Comentario al evangelio – Conversión de san Pablo

La fiesta de hoy tiene un título inadecuado: Ni en sus cartas ni en el libro de los Hechos se aplica Pablo a sí mismo el término “conversión” o se pone por sujeto del verbo “convertirse”. Si alguien le hubiese preguntado si él era un converso, seguramente lo habría negado con rotundidad: su vida estuvo siempre, antes y después de lo de Damasco, entregada con pasión a la causa de Dios, primero a la del Dios de la alianza con Abrahán, luego a la del Dios que resucitó a su hijo Jesús, que es el mismo Dios. “En cuanto a la búsqueda de la justicia que viene por la Ley [en el judaísmo] era intachable” (Flp 3,6); “lo tengo todo por basura en comparación con el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por el cual he dejado todo” (Flp 3,8). Pablo fue siempre fiel.

Pero en su vida hubo un antes y un después, y tuvo que vencer resistencias que le impedían avanzar. No es tampoco exacto que Pablo haya perseguido a la Iglesia, aunque él usa esa expresión; él persiguió a un sector del judaísmo que se había hecho cristiano, y que, por ese motivo, buscaba ser salvado por la fe en Jesús y no por determinadas prácticas legales antiguas. Esto Pablo lo vio como menosprecio del tesoro religioso de Israel, y su fidelidad a Dios le obligó a intervenir, incluso quizá violentamente. Su deseo era purificar la propia religión judía, aparentemente maltratada por algunos. Pero Dios le abrió los ojos, como ya se los había abierto a aquellos supuestos trasgresores, y Saulo se unió a ellos, a la nueva forma de culto a Yahvé según lo realizado por él en su hijo Jesús. Pablo percibió que el judaísmo había “crecido”, en cierto modo había alcanzado su meta, pues ya se dejaba guiar por el Mesías en quien había esperado. El judío Saulo, con la fuerza de Dios, se incorporó a ese “crecimiento”, al movimiento mesiánico, a vivirlo y a fomentarlo.

Seguramente no todos nosotros estamos llamados a dar pasos tan espectaculares, pero sí a dejarnos iluminar por Dios para avanzar en el camino de la fe. Y podemos encontrarnos con impedimentos semejantes a los de Pablo: él era el religiosamente autosatisfecho, quizá un tanto orgulloso de su fidelidad; era el que, en los asuntos de Yahvé y su Ley, se las sabía todas. Solo una convulsión por obra de Dios mismo le permitió preguntar “¿Qué debo hacer, Señor?”, ¡él, que lo tenía todo tan claro, desde siempre!

El autor de Hechos expone bien los pasos:

  • ”Dios te ha elegido”. Es una nueva elección sobre la que ya gozaba como israelita; una elección dinámica, que no lo da todo de una vez: irá descubriendo el camino.
  • ”Dios te ha hecho ver y oír a Jesús”. Un encuentro en profundidad: experiencia de  cumplimiento de la esperanza judía, vivir la gran novedad, gozar del cambio de época.
  • ”Dios te hace una encomienda”: trabajar por que todos le conozcan, no solo los judíos.

A ello responderá con agradecimiento: “por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no se ha frustrado en mí” (1Co 15,10); y con entrega: “desde Jerusalén hasta la Iliria, y en todas las direcciones, lo he llenado todo del Evangelio de Cristo” (Rm 15,19). Un discípulo lo reformulará en su nombre: “He combatido el buen combate, he completado la carreara, me he mantenido fiel” (2Tim 4,7).

Severiano Blanco cmf