Comentario – Jueves IV de Tiempo Ordinario

Mc 6, 6-13

Jesús llama a los «doce» y, por primera vez, los «envía»… 

Esta es la primera vez que van a encontrarse solos, sin Jesús… lejos de El. Es el «tiempo de la Iglesia» que empieza con un período de prácticas.

Durante los cinco primeros capítulos de su relato, Marcos nos ha presentado, con una insistencia evidente, a «Jesús con sus discípulos»… frente a la muchedumbre… frente a los adversarios. En el momento de su vocación (Mc 3, 13-14), Marcos había dicho: «Jesús estableció a doce para estar con El y para enviarlos…» Es el movimiento del corazón: diástole, sístole… la sangre viene al corazón y de allí es enviada al organismo… Es el mismo movimiento del apostolado: vivir con Cristo, ir al mundo a llevarle este Cristo… intimidad con Dios, presencia en el mundo…

Los envía de dos en dos… 

Esto es muy moderno y avanzado. En la Iglesia no se trabaja solo sino en equipo. Es voluntad explícita de Jesús. Me interrogo sobre mis actitudes a partir de aquí. El individualismo tiene formas sutiles, temibles: no suele gustarnos mucho que los hermanos controlen nuestros propios comportamientos apostólicos u otros… Y ¿sin embargo?

Dándoles poder sobre los espíritus impuros…

Partieron, y predicaron que se arrepintiesen.

Y echaron muchos demonios, y ungían a muchos enfermos con óleo y los curaban. 

Hacen exactamente lo que hemos visto hacer a Jesús en estos cinco capítulos. Hoy discutimos mucho sobre el «poder de los ministros» en la Iglesia. Marcos los resume en tres palabras:

— el carisma de la «palabra» que proclama la necesidad de un cambio de vida.

— el carisma de «echar los demonios», potencia de acción contra el mal.

—el carisma de «curar a los enfermos», mejorar la vida humana.

El evangelio tiene algo de virulento, de activo. Marcos utiliza las imágenes y los esquemas mentales de sus contemporáneos que veían a Satanás presente en todas partes. Ciertamente se debe hacer una purificación de las imágenes para que nuestros contemporáneos nos comprendan… pero queda claro que la misión tiene un carácter dramático: el misionero, el enviado de Jesús no es un agente publicitario de un producto que se venderá bien si es bueno… sino ¡una persona que va al combate contra los adversarios, contra las fuerzas del mal! El enviado de Jesús debe instaurar un mundo más justo y mas fraternal, debe mejorar la vida humana -convertir, sacar el mal, sanar-: ¡tales son los signos del Reino de Dios! Y yo, en mi vida, ¿dónde estoy?

Y les encargó que no tomasen para el camino nada más que un bastón; ni pan, ni alforja, ni dinero en el cinturón… y que se calzasen con sandalias y no llevasen túnica de recambio… 

Dondequiera que entréis en una casa quedaos en ella, hasta que salgáis de aquel lugar…» Lo que Jesús quiere son tropas ligeras, sin bagajes embarazosos, siempre dispuestos a partir donde sea… caminantes, gentes disponibles, desprendidos. «Lo hemos dejado todo para seguirte: casa, hermanos, hermanas, madre, padre, niños, campos…» (Mc 10, 29-30).

Y si una localidad no os recibe ni os escucha, partid. 

Como Jesús, se encontrarán ante el rechazo, ante la incredulidad. La misión de la Iglesia es cosa difícil: Jesús les ha advertido; está previsto.

Noel Quesson
Evangelios 1

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