Vísperas – Lunes VIII de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

LUNES VIII TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Y dijo el Señor Dios en el principio:
«¡Que sea la luz!» Y fue la luz primera.

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y dijo Dios: «¡Que exista el firmamento!»
Y el cielo abrió su bóveda perfecta.

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y dijo Dios: «¡Que existan los océanos,
y emerjan los cimientos de la tierra!»

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y dijo Dios: «¡Qué brote hierba verde,
y el campo dé semillas y cosechas!»

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y dijo Dios: «¡Que el cielo ilumine,
y nazca el sol, la luna y las estrellas.»

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y dijo Dios: «¡Que bulla el mar de peces;
de pájaros, el aire del planeta!»

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y dijo Dios: «¡Hagamos hoy al hombre,
a semejanza nuestra, a imagen nuestra!»

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

Y descansó el Señor el día séptimo.
y el hombre continúa su tarea.

Y vio el Señor
que las cosas eran buenas.
¡Aleluya!

SALMO 135: HIMNO PASCUAL

Ant. Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Señor porque es bueno:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Dios de los dioses:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Señor de los señores:
porque es eterna su misericordia.

Sólo él hizo grandes maravillas:
porque es eterna su misericordia.

Él hizo sabiamente los cielos:
porque es eterna su misericordia.

Él afianzó sobre las aguas la tierra:
porque es eterna su misericordia.

Él hizo lumbreras gigantes:
porque es eterna su misericordia.

El sol que gobierna el día:
porque es eterna su misericordia.

La luna que gobierna la noche:
porque es eterna su misericordia.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.

SALMO 135

Ant. Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente.

Él hirió a Egipto en sus primogénitos:
porque es eterna su misericordia.

Y sacó a Israel de aquel país:
porque es eterna su misericordia.

Con mano poderosa, con brazo extendido:
porque es eterna su misericordia.

Él dividió en dos partes el mar Rojo:
porque es eterna su misericordia.

Y condujo por en medio a Israel:
porque es eterna su misericordia.

Arrojó en el mar Rojo al Faraón:
porque es eterna su misericordia.

Guió por el desierto a su pueblo:
porque es eterna su misericordia.

Él hirió a reyes famosos:
porque es eterna su misericordia.

Dio muerte a reyes poderosos:
porque es eterna su misericordia.

A Sijón, rey de los amorreos:
porque es eterna su misericordia.

Y a Hog, rey de Basán:
porque es eterna su misericordia.

Les dio su tierra en heredad:
porque es eterna su misericordia.

En heredad a Israel su siervo:
porque es eterna su misericordia.

En nuestra humillación, se acordó de nosotros:
porque es eterna su misericordia.

Y nos libró de nuestros opresores:
porque es eterna su misericordia.

Él da alimento a todo viviente:
porque es eterna su misericordia.

Dad gracias al Dios del cielo:
porque es eterna su misericordia.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios omnipotente.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Cuando llegó el momento culminante, Dios recapituló todas las cosas en Cristo.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cuando llegó el momento culminante, Dios recapituló todas las cosas en Cristo.

LECTURA: 1Ts 3, 12-13

Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos, lo mismo que nosotros os amamos. Y que así os fortalezca internamente, para que, cuando Jesús, nuestro Señor, vuelva acompañado de todos sus santos, os presentéis santos e irreprensibles ante Dios, nuestro Padre.

RESPONSORIO BREVE

R/ Suba mi oración hasta ti, Señor.
V/ Suba mi oración hasta ti, Señor.

R/ Como incienso en tu presencia.
V/ Hasta ti, Señor

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Suba mi oración hasta ti, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Proclame siempre mi alma tu grandeza, oh Dios mío.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Proclame siempre mi alma tu grandeza, oh Dios mío.

PRECES

Llenos de confianza en Jesús, que no abandona nunca a los que se acogen a él, invoquémoslo, diciendo:

Escúchanos, Dios nuestro.

Señor Jesucristo, tú que eres nuestra luz, ilumina a tu Iglesia,
— para que predique a los paganos el gran misterio que veneramos, manifestado en la carne.

Guarda a los sacerdotes y ministros de la Iglesia,
— y haz que, después de predicar a los otros, sean hallados fieles, ellos también, en tu servicio.

Tú que, por tu sangre, diste la paz al mundo.
— aparta de nosotros el pecado de discordia y el azote de la guerra.

Ayuda, Señor, a los que uniste con la gracia del matrimonio,
— para que su unión sea efectivamente signo del misterio de la Iglesia.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Concede, por tu misericordia, a todos los difuntos el perdón de sus faltas,
— para que sean contados entre tus santos.

Unidos a Jesucristo, supliquemos ahora al Padre con la oración de los hijos de Dios:
Padre nuestro…

ORACION

Quédate con nosotros, Señor Jesús, porque atardece; sé nuestro compañero de camino, levanta nuestros corazones, reanima nuestra débil esperanza; así, nosotros, junto con nuestros hermanos, podremos reconocerte en las Escrituras y en la fracción del pan. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Lunes VIII de Tiempo Ordinario

“El joven rico se marchó entristecido”

1.- Oración introductoria.

Hoy, Señor, en este rato de oración, vengo a pedirte que me des una cura de humildad. A veces, como el joven rico, presumo de ser bueno, de cumplir normas y preceptos, de pasar por el mundo como buena gente. Y esto me pasa hasta que no me encuentro contigo y me dejo preguntar: ¿quieres ir un poco más allá de lo humanamente correcto? ¿de hacer “lo justito” para salvarte? ¿Dejas que te lleve a una vida más exigente pero infinitamente más maravillosa? Señor, dame tu gracia para saber decirte que sí.

2.- Lectura reposada del evangelio. Marcos 10, 17-27

Se ponía ya en camino cuando uno corrió a su encuentro y arrodillándose ante él, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?» Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre». El, entonces, le dijo: «Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud». Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme». Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes. Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: «¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!» Los discípulos quedaron sorprendidos al oírle estas palabras. Mas Jesús, tomando de nuevo la palabra, les dijo: «¡Hijos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios». Pero ellos se asombraban aún más y se decían unos a otros: «Y ¿quién se podrá salvar?» Jesús, mirándolos fijamente, dice: «Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios».

3.- Qué dice el texto bíblico.

Meditación-Reflexión

Me impresiona la actitud de Jesús con aquel joven: “fijando en él su mirada, le amó”.  Es difícil sustraerse a la mirada de Jesús.  Miró a Zaqueo y cambió de vida. Miró a Leví y lo convirtió en apóstol. Miró al buen ladrón y se lo llevó inmediatamente al paraíso. ¡Qué fuerza de seducción tenía la mirada de Jesús! ¿Por qué aquel joven no se fue detrás de Jesús? Porque era muy rico. Jesús nunca le reprochó sus riquezas. Y le amó siendo rico. Pero Jesús nunca obliga, siempre respeta nuestra libertad, llama a nuestra casa, pero no tira la puerta. Llama y espera la respuesta. Aquel día Jesús se lo pasó mal. Descubrió el poder de la riqueza que de tal manera avasalla el corazón de las personas que no les deja ya libertad para decidirse por Jesús.   Aquel joven “se marchó entristecido. ¿Por qué? Jesús no le ha quitado nada de lo que antes tenía. Pero aquel joven se dio cuenta de que había perdido la gran oportunidad de su vida. Se quedó con su dinero, pero se quedó sin Jesús. Y ese dinero que antes le producía felicidad, desde ahora le produce tristeza. Y ya durante toda su vida tuvo que soportar, sin poder ahogarlo, el fuego de una mirada.

Palabra del Papa.

“Una vez les pregunté: ¿Dónde está su tesoro? ¿En qué descansa su corazón? (cf. Entrevista con algunos jóvenes de Bélgica, 31 marzo 2014). Sí, nuestros corazones pueden apegarse a tesoros verdaderos o falsos, en los que pueden encontrar auténtico reposo o adormecerse, haciéndose perezosos e insensibles. El bien más precioso que podemos tener en la vida es nuestra relación con Dios. ¿Lo creen así de verdad? ¿Son conscientes del valor inestimable que tienen a los ojos de Dios? ¿Saben que Él los valora y los ama incondicionalmente? Cuando esta convicción desaparece, el ser humano se convierte en un enigma incomprensible, porque precisamente lo que da sentido a nuestra vida es sabernos amados incondicionalmente por Dios. ¿Recuerdan el diálogo de Jesús con el joven rico? El evangelista Marcos dice que Jesús lo miró con cariño, y después lo invitó a seguirle para encontrar el verdadero tesoro. Les deseo, queridos jóvenes, que esta mirada de Cristo, llena de amor, les acompañe durante toda su vida.» (S.S. Francisco, Mensaje para la Jornada Mundial de la Juventud 2015).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto. (Guardo silencio)

5.-Propósito Analizar mi vida para ver si hay algo que le doy más importancia que a Jesús.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Hoy, Señor, te doy gracias porque, a pesar de mis pecados, mis errores, mis debilidades, Tú nunca te has cansado de mirarme con amor. Y ésta es mi verdadera riqueza. Yo sé que Tú nunca te cansas de amarme y, aunque te he defraudado tantas veces, siempre me has esperado con cara sonriente, sin reprocharme nada. ¡Eres maravilloso!

Tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará

La cuaresma: el perdón de Jesús es mucho más abundante que nuestro pecado

¡Cómo nos gustaría ser impecables! No cometer pecados, no ir en contra de nuestra conciencia cristiana. Pero sabemos que no es así. Tiene razón Jesús y nuestra experiencia lo confirma: “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. A las puertas de la cuaresma, el profeta Joel, en la primera lectura, nos recuerda nuestra condición de pecadores. Pero, al mismo tiempo, nos da una gran alegría. Nos presenta a un Dios continuamente perdonador, que siempre está dispuesto a perdonar nuestras faltas. Para eso solo tenemos que acudir a él, no con nuestras vestiduras rasgadas, sino con nuestros corazones rasgados, arrepentidos y doloridos, sabiendo que nos regalará su perdón: “porque nuestro Dios es compasivo y misericordioso”.

Nuestro Dios no se conformó con hablarnos del pecado y de su perdón a través de sus profetas en el Antiguo Testamento, llegada la plenitud de los tiempos, nos envió a su propio hijo Jesús a reparar nuestros pecados. Vino con la mano levantada para ofrecernos siempre, hasta setenta veces siete, su perdón movido por el gran amor que nos tiene. “Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia”, sobreabundó el perdón y el amor.

Todo lo que hagamos debe ir encauzado a conseguir nuestra meta: seguir a Jesús

Lo central del cristiano es seguir a Cristo, porque él nos ha convencido que es el único camino que lleva a la vida, a la vida en abundancia: “ven y sígueme”. Todo lo que hagamos, incluyendo nuestras prácticas cuaresmales, tiene la finalidad de no desviarnos y mantenernos firmes en el seguimiento de Jesús. En el evangelio de hoy, Jesús nos enseña cómo debemos practicar la limosna, la oración y el ayuno, que se resume en sus palabras: “Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tendréis recompensa de vuestro Padre celestial”

Así debe ser nuestro actuar. Hemos tenido la experiencia de sentir el gran amor que Jesús nos tiene. Y amor con amor se paga. El amor a Jesús es lo que nos tiene que mover a hacerle caso, no buscar nunca el aplauso del “público”. “Permaneced en mi amor”, sabiendo que lo que él nos pide siempre es lo mejor para nosotros, para encontrar el sentido y la alegría de vivir.

Fray Manuel Santos Sánchez, OP

Comentario – Lunes VIII de Tiempo Ordinario

Mc 9, 17-27

Así que salió Jesús para ponerse en camino… un hombre corrió hacia él y arrodillándose a sus pies… «Maestro bueno, ¿qué he de hacer para alcanzar la vida eterna?»

Escena muy viva. Un hombre de deseo: corre… se lanza de rodillas a sus pies… sin aliento, le pregunta. Esta, su pregunta, es ¡la pregunta esencial!

«¿Por qué me llamas «Bueno»? Nadie es «Bueno» sino solo Dios.

Respuesta tajante ¡como una cuchilla! ¡Jesús es el hombre que tiene siempre a «Dios» en la boca! Es su referencia constante. Dios. Sólo Dios. Rezo a partir de esta frase de Jesús.

Tú sabes los mandamientos…

Maestro, los he observado desde mi juventud…

He aquí a un hombre recto, concienzudo, que observa la Ley, que está en regla.

Leyendo este relato, los primeros lectores de Marcos podían comprender que para ser un buen discípulo no basta con cumplir la Ley. La Ley, ese hombre la cumple… y sin embargo, ¡le falta algo para ser un discípulo!

Jesús mirándolo le mostró afecto y le dijo…

La mirada de Jesús. Trato de imaginar que se posa también sobre mí… sobre aquellos con los que convivo, con los que tengo a mi cargo… El afecto de Jesús. Jesús ama, Jesús afectuoso. Y todo lo que dirá después es una prueba de este amor.

«Una sola cosa te falta: Vete, vende cuanto tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego ¡ven y sígueme!»

Encontramos de nuevo lo que Jesús no cesa de repetir.

— Fue la primera llamada (Mc 1, 18-19): «Venid y seguidme… dejando enseguida sus redes… dejando a su padre en la barca…

— Fue la primera instrucción a los discípulos al enviarles en misión (Mc 6, 8): «les ordenó no tomar nada para el camino, ni pan, ni saco, ni dinero en el cinturón…»

— Fue la primera consecuencia que había que sacar del primer «anuncio de la Pasión» (Mc8, 34): «si alguno quiere venir en pos de mí, que renuncie a sí mismo…» Jesús es coherente en sus ideas. Lo pide «todo o nada». Para seguirle a El, hay que abandonar todo lo restante. Exigencia infinita. El evangelio no es una buena recetita tranquilizadora, es la más formidable aventura, el riesgo, el «ahí-va-todo».

Se marchó triste porque tenía mucha hacienda…

Mirando en tomo suyo dijo a sus discípulos: «¡Cuán difícilmente entrarán en el Reino de Dios, los que poseen riquezas!» Los discípulos se quedaron espantados con estas palabras.

Pero Jesús continuó: «Es más fácil a un camello pasar por el agujero de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios».

Cada vez más desconcertados los discípulos decían entre sí:

«Entonces, ¿quién puede salvarse? «A los hombres sí les es imposible, mas no a Dios, porque a Dios todo le es posible».

El «humor» de Jesús: esta comparación del «camello» y el agujero de la aguja.

Lo serio de Jesús: esta «imposibilidad»…

Incluso con las renuncias más extraordinarias, incluso dando todas nuestras riquezas a los pobres -dirá también san Pablo a los Corintios (13, 3), somos incapaces de entrar en el Reino de Dios.

Dios solo… puede hacerlo.

Hago mi oración sobre esta frase.

Noel Quesson
Evangelios 1

Comentario – Lunes VIII de Tiempo Ordinario

En cierta ocasión, nos dice el evangelista, se acercó a Jesús uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna? La formulación de la pregunta denota estima y respeto. Su palabra es, para él, tan digna de aprecio que la espera como una enseñanza aplicable de inmediato a la propia vida, pues se sitúa en el nivel del hacer: ¿Qué tengo que hacer para alcanzar esa meta u obtener esa herencia?

Lo que aquel interlocutor espera es una directriz práctica, una doctrina moral. Jesús así lo entiende también, pues le responde: Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre. El Maestro le indica, por tanto, el camino de esos mandamientos que integran la Ley de Dios. Los que aquí se enuncian hacen referencia al prójimo, al respeto que debe merecernos la vida, los bienes, la mujer, la fama del prójimo, incluyendo al padre y a la madre y la honra que se les debe. Tales mandamientos son voluntad de Dios, y el que los cumple, cumple la voluntad de Dios y se hace merecedor de la herencia eterna.

Aquel muchacho le respondió: Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño. Si era realmente así, no había más que añadir: se había hecho merecedor de la herencia prometida a los cumplidores. Pero Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo-, y luego sígueme. Le muestra, por tanto, un camino complementario, un camino hacia la perfección. Cumplir los mandamientos no lo es todo.

Hay una conducta superior al hecho de no matar, no robar o no adulterar; y es entregar lo que uno tiene en bien de los demás, vender las propias posesiones y con el dinero obtenido socorrer a los pobres; al tiempo que les hacemos un bien a ellos, nos liberamos nosotros y nos hacemos más aptos para el seguimiento de Jesús. Pero la acción de desprenderse no es fácil cuando uno está atado o apegado a esos bienes en los que pone su «siempre insegura» seguridad. Y, al parecer, ésta era la situación anímica de aquel joven rico, porque, a las palabras de Jesús, el muchacho frunció el ceño y se marchó pesaroso. Y es que era muy rico, y además no estaba dispuesto a renunciar a sus riquezas, es decir, a su bienestar y a sus seguridades.

La experiencia de aquel encuentro le sirvió a Jesús para extraer una enseñanza moral muy útil para sus discípulos: Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios –les dijo-. Los discípulos se extrañaron de estas palabras que parecían si no cerrar sí al menos dificultar enormemente la entrada en el reino de los cielos a los ricos. Y precisa aún más: Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el Reino de Dios. La comparación les sorprende todavía más, y provoca su espanto, y comentan: Entonces, ¿quién puede salvarse?

El interrogante es pertinente: si la exigencia es ésta, ¿quién puede salvarse o entrar en el reino de los cielos? ¿Qué rico puede salvarse? ¿El que no ponga su confianza en el dinero? Pero ¿es posible ser rico, tener dinero, y no poner la confianza en él? Quizá esto sea imposible para los hombres, pero no para Dios; Dios lo puede todo; Dios puede hacer que un rico deje de poner su confianza en el dinero. Basta con hacerle pasar por una experiencia de ruina, de crisis o de enfermedad mortal para hacerle tomar conciencia de que en semejantes circunstancias el dinero no sirve para nada o para casi nada –quizá para unos cuidados paliativos o poco más-.

Pero nos podemos hacer todavía una pregunta: ¿Por qué esta incompatibilidad entre el dinero, o la confianza en él, y el reino de Dios? Probablemente porque tras el afán por el dinero hay una idolatría que resulta incompatible con el verdadero culto a Dios.

Es eso que dice Jesús en otro pasaje del evangelio: No podéis servir a Dios y al dinero. Y es que el dinero se convierte fácilmente en un pequeño reyezuelo, un amo que reclama servicio, atención, culto y adoración. Deja de ser un medio de adquisición de ciertos productos más o menos indispensables para la vida para convertirse en un ídolo que absorbe todas nuestras energías y por el que uno arriesga y sacrifica aspectos muy importantes de la vida como la amistad, la armonía familiar, la paz social, la estabilidad personal.

Sucede con frecuencia que el que pone su confianza en el dinero deja de ponerla en los demás; más aún, deja de ponerla en Dios. Y este es el gran peligro del dinero: que somete a esclavitud, que despierta la codicia generando una espiral de efectos imprevisibles, porque nunca se ve saciada, que nos aparta de Dios provocando la engañosa imaginación de que nos aporta una base más segura (para la vida) que la del mismo Dios.

La dificultad que Jesús ve en el dinero está en su poder encadenante, en su capacidad para atar, hasta el punto de encadenar nuestra voluntad, de no dejarnos libertad para actuar conforme al dictado de nuestra recta conciencia. Esto es lo que le sucedió a aquel joven rico: sus posesiones le tenían tan aprisionado que le impedían seguir a Jesús, cuando éste parecía ser su verdadero deseo.

Ante semejante panorama ¿qué queda sino pedir al Señor que nos libere de nuestras posesiones reales o imaginarias o al menos de ese falso espejismo que nos lleva a creer que son una base firme en la que poner nuestra seguridad?

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Homilía – Domingo I de Cuaresma

TENTADOS Y TENTADORES

LA VOZ DE ALERTA

Con qué énfasis los padres y los hermanos mayores tratan de abrir los ojos a los hijos y hermanos menores sobre el efecto que les están causando o les pueden causar las malas compañías, los malos ambientes… Ellos no se dan cuenta, están inmersos en la atmósfera, y todo les parece natural. Si lo hacen todos, ¿por qué ellos no? Eso es lo que, sin darnos cuenta, puede ocurrimos a nosotros, envueltos en un ambiente de contaminación y contaminados nosotros también. Pero somos afortunados: Jesús es el hermano mayor que nos alerta, nos abre los ojos.

Todos los comentaristas bíblicos están de acuerdo en que el relato sobre las tentaciones es una escenificación de las tentaciones que Jesús sufrió a lo largo de toda su vida. No hubieran podido ser filmadas porque sus personas y escenas eran imaginarias; pero el hecho de que las tentaciones de Jesús no fueran localizables no quiere decir que no fueran reales. Los evangelistas las ponen en paralelo a las tentaciones que sufrió el pueblo elegido en su marcha a la tierra de promisión y las que sufre y sufrirá el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, cada uno de los cristianos y, en definitiva, toda persona. El relato presenta a Jesús como el hombre que «venció al mal con el bien» (Rm 12,21) y que nos incita a optar con sensatez como él lo hizo.

A veces las tentaciones y los tentadores son muy concretos, tienen rostro; pero, generalmente, son los modos mundanos y antievangélicos de vida que percibimos a diario los que nos tientan. Se trata de modos equivocados de reafirmarse, de realizarse, de querer ser feliz, con los que nos familiarizamos y connaturalizamos porque es la atmósfera que respiramos.

Estas tentaciones nos llegan desde la familia, desde los compañeros de trabajo, desde el ambiente vecinal y de amigos, desde los medios de comunicación social que presentan como algo natural modos frívolos de vida y canonizan diversas formas de egoísmo. Y porque son difusas y nos envuelven, son más peligrosas, porque ni siquiera las reconocemos como tentaciones ni como formas perjudiciales de vida. El mensaje evangélico nos recuerda que a quien hemos de seguir es a Jesús, aunque sea a contrapelo de la sociedad.

 

VALORES CONFESADOS, PERO NO VIVIDOS

El hecho de que nuestra sociedad se tenga por cristiana por el hecho de verificar determinados gestos religiosos y proclamar teóricamente los valores cristianos hace que fácilmente nos identifiquemos con su estilo de vida sin presentar resistencias. Eso es lo que los psicólogos y sociólogos llaman «valores confesados pero no vividos». Es una forma pagana de vivir pero con envoltorio religioso. Por ejemplo, el 83% se confiesa cristiano, pero, ¿cuántos viven el cristianismo? Un gran porcentaje de ciudadanos apostata del consumismo, lo critica, pero casi todos incurren en él. Para los españoles la familia es el primer valor (teórico), porque en la práctica ya sabemos lo que pasa. Se aceptan teóricamente las bienaventuranzas, se confiesa a Jesús de Nazaret como el Hijo de Dios, el Maestro insuperable de todos los tiempos, se le reconoce (teóricamente) como «el Señor», pero después se sirve a otros señores: dinero, sexo, éxito social (Mt 6,24) y se viven las «bienaventuranzas del mundo». Todos sabemos cuál es la jerarquía de valores que, de hecho, gobierna nuestra sociedad.

Esta atmósfera que se respira de forma insensible constituye una gran tentación difusa y muy peligrosa. Esto lleva al cristiano a legitimar fácilmente sus comportamientos con las pautas sociales del entorno: «Esto es lo que hace todo el mundo; no vas a ser el raro». En muchos enfoques y actitudes que no son evangélicos los cristianos hemos de ser unos «herejes sociales», como lo fue Jesús de Nazaret. Él fue tentado como nosotros a aclimatarse a los esquemas y expectativas de la sociedad en que vivía; sintió la presión de su entorno a adoptar un mesianismo fácil, eficacista, espectacular. Pero no se dejó seducir (Hb 4,15). Nosotros, en mayor o menor medida, estamos enganchados a los ídolos. Y eso a pesar de nuestra fe y de nuestra vivencia cristiana. Por eso, no sólo hemos de abrir los ojos para no dejarnos seducir, sino que hemos de someternos a un proceso de liberación y de rehabilitación.

 

NUESTRAS TENTACIONES

Jesús, con el amor apasionado de amigo y hermano, nos lanza el grito de alerta ante las graves equivocaciones que siempre nos acechan. Con todo ello únicamente pretende que cada día seamos más humanos.

La primera equivocación es la de considerar la satisfacción de las necesidades materiales como el objetivo último y absoluto: «Di que estas piedras se conviertan en pan». Es la tentación de pensar que la felicidad última del hombre se encuentra en la posesión y el disfrute de los bienes. Es el afán enfebrecido de vivir para «tener», para consumir, en lugar de buscar tener simplemente para vivir y «ser». Según Jesús, esa satisfacción de las necesidades materiales, con ser muy importante, no es suficiente. El hombre se va haciendo humano cuando aprende a escuchar la palabra del Padre que le llama a vivir como hermano. Entonces descubre que ser hombre es compartir y no poseer, dar y no acaparar, crear vida y no explotar al hermano.

La segunda equivocación es la de buscar el poder, el éxito y el triunfo personal por encima de todo y a cualquier precio, cayendo esclavo de las idolatrías más ridículas. Según Jesús, el hombre acierta, no cuando busca su propio prestigio y poder en competencia y rivalidad con los demás, sino cuando es capaz de vivir en servicio generoso y desinteresado.

La tercera equivocación es la de tratar de resolver el problema último de la vida sin riesgos, luchas ni esfuerzos, utilizando interesadamente a Dios de manera mágica y egoísta. Según Jesús, entender así la religión es destruirla. La verdadera fe no conduce a la pasividad ni a la evasión; al contrario, quien ha entendido un poco lo que es ser fiel a Dios, se arriesga cada día más en la lucha por lograr una sociedad de hombres libres y hermanos.

 

«¡AYUDADME A SER HOMBRE!»

Hay que decir que dejarse arrastrar por la corriente de la sociedad, por una filosofía naturalista de la vida, por una felicidad fácil y barata, lleva a una vida sin calidad. Los habitantes del Primer Mundo teniéndolo todo, son infelices, están tristes. Evidentemente, su calidad de vida no corresponde a su nivel económico.

«¡Ayudadme a ser hombre, no me dejéis ser bestia!», clamaba Miguel Hernández. Es lo que dicen todos los padres a sus hijos: «Júntate con buenos amigos que te ayuden a ser mejor». Me decía un matrimonio amigo: «Si no fuera por el oxígeno que respiramos en el grupo cristiano, seríamos unos alejados, agnósticos o cristianos indecentes».

Pablo VI se quejaba de que los cristianos se dejan paganizar, en vez de cristianizar ellos: «Los paganos paganizan a los cristianos, en vez de cristianizar los cristianos a los paganos». Estamos llamados a regenerar el ambiente, a provocar el bien, la paz, la justicia, la ternura; a ser ventiladores que regeneren el ambiente. «Vence al mal con el bien» (Rm 12,21) era la consigna de Pablo.

Toda la vida, pero especialmente la Cuaresma, es tiempo para desintoxicarnos a fin de que el día de Pascua nos sintamos nuevos. Los evangelistas afirman que Jesús, después de las tentaciones, fue servido por los ángeles, del mismo modo que lo fue el pueblo de Israel en el desierto: recibieron provisiones «milagrosas». Jesús recibe también la visita del ángel consolador en el huerto de Getsemaní. «Quien se ufana de estar de pie, cuidado con caerse. Ninguna prueba os ha sobrevenido que salga de lo ordinario: fiel es Dios, y no permitirá que la prueba supere vuestras fuerzas. Ante la prueba Dios os dará fuerza para resistir» (1Co 10,12-13).

Un cristiano convertido de los ídolos a Jesús confiesa: «Yo era antes como un mendigo que me alimentaba de desperdicios; cuando el Señor me ha convertido, me veo sentado en un gran banquete que ni siquiera se imaginan los que, como yo antes, viven un cristianismo de trámite. Yo no me canso de invitar a todos: ‘Vengan, entren; no se pierdan el banquetazo. No sean insensatos'». Todos los que le conocen, comentan: «Desde que se ha convertido en un entusiasta de la religión, está feliz». Ante el hecho de que tantos abandonan la vivencia cristiana yendo tras los ídolos, Jesús nos pregunta como a los apóstoles ante el abandono masivo a causa del discurso eucarístico de Cafarnaún: «¿También vosotros queréis marcharos?». Contestemos resueltamente como Pedro: «Señor, ¿a quien vamos a acudir si sólo tú tienes palabras de vida eterna?» (Jn 6, 68-69).

Atilano Alaiz

Lc 4, 1-13 (Evangelio Domingo I de Cuaresma)

En las manos de Dios

La lectura del evangelio de Lucas nos expone el relato de las tentaciones, una de las narraciones más expresivas, aunque bien es verdad que no exenta de dificultades. Podemos resumir así el significado del evangelio: Jesús afronta tres tentaciones. Esto viene de la tradición. No es que el número tres sea determinante y no se explica solamente recurriendo al pueblo en el desierto, aunque es posible que esa es la inspiración de este relato. Pero en definitiva son el simbolismo de toda la lucha entre el bien y el mal, entre la elección de uno mismo y la opción por Dios. Todas las tentaciones tienen como objetivo, en definitiva, romper la «comunión» con Dios. Para Lucas, Jesús es el nuevo Adán, como se expresa por su genealogía (Lc 3,1ss), por eso no tiene otro proyecto de vida que el vivir la comunión con Dios, que el primer Adán había perdido.

Lucas ha leído esta escena de la tradición según su perspectiva personal. Para él no se trata especialmente de releer en Jesús las pruebas del desierto (como en el caso muy evidente de Mateo) y ni siquiera de contemplar a Jesús vencedor sobre Satanás como el Mesías que rechaza el mesianismo glorioso y político. Lo que él considera en Jesús en el desierto es esencialmente el designio del Padre que está cumpliéndose. Y esto lo interpreta según la mentalidad de que no puede suceder sin que se encuentre en su camino al adversario, el que trabaja para que la humanidad se pierda en sí misma.

Este encuentro es solamente la anticipación de otro que será definitivo: en la Pasión y la Cruz, que es la consecuencia de su vida. De ahí que haya reorganizado la tradición primitiva para que todo acabe en Jerusalén, donde Jesús vivirá su Pasión. En el caso de Mateo el orden de las tentaciones es distinto y termina en un monte muy alto, que es toda una figuración. Ambos han leído este episodio en el evangelio galileo de Q (algunos prefieren llamarlo así). En Lucas todo termina  en Jerusalén porque para este evangelista Jerusalén es el final y el comienzo de la vida de de Jesús y de la comunidad cristiana primitiva. Es en Jerusalén, además, donde han de tener lugar las experiencias del Resucitado a los discípulos y, por lo mismo, este triunfo de Jesús en lo más alto del Templo es todo un apunte de la victoria sobre la muerte que ha de anunciarse desde Jerusalén hasta los confines de la tierra.

Si Lucas ha querido presentar la filiación divina de Jesús en la dimensión del nuevo Adán (como en la genealogía), su relato de las tentaciones debe leerse en esa clave. De ahí que su cristología, con sus intereses parenéticos, no es descriptiva, sino que busca llevar a la comunidad las posibilidades de vivir una experiencia como la de Jesús. La Iglesia que escucha este relato, la comunidad, vive también bajo el Espíritu, como Jesús, y es conducida por El. Por eso, bajo esa experiencia, los poderes del mal también quieren envolverla en una carrera ciega hacia una desobediencia radical a Dios. En definitiva: Lucas quiere que aprendamos a ser personas libres, como Jesús, en nuestra fidelidad a Dios. Porque Dios es para el hombre, como para Jesús, el que garantiza nuestra libertad y nuestra realización.

Dt 26, 4-10 (1ª lectura Domingo I de Cuaresma)

Dios libera a su pueblo

En este primer domingo de Cuaresma nos encontramos, primeramente, con una lectura muy significativa, porque es uno de los textos más primitivos del Antiguo Testamento. En esa lectura se nos da un “confesión de fe”, lo que el pueblo creía y repetía frecuentemente: que ellos son descendientes de un arameo errante, un hombre oriental, nuestro padre Abrahán, que lo dejó todo por el Dios que se acercó a los hombres para reconducir la historia de la humanidad, que había perdido su rumbo. La confesión de fe, aparentemente, es pobre, porque es un fórmula y como tal no ofrece detalles; pero tiene la fuerza de la experiencia vital, de los que consideran que su vida tiene una orientación determinada y determinante. El pueblo descendiente de Abrahán ha pasado por numerosas vicisitudes hasta ser un pueblo, una nación.

Importante es poner de manifiesto también que todo se lo deben a Dios. No a un dios innominado, sino a un Dios que se compromete en la historia de un pueblo concreto y de una comunidad concreta. Ese pueblo es Israel, quien ha dado a la humanidad una de las experiencias religiosas más radicales: porque es un pueblo que ha sentido la liberación de Dios. Ha sido Dios quien se ha hecho notar primero, quien buscó a este pueblo, no ha sido el pueblo quien buscó a Dios. Es verdad que éste no es un privilegio de elección para encerrarse en él mismo, ni para presumir orgullosamente, ya que debe abrirse a todos los demás pueblos y naciones para que conozcan a ese Dios: Yahvé, liberador de Israel y liberador de todos los hombres. Todo lo expresa el Deuteronomio en esa formulación de su fe más radical.

Rom 10, 8-13 (2ª lectura Domingo I de Cuaresma)

Toda la humanidad, en Cristo

La segunda lectura es muy expresiva, es confesión de fe también, pero va mucho más allá de lo que Dios puede hacer por nosotros. Lo que hizo con Israel es solamente una pequeña manifestación de lo que ha proyectado sobre todos los hombres. Y eso que piensa hacer con nosotros, lo ha hecho con Jesucristo, su Hijo, a quien ha resucitado, lo ha liberado de la muerte. Es eso lo que nos espera a todos de parte del Dios de Israel y del Dios de Jesucristo. Todos, judíos y paganos, deben encontrarse en ese Dios resucitador, porque hemos sido llamados a la vida verdadera. Ese es el sentido de la Pascua cristiana que marca todo el horizonte de este tiempo cuaresmal.

Comentario al evangelio – Lunes VIII de Tiempo Ordinario

Hoy y mañana vamos a leer como primera lectura algún fragmento de la primera carta de Pedro. Lo más llamativo de este escrito es que, en sus cinco capítulos, hace una hermosa síntesis de todo el nuevo testamento. Y no sólo eso, sino que comunica seguridad y entusiasmo, dos notas de las que estamos muy necesitados en nuestros días. Con bastante probabilidad, el autor de este escrito fue un discípulo anónimo de la escuela de Pedro que puso su obra bajo la autoridad del apóstol, seguramente al poco tiempo del martirio de este. La carta está dirigida a comunidades rurales, poco organizadas y de extracción humilde: campesinos, pastores, gente de clase baja. Todo esto las hace muy vulnerables en medio de una sociedad hostil. Por eso el autor subraya mucho la solidaridad que tiene que existir en el seno de las comunidades cristianas para poder soportar cualquier contratiempo. 

Hoy me fijo en una sola frase: «No habéis visto a Jesucristo y lo amáis». ¡He aquí la entraña de la fe! ¿Cuántas veces nos vemos impotentes para justificar muchos aspectos de nuestra fe y, sin embargo, nos sentimos visitados por una seguridad que no nace ni de los argumentos ni de nuestra conducta irreprochable? ¡Es la fuerza del amor! Es la misma fuerza a la que se refiere Jesús en el evangelio, la que permite superar el cumplimiento de los preceptos para ir detrás de Él. Sin la fuerza del amor, no vendemos lo que tenemos y no lo damos. Al contrario, con el paso del tiempo caemos en la cuenta de que necesitamos buscarnos muchas seguridades. 

«Señor, hoy, seducido por algunas cosas y paralizado por otras, te pido que me concedas amarte por encima de todo. Yo sé que lo que es imposible para mí constituye tu don más precioso y posible».

Ciudad Redonda