Comentario – Domingo IV de Tiempo Ordinario

El evangelio de hoy se inicia con la frase que cerraba la lectura evangélica del domingo anterior, una frase con la que Jesús se presentaba ante sus paisanos de Nazaret como aquel en el que hallaban cabal cumplimiento las palabras proféticas de Isaías: Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír: Yo soy aquel de quien habla Isaías; yo soy el que trae la buena noticia a los pobres.

El pasaje evangélico de este día se detiene a describir la reacción que aquella proclamación mesiánica (auto-proclamación) provocó en los oyentes de Jesús. La primera reacción fue de aprobación expresa y de admiración –una mezcla de extrañeza y asombro que puede desembocar en la incredulidad o en la adhesión ferviente-.

La razón de semejante admiración eran las palabras de gracia que salían de sus labios, los labios del hijo de José, el hijo del carpintero. ¿Cómo esperar de él lo que ahora oían? ¿Cómo aceptar que el hijo de José fuera nada más y nada menos que el mencionado por el profeta Isaías, el portador de la buena noticia para los pobres? El que hasta entonces no había dado muestras de nada singular no podía ser lo que ahora decía ser. Y la admiración contenida fue dando paso a la incredulidad. Mucho tendría que demostrar para que creyeran en él.

De ahí que Jesús diga: Sin duda me recitaréis aquel refrán: «Médico, cúrate a ti mismo»: haz también aquí, en tu tierra, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm, es decir, demuéstranos con hechos que eres realmente lo que dices de ti mismo; haz aquí lo que has hecho en otros lugares.

Es una exigencia que brota de la desconfianza. Y Jesús les echa en cara esta desconfianza recurriendo a un dicho popular: Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. E ilustra la frase con unos ejemplos tomados de su tradición: Habiendo tantas viudas en Israel en tiempos de Elías, éste sólo fue enviado a una viuda extranjera, en el territorio de Sidón; y, habiendo en Israel tantos leprosos en tiempos de Eliseo, éste sólo curó a un leproso extranjero, Naamán el sirio. ¿Por qué? Porque ningún profeta es estimado en su tierra, y esta falta de estima acaba siendo un impedimento para su tarea.

Jesús se equipara a esos grandes profetas de la antigüedad y censura en sus paisanos la incredulidad que también encontraron aquellos grandes profetas en su entorno. Bastó esta simple comparación para despertar la furia de aquellos nazarenos que, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo para despeñarlo por un barranco. Pero no llevaron a cabo sus propósitos asesinos, porque aún no había llegado su hora: Jesús no había cumplido aún su misión.

Aquí concluye el hecho histórico. Pero la historia evangélica esconde siempre una intención teológica; más aún, salvífica. La historia nos está diciendo: no seáis como aquellos paisanos de Jesús que se opusieron tan ferozmente a sus palabras, no seáis como ellos si no queréis veros privados, por falta de fe, del don que el vino a traer de parte del Padre.

La incredulidad de los habitantes de Nazaret nos habla de que hay conocimientos que pueden convertirse fácilmente en un gran obstáculo para el verdadero conocimiento de una persona: prejuicios que dificultan el juicio acertado, conocimientos provisionales, parciales o imperfectos que acaban siendo una barrera para un conocimiento más completo. Eso sucede cuando al saber parcial se le da rango de saber total; y cuando uno cree saberlo todo de alguien no deja lugar para la sorpresa, ni para el aprendizaje.

El mismo Pablo, después de haber conocido a Cristo mucho mejor que aquellos que creían conocerle por ser su paisano, dice de su conocimiento que es inmaduro, como su predicación. Sólo cuando llegue la madurezpodrá conocer a Dios como él le conoce. Pero, hasta entonces, tendrá que reconocer con humildad y soportar su inmadurez. Sólo queda aspirar a los carismas mejores, esto es, los carismas sustentados (fecundados, alimentados, justificados) en el amor, porque es el amor lo que da valor a una acción, lo que hace de esa acción algo meritorio ante Dios; pues la obra más heroica, hecha sin amor, carece de valor.

Oigamos a san Pablo: Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden. Ya podría tener el don de predicción y conocer todos los secretos y todo el saber; podría tener fe como para mover montañas; si no tengo amor, no soy nada. Podría repartir en limosnas todo lo que tengo y aún dejarme quemar vivo; si no tengo amor, de nada me sirve.

Luego lenguas, conocimiento, saber, fe, limosnas, entrega heroica…, sin amor, carecen de valor. ¿Qué tendrá esta realidad que confiere tanto valor a las cosas y sin la cual lo más grande se ve reducido a nada? ¿Qué es eso que estando presente hace de las cosas pequeñas grandes y estando ausente reduce las cosas más grandes a la pequeñez más insignificante? ¿Qué es el amor?

Algo difícilmente definible; algo que sólo se puede describir, como hace el mismo Pablo: Amor es comprensión; pero no sólo eso; es también servicialidad; y sobre todo no es envidia, ni presunción, ni engreimiento, ni egoísmo, ni irritación, ni falsedad, ni provisionalidad… No es rencoroso, ni injusto; además es amigo de la verdad y carece de límites; el amor es desmesurado en el disculpar, en el creer, en el esperar, en el aguantar. El amor no pasa nunca; y si pasa es porque no lo hubo o porque no había alcanzado la madurez requerida para merecer tal nombre. El amor es lo más grande porque es lo que hace más grande, lo que más nos aproxima a Dios, que es amor.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

I Vísperas – Domingo IV de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO IV de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

No sé de dónde brota la tristeza que tengo.
Mi dolor se arrodilla, como el tronco de un sauce,
sobre el agua del tiempo, por donde voy y vengo,
casi fuera de madre, derramado en el cauce.

Lo mejor de mi vida es dolor. Tú sabes
cómo soy; tú levantas esta carne que es mía;
tú, esta luz que sonrosa las alas de las aves;
tú, esta noble tristeza que llaman alegría.

Tú me diste la gracia para vivir contigo;
tú me diste las nubes como el amor humano;
y, al principio del tiempo, tú me ofreciste el trigo,
con la primera alondra que nació de tu mano.

Como el último rezo de un niño que se duerme
y, con la voz nublada de sueño y de pureza,
se vuelve hacia el silencio, yo quisiera volverme
hacia ti, y en tus manos desmayar mi cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu,
por los siglos de los siglos. Amén.

SALMO 121: LA CIUDAD SANTA DE JERUSALÉN

Ant. Desead la paz a Jerusalén.

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundad
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor,

según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David.

Desead la paz a Jerusalén:
«Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros,
seguridad en tus palacios.»

Por mis hermanos y compañeros,
voy a decir: «La paz contigo.»
Por la casa del Señor, nuestro Dios,
te deseo todo bien.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Desead la paz a Jerusalén.

SALMO 129: DESDE LO HONDO A TI GRITO, SEÑOR

Ant. Desde la aurora hasta la noche, mi alma aguarda al Señor.

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela a la aurora.

Aguarde Israel al Señor,
como el centinela a la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Desde la aurora hasta la noche, mi alma aguarda al Señor.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Aleluya.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Aleluya.

LECTURA: 2P 1, 19-21

Esto nos confirma la palabra de los profetas, y hacéis muy bien en prestarle atención, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día, y el lucero nazca en vuestros corazones. Ante todo, tened presente que ninguna predicción de la Escritura está a merced de interpretaciones personales; porque ninguna predicción antigua aconteció por designio humano; hombres como eran, hablaron de parte de Dios, movidos por el Espíritu Santo.

RESPONSORIO BREVE

R/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.
V/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

R/ Su gloria sobre los cielos.
V/ Alabado sea el nombre del Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Todos se admiraban de las palaras que salían de la boca de Dios.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Todos se admiraban de las palaras que salían de la boca de Dios.

PRECES
Invoquemos a Cristo, alegría de cuantos se refugian en él, y digámosle:

Míranos y escúchanos, Señor.

Testigo fiel y primogénito de entre los muertos, que nos has librado de nuestros pecados por tu sangre,
— no permitas que olvidemos nunca tus beneficios.

Haz que aquellos a quienes elegiste como mensajeros de tu Evangelio
— sean siempre fieles y celosos administradores de los misterios del reino.

Rey de la paz, concede abundantemente tu Espíritu a los que gobiernan las naciones,
— para que atiendan con interés a los pobres y postergados.

Sé ayuda para cuantos son víctimas de cualquier segregación por causas de raza, color, condición social, lengua o religión,
— y haz que todos reconozcan su dignidad y respeten sus derechos.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

A los que han muerto en tu amor, dales también parte en tu felicidad,
— con María y con todos tus santos.

Porque Jesús ha resucitado, todos somos hijos de Dios; por eso nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Oh Dios, creador y dueño de todas las cosas, míranos y, para que sintamos el efecto de tu amor, concédenos servirte de todo corazón. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado III de Tiempo Ordinario

¿Quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?

1.- Ambientación.

Señor, estoy demasiado metido en las cosas del mundo, en los trabajos de cada día, en los problemas de siempre. Y necesito oír tu palabra que me dice: “Pasemos a la otra orilla”. Es la orilla de la fe, del amor, de la paz. Es la orilla donde yo me encuentro con Dios en la oración.  Y quiero agradecerte, Señor, tu invitación: No me has dicho: ¡Pasa a la otra orilla! Sino “pasemos”. Sin ti, todo me asusta, todo me da miedo. Contigo siempre estoy dispuesto a pasar “a la orilla” que me quieras llevar.

2.- Lectura reposada del evangelio. Marcos 4, 35-41

Aquel día, al atardecer, les dice: Pasemos a la otra orilla. Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; e iban otras barcas con él. En esto, se levantó una fuerte borrasca y las olas irrumpían en la barca, de suerte que ya se anegaba la barca. Él estaba en popa, durmiendo sobre un cabezal. Le despiertan y le dicen: Maestro, ¿no te importa que perezcamos? Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar: ¡Calla, enmudece! El viento se calmó y sobrevino una gran bonanza. Y les dijo: ¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe? Ellos se llenaron de gran temor y se decían unos a otros: Pues ¿quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?

3.- Qué dice el texto

Meditación

“Al atardecer les dice: Pasemos a la otra orilla”.

El atardecer es el momento que se va luz y, con la falta de luz, la desorientación, el no saber uno donde está. Y esta sensación de oscuridad, de no ver con claridad, de hallarse uno como perdido en la vida, es una experiencia que sentimos todos. ¿Cuál es la solución? Hay que pasar “a la otra orilla”, a la orilla de la fe, de la oración, de la presencia de Dios. Pero Jesús es tan condescendiente que no nos deja nunca solos. No dice: “Pasa a la otra orilla” sino “pasemos” Él siempre viene con nosotros y nos acompaña. Por eso se extraña de la poca fe de los discípulos en la barca. Jesús duerme para probar su fe. Es muy difícil poder dormir con un fuerte viento y unas olas que ya han entrado en la barca hasta mojar sus pies. Jesús pide a los discípulos de todos los tiempos “que se fíen de Él”. Es más, cuando arrecian los vientos de las dificultades y las olas amenazan con hundir la barca de la Iglesia, no hay que pensar en otra barca. Sólo hay una solución: “embarcarse con Jesús, aunque Él esté dormido”.  Hay que poner a Jesús en el centro de la vida.

Palabra del Papa

“El amor de Dios es estable y seguro, como los peñascos rocosos que reparan de la violencia de las olas. Jesús lo manifiesta en el milagro narrado por el Evangelio, cuando aplaca la tempestad, mandando al viento y al mar. Los discípulos tienen miedo porque se dan cuenta de que no pueden con todo ello, pero Él les abre el corazón a la valentía de la fe. Ante el hombre que grita: ‘¡ya no puedo más!’, el Señor sale a su encuentro, le ofrece la roca de su amor, a la que cada uno puede agarrarse, seguro de que no se caerá. ¡Cuántas veces sentimos que ya no podemos más! Pero Él está a nuestro lado, con la mano tendida y el corazón abierto”. (Homilía de S.S. Francisco, 21 de junio de 2015).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto. (Guardo silencio)

5.-Propósito: Lo antes que pueda voy a estar hoy un rato con Jesús “sin prisas” “sin reloj” “hasta que Él quiera”. Y me fiaré de Él.

6.- Dios me ha hablado hoy a través de su palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

         Señor, tú sabes que la barca de la Iglesia nunca ha sido tan zarandeada y acosada como en estos tiempos. En una parte del mundo matan a los cristianos por el hecho de ser cristianos. Y en otras ya apenas contamos nada, ni nos tienen en cuenta en la sociedad. Pero precisamente ahora, en estos tiempos difíciles para la fe, más necesidad tenemos de creer, con una fe auténtica, arriesgada. Como diría Teresa de Jesús, en estos tiempos duros y difíciles la Iglesia necesita “amigos fuertes de Dios”.

Dime con quien andas… y te diré lo que te espera

1.- He querido cambiar, el final de un conocido refrán, para centrar el mensaje del Evangelio de este día. Seguir a Jesús no es ninguna bicoca. La fe en Cristo, no es una sustancia que nos produce dulces sueños o un escaparate que pone delante de nosotros surcos sembrados de oro o surtidores de buena suerte. Eso sí; confiar en Jesús, infunde seguridad en las decisiones; tranquilidad en nuestra conciencia y transparencia en el caminar.

2.- Nuestro encuentro con El, desde el día de nuestro Bautismo, fue un golpe de gracia y de vida pero, cuando pasa el tiempo, vamos cayendo en la cuenta de lo qué supone comprometerse con El. O de lo qué nos espera, si somos capaces y estamos interesados, claro está, de acoplar hasta las últimas consecuencias, su estilo de vida con la nuestra. Porque, nos puede ocurrir lo mismo que a aquellos que, en la sinagoga, quedaron encantados por las palabras de Jesús pero, a continuación, comenzaron a pensárselo dos veces: ¿no es este Jesús el hijo del carpintero? ¿Y esos milagros? También, esta reacción y actitud, la solemos emplear muchísimas veces en personas de nuestro entorno cuando nos cuesta admitir el bien que nos hacen o, simplemente, el que llevan la razón.

3.- El domingo pasado nos quedábamos con la sensación del éxito de Jesús: ¡todos los ojos puestos en El!

Hoy, por el contrario, todas las manos parecen estar sobre El para empujarlo y despeñarlo por una ladera.

La vida, en todos los estados y en variadas situaciones, nos trae a la memoria esta cruda realidad: tan pronto te aplauden como te critican. Pero, aquel/lla que es o quiera ser profeta, ha de saber (hemos de saber) que no ha venido al mundo para ser elogiado, ni tampoco con el ánimo de ser impopular, sino para sentirse tan en las manos de Dios que, cumplir su voluntad, es la ocupación y la preocupación de todo apostolado. Lo demás…queda en segundo plano. Agarrarse a Dios, y estar menos pendiente de la imagen, da fuerza al apostolado. Lo contrario…lo debilita.

¿Lo vemos así? ¿No preferimos que la sociedad, el mundo, los que nos rodean pongan los ojos en nosotros y en nadie más?

Recientemente, por activa y por pasiva, se nos ha recordado en España que, la Iglesia es una de las instituciones con menos credibilidad.

Pues, mira por donde, en ese sentido, ya está a la altura de Jesús Maestro. Si, El, fue denostado, despreciado entre los suyos y no reconocido ¿Por qué con la iglesia habría de ser distinto? ¿Qué espera nuestra sociedad de la Iglesia? ¿Que le diga que “sí” a todo? ¿Qué piense y actúe como el mundo y no como Dios? ¿Que renuncie a lo que es vital en ella y traicione al espíritu de su fundador para subir puntos en el barómetro de su consideración?

Dime con quien andas y te diré qué te espera. Un joven no creyente, en una carta a un medio de comunicación social, escribía lo siguiente en estos días: “agradezco a mis padres el hecho de que me inculcaron valores; ojala en vez de suprimir horas de religión en la enseñanza, pusieran más. Creo que a los jóvenes les vendrá bien el día de mañana situarse desde una escala de valores y no desde el dictado de la sociedad”.

Frente al intento de despeñar la realidad cristiana de nuestra tierra, por desfiladeros peligrosos y con argumentos ridículos, han de surgir cristianos dispuestos a dar la cara por Cristo.

4.- Hemos de prepararnos ante unos tiempos que, según estamos percibiendo, nos traen nuevos retos y no pocas dificultades. Pero ¡no temamos! El Señor va por delante. Que seamos capaces de abrirnos paso en medio de una turba que, más que airada, está despistada y sin control.

Escandaliza y es sospechoso, que en medio del río revuelto, algunos tengan más empeño en poner al servicio de otras religiones y atacando otras sensibilidades, la mismísima Catedral de Córdoba y, por el contrario, a los que seguimos a Jesús de Nazaret poco menos que pretendan aquello de “a éstos ni pan ni agua”.

Nada. Se cumple una vez más. Sólo desprecian a uno… en su propia casa. ¿Será que Jesús tenía entre nosotros muchas casas pero pocos corazones dispuestos a dar batalla por El?

5.- ¿NO ERES TU, SEÑOR?

¿Quien vino pequeño y, ahora, nos habla con lenguaje tan elocuente?
¿Quien se hizo hombre y, ahora, parece expresarse con Palabras de Dios?
¿Quien nació en el silencio y, ahora, rompe la calma con palabras proféticas?
¿NO ERES TU, SEÑOR?

¿A quien se cerraron las puertas de la posadas
y, una vez más, te las cierran las gentes de tu misma tierra?
¿Aquel que fue reverenciado con dones por los Reyes
y, ahora, eres irreverentemente acosado al filo de un despeñadero?
¿Aquel que, fue agasajado por sencillos, humildes y pastores
y, ahora, acoges dudas e improperios?
¿NO ERES TU, SEÑOR?

¿Aquel a quien los profetas fueron anunciando y,
los hombres de aquellos tiempos, al igual que los de ahora,
tampoco te reconocemos?
¿Aquel que bajó a compartir nuestra humanidad
y, ahora, nos resulta difícil contemplar tu divinidad?
¿NO ERES TU, SEÑOR?

¿Aquel que, con su propia vida, cumple una vez más
lo que en Belén Dios hizo con la suya: amor al hombre?
¿Aquel que, siendo humilde, es valiente para manifestar
las cosas de Dios ante un mundo indiferente?
¿NO ERES TU, SEÑOR?

¿Quién siendo el Hijo de Dios quieres que vivamos en Ti,
que creamos en Ti, sin más pruebas que tu Palabra y tu vida?
¿Aquel que siendo Hombre nos enseña el camino adecuado
para buscar y encontrar a Dios?
¡DINOS, SEÑOR! ¿NO ERES TÚ?

Javier Leoz

Comentario – Sábado III de Tiempo Ordinario

Mc 4, 35-41

Después de la serie de parábolas, Marcos aborda una serie de milagros. Los cuatro milagros citados aquí por san Marcos no fueron hechos en presencia de la muchedumbre, sino sólo ante los discípulos… para ellos, para su educación. Es algo así como con las parábolas, de las que Marcos cuida varias veces de advertirnos de «que Jesús lo explicaba todo, en particular, a sus discípulos». (Mc 4, 10; 4, 34).

Jesús había hablado a la muchedumbre. Llegada ya la tarde dijo a sus discípulos: «Pasemos al otro lado. Y despidiendo a la muchedumbre, le llevaron según estaba en la barca… 

Imagino esos instantes de intimidad más tranquilos, en los que Jesús está solo con su grupito.

El es quien ha previsto y preparado esos instantes: «pasemos al otro lado». Deja la Galilea, donde desde ahora las gentes están y le acosan. Va a la región pagana, de los Gerasenos, país nuevo donde la Palabra de Dios no ha sonado todavía, país de misión… donde viven nuevos creyentes en potencia y donde hay nuevas conversiones posibles.

Va allá «con sus discípulos». Tendrán algo más de tiempo para hablar, con la mente reposada, tranquilamente, lejos de la gente.

Señor, si lo quieres, sube a menudo a mi barca, salgamos juntos.

Se levantó un fuerte vendaval. Las olas se echaban sobre la barca, de suerte que se llenaba de agua. 

¡Sorpresa! ¡No, evidentemente, no habían dejado la Galilea para esto! Lo imprevisto de Dios. La ráfaga que empuja la vela y, de repente, sin esperarlo, tumba la barca. El lago Tiberíades parece estar habituado a estos bruscos asaltos inesperados. Dios que confunde. Dios desconcertante.

¿Acepto yo dejarme conducir por Dios, hasta no saber adónde me va a llevar?

Él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal.

¡Es realmente desconcertante! Humanamente, para llegar a esto, para dormir tranquilamente en lo profundo de la tempestad, se necesita:

—Sea un equilibrio natural excepcional…

—Sea una fatiga inmensa…

Contemplo a Jesús durmiendo, su cabeza sobre el cabezal, en la popa del barco.

Sus compañeros le despiertan y le gritan: «Maestro, ¿no te importa? Estamos perdidos. 

Admirable escena.

Plegaria para ser repetida: un grito… una audaz familiaridad… una pregunta… ¡Cuántas veces tenemos también nosotros esta impresión! Señor, ¿Tú duermes? ¡Despiértate!

Y despertando, mandó al viento y dijo al mar: «Calla, sosiégate». Y se aquietó el viento y se hizo completa calma. 

Sueño, Señor, con esa completa calma que siguió…

Contigo, ¿cómo temeré?

Jesús les dijo: «¿Por que teméis? ¿Aún no tenéis fe?» Y sobrecogidos de gran temor se decían unos a otros: «¿Quién será éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?». 

Es la primera vez que Marcos anota esta cuestión, en el grupo de los discípulos.

Cuestión esencial sobre la persona profunda de ese joven rabí con quien se han embarcado: ¿quién es? ¿Para qué clase de aventura? ¿Dónde nos conducirá? Por de pronto no hay respuesta… tienen miedo. Es natural.

Noel Quesson
Evangelios 1

El amor es servicial

1.- Escuchamos hoy como segunda lectura el fragmento de la Carta a los Corintios que sin duda «nos suena» de muchas bodas. Parece que se ha puesto de moda leer esta lectura como otras muchas costumbres y ritos propios de la celebración del matrimonio por la Iglesia. La verdad es que es un mensaje precioso. Nos dice el Apóstol que sin amor él no es nada, que el amor no pasa nunca, que lo más grande es el amor. Corremos el peligro de que la palabra de tanto usarla nos suene a hueca o manida, pero el mensaje de San Pablo es todo un programa de vida. A mí me impresionan, sobre todo, una cualidad que tiene el auténtico amor: la servicialidad. El amor es servicial y está atento a las necesidades del prójimo, para ayudarle incluso antes de que te lo pida.

2.- Cuando a la gente se le habla de que «hay que amarse unos a otros» muchos preguntan ¿y qué es amar? El amor es un arte que requiere ejercicio y entrenamiento para que sea de calidad. Está dentro de nosotros y sólo tenemos que ponerlo en funcionamiento. Son los pequeños gestos de amor los que cambian el mundo, porque introducen en él una sabia de vida y esperanza, hacen que el otro sea feliz. El amor es una fuerza tan grande que puede transformar el corazón más duro y frío. Algunos gestos de amor: estudiar los gustos ajenos y tratar de complacerlos, pensar, por principio, bien de todo el mundo, sonreír con ganas o sin ellas, saludar incluso a los semiconocidos, hacer favores y concederlos antes de que terminen de pedírtelos, olvidar las ofensas, aguantar a los pesados, dialogar escuchando las razones de nuestro prójimo, ser compresivo y paciente, aprender los nombres de las personas que están a mí lado… ¿Difícil o fácil? Recuerda que, si no tienes amor, no eres nada, aunque creas que tengas mucha fe.

3.- La vocación del profeta se fundamenta en el servicio a la misión que Dios le encomienda. Para muchos profetas, como Jeremías no fue tarea fácil. Al principio Jeremías se siente débil e incapacitado por su juventud para anunciar la Palabra de Dios, pero el Señor le dice hoy que no tema porque le va a convertir en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce. El Señor, como canta el Salmo 70, será la roca fuerte si el profeta pone en El su confianza y esperanza. La misión que se le encomendó a Jeremías, como la de Jesús, no será nada fácil. Tendrá que denunciar la opresión, la injusticia y la infidelidad del pueblo. No le harán caso y Jeremías se lamentará, pero seguirá al pié del cañón animando a su pueblo en el exilio.

Jesús, después de proclamar la liberación de los oprimidos y el año de gracia para todos, recibe la aprobación e incluso la admiración de sus paisanos. Pero quieren secuestrarlo y utilizarlo en su beneficio. Y es entonces cuando El se da cuanta de sus intereses egoístas y provincianos. Les hace ver que no ha venido a satisfacer sus apetencias, sino a salvar a todos. Así hicieron los profetas Elías y Eliseo cuando ayudaron a la viuda de Sarepta y a Naamán el sirio. A veces también hoy los cristianos y la Iglesia hemos sido secuestrados por el poder civil y hemos servido los intereses rastreros de los poderosos buscando su complacencia. Jesús fue exigente consigo mismo y con los demás. No vino a anunciar un mensaje edulcorado, sino comprometido con la realidad. Si el amor no nos lleva a transformar la realidad injusta, no es auténtico amor. Además de llevar amor a nuestro entorno debemos recordar que todos los hombres son hermanos nuestros y debemos entregarnos por entero a la causa de Jesús: los pobres y los que sufren. Eso es amar de verdad.

José María Martín OSA

¿Por qué sigues predicando?

1.- Dicen que una vez llegó un profeta a un pueblo y comenzó a predicar en medio de la plaza central. Al comienzo, mucha gente escuchaba con atención sus llamados a la conversión y se sentían impulsados a volverse a Dios por la voz de este profeta. Pero pasaron los días y el profeta seguía anunciando su mensaje con la misma fuerza, aunque el público había ido disminuyendo poco a poco. Cuando había pasado algo más de un mes, el profeta seguía saliendo todos los días a la plaza del pueblo a predicar su mensaje, aunque todos los habitantes del pueblo estaban ocupados en otras cosas y nadie se detenía a escuchar su palabra. Por fin alguien se acercó al profeta y le preguntó por qué seguía predicando si nadie le hacía caso. Entonces el hombre respondió: “Al principio, predicaba porque tenía la esperanza de que algunos de los habitantes de este pueblo llegaran a cambiar; esa esperanza ya la he perdido. Pero ahora sigo predicando para que ellos no me cambien a mi”.

2.- Sigue teniendo actualidad, y mucha, el texto evangélico de la liturgia de hoy. Los paisanos de Jesús se creían con particulares derechos a recibir de cristo un trato de excepción, por la sencilla y elemental razón de que Él era «hijo de José”, uno del pueblo

En abierto contraste con lo que el texto de san Lucas dice al comienzo de este pasaje: “Todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios”, la narración da un vuelco repentino y comienza a mostrar la agresividad de la gente hacia la predicación de Jesús: Y decían:

— ¿No es éste el hijo de José?

Tanto que Jesús mismo toma la iniciativa y expresa las reservas que el pueblo tiene frente a su palabra: “Sin duda me recitaréis aquel refrán: «Médico, cúrate a ti mismo»: haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún».

Y siguió diciendo:

– Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra

Después, hizo referencia a dos casos muy conocidos en el Antiguo Testamento en los que aparece una preferencia de parte de Dios por manifestarse a los hijos de pueblos distintos a Israel:

“Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado. Elías más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado más que Naamán, el sirio. Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo”.

Del mensaje de Jesús molestaba ––y no poco– su dimensión universalista. Los poderosos de su tiempo no lo toleraban; las masas, movidas por aquellos, tampoco. Jesús daba por terminada la elección exclusivista de Israel al afirmar que ya no había judíos y gentiles y que las barreras de diferenciación entre “elegidos” y “no elegidos” caían por tierra.

Esta vieja reacción de Israel persiste, por desgracia, en no pocas de nuestras comunidades cristianas. Son muchos los que miran con malos ojos el empeño evangelizador.

3. Nos jugamos en esta partida la realización del designio de Dios sobre el mundo. De este designio gracioso en su origen, surge histórica y existencialmente el derecho de los hombres y pueblos a conocer y vivir el plan divino que es, en definitiva, la clave última de la existencia humana y de la historia. Todo el mundo, sin exclusión de ningún hombre, es el destinatario de la buena noticia y la comunidad creyente ha de ser consciente de haberla recibido para ser portadora del Evangelio. No está en sus manos secuestrarlo como patrimonio propio y excluyente. Los hombres, aun sin saberlo, tienen derecho al anuncio de la salvación. Y a la comunidad eclesial le corresponde posibilitar el ejercicio de tal derecho, sean cuales sean las dificultades que se les presenten o las necesidades de la propia comunidad creyente. Jeremías tuvo que habérselas con circunstancias tremendas para ser fiel a su vocación de testigo y proclamador, de la Palabra. “Te nombro profeta de los gentiles…; ponte en pie y diles lo que yo ye mando. No les tengas miedo”.

4. Cristianos desde hace siglos atrás, ¿no nos sentimos un poco o un mucho propietarios de la Buena Noticia de la salvación? Beneficiarios del amor salvador de Dios, ¿no lo acapararemos para nuestro exclusivo bien? ¿Que hacemos para que el mensaje de la salvación llegue todos los hombres de la tierra y por qué constreñimos en nosotros el amor que nos es comunicado por Dios para amar con Él a todos los hombres?

Como Jesús, nosotros también tenemos el peligro de ser rechazados por predicar lo que nos propone el evangelio. Pero no podemos claudicar frente al rechazo. Como el profeta, habrá que seguir anunciando el perdón, el amor y la paz, aunque todos nos vuelvan la espalda. Si no es para que los demás cambien, por lo menos para que ellos y sus costumbres, no terminen por cambiarnos a nosotros.

Antonio Díaz Tortajada

Vino a los suyos y los suyos no le recibieron

1. – Allí está el viejo Rabí de barba blanca que enseño a Jesús de niño las Escrituras. También el rico del pueblo, en cuyos campos trabajó Jesús de joven, no pocas veces, y Joaquín el dueño de la única posada del pueblo, al que Jesús arregló la azotea, y hasta los primos y los hijos de su tía Judith. Todas aquellas caras son caras conocidas y, como en pueblo pequeño, Jesús ha tratado con ellos muchas veces.

Le miran y le admiran como un superman que ha vivido entre ellos y que hace milagros. Esperan ver sus prodigios, su doctrina, les importa poco y eso lo presiente Jesús y se lo dice claramente. Son el anciano Rabí, el rico del pueblo, Joaquín el posadero y sus primos, los que le arrojan del pueblo.

Vino a los suyos y los suyos no le recibieron. Esta frase de Juan está dramatizada y escenificada en esta sinagoga de Nazaret. No son los vecinos de Nazaret, como no serán los judíos de Jerusalén los que rechacen a Jesús. Es la historia de toda una humanidad que, admirando a Jesús, lo rechazan cuando tropiezan con sus exigencias, y cómo los mismos parientes de Jesús lo tratan de loco. Vino a los suyos y los suyos lo recibieron.

2. – Nosotros somos de los suyos y le admiramos, pero cómo reaccionamos ante sus exigencias poco cuerdas, por no decir de loco. ¿Somos unos grandes intérpretes de sus palabras tajantes?

—Ama a tu enemigo. Bueno, yo ya perdono, pero amar no es posible.

—Si te abofetean, pon la otra mejilla. ¿Y la dignidad y la justicia?

—Si te piden la capa, da también el manto. Toda exageración es mala.

—Toma tu cruz y sígueme. No hay que ser masoquistas.

—Dalo todo a los pobres. Pero ¿Quiénes son los pobres, Señor?

3. – “Y Jesús abriéndose paso entre ellos, se alejaba”.

—Se aleja Jesús cuando se aleja de nosotros alguien que nos tendió la mano y no la atendimos.

—Se aleja Jesús, cuando nos ve, tan absortos, en el dinero, en divertirnos, en la impureza, que su voz no llega a nuestros oídos.

—Se aleja Jesús cuando llega a la puerta de nuestro castillo y nos encuentra cerrados en nuestro egoísmo.

—Se aleja Jesús cuando nuestro trato con Dios se asemeja a nuestro interés por las rebajas de los Grandes Almacenes.

4. – Si somos de los suyos, tenemos que aceptarlo como es: hijo del carpintero, hombre como nosotros; Hijo de Dios, pero no milagrero; bondadoso y comprensivo, pero exigente; perseguido por decir la verdad. Caminando delante con su cruz para que le sigamos, cada uno, con la incomprensible cruz de nuestra vida. Así se podrá decir que “vino a los suyos y los suyos le recibieron, tratando de comprenderle”.

José María Maruri, SJ

Visión de fe

1.- «En los días de Josías, recibí esta palabra del Señor: Antes de formarte en el vientre te escogí, antes de que salieras del seno materno te consagré; te nombré profeta de los gentiles» (Jr 1, 4-5) Y Yahvé extendió su mano, tocó mi boca y me dijo: He aquí que yo pongo mis palabras en tu boca. Mira, en este día te constituyo sobre las naciones y sobre los reinos, para arrancar y destruir, para edificar y plantar… Dios ha escogido a Jeremías. Desde siempre había pensado en él, antes incluso de ser concebido. Ahora ha llegado el momento de llamarle, de ungirle, de enviarle. Será profeta de los gentiles, será portavoz del mensaje de Yahvé, plañirá atormentado ante su pueblo, porque el enemigo está cerca, a punto de caer furiosamente sobre Jerusalén. Pero su llanto cae en el vacío, su lamento quedará perdido, sus palabras no serán atendidas. El profeta tendrá que ver, entre la desesperación y la fe desnuda, que su pueblo no teme el castigo de Dios, que sus lamentaciones y elegías no sirven para nada.

Profetas de Dios, hombres que habéis sido consagrados y enviados a predicar. Seguid hablando, seguid gritando. No os canséis de llamar. No os desalentéis ante tanta sordera, ante tanta indiferencia, ante tanto desprecio. Vuestras palabras no son baldías, no se quedarán sin encontrar eco, sin obtener una respuesta. No os importe el aparente silencio. Al final, cuando sea, donde sea, vuestra palabra, como esas semillas que lleva el viento, encontrará un poco de tierra buena donde echar raíces. Nacerá la hierba, brotará la flor, granará la espiga. Seguid hablando de ese Dios que nos ama, de ese Dios que perdona, de ese Dios que castiga. En algún corazón prenderá su palabra. Está seguro y sigue, sin desaliento, tu siembra, aunque sea con la voz rota.

«Tu, cíñete los lomos, ponte en pie y diles lo que yo te mando. No les tengas miedo, que si no, yo te meteré miedo de ellos» (Jr 1, 17) Ajustarse la túnica, ponerse en pie. Actitud de quien se dispone a caminar, del que comienza la lucha. Palabras imperiosas que vencen la resistencia del profeta. No le valió su objeción: ¡Ay, que no sé hablar! ¡Ay, que soy demasiado joven! Nos les tengas miedo, respondió Yahvé, que si no, yo te meteré miedo de ellos.

Jeremías se quejará después: Tú me sedujiste yo me dejé seducir. Maldito el día en que nací… Mas en medio de su miedo y de sus luchas, seguirá hablando con valentía, con audacia, con claridad. Se cumplió lo que Dios le prometió: Mira, yo te convierto hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce frente a todo el país… Lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte.

Cada cristiano participa en la misión profética de Cristo. Todos y cada uno tenemos la obligación perentoria de proclamar, con hechos y con palabras, el mensaje de amor que trajo Jesús a la tierra. Y los sacerdotes especialmente, porque especialmente participan del sacerdocio eterno y único de Cristo… Nos da miedo de hablar, tenemos reparo de presentarnos como cristianos, como sacerdotes. Ayúdanos, Señor, a sacudir nuestra cobardía. Conviértenos hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce frente a todo el país.

2.- “A ti, Señor, me acojo: no quede yo derrotado para siempre» (Sal 70, 1) «Tú que eres justo, líbrame y ponme a salvo, inclina a mí tu oído y sálvame. Sé tú mi roca de refugio, un alcázar donde me salve, porque mi peña y mi alcázar eres tú, Dios mío, líbrame de la mano perversa…». Como el salmista, también nosotros hemos de recurrir al Señor con esa confianza y esa insistencia. Y pedirle aquello que necesitamos, explicarle con la misma espontaneidad de un niño cuanto nos preocupa. Rogarle, una y otra vez, que nos oiga, que atienda nuestras humildes súplicas, que nos eche una mano cuando nos veamos en un apuro. Dios mío, haznos comprender que tú eres para nosotros un Padre muy bueno y muy poderoso; haznos entender que tú siempre atiendes y escuchas todos nuestros ruegos. También cuando nos pueda parecer que ni nos oyes tan siquiera.

«Porque Tú, Dios mío, fuiste mi esperanza y mi confianza, Señor, desde mi juventud » (Sal 70, 5) Incluso mucho antes de nacer, dice el trovador divino, que ya se apoyaba en el Señor. Desde el vientre materno, desde que empezó a latir como algo vivo y ya persona digna de respeto y sujeto de derechos, desde ese momento ya se sentía, nos explica, como colgado de Dios… En realidad, a todos nos ha pasado lo mismo, ya que todos dependemos en nuestro ser y en nuestro existir del poder de Dios. Él ha sido quien nos eligió para ser lo que somos. En realidad, nuestros padres no fueron otra cosa que el instrumento y la ocasión de lo que sucedió entonces.

Pero el salmo se refiere a otra dependencia, no necesaria, sino querida y aceptada por el hombre libremente. Es la dependencia de quien tiene fe, de quien es consciente de que sin Dios nada puede hacer, sobre todo respecto a la vida eterna. Es también la dependencia de quien comprende su pequeñez y recurre humildemente a quien todo lo puede. Ojalá que descubramos la realidad de nuestra pobreza radical y recurramos llenos de confianza a nuestro Padre Dios.

3.- «Hermanos: ambicionad los carismas mejores» (1 Co 12, 31) Pablo viene hablando de los diferentes carismas, o dones gratuitos, que Dios ha distribuido entre los cristianos. Así alude al apostolado, a la profecía, al poder de hacer milagros. Pues bien; hay algo que supera con mucho a todos esos beneficios… Y ese algo es el amor, la caridad.

Ya podría yo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles –dice el Apóstol–, si no tengo amor no soy más que un metal que resuena, o unos platillos que aturden. Ya podría tener el don de predicción y conocer todos los secretos y el saber; podría tener fe como para mover montañas, si no tengo amor, no soy nada. Podría repartir todo lo que tengo y aun dejarme quemar vivo, si no tengo amor de nada me sirve. El amor es lo que da valor a toda nuestra vida. Tanto es así que si no hay amor, no hay nada que tenga valor alguno a los ojos de Dios. Y así hay que establecer una clara distinción entre lo que puede ser una simple pasión o pura filantropía y lo que realmente es amor. O también entre lo que puede ser un ideal del tipo que sea y lo que constituye el nervio y la esencia del cristianismo. Éste, el del amor, es el mejor camino y el único válido para Dios.

«Él amor es comprensivo…» (1 Co 13, 4) La comprensión es la nota que caracteriza al amor, a la caridad, que más que en dar está en comprender. Además, el amor es servicial, no envidia, no presume, no se engríe, no es maleducado ni egoísta, no se irrita -sigue san Pablo-, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que se goza con la verdad. Disculpa sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites.

El amor es eterno. Todos los demás dones desaparecerán con la muerte: el don de predicar, el saber, las riquezas… Pasará incluso la fe y la esperanza. Más allá de la muerte ya no habrá fe, habrá evidencia. Y ya no se esperará, pues lo que se esperaba ya se posee, o ya nunca se poseerá.

Sólo el amor permanece después de morir. Dios es amor y Dios es eterno. Nuestra dicha consistirá precisamente en la posesión gozosa del amor, la visión beatífica y transformante del mismo Dios… De ahí que el amar y el ser amado es ya, en cierto modo, comenzar el gozo inefable de la vida eterna que, al fin y al cabo, será amar a Dios y ser amado por él.

4.- «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír» (Lc 4, 21) La actuación de Jesús en la sinagoga de Nazaret levantó murmullos de asombro en la concurrencia. No podían comprender cómo aquel humilde artesano, el hijo de José el carpintero, hablara en aquellos términos y que se aplicara, además, a sí mismo las palabras del profeta Isaías. Esta exclamación nos pone de manifiesto la relación de intimidad que el santo patriarca tuvo que tener con el Señor. Son palabras que expresan la grandeza de ese hombre, varón justo, que supo seguir con fidelidad los planes de Dios. Denotan, por otra parte, la condición sencilla que quiso asumir el que es el Redentor del mundo y Rey del universo. El Hijo de Dios no desdeña el que lo tomen como hijo de un carpintero de la oscura aldea de Nazaret. Así nos enseña la grandeza que se puede ocultar detrás de unas apariencias oscuras y hasta despreciables a los ojos del mundo.

Las palabras de los habitantes nazaretanos son rebatidas con valentía por el Señor. Él se da cuenta de que en aquellos comentarios se encierra una profunda incredulidad. Jesús adivina sus pensamientos y les recuerda que sólo en su patria es despreciado un profeta. Habla de la viuda de Sarepta y del general sirio, que obtuvieron de Dios favores que no consiguieron otras muchas viudas o leprosos, que pertenecían al pueblo elegido. Al oír esto se llenan de indignación y tratan de arrojar a Jesús por el barranco del monte sobre el que se alzaba Nazaret.

Es el primer momento de peligro para el joven Rabí, un presagio de ese otro terrible momento cuando las turbas, azuzadas por los enemigos del Señor, pidan a gritos su muerte en la cruz. Pero en este momento que refiere hoy san Lucas era aún demasiado pronto, según los planes de Dios. Jesús les mira, y esto es suficiente para que aquella chusma le abra paso y él pase sereno por en medio de ellos. Termina el texto diciendo que entonces Jesús se alejó.

También nosotros, como los paisanos de Jesucristo, vemos a menudo las cosas de Dios con ojos carnales, consideramos los acontecimientos de tejas abajo, hablamos de cuestiones referentes a la Iglesia con una mentalidad ramplona y chata. Con esta actitud quedamos incapacitados para comprender el hondo sentido de esos acontecimientos que intentamos juzgar. Es cierto que, como Jesús, también la Iglesia y los que la gobiernan presentan a veces un aspecto externo demasiado humano, poco divino. Pero eso no puede ser óbice para que nosotros sepamos, por la fuerza de la fe, elevar nuestro punto de mira y juzgar con visión sobrenatural. Sólo así será posible una correcta visión de las cosas que se refieren a Dios y a nuestra salvación eterna.

Antonio García Moreno

El miedo a ser diferentes

Pronto pudo ver Jesús lo que podía esperar de su propio pueblo. Los evangelistas no nos han ocultado la resistencia, el escándalo y la contradicción que encontró, incluso en los ambientes más cercanos. Su actuación libre y liberadora resultaba demasiado molesta. Su comportamiento ponía en peligro demasiados intereses.

Jesús lo sabe desde el inicio de su actividad profética. Es difícil que alguien que se decide a actuar escuchando fielmente a Dios sea bien aceptado en un pueblo que vive de espaldas a él. «Ningún profeta es bien mirado en su tierra».

Los creyentes no lo debiéramos olvidar. No se puede pretender seguir fielmente a Jesús y no provocar, de alguna manera, la reacción, la crítica y hasta el rechazo de quienes, por diversos motivos, no pueden estar de acuerdo con un planteamiento evangélico de la vida.

Nos resulta difícil vivir a contracorriente. Nos da miedo ser diferentes. Hace mucho tiempo que está de moda «estar a la moda». Y no solo cuando se trata de adquirir el traje de invierno o escoger los colores de verano. El «dictado de la moda» nos impone los gestos, las maneras, el lenguaje, las ideas, las actitudes y las posiciones que hemos de defender.

Se necesita una gran dosis de coraje para ser fieles a las propias convicciones, cuando todo el mundo se acomoda y adapta a «lo que se lleva». Es más fácil vivir sin un proyecto personal de vida, dejándonos llevar por el convencionalismo. Es más fácil instalarnos cómodamente en la vida y vivir según lo que nos dictan desde fuera.

Al comienzo, quizá uno escucha todavía esa voz interior que le dice que no es ese el camino acertado para crecer como persona ni como creyente. Pero pronto nos tranquilizamos. No queremos pasar por un «anormal» o un «extraño». Se está más seguro sin salirse del rebaño.

Y así seguimos caminando. En rebaño. Mientras desde el Evangelio se nos sigue invitando a ser fieles al proyecto de Jesús, incluso cuando pueda acarrearnos la crítica y el rechazo por parte de la sociedad, e incluso dentro de la Iglesia.

José Antonio Pagola