Misa del domingo

El Domingo pasado escuchábamos cómo Jesús, como era su costumbre, acudió a la sinagoga de Nazaret un sábado. Como bien sabemos, Nazaret era el pueblo en el que el Señor se había criado. ¿Cuántas veces habría asistido a esta misma sinagoga a lo largo de su vida, desde que era un niño? En esta ocasión, sin embargo, había una diferencia fundamental: luego de acudir a Judea, para ser bautizado por Juan, luego de pasar cuarenta días en el desierto y vencer las tentaciones del diablo, el Señor «volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la región. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan» (Lc 4, 14). Con esta fuerza del Espíritu con que ha iniciado su ministerio público y con esta fama que va creciendo y se va extendiendo, el Señor vuelve nuevamente a Nazaret y acude aquel sábado a la sinagoga.

Con la venia del jefe de la sinagoga se levantó para hacer la lectura y el comentario público del texto sagrado ante la asamblea reunida. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y lo desenrolló, hallando la profecía que hablaba del futuro Mesías. Entonces, teniendo todos los ojos fijos en Él, declaró con solemnidad en su comentario: «Hoy se cumple esta Escritura que acaban de oír» (Lc 4, 21). De este modo afirmaba que la profecía tenía su cumplimiento en Él. El Mesías anunciado y prometido por Dios a su pueblo, el Ungido con la fuerza del Espíritu, estaba ya con ellos: era Jesús de Nazaret.

Sus palabras llenas de gracia y sabiduría causaron en un primer momento una gran admiración entre sus oyentes. La primera reacción era favorable y positiva. Una consideración inmediata, sin embargo, los hizo cambiar de actitud: pero, «¿no es éste el hijo de José?». ¿Cómo era posible que alguien que había vivido entre ellos desde pequeño y nunca se había distinguido especialmente entre sus paisanos pudiese de pronto alzarse entre ellos y afirmar solemnemente que Él es el Mesías enviado por Dios? Surgió la desconfianza entre ellos, y la incredulidad dio paso a la dureza de corazón. No estaban dispuestos a aceptar tan fácilmente que Él fuese el Mesías enviado por Dios mientras no fuesen ellos mismos testigos de los signos y señales con los que —según la fama que ya para entonces lo precedía— ya se había manifestado en otros pueblos vecinos de Galilea. Ni sus palabras llenas de sabiduría ni tampoco los testimonios que había escuchado sobre Él eran suficientes. Ellos necesitaban ver por sí mismos una alguna señal inequívoca.

El Señor no hace lo que le piden, no hace milagros para que le crean, sino que espera que crean en Él para hacer milagros. La fe no debe brotar de los milagros, sino que antecede a los milagros. La fe es creer en el Señor Jesús por ser quien es y porque Él es de fiar. Así, pues, lejos de ceder a sus exigencias les echa en cara su dureza de corazón. Su prédica se torna entonces hostil e insoportable a sus oídos, de modo que en vez de convertirse de su incredulidad «se pusieron furiosos» y movidos por la ira lo sacaron fuera del pueblo con intención de despeñarlo por un barranco.

Resulta curioso cómo el Señor Jesús se libera tan fácilmente de la turba virulenta que ya estaba a punto de arrojarlo por el precipicio: «pasando en medio de ellos, continuó su camino». ¿Cómo lo hizo? ¿No es acaso un milagro liberarse tan tranquilamente de una multitud enardecida? El Señor tiene el dominio absoluto sobre la situación. El mensaje parece claro: nadie tiene poder alguno para hacerle daño o para quitarle la vida si Él mismo no lo permite (ver Jn 10, 17-18). Y su hora no ha llegado aún.

En la vida del Señor Jesús se realiza también el destino de todos los profetas auténticos: ser bandera discutida, signo de contradicción. Todo profeta enviado por Dios está llamado a denunciar el mal para enderezar los senderos torcidos, por ello su prédica no puede esperar la adhesión entusiasta de las masas y multitudes. Muchos dirán acaso “qué bien habla”, pero cuando sus palabras como espada de doble filo penetren hasta las coyundas de su ser y denuncien sus tinieblas, invitándolos a abandonar las sendas torcidas y convertirse de su mala conducta para caminar a la luz de los designios divinos, lejos de escucharlo con humildad y cambiar de vida buscarán quitar de en medio a quien denuncia su maldad: «Es un reproche de nuestros criterios, su sola presencia nos es insufrible… Condenémosle a una muerte afrentosa» (Sab 2, 14.20).

El Señor sabe bien que «ningún profeta es bien recibido en su tierra». La tarea del profeta no es fácil. Al mensajero divino que es fiel a su misión no le espera una multitudinaria acogida, fama, aplausos, reconocimiento de las multitudes o de los poderosos. Un profeta encontrará resistencia y oposición a veces muy dura, y la oposición más fuerte parece ser de los de su propia casa, es decir, de aquellos que viven con él y “ya lo conocen”.

Uno de aquellos profetas terriblemente maltratado por los jefes de su pueblo fue Jeremías (Primera lectura). Ante su llamado, experimenta miedo, temor profundo. Sabe o intuye que será rechazado. No resulta fácil aceptar la misión de ser profeta, pues implica tener que asumir la incomodidad de tener que denunciar el mal, de enfrentar la dureza de corazón de tantos, los fracasos en el anuncio, la oposición, la persecución y hasta muerte violenta. Ante esa perspectiva, ¿cómo no comprender el miedo que surge en el corazón del profeta? Dios comprende los temores que experimenta el joven Jeremías, por eso lo alienta y le promete asistirlo, fortalecerlo, hacerlo fuerte a la hora de proclamar todo lo que Él le mande: «Lucharán contra ti, pero no te vencerán, porque yo estoy contigo para librarte».

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Si el Señor Jesús encontró oposición, ¿no la encontraré yo también cuando anuncie al Señor y su Evangelio? Si Él fue rechazado por algunos, calumniado y perseguido, ¿no lo seré yo también como discípulo suyo? Sí, también yo, si vivo como discípulo suyo, si asumo la misión de anunciar su Evangelio, experimentaré en no pocas ocasiones la oposición y el rechazo de muchos. El Señor lo ha advertido: «El discípulo no es más que su Maestro» (Mt 10, 24).

La conciencia de esta oposición que encontraremos no sólo en el mundo, sino incluso a veces entre nuestros propios familiares o amigos, no debe llevarnos a acobardarnos, desistiendo en el empeño de llevar una vida cristiana coherente y desistiendo de anunciar el Evangelio. Más allá de la resistencia de quienes se aferran a sus propias expectativas sobre nosotros, o a sus propios criterios errados o ideologías, o incluso a sus propios vicios y pecados, muchos están esperando que les anunciemos el Evangelio como testigos veraces y valientes del Señor, para decidirse también ellos a seguirlo y emprender así el Camino que conduce a la Vida plena.

El Señor Jesús sabe bien de las dificultades que encontraremos en el camino y por eso Él mismo nos alienta en todo momento: «No se turbe vuestro corazón ni se acobarde» (Jn 14, 27), «en el mundo tendrán tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo» (Jn 16, 33). Y como a su profeta Dios nos dice también a nosotros: «Lucharán contra ti, pero no te vencerán, porque yo estoy contigo para librarte» (Jer 1, 19). Así pues, si Dios está con nosotros, ¿quién podrá contra nosotros? (ver Rom 8, 31). ¡Qué importante es confiar en Dios en los momentos de prueba, y mantenernos siempre fieles al Señor!

Cuando confiados en el Señor vencemos nuestros miedos e inseguridades y nos lanzamos a anunciar el Evangelio dando testimonio de nuestra fe, descubrimos que verdaderamente Dios está con nosotros (ver Jer 1, 17-19), que Él nos da la fuerza necesaria para el anuncio y que incluso Él mismo pone en nuestra boca las palabras adecuadas cuando no sabemos qué decir: «el Espíritu de vuestro Padre [es] el que hablará en ustedes» (Mt 10, 20)

Como cristianos que somos no podemos quedarnos callados, no podemos escondernos ni acobardarnos, no podemos renunciar a la misión que Él nos ha confiado a todos de anunciar el Evangelio. No podemos defraudar al Señor por miedo al “qué dirán”, por evitar el conflicto o la incomodidad, por respetar lo “políticamente correcto”, por juzgar que “yo no soy capaz”, por ceder a la cobardía o al “complejo” de ser y mostrarme creyente. A los discípulos de Cristo se nos pide hoy dar razón de nuestra fe, hablar venciendo nuestros temores e inseguridades, dar testimonio valiente del Señor y defender a la Iglesia nuestra Madre con pasión.

Así pues, alentado por el Señor, no temas dar razón de tu fe. Y si sucede que alguna vez te quedas callado porque careces del conocimiento debido y no sabes qué responder, investiga luego, pregunta, infórmate mejor, para que la próxima vez que te encuentres en una situación similar no te falte el conocimiento necesario para defender la fe y anunciar al Señor y su Evangelio.