Lectio Divina – Viernes III de Tiempo Ordinario

“El grano brota y crece, sin que él sepa cómo”

1.-Oración introductoria.

         Señor, dame la gracia de la humildad. Soy muy poca cosa. Algo así como una pequeña semilla. No quiero presumir ni de un gran árbol, ni de un pequeño arbusto. Soy una semilla pequeña, insignificante, pero con un gran poder interno que no es mío, que Tú mismo me has dado. Dame hoy la gracia de aceptarme como soy: pequeño como una semilla. Pero con muchas posibilidades si te dejo a ti el lugar que te corresponde.

2.- Lectura reposada del evangelio. Marcos 4, 26-34 

También decía: «El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. Y cuando el fruto lo admite, en seguida se le mete la hoz, porque ha llegado la siega». Decía también: «¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos? Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es más pequeña que cualquier semilla que se siembra en la tierra; pero una vez sembrada, crece y se hace mayor que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo anidan a su sombra». Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, según podían entenderle; no les hablaba sin parábolas; pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo en privado. 

3.- Qué dice el texto bíblico.

Meditación-reflexión.

El reino de Dios irrumpe. Nos trasciende y nos desborda. Esa trascendencia creadora de Dios es primordial para entender el evangelio.Ciertamente la semilla necesita buena tierra, pero hay alguien invisible que la cuida. “El grano brota y crece sin que él sepa cómo”. Ciertamente hay algo misterioso y que únicamente podremos descubrir con una mirada “contemplativa”. Una mujer que ha quedado embarazada, ¿qué sabe de biología, de ciencias naturales? Y, sin dejar su trabajo ordinario, ella no es consciente de ese maravilloso taller que lleva dentro. Se está construyendo la maravilla del ojo, del oído, del corazón, del cerebro… de la persona. Y todo “sin saber cómo”. Decía Jesús: ¡Mirad cómo crecen los lirios en la primavera! No crecen porque esté ahí el agricultor “tirando de ellos”. Crecen con toda su belleza, con la caricia del aire, con la caricia del sol, con la caricia del agua, con la caricia de Dios. Hay que dejarse trabajar por Dios. El agricultor, después de haber depositado la semilla, se ha ido tranquilo a descansar. Y está seguro que, al tiempo de la siega, habrá cosecha. Y cuando Dios mete sus manos divinas y amorosas, aunque sea en la tierra y el barro, sabe hacer cosas primorosas. Me pregunto: ¿Quién soy yo? Un bello poema de Dios.

Palabra del Papa

El evangelio de hoy está formado por dos parábolas muy breves: la de la semilla que germina y crece por sí, y la del grano de mostaza…Podemos tener confianza, porque la palabra de Dios es palabra creadora, destinada a volverse ‘el grano lleno en la espiga’. Esta parábola si es acogida, trae seguramente sus frutos, porque Dios mismo la hace germinar y madurar a través de caminos que no siempre podemos verificar y de una manera que no conocemos. Y de una manera que no sabemos.

Todo esto nos hace entender que es siempre Dios quien hace crecer su Reino. Por esto rezamos tanto, ‘Qué venga tu Reino’. Es él quien lo hace crecer, el hombre es su humilde colaborador, que contempla y se alegra de la acción creadora divina y espera con paciencia los frutos. La palabra de Dios hace crecer, da vida. Y aquí quiero recordarles la importancia de tener el Evangelio, la Biblia al alcance de mano. El Evangelio pequeño en la cartera, en el bolsillo, debe nutrirnos cada día con esta palabra viva de Dios. Leer cada día un párrafo del Evangelio o un párrafo de la Biblia. Por favor no se olviden nunca de esto, porque esta es la fuerza que hace germinar en nosotros la vida del Reino de Dios. (Homilía de S.S. Francisco, 14 de junio de 2015).

4.- Qué me dice esta palabra hoy a mí. (Guardo silencio).

5.- Propósito. Saldré hoy al campo y miraré la Naturaleza con mirada contemplativa.

6.- Dios me ha hablado hoy a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, hoy quiero agradecerte tu presencia oculta y escondida, pero eficaz y misteriosa en la Naturaleza. Que sepa admirarte y decirte con el salmista: Señor, Dios nuestro, ¡Qué admirable eres en toda la tierra!    Que sepa también descubrirte vivo y presente en mi corazón. Que mi oído interno sepa escuchar el latido de tu corazón cerca del mío. 

Comentario – Viernes III de Tiempo Ordinario

Mc 4, 26-34

Las dos parábolas de hoy tienen en común el «símbolo» de la germinación, de la potencia de la «vida naciente». Jesús ve así su obra.

El «Reino de Dios» es como un hombre que arroja la semilla en la tierra. 

Contemplo a Jesús sembrando.

Es un gesto absolutamente natural, apasionante, misterioso.

Un gesto de esperanza y de aventura. ¿Crecerá? ¿Habrá buena cosecha, o no habrá nada? ¿Helará en invierno y destruirá las tiernas plantas? o bien, ¿quemará el sol lo que estoy sembrando? No lo sé. Pero lo que sí sé es que hay que sembrar y arriesgarse. Gracias, Jesús.

Tú eras de aquella raza, campesina, que estaba en contacto con la naturaleza, en contacto con la vida… tú eras de los que creen en la vida, que tienen confianza en el porvenir, de los que siembran a manos llenas ¡para que la «vida» se multiplique! Pero esta imagen es válida para cualquier vida humana: para los empresarios, médicos, profesores, programadores, artesanos, madres de familia, asistentas, artistas, sacerdotes, etc… hay que sembrar, hay que invertir sobre el porvenir.

Jesús es consciente de estar haciendo esto: siembra. Emprende una gran obra que tiene porvenir. El «Reino de Dios» comienza; como un gran tiempo de siembra.

De noche y de día, duerma o vele, la semilla germina y crece sin que él sepa cómo. Por sí misma la tierra da fruto, primero la hierba, luego la espiga, enseguida el fruto que llena la espiga, y cuando el fruto está maduro, se mete allí la hoz, porque la mies está en sazón.

Marcos es el único que nos relata esta maravillosa, corta y optimista parábola del «grano-que-crece-solo» ¡Releedla! Dejaos llevar por su alegre movimiento.

Sí, todo reside en la vitalidad de la semilla: el germen es una potencia concentrada, formidable, invencible… pero menuda, escondida y aparentemente frágil. Desde que la semilla ha sido arrojada a la tierra, comienzan en lo secreto, una serie de maravillas. Poco importa que el campesino se preocupe o no, por ello; en último término, la cosa no depende ya de él.

De esa manera, dijo Jesús, el Reino de Dios es como una semilla viva. Sembrada en un alma, sembrada en el mundo, crece con un lento, imperceptible, pero continuo crecimiento. Incluso inapercibida, y no verificable aún, la vida progresa y no abdica jamás.

¿Qué quieres decirme, Señor, a mí, hoy, a través de estas palabras de esperanza? ¿A qué me invitas?

¿A qué podemos comparar el «Reino de Dios»? A un «grano de mostaza … que cuando se siembra en la tierra es la más pequeña de todas las semillas del mundo. Pero sembrado, crece y se hace más grande que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo pueden abrigarse a su sombra. 

Basta releer y repetir estas palabras y estas imágenes para hacer una auténtica oración. Imaginar que salen de la mente, del corazón, de los labios de Jesús. Aplicarlo a la Historia: en ese momento, Jesús estaba solo, a orillas del lago, con doce hombres y algunos oyentes galileos… y la «pequeña semilla» de ese día ha llegado a ser un árbol grande, ha llegado hasta los extremos de la tierra. Pienso en la Iglesia, en su pequeñez y fragilidad. Pienso en mi propia vida espiritual, tan débil y «pequeña». ¡Releo tu promesa, Señor! Aplico eso también a mis empresas humanas o apostólicas, a mis desalientos, a mis riesgos de abandono. Y vuelvo a leer su parábola de esperanza. ¡Gracias, Señor! Gracias Marcos, por habérnosla relatado.

Noel Quesson
Evangelios 1

El profeta no aceptado

La liturgia de este domingo nos recuerda que es difícil y duro ser profeta. Por eso son tan pocos los que toman en serio su Bautismo, que nos ha configurado como profetas con Cristo. Es posible sentir que si hablamos de Jesús nos ridiculicen o se burlen de nosotros, pero debemos admitir que es la hora de ser valientes para anunciar y vivir el Evangelio.

La primera lectura habla hoy del profeta Jeremías. Hombre pacífico y sensible, fue escogido por Dios para invitar a su pueblo a la conversión, en uno de los períodos más dramáticos de la historia de Israel. La misión de transmitir la Palabra de Dios que se le había encomendado cuestionó las ilusiones y seguridades de su tiempo. Dios había prometido a Jeremías su ayuda, pero el profeta vivió angustiado y dolorido tanto por el contenido de su predicación como por la dureza de corazón del pueblo a quien iban dirigidos los mensajes. Esta es la paradoja de Jeremías; su palabra es potente al ser palabra de Dios, y, a la vez, impotente, ya que no puede forzar a nadie a la fe y a la obediencia. Debemos admitir que ni Jeremías, ni Jesús cayeron en la tentación en la que han caído infinidad de profetas a lo largo de la historia: la de substituir el mensaje recibido de Dios por su propio mensaje, para evitar el rechazo, y ser escuchado por un público más numeroso. Hoy somos nosotros los que, por caminos distintos, con procedimientos distintos, tenemos que ser profetas: ser reflejo del amor del Padre en nuestra vida diaria, ser responsables de nuestra vocación, somos profetas desde nuestro bautismo. Es el momento de ejercitarlo sin miedo, denunciando la falta de dignidad en las que viven numerosas personas. Somos voz para los que no la tienen.

En la segunda lectura, san Pablo nos recuerda que la caridad, tal como la describe, es en el fondo la actitud fundamental que el cristiano ha de vivir y mostrar si quiere ser verdaderamente profeta, si quiere hacer llegar a sus hermanos el mensaje de salvación que Dios nos ha manifestado a través de su Hijo hecho hombre. Ya podría tener el don de profecía, decía Pablo, y conocer todos los secretos y todo el saber; podría tener fe como para mover montañas; si no tengo amor no soy nada. Los hombres de hoy están cansados de palabras: quieren hechos y la experiencia de un amor vivido hasta el fin es el mejor argumento para hacer comprender un mensaje. Vivamos pues en el amor y cuanto intentemos decir con nuestros labios podrá ser acogido con benevolencia por quienes ahora critican a la Iglesia o su mensaje les queda indiferentes.

El evangelio relata un momento de la vida de Jesús un poco delicado. Hablaba Jesús a sus vecinos y paisanos y ellos se llenaron de rabia al punto de querer tirarle por un barranco. ¿Qué fue lo que les dijo? Con un ejemplo les hizo saber que para Dios todos somos hijos queridos, incluso los no judíos. Y eso les llenó de enfado pues se consideraban los únicos y los preferidos para Dios. Jesús les dijo que eso no era así. Que no tenían ningún derecho a excluir a otros pueblos del cariño y la bondad de Dios. Contra el corazón raquítico y pequeño de los judíos, Jesús ofrece un corazón grande y para todos con su Amor.

Otra consideración que nos hace el evangelio, que retoma la narración del relato del domingo pasado, es que Jesús se considera un profeta despreciado en su tierra y echa en cara a sus paisanos su incredulidad. Él lo único que necesita es FE, que le dejemos pasar a nuestro corazón, de esa manera nos sanará, nos liberará, nos dará la gracia necesaria para llevar una vida digna de verdad. Esta es la razón principal por la que no pudo hacer milagros en su pueblo.

Jesús, a menudo, para confirmar sus palabras y fortalecer la fe de quienes le escuchaban, hacía signos y milagros, para certificar que Dios estaba con Él. Pero su misión no era maravillar sino invitar a la fe. Sus conciudadanos de Nazaret le piden milagros, pero al mismo tiempo no demuestran una disposición a creer. Jesús no cede, y esta actitud de firmeza y fidelidad debería hacernos reflexionar seriamente y revisar nuestra actitud ante el mensaje del evangelio.

No debemos olvidar que los cristianos, en virtud del bautismo que nos ha configurado con Jesús, estamos llamados a ser profetas, para anunciar el evangelio, para denunciar el mal y la injusticia, el egoísmo y el odio, la envidia y el afán desordenado de poder y de bienes materiales. Nos hace falta valor para que nuestras vidas también sean extraordinarias, dando el consuelo y la esperanza a quien lo necesita, sin miedo al que dirán.

A Jesús en su pueblo no le hicieron caso. No creían en el hijo del carpintero y quieren “despeñarle”. Él, sin embargo, sigue empeñado en tallar nuestra alma, a pesar de todos los riesgos. Le pedimos hoy que no se canse nunca de realizar esa noble tarea, a ver si consigue que latamos a su ritmo, que nos empleemos en sus opciones y en su manera de afrontar los desafíos de la vida. Dios carpintero, pule la madera de nuestro ser con el cepillo de tu misericordia y de tu amor.

Roberto Juárez

Misa del domingo

El Domingo pasado escuchábamos cómo Jesús, como era su costumbre, acudió a la sinagoga de Nazaret un sábado. Como bien sabemos, Nazaret era el pueblo en el que el Señor se había criado. ¿Cuántas veces habría asistido a esta misma sinagoga a lo largo de su vida, desde que era un niño? En esta ocasión, sin embargo, había una diferencia fundamental: luego de acudir a Judea, para ser bautizado por Juan, luego de pasar cuarenta días en el desierto y vencer las tentaciones del diablo, el Señor «volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la región. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan» (Lc 4, 14). Con esta fuerza del Espíritu con que ha iniciado su ministerio público y con esta fama que va creciendo y se va extendiendo, el Señor vuelve nuevamente a Nazaret y acude aquel sábado a la sinagoga.

Con la venia del jefe de la sinagoga se levantó para hacer la lectura y el comentario público del texto sagrado ante la asamblea reunida. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y lo desenrolló, hallando la profecía que hablaba del futuro Mesías. Entonces, teniendo todos los ojos fijos en Él, declaró con solemnidad en su comentario: «Hoy se cumple esta Escritura que acaban de oír» (Lc 4, 21). De este modo afirmaba que la profecía tenía su cumplimiento en Él. El Mesías anunciado y prometido por Dios a su pueblo, el Ungido con la fuerza del Espíritu, estaba ya con ellos: era Jesús de Nazaret.

Sus palabras llenas de gracia y sabiduría causaron en un primer momento una gran admiración entre sus oyentes. La primera reacción era favorable y positiva. Una consideración inmediata, sin embargo, los hizo cambiar de actitud: pero, «¿no es éste el hijo de José?». ¿Cómo era posible que alguien que había vivido entre ellos desde pequeño y nunca se había distinguido especialmente entre sus paisanos pudiese de pronto alzarse entre ellos y afirmar solemnemente que Él es el Mesías enviado por Dios? Surgió la desconfianza entre ellos, y la incredulidad dio paso a la dureza de corazón. No estaban dispuestos a aceptar tan fácilmente que Él fuese el Mesías enviado por Dios mientras no fuesen ellos mismos testigos de los signos y señales con los que —según la fama que ya para entonces lo precedía— ya se había manifestado en otros pueblos vecinos de Galilea. Ni sus palabras llenas de sabiduría ni tampoco los testimonios que había escuchado sobre Él eran suficientes. Ellos necesitaban ver por sí mismos una alguna señal inequívoca.

El Señor no hace lo que le piden, no hace milagros para que le crean, sino que espera que crean en Él para hacer milagros. La fe no debe brotar de los milagros, sino que antecede a los milagros. La fe es creer en el Señor Jesús por ser quien es y porque Él es de fiar. Así, pues, lejos de ceder a sus exigencias les echa en cara su dureza de corazón. Su prédica se torna entonces hostil e insoportable a sus oídos, de modo que en vez de convertirse de su incredulidad «se pusieron furiosos» y movidos por la ira lo sacaron fuera del pueblo con intención de despeñarlo por un barranco.

Resulta curioso cómo el Señor Jesús se libera tan fácilmente de la turba virulenta que ya estaba a punto de arrojarlo por el precipicio: «pasando en medio de ellos, continuó su camino». ¿Cómo lo hizo? ¿No es acaso un milagro liberarse tan tranquilamente de una multitud enardecida? El Señor tiene el dominio absoluto sobre la situación. El mensaje parece claro: nadie tiene poder alguno para hacerle daño o para quitarle la vida si Él mismo no lo permite (ver Jn 10, 17-18). Y su hora no ha llegado aún.

En la vida del Señor Jesús se realiza también el destino de todos los profetas auténticos: ser bandera discutida, signo de contradicción. Todo profeta enviado por Dios está llamado a denunciar el mal para enderezar los senderos torcidos, por ello su prédica no puede esperar la adhesión entusiasta de las masas y multitudes. Muchos dirán acaso “qué bien habla”, pero cuando sus palabras como espada de doble filo penetren hasta las coyundas de su ser y denuncien sus tinieblas, invitándolos a abandonar las sendas torcidas y convertirse de su mala conducta para caminar a la luz de los designios divinos, lejos de escucharlo con humildad y cambiar de vida buscarán quitar de en medio a quien denuncia su maldad: «Es un reproche de nuestros criterios, su sola presencia nos es insufrible… Condenémosle a una muerte afrentosa» (Sab 2, 14.20).

El Señor sabe bien que «ningún profeta es bien recibido en su tierra». La tarea del profeta no es fácil. Al mensajero divino que es fiel a su misión no le espera una multitudinaria acogida, fama, aplausos, reconocimiento de las multitudes o de los poderosos. Un profeta encontrará resistencia y oposición a veces muy dura, y la oposición más fuerte parece ser de los de su propia casa, es decir, de aquellos que viven con él y “ya lo conocen”.

Uno de aquellos profetas terriblemente maltratado por los jefes de su pueblo fue Jeremías (Primera lectura). Ante su llamado, experimenta miedo, temor profundo. Sabe o intuye que será rechazado. No resulta fácil aceptar la misión de ser profeta, pues implica tener que asumir la incomodidad de tener que denunciar el mal, de enfrentar la dureza de corazón de tantos, los fracasos en el anuncio, la oposición, la persecución y hasta muerte violenta. Ante esa perspectiva, ¿cómo no comprender el miedo que surge en el corazón del profeta? Dios comprende los temores que experimenta el joven Jeremías, por eso lo alienta y le promete asistirlo, fortalecerlo, hacerlo fuerte a la hora de proclamar todo lo que Él le mande: «Lucharán contra ti, pero no te vencerán, porque yo estoy contigo para librarte».

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Si el Señor Jesús encontró oposición, ¿no la encontraré yo también cuando anuncie al Señor y su Evangelio? Si Él fue rechazado por algunos, calumniado y perseguido, ¿no lo seré yo también como discípulo suyo? Sí, también yo, si vivo como discípulo suyo, si asumo la misión de anunciar su Evangelio, experimentaré en no pocas ocasiones la oposición y el rechazo de muchos. El Señor lo ha advertido: «El discípulo no es más que su Maestro» (Mt 10, 24).

La conciencia de esta oposición que encontraremos no sólo en el mundo, sino incluso a veces entre nuestros propios familiares o amigos, no debe llevarnos a acobardarnos, desistiendo en el empeño de llevar una vida cristiana coherente y desistiendo de anunciar el Evangelio. Más allá de la resistencia de quienes se aferran a sus propias expectativas sobre nosotros, o a sus propios criterios errados o ideologías, o incluso a sus propios vicios y pecados, muchos están esperando que les anunciemos el Evangelio como testigos veraces y valientes del Señor, para decidirse también ellos a seguirlo y emprender así el Camino que conduce a la Vida plena.

El Señor Jesús sabe bien de las dificultades que encontraremos en el camino y por eso Él mismo nos alienta en todo momento: «No se turbe vuestro corazón ni se acobarde» (Jn 14, 27), «en el mundo tendrán tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33). Y como a su profeta Dios nos dice también a nosotros: «Lucharán contra ti, pero no te vencerán, porque yo estoy contigo para librarte» (Jer 1, 19). Así pues, si Dios está con nosotros, ¿quién podrá contra nosotros? (ver Rom 8, 31). ¡Qué importante es confiar en Dios en los momentos de prueba, y mantenernos siempre fieles al Señor!

Cuando confiados en el Señor vencemos nuestros miedos e inseguridades y nos lanzamos a anunciar el Evangelio dando testimonio de nuestra fe, descubrimos que verdaderamente Dios está con nosotros (ver Jer 1, 17-19), que Él nos da la fuerza necesaria para el anuncio y que incluso Él mismo pone en nuestra boca las palabras adecuadas cuando no sabemos qué decir: «el Espíritu de vuestro Padre [es] el que hablará en ustedes» (Mt 10, 20)

Como cristianos que somos no podemos quedarnos callados, no podemos escondernos ni acobardarnos, no podemos renunciar a la misión que Él nos ha confiado a todos de anunciar el Evangelio. No podemos defraudar al Señor por miedo al “qué dirán”, por evitar el conflicto o la incomodidad, por respetar lo “políticamente correcto”, por juzgar que “yo no soy capaz”, por ceder a la cobardía o al “complejo” de ser y mostrarme creyente. A los discípulos de Cristo se nos pide hoy dar razón de nuestra fe, hablar venciendo nuestros temores e inseguridades, dar testimonio valiente del Señor y defender a la Iglesia nuestra Madre con pasión.

Así pues, alentado por el Señor, no temas dar razón de tu fe. Y si sucede que alguna vez te quedas callado porque careces del conocimiento debido y no sabes qué responder, investiga luego, pregunta, infórmate mejor, para que la próxima vez que te encuentres en una situación similar no te falte el conocimiento necesario para defender la fe y anunciar al Señor y su Evangelio.

Desconcierto

Señor:
Que quienes te buscan a tientas,
te encuentren;
que quienes dudan una y mil veces,
no desistan;
que quienes se extravían en su camino,
vuelvan;
que quienes creen conocerte y poseerte,
sigan buscándote.

Que quienes caminan a tientas y solos,
no se pierdan;
que quienes tienen miedo al futuro,
se abran a la confianza;
que quienes no logran triunfar,
perseveren;
que quienes tienen hambre y sed,
sean saciados.

Que los grandes y poderosos
se sientan vulnerables;
que los amargados de la vida
disfruten de tu presencia y gracia;
que los olvidados de todos
dejen oír su canción;
que tus hijos e hijas
nunca nos saciemos de tus dones.

Que quienes desean y buscan milagros
sepan acogerlos;
que quienes gustan presumir de profetas
acepten a los de su tierra;
que quienes se descubren leprosos
bajen a lavarse a un humilde río;
que quienes tienen pensares ocultos
no se enfurezcan contigo.

Y si Tú nos provocas nuevamente,
como provocaste
a tus paisanos de Nazaret entonces,
danos la gracia
de entenderte y tolerarte ahora,
y descubrir
quién eres, a pesar de las apariencias
y de tus pobres orígenes.

¡Señor,
ábrete paso entre nosotros
y sigue tu camino
aunque nos escandalicemos!

Florentino Ulibarri

Comentario al evangelio – Viernes III de Tiempo Ordinario

En la época de Jesús la esperanza en la llegada del Reino de Dios revestía formas muy variadas. Algunos pretendían implantarlo con la lucha armada, con sus propias fuerzas (zelotas); otros, más moderados, pensaban que lo establecerían con la práctica de la virtud (fariseos), y con el consiguiente menosprecio y alejamiento de quienes no actuasen así; y no faltaban grupo de descreídos o escarmentados (tal vez los saduceos), que se fijaban demasiado en pasadas esperanzas y experiencia fallidas.

El grito programático de Jesús es que llega el Reino de Dios (Mc 1,15). Él es el ungido para anunciarlo y establecerlo, con sus múltiples manifestaciones: consuelo para los afligidos, alimento para los hambrientos, luz para los ciegos, libertad para los cautivos… (Lc 4,18). Pero su forma de presentarlo es original: el Reino es don de Dios, y sus promesas son irrevocables; el Reino se implantará, pero no por la violencia ni como fruto del esfuerzo humano: “Dios lo da a sus amigos mientras duermen”. En  Is 5,1-5 y en Mt 21,33 se habla del viñador diligente, que planta cepas, construye la tapia, excava el lagar… En nuestra parábola el campesino parece más bien un holgazán despreocupado. En cada momento Jesús recalca una enseñanza: la diligencia es necesaria en la vida, pero la autosuficiencia humana está reñida con el establecimiento del Reino; esto es asunto del amor gratuito del Padre, siempre dispuesto a acabar con las situaciones de sufrimiento.

La segunda parábola, del grano de mostaza, acentúa especialmente el contraste entre el comienzo insignificante y el final grandioso; en Mt y Lc va unida a la de la levadura, que expone el mismo pensamiento. Jesús invita a percibir que en lo más pequeño está ya virtualmente lo más grande, con lo cual interpreta su vida y, en cierto modo, la nuestra. Él no es un poderoso socialmente influyente, pero su sencilla enseñanza cotidiana, sus gestos de comer con marginados, declarar el amor de Dios a los pecadores, curar a algunos enfermos… son signos de que el Reino está irrumpiendo. Poco importa que sus discípulos sean tardos para cambiar de mentalidad, o que Herodes Antipas le tenga entre ceja y ceja (Lc 13,31); no hay fracaso que anule su esperanza en el Dios que no defrauda. Reafirmando el desarrollo indiscutible y sorprendente de las semillas, Jesús combate el escepticismo de los discípulos, que quizá le ven como ingenuo o “iluminado”.

“¿Por qué vienen tan contentos los labradores… que cuando vienen del campo vienen cantando?” En la experiencia popular, también en la bíblica, la siega es tiempo de fiesta, de recogida de frutos. Y Jesús describe así el final, la plenitud del Reino: meter la hoz, ponerse a segar, porque la espiga ya pesa por el grano. Y el hombre de la antigüedad, poco conocedor e interesado por las leyes de la naturaleza, contemplaba en la recolección un milagro: la maravilla de la aparición de lo grandioso a partir de… casi nada.

Acojamos hoy la llamada de Jesús a contemplar la gratuidad del don de Dios, a vivir con sencillez, renunciando a todo asomo de autosuficiencia, a mantenernos en la esperanza inconmovible, a contemplar las cosas pequeñas, los gestos diminutos, con mirada penetrante, que vea más allá de la superficie y capte que allí se está gestando el Reino de Dios en todo su esplendor.

Severiano Blanco cmf

Meditación – Santo Tomás de Aquino

Hoy celebramos la memoria de Santo Tomás de Aquino.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 23, 8-12):

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Vosotros no os dejéis llamar «Rabbí», porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie «Padre» vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar «Directores», porque uno solo es vuestro Director: el Cristo. El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».

Hoy celebramos la memoria de santo Tomás de Aquino (1225-1274), miembro de la Orden de los Predicadores, sacerdote y Doctor de la Iglesia. Dedicó toda su vida al estudio y a la enseñanza de la teología católica. Y lo hizo consciente de que así prestaba un servicio a la fe, a la Iglesia y a la humanidad.

Un servicio a la fe: la teología no consiste en inventar la fe, ni tan sólo en interpretarla según el propio gusto. El teólogo parte de la fe de la Iglesia y se esfuerza por entenderla en su verdadero sentido, y, alcanzado éste, procura la conciliación con la ciencia y la cultura del tiempo, sin deformarla. Haciendo esto, el teólogo realiza un gran servicio a la humanidad, ya que le facilita un acceso maduro y provechoso a la palabra de Dios; mejor dicho, a la «Palabra de Dios», que es Jesucristo, salvación del hombre. Todo esto lo entendió perfectamente santo Tomás y lo practicó. Así, pues, le encajan muy bien las palabras que leemos en el Evangelio de su memoria: «Uno solo es vuestro Director: el Cristo» (Mt 23,10).

No le fue siempre fácil. Tuvo que luchar contra los que anteponían la filosofía griega -entonces era una novedad deslumbrante- a la fe. Él no sometió nunca la fe a Aristóteles, sino Aristóteles a la fe. Su obediencia a la Jerarquía fue rendida y heroica; le ofreció la vida, ya que murió yendo, enfermo, al Concilio II de Lyón, por orden del Papa.

Él también fue consciente de que con su trabajo teológico rendía un servicio no solamente a los sabios, sino también a los sencillos. En el prólogo de la famosa Suma Teológica escribe: «Mi propósito es tratar las cosas de la religión cristiana de manera adaptada a los principiantes».

El Evangelio de su día termina con estas palabras: «El que se humille, será ensalzado» (Mt 23,12). Pues bien, Tomás de Aquino se humilló sometiéndose a Dios, a la Iglesia y a las necesidades del hombre; merece, por tanto, ser enaltecido. Esto es lo que hacemos celebrando su fiesta.

+ P. Pere SUÑER i Puig SJ

Liturgia – Santo Tomás de Aquino

SANTO TOMÁS DE AQUINO, presbítero y doctor de la Iglesia, memoria obligatoria

Misa de la memoria (blanco)

Misal: 1ª oración propia y el resto del común de doctores o de pastores (para un pastor), Prefacio común o de la memoria.

Leccionario: Vol. III-par

  • 2Sam 11, 1-4a. 4c-10a. 13-17. Me despreciaste y tomaste como esposa a la mujer de Urías.
  • Sal 50. Misericordia, Señor, hemos pecado.
  • Mc 4, 26-34. Un hombre echa semilla y duerme, y la semilla va creciendo sin que él sepa cómo.

O bien: cf. vol. IV.


Antífona de entrada Cf. Eclo 15, 5
En medio de la asamblea le abrió la boca, y el Señor lo llenó del espíritu de sabiduría y de inteligencia, lo revistió con un vestido de gloria.

Monición de entrada y acto penitencial
Hoy se celebra la memoria de santo Tomás de Aquino, presbítero de la Orden de Predicadores y doctor de la Iglesia, que nació alrededor del año 1225. Estudió primero en el monasterio de Montecasino, luego en Nápoles; más tarde ingresó en la Orden de Predicadores, y completó sus estudios en París y Colonia donde tuvo por maestro a san Alberto Magno. Dotado de gran inteligencia, con sus discursos y escritos comunicó a los demás una extraordinaria sabiduría. Llamado a participar en el II Concilio Ecuménico de Lion por el papa beato Gregorio X, falleció durante el viaje en el monasterio de Fossanova, el año 1274, en la región italiana del Lacio, el día 7 de marzo, fecha en la que, años después, se trasladaron sus restos a la ciudad de Toulouse, en Francia.

Yo confieso…

Oración colecta
OH, Dios, que hiciste a santo Tomás de Aquino
digno de admiración por su ardoroso anhelo de santidad
y por el estudio de las ciencias sagradas,
concédenos comprender lo que él enseñó
e imitar plenamente lo que realizó.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Presentemos ahora nuestras oraciones a Dios Padre, que nunca deja de velar por la Iglesia y por el mundo entero.

1.- Por la Iglesia, signo de Cristo en medio del mundo. Roguemos al Señor.

2.- Por las vocaciones sacerdotales y religiosas. Roguemos al Señor.

3.- Por los que tienen alguna responsabilidad sobre los demás. Roguemos al Señor.

4.- Por los estudiantes de las universidades y centros de estudio, por los teólogos y por todos los que buscan la verdad. Roguemos al Señor.

5.- Por nosotros, llamados a dar en el mundo fruto de buenas obras. Roguemos al Señor.

Dios y Padre nuestro, de quien viene todo crecimiento verdadero, escucha la oración de tu Iglesia y haz que la semilla de tu reino dé fruto entre nosotros. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
OH, Dios, que te agrade el sacrificio
que ofrecemos con alegría en la fiesta de santo Tomás de Aquino,
cuyas enseñanzas nos impulsan a alabarte y
a entregarnos enteramente a ti.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión          Cf. Lc 12, 42
Este es el siervo fiel y prudente a quien el Señor ha puesto al frente de su servidumbre para que reparta la ración de alimento a sus horas.

Oración después de la comunión
A cuantos alimentas con Cristo, Pan de vida,
instrúyelos, Señor, con la enseñanza de Cristo Maestro,
para que, en la fiesta de santo Tomás de Aquino,
conozcan tu verdad y la realicen en el amor.
Por Jesucristo, nuestro Señor.