Comentario al evangelio – Viernes III de Tiempo Ordinario

En la época de Jesús la esperanza en la llegada del Reino de Dios revestía formas muy variadas. Algunos pretendían implantarlo con la lucha armada, con sus propias fuerzas (zelotas); otros, más moderados, pensaban que lo establecerían con la práctica de la virtud (fariseos), y con el consiguiente menosprecio y alejamiento de quienes no actuasen así; y no faltaban grupo de descreídos o escarmentados (tal vez los saduceos), que se fijaban demasiado en pasadas esperanzas y experiencia fallidas.

El grito programático de Jesús es que llega el Reino de Dios (Mc 1,15). Él es el ungido para anunciarlo y establecerlo, con sus múltiples manifestaciones: consuelo para los afligidos, alimento para los hambrientos, luz para los ciegos, libertad para los cautivos… (Lc 4,18). Pero su forma de presentarlo es original: el Reino es don de Dios, y sus promesas son irrevocables; el Reino se implantará, pero no por la violencia ni como fruto del esfuerzo humano: “Dios lo da a sus amigos mientras duermen”. En  Is 5,1-5 y en Mt 21,33 se habla del viñador diligente, que planta cepas, construye la tapia, excava el lagar… En nuestra parábola el campesino parece más bien un holgazán despreocupado. En cada momento Jesús recalca una enseñanza: la diligencia es necesaria en la vida, pero la autosuficiencia humana está reñida con el establecimiento del Reino; esto es asunto del amor gratuito del Padre, siempre dispuesto a acabar con las situaciones de sufrimiento.

La segunda parábola, del grano de mostaza, acentúa especialmente el contraste entre el comienzo insignificante y el final grandioso; en Mt y Lc va unida a la de la levadura, que expone el mismo pensamiento. Jesús invita a percibir que en lo más pequeño está ya virtualmente lo más grande, con lo cual interpreta su vida y, en cierto modo, la nuestra. Él no es un poderoso socialmente influyente, pero su sencilla enseñanza cotidiana, sus gestos de comer con marginados, declarar el amor de Dios a los pecadores, curar a algunos enfermos… son signos de que el Reino está irrumpiendo. Poco importa que sus discípulos sean tardos para cambiar de mentalidad, o que Herodes Antipas le tenga entre ceja y ceja (Lc 13,31); no hay fracaso que anule su esperanza en el Dios que no defrauda. Reafirmando el desarrollo indiscutible y sorprendente de las semillas, Jesús combate el escepticismo de los discípulos, que quizá le ven como ingenuo o “iluminado”.

“¿Por qué vienen tan contentos los labradores… que cuando vienen del campo vienen cantando?” En la experiencia popular, también en la bíblica, la siega es tiempo de fiesta, de recogida de frutos. Y Jesús describe así el final, la plenitud del Reino: meter la hoz, ponerse a segar, porque la espiga ya pesa por el grano. Y el hombre de la antigüedad, poco conocedor e interesado por las leyes de la naturaleza, contemplaba en la recolección un milagro: la maravilla de la aparición de lo grandioso a partir de… casi nada.

Acojamos hoy la llamada de Jesús a contemplar la gratuidad del don de Dios, a vivir con sencillez, renunciando a todo asomo de autosuficiencia, a mantenernos en la esperanza inconmovible, a contemplar las cosas pequeñas, los gestos diminutos, con mirada penetrante, que vea más allá de la superficie y capte que allí se está gestando el Reino de Dios en todo su esplendor.

Severiano Blanco cmf