Comentario – Miércoles III de Tiempo Ordinario

Mc 4, 1-20

Llegados a ese punto del evangelio de san Marcos, cuando todos los actores están en su lugar, tendremos cinco pequeños sermones de Jesús y cuatro milagros, que pondrán en evidencia el vínculo muy particular de Jesús con sus doce discípulos. Marcos repetirá dos veces que Jesús practica un doble nivel de enseñanza. Dirige sus parábolas a toda la muchedumbre en general; luego, en particular las explica a sus discípulos. Del mismo modo, los milagros relatados después no se hicieron en presencia de la muchedumbre, sino solamente ante el pequeño grupo.

De nuevo Jesús se puso a enseñar junto al lago. Había en torno a El una numerosísima muchedumbre, de manera que tuvo que subir a una barca en el lago y sentarse, mientras que la muchedumbre estaba a lo largo del lago, en la ribera. Les enseñaba muchas cosas en parábolas… «Salió a sembrar un sembrador…»

Cuando se quedó solo le preguntaron los que estaban en torno suyo con los doce acerca de las parábolas. Y El les dijo: «A vosotros os ha sido dado a conocer el misterio del Reino de Dios; pero a los otros de fuera todo se les dice en parábolas… 

¿Por qué esta diferencia? ¿Es esto lo que estaríamos tentados de decir, con nuestras mentes modernas, tan preocupadas por la igualdad? ¿Qué significa esta discriminación?

Una vez más, Marcos no busca engalanar su relato. Cuando ciertas actitudes nos chocan de momento, no busca atenuar este choque.

Evidentemente, algo está en juego detrás de esto. ¡El papel de los doce debe de ser muy importante en la mente de Jesús para las estructuras de la Iglesia que El proyecta! ¿Cuál es mi actitud actual frente al problema de la «autoridad» en la Iglesia; frente al papel de los «celadores de la Fe» de los obispos y del Papa? ¿Reduzco esta autoridad a la de todas las otras sociedades humanas? o bien, ¿veo en ello una autoridad muy particular, que es una misteriosa participación del poder espiritual del mismo Jesús?

Los de fuera… Mirando, miran y no ven… oyendo, oyen y no entienden, puesto que podrían convertirse y obtener el perdón…»

¡Estas palabras si se toman tal cual son absolutamente escandalosas para nuestros oídos modernos! Sin embargo, podemos decir a priori, que Jesús no ha despreciado nunca a nadie, que hablaba para que le entendieran, y ¡que amaba a todos los hombres! De ello ha dado muchas pruebas. Entonces ¿cuál es el sentido escondido de estas palabras? ¿Qué choque quieren provocar en nosotros, más allá del primer choque superficial? Estas palabras son una cita de Isaías (6, 9-10) anunciando el fracaso de su predicación a causa del endurecimiento de corazón de sus oyentes.

La mentalidad semítica, que es la de toda la Biblia, afirma con fuerza el papel de Dios en el hombre. En un acto humano, el pensamiento bíblico no intenta precisar la parte que corresponde a la gracia de Dios, y la que corresponde a la libertad del hombre. Tan pronto dice: «Faraón endureció su corazón», como «Dios endureció el corazón del Faraón» (Ex 11, 10 comparado a Ex 9, 35).

Nosotros, somos ahora muy «humanistas» pensamos obrar solos hasta el momento en que ya no podemos seguir avanzando… es entonces cuando apelamos a la ayuda de Dios, ¡una especie de Dios «tapaagujeros» de nuestras insuficiencias! Quizá los hebreos, con su manera ruda de expresarse, estaban más cerca de la verdad: nada de lo que pasa es extraño a Dios. Pero esto no quiere decir que el hombre no sea libre; ahora bien, ¡esto nos lleva a una inmensa humildad y a una integral responsabilidad!

Noel Quesson
Evangelios 1