Homilía – Domingo IV de Tiempo Ordinario

LA VERDAD OS HARÁ LIBRES

CONTEXTO SOCIAL Y RELIGIOSO

Lucas presenta el comienzo ministerial de Jesús en un contexto litúrgico. Jesús, como todo judío piadoso, participa en la celebración sinagogal del sábado en su pueblo. El relato es vivo y tenso. Mientras está hablando, sus convecinos acogen voraces y asombrados sus palabras. Tienen una increíble vibración de vida y sinceridad. Pero sus palabras entrañan conversión y un gran compromiso; y por eso, los mecanismos de defensa, consciente o inconscientemente, empiezan a racionalizar resistencias.

Jesús (o Lucas) ha detenido intencionadamente la lectura antes de las palabras que anunciaban el juicio de las naciones: «y un día de venganza de nuestro Dios» (Is 61,2), para insistir exclusivamente en la gracia de Dios. Estas palabras de «gracia» provocan el asombro de la asamblea y esta manera de proponer una gracia universal es el origen de los incidentes narrados en los vv. 25-30. Precisamente para reforzar la idea de que su misión es toda de gracia y no de condenación, Cristo (o Lucas) ha añadido dentro de la cita de Isaías un versículo, tomado de Is 58,6, sobre la libertad ofrecida a los prisioneros. Cristo define de una vez su misión como una proclamación del amor gratuito de Dios a todo hombre. Esto no puede sino producir escándalo pues los judíos esperan la escatología con ardor y odio a los paganos ya que esperan el aplastamiento de todos sus enemigos (los de Dios).

Y empiezan a funcionar los mecanismos de resistencia al mensajero. El mensaje no gusta. Y se desata la envidia pueblerina: ¿Por qué el hijo de María y de José va a ser más que los nuestros? Sí, el hijo de María y de José habla encendidamente; pero, ¿qué garantías tiene su mensaje si el mensajero es el hijo de un carpintero, si no ha pasado por las escuelas rabínicas, si no tiene prestigio social, si se ha criado entre nosotros? ¿Qué puede enseñar? ¿Qué garantías ofrece su discurso si va en contra del mensaje tradicional de los rabinos, de los escribas y fariseos, que anuncian la ira apocalíptica de Dios para los pueblos que han asolado a «su» pueblo? ¿Cómo puede igualar el pueblo de la elección con el resto de los pueblos paganos?

Su rabia se enardece todavía más cuando les recuerda que Dios había hecho prodigios en favor de los paganos que no había hecho en favor de Israel por culpa de su protervia y les evoca a la viuda de Sarepta y al sirio Naamán. Citando un refrán, les señala: «Ningún profeta es bien recibido en su tierra». Estas increpaciones colmaron la ira de sus convencidos. A empujones le llevan hacia el barranco de las afueras del pueblo para despeñarlo, castigo reservado a los blasfemos; pero Jesús se abrió paso entre ellos y se escabulló.

Estamos ante un relato significativo que preanuncia la misión y el destino de Jesús; es como un adelanto que sintetiza su programa, su ministerio y el desenlace. Los vecinos de Nazaret encarnan a todo el pueblo judío, que globalmente rechaza al Enviado de Dios, y por eso serán los paganos los que, sobre todo, integrarán el pueblo de la Nueva Alianza.

¿En qué consistió, sobre todo, el pecado del pueblo judío? En el afán de traducir los mensajes divinos a sus ambiciones humanas. No se ajustaban a la Palabra de Dios, sino que ajustaban la Palabra de Dios a sus ambiciones. No dejaban a Dios ser Dios.

 

AMORDAZAR AL PROFETA

Israel perdió su gran ocasión. Jesús lo lamentará con lágrimas en los ojos: «¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían!» (Le 13,34). Juan escribe con el alma dolorida: «Vino a su casa (a Israel la Luz), pero los suyos no la recibieron» (Jn 1,11).

Todos y siempre sentimos un primer impulso a rechazar la verdad o las verdades que nos resultan intranquilizadoras. Decía atinadamente Bernanos: «Los hombres buscan verdades tranquilizadoras, pero la verdad no tranquiliza a nadie». Y para evitar el cosquilleo de la conciencia, los remordimientos que comporta el traicionarla, se echa mano de un mecanismo de defensa que los psicólogos llaman racionalización. «Nos asisten sobradas razones para rechazar lo que es un error manifiesto»… Exactamente lo mismo que a los nazarenos: Se ponen etiquetas descalificadoras al mensajero, se siembran sospechas sobre su vida, sobre su preparación, sobre su posible extremismo.

Un seglar, cristiano intachable, empleado de la construcción naval, se levanta un día en medio de una asamblea heterogénea: «Yo creo que estamos olvidando el tema de los pobres», comienza diciendo con palabras de fuego. Son palabras de un auténtico profeta, del que todos saben que dedica enteramente sus horas libres a ayudar a los necesitados, a los ancianos con problemas. Con sus palabras de fuego hace enardecer a la asamblea de forma increíble. Nunca jamás lo olvidaré. En varias ocasiones me había testificado su párroco: «Es un verdadero santo». «¿Qué sabe ese pobre hombre -me susurra al oído un profesor que colabora en pastoral familiar- si el pobre no pasó de los estudios primarios?». Por detrás oigo a una religiosa de un sanatorio que comenta: «A ese pobrecito le ha dado por la manía de los pobres, y no hay quien le apee de ella». Cuando terminamos la reunión me comenta un compañero sacerdote: «¿Qué te ha parecido el seglar? ¡Pobre! Se cree un iluminado para dar lecciones… No tiene preparación y no ve más»… Naturalmente, otros salimos entusiasmados y más comprometidos. Michel Quoist vivió la misma experiencia en un templo de París con respecto a un sacerdote joven: «Me sentía encantado por su palabra profética, justa, firme y, al mismo tiempo, unciosa. Cuando terminó la celebración procuré pegar la oreja a los distintos comentarios. La gente sencilla, los de corazón sincero, estaban entusiasmados; la ‘gente bien’ salía echando pestes: ‘¿No te parece que despide un tufillo a socialistón, a un cura muy izquierdoso? No me ha gustado nada. Ya le he oído otras veces; pero no vuelvo más'»… ¿No es ésta la mismísima reacción de los convecinos de Jesús?

Todos tenemos la tentación de manipular la verdad. Dice el refrán: «No hay verdad ni mentira, todo presenta el color del cristal con que se mira». La primera parte del refrán es una gran mentira; la segunda una gran verdad.

 

DEMAGOGIA POR PROFECÍA

Pablo alerta a Timoteo del peligro de que las comunidades, de las que es obispo, repitan el error del pueblo judío de conceder credibilidad y aceptar el mensaje de los «profetas» halagadores. «Pues vendrá el tiempo en que los hombres no soportarán la sana doctrina, sino que, llevados de sus caprichos, buscarán maestros que les halaguen los oídos; se apartarán de la verdad y harán caso de los cuentos» (2Tm 4,3-4).

Jonás intuía que le podía pasar como a otros profetas por decir la verdad al pueblo. Y por eso se negaba a ir a Nínive. Creo que, por cobardía de los «profetas», por su miedo a las reacciones agresivas o a perder «clientela», el mensaje evangélico se traduce en mediocridad. Se dispensa al pueblo «demagogia» en lugar de «profecía». Pocos se atreven a elevar una voz que pueda parecer contraria al pueblo. Los mensajeros (los predicadores) brindan sus mensajes a la carta, a gusto de los oyentes. Pero cuando un pueblo reduce a silencio a estos hombres y mujeres, se empobrece y queda sin luz para caminar hacia un futuro más humano.

El relato evangélico de hoy viene a decirnos: «Si oyerais la voz del Señor, no endurezcáis el corazón» como lo hicieron vuestros padres. Hay que dejar a Dios que nos hable por los mensajeros que Él quiera y nos diga los mensajes que Él quiera. Hay que dejar a «Dios que sea Dios» y al maestro Jesús que sea de verdad «el Maestro», sin querer darle lecciones como Pedro (Mt 16,22-23).

El gran sabio R Lacordaire, en su búsqueda apasionada por la verdad, venga de donde viniere, llegó a decir: «Todos los hombres son mis maestros». Todos le enseñaban algo. Conozco comunidades y grupos cristianos que invitan a exponer su pensamiento y a dialogar con ellos a personas de diversas tendencias para acoger la parte de verdad de cada una. Helder Cámara decía: «Si no estás de acuerdo conmigo, me enriqueces». Tener junto a nosotros a un hombre que siempre está de acuerdo de manera incondicional no es tener un compañero, sino una sombra.

Hoy la Palabra del Señor nos invita a revisar nuestras actitudes ante la verdad. ¿Me dejo llevar de prejuicios a la hora de escuchar mensajes de personas o grupos? ¿Busco la verdad esté donde esté y la testifique quien la testifique? ¿Callo la verdad por cobardía, guardo un silencio cómplice ante situaciones injustas?

A nivel psicológico ocurre lo mismo que ocurre a nivel médico: si alguien se empeña en ignorar la verdad, no vivirá en paz y está perdido. Quien es despiadadamente sincero consigo mismo acogiendo la verdad, goza de una gran paz que nace de la fidelidad a sí mismo y vivirá una vida de plenitud. Jesús afirma taxativamente: Si el Hijo os libera, seréis de verdad libres (Jn 8,36). Rabindranat Tagore afirma sabiamente: «No cierres la puerta al error, no sea que dejes fuera la verdad».

Atilano Alaiz