Hemos recibido muchos puntos para la reflexión. Ahora, cuando volvamos a nuestras casas y tengamos un momento de quietud deberíamos releer todos estos textos del presente Tercer Domingo del Tiempo Ordinario e iniciar nuestra meditación. Y hacerlo como seres, libres, alegres y solidarios con nuestros hermanos. Y no olvidemos que el gozo de Dios es nuestra fortaleza.

Ángel Gómez Escorial