Comentario – Viernes III de Tiempo Ordinario

Mc 4, 26-34

Las dos parábolas de hoy tienen en común el «símbolo» de la germinación, de la potencia de la «vida naciente». Jesús ve así su obra.

El «Reino de Dios» es como un hombre que arroja la semilla en la tierra. 

Contemplo a Jesús sembrando.

Es un gesto absolutamente natural, apasionante, misterioso.

Un gesto de esperanza y de aventura. ¿Crecerá? ¿Habrá buena cosecha, o no habrá nada? ¿Helará en invierno y destruirá las tiernas plantas? o bien, ¿quemará el sol lo que estoy sembrando? No lo sé. Pero lo que sí sé es que hay que sembrar y arriesgarse. Gracias, Jesús.

Tú eras de aquella raza, campesina, que estaba en contacto con la naturaleza, en contacto con la vida… tú eras de los que creen en la vida, que tienen confianza en el porvenir, de los que siembran a manos llenas ¡para que la «vida» se multiplique! Pero esta imagen es válida para cualquier vida humana: para los empresarios, médicos, profesores, programadores, artesanos, madres de familia, asistentas, artistas, sacerdotes, etc… hay que sembrar, hay que invertir sobre el porvenir.

Jesús es consciente de estar haciendo esto: siembra. Emprende una gran obra que tiene porvenir. El «Reino de Dios» comienza; como un gran tiempo de siembra.

De noche y de día, duerma o vele, la semilla germina y crece sin que él sepa cómo. Por sí misma la tierra da fruto, primero la hierba, luego la espiga, enseguida el fruto que llena la espiga, y cuando el fruto está maduro, se mete allí la hoz, porque la mies está en sazón.

Marcos es el único que nos relata esta maravillosa, corta y optimista parábola del «grano-que-crece-solo» ¡Releedla! Dejaos llevar por su alegre movimiento.

Sí, todo reside en la vitalidad de la semilla: el germen es una potencia concentrada, formidable, invencible… pero menuda, escondida y aparentemente frágil. Desde que la semilla ha sido arrojada a la tierra, comienzan en lo secreto, una serie de maravillas. Poco importa que el campesino se preocupe o no, por ello; en último término, la cosa no depende ya de él.

De esa manera, dijo Jesús, el Reino de Dios es como una semilla viva. Sembrada en un alma, sembrada en el mundo, crece con un lento, imperceptible, pero continuo crecimiento. Incluso inapercibida, y no verificable aún, la vida progresa y no abdica jamás.

¿Qué quieres decirme, Señor, a mí, hoy, a través de estas palabras de esperanza? ¿A qué me invitas?

¿A qué podemos comparar el «Reino de Dios»? A un «grano de mostaza … que cuando se siembra en la tierra es la más pequeña de todas las semillas del mundo. Pero sembrado, crece y se hace más grande que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo pueden abrigarse a su sombra. 

Basta releer y repetir estas palabras y estas imágenes para hacer una auténtica oración. Imaginar que salen de la mente, del corazón, de los labios de Jesús. Aplicarlo a la Historia: en ese momento, Jesús estaba solo, a orillas del lago, con doce hombres y algunos oyentes galileos… y la «pequeña semilla» de ese día ha llegado a ser un árbol grande, ha llegado hasta los extremos de la tierra. Pienso en la Iglesia, en su pequeñez y fragilidad. Pienso en mi propia vida espiritual, tan débil y «pequeña». ¡Releo tu promesa, Señor! Aplico eso también a mis empresas humanas o apostólicas, a mis desalientos, a mis riesgos de abandono. Y vuelvo a leer su parábola de esperanza. ¡Gracias, Señor! Gracias Marcos, por habérnosla relatado.

Noel Quesson
Evangelios 1