Comentario – Jueves III de Tiempo Ordinario

Mc 4, 21-25

Después de la parábola del sembrador, y su explicación al grupito de los íntimos, escucharemos otras parábolas. Ahora sabemos muy bien que no se trata de historietas infantiles sino que por el contrario, son «palabras misteriosas» que solo se dejan penetrar por los que tienen un corazón verdaderamente disponible.

Señor, abre nuestros corazones a tu misterio.

¿Acaso se trae la lámpara para ponerla debajo de un celemín o bajo la cama? ¿No es para ponerla sobre un candelero? 

Jesús, observador de lo real.

Ha visto, mil veces a su madre en la casa encendiendo la lámpara al anochecer, para colocarla, no bajo la cama, donde resultaría inútil, sino en el centro de la sala, sobre un candelero a fin de que ilumine lo más posible.

A través de este simple gesto familiar, ya bello humanamente, Jesús ha visto un «símbolo». Cada realidad material evoca para El lo invisible.

La Palabra de Dios no está hecha para ser guardada «para sí; no se la recibe verdaderamente si no se está decidido a comunicarla.

Y he aquí todavía un sumergirse en la profundidad de la persona de Jesús: a través de esta rápida imagen se sugiere toda una orientación del pensamiento… Replegarse en sí mismo es impensable para Jesús. El egoísmo, incluso el por así decirlo espiritual, que consistiría en «cuidar de la propia almita», es condenado formalmente: toda vida cristiana que se repliega en sí misma en lugar de irradiar no es la querida por Jesús. ¡Señor, ten piedad de nosotros!

Porque nada hay oculto sino para ser descubierto, y no hay nada escondido sino para que venga a la luz. 

Hay que dejarse captar por el Dios «escondido», descubrir su «secreto» … y luego hacerse servidor de ese Dios, trabajando para que «se le descubra».

¡Ah no! Jesús no se ha propuesto ser de antemano oscuro.

Las explicaciones de la parábola del sembrador podrían dejarlo entender cuando decía: «¡mirando, miran y no ven!» Jesús sin embargo parece decirnos: no tengo que tomarme por un hombre absurdo, como el que enciende la lámpara para ponerla bajo el celemín. ¡No! dice: vengo a comunicaros el amor que Dios siente por los hombres, y lo digo en vuestra lengua, y no en «no sé qué lengua incomprensible».

Se trata ciertamente de un gran secreto, pero de un secreto para ser desvelado a plena luz.

Y vosotros, no guardéis tampoco para vosotros mismos vuestros descubrimientos, ¡compartidlos! ¡Es una exigencia esencial hablar la lengua de los demás, y ser lo más claro posible para hablar de lo Indecible!

Prestad atención a lo que oís: Con la medida con que midiereis se os medirá y se os dará por añadidura. Pues al que tiene se le dará, y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado. 

Jesús, ha observado también en eso a los comerciantes de su tiempo cuando están midiendo el trigo, o la sal, con un celemín o un recipiente: se tasa más o menos… se llena hasta el borde o se procura dejar un pequeño margen a fin de mejorar la economía.

Y Jesús nos revela su temperamento: «lanzaos plenamente, tasad, colmad». Y aplica este símbolo al hecho de escuchar la Palabra de Dios. No olvidemos que estamos al principio del evangelio. Jesús desea que sus oyentes se llenen de esta Palabra, sin perder nada de ella. ¿Qué avidez siento? ¿Soy de los que enseguida dicen: «basta»… o de los que dicen: «¡más!»… La medida de amar, es amar sin medida…

Noel Quesson
Evangelios 1