Lectio Divina – Viernes IV de Tiempo Ordinario

«Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista»

1.- Oración introductoria.

Señor, me impresiona la lectura del Evangelio de hoy. Aquel Juan del que tú dijiste que “entre los nacidos de mujer no había nadie más grande” es capaz de ir a la cárcel por ser profeta, por denunciar el pecado. Él estaba en la cárcel, pero la Palabra de Dios no estaba encadenada. Dame también hoy a mí la valentía de Juan, la valentía de decir siempre la verdad, aunque deba pagar por ello, un precio alto.

2.- Lectura reposada del evangelio. Marcos 6, 14-29

Se enteró el rey Herodes, pues su nombre se había hecho célebre. Algunos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas». Otros decían: «Es Elías»; otros: «Es un profeta como los demás profetas». Al enterarse Herodes, dijo: «Aquel Juan, a quien yo decapité, ése ha resucitado». Es que Herodes era el que había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano». Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto. Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré». Y le juró: «Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino». Salió la muchacha y preguntó a su madre: «¿Qué voy a pedir?» Y ella le dijo: «La cabeza de Juan el Bautista». Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista». El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

3.- Qué dice el texto.

Meditación-Reflexión

El punto de mira conductor del evangelista es que el papel de Juan es el precursor de Jesús. Juan prepara, en su destino de muerte, el camino del Mesías. El mismo Herodes ha relacionado a los dos profetas. Jesús corre también el riesgo de ser asesinado. Era oportuno hablar del martirio del bautista antes del primer anuncio de la pasión de Jesús. Es curioso comprobar que, mientras los doce proclaman el reino de Dios, muere Juan víctima de su propio mensaje. Es un aviso para navegantes: si queréis ser profetas, si queréis ser discípulos de Jesús, hay que estar dispuestos a seguirle hasta el final, sabiendo que el final no es la muerte sino la Resurrección y la Vida. Profeta es aquel que pone en el peso de la balanza no el peso de las palabras sino el peso de la vida. La cabeza de Juan tenía más razón sobre la bandeja que cuando estaba adosada a su cuello” (Mezzolari).

Palabra del Papa

Juan el Bautista comenzó su predicación en el periodo del emperador Tiberio, en el año 27-28 d.c., y la clara invitación que dirige a las personas que acudían a escucharlo, es preparar el camino para acoger al Señor, para enderezar las sendas torcidas de la vida a través de un cambio radical del corazón. Pero el Bautista no se limita a predicar la penitencia, la conversión, sino que, reconociendo a Jesús como el «Cordero de Dios» que vino a quitar el pecado del mundo, tiene la profunda humildad de mostrar a Jesús como el verdadero Mensajero de Dios, haciéndose a un lado para que Cristo pueda crecer, ser escuchado y seguido. Como nota final, el Bautista testifica con la sangre su fidelidad a los mandamientos de Dios, o sin ceder o darle la espalda, cumpliendo hasta el final su misión. San Beda, monje del siglo IX, en sus Homilías dice: San Juan por (Cristo) dio su vida, a pesar de que no recibió la orden de renegar de Jesucristo, le fue ordenado solo callar la verdad. Y no calló la verdad y por eso murió por Cristo, quien es la Verdad. Justamente, por el amor a la verdad, no reduce su compromiso y no tiene temor a dirigir palabras fuertes a aquellos que habían perdido el camino de Dios. (Benedicto XVI, 29 de agosto de 2012).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto. (Guardo silencio)

5.- Propósito. Tener hoy algún gesto de testimonio.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, todos los días yo escucho tu palabra, medito tu palabra y hasta me gusta tu palabra. Pero hoy, ante el testimonio de Juan que prefiere guardar silencio y estar encadenado a causa de ser fiel a esa palabra, me pregunto: Y yo, ¿qué tipo de cristiano soy? ¿Me limito a escuchar tu palabra? Dame, Señor, fuerza para testificar, incluso con la sangre, aquello que dicen mis palabras.

Comentario – Viernes IV de Tiempo Ordinario

Mc 6, 14-29

He aquí pues a los «doce», ellos solos partiendo hacia los pueblos. ¿Qué hace Jesús durante ese tiempo? Marcos no lo dice. Jesús debe de estar pensando en sus amigos que afrontan el rechazo del cual les había advertido, debe de rezar por ellos… Es la primera experiencia de Iglesia, ¡todo es todavía muy frágil! Esta primera «misión» ha durado sin duda algunas semanas o algunos meses, pues Marcos, antes de contarnos su retorno junto a Jesús, ha creído necesario hacer un intermedio. Y lo que nos dirá no lo intercala al azar:

Tendremos con ello una muestra del género de acogida que se hace a los «enviados de Dios»… Juan Bautista es humanamente y aparentemente el fracaso; es el ambiente dramático de la misión.

«Como trataron al maestro, así también seréis tratados.»

El rey Herodes oyó hablar de Jesús, pues su nombre iba adquiriendo celebridad. 

Sobre todo en el momento en que el grupo de los discípulos se rompe, para distribuirse por seis ciudades a la vez. Se habla de Jesús un poco por todas partes: ahora tiene «representantes que actúan en su nombre… su movimiento se organiza… empieza a ser notado por las gentes.

Y Herodes decía: «Es Juan Bautista que ha resucitado…» otros decían: «Es Elías».’ Y otros: «Es un profeta como uno de tantos…» 

Al principio, ya lo hemos visto, la muchedumbre iba a El simplemente por sus milagros.

Ahora las gentes sencillas hacen sus hipótesis. Mientras que los adversarios ya han resuelto la cuestión: «es un loco, un poseso», la opinión pública sigue buscando: debe ser Juan Bautista, o Elías, o un profeta. Todas estas palabras indican la estima en que se le tiene. Es un gran hombre, es un hombre de Dios, es un hombre inspirado, es «un profeta».

Y yo, ¿qué es lo que digo de Jesús? Para mí, ¿quién eres Tú, Señor? ¡La pregunta sobre Cristo sigue siendo actual hoy también! Recientemente, unas jóvenes decían a su consiliario que no llegaban a creer que «Jesús fuese Dios». ¡Esto no es nuevo! Los contemporáneos de Jesús que le veían con sus propios ojos, no llegaban tampoco a abarcar totalmente su misterio… y habitualmente se equivocaban sobre su profunda identidad. Señor, danos la Fe. Señor, aun en medio de nuestras dudas; conserva nuestras mentes disponibles y abiertas a nuevos y más profundos descubrimientos. ¡Revélate!

Arrástranos en tu seguimiento hasta tu abismo, hasta la región inaccesib1e a nuestras exploraciones humanas, hasta el misterio de tu ser.

Pero para ello se precisa una lenta, frecuente y perseverante relación. Una enamorada no descubre en un solo día todas las cualidades de la persona amada.

¿Cuánto tiempo paso cada día con Cristo? ¿Por qué me extraña pues que te conozca tan poco?

Herodes pues habiendo oído hablar de Jesús, decía: «Juan, aquel a quien hice decapitar, ha resucitado…»

A menudo es a través de la voz de la conciencia que Dios se insinúa a los hombres. Herodes no está orgulloso de su conducta: ¡ha matado injustamente!

Esto le inquieta. Jesús despierta su conciencia adormecida: ¿la escuchará? ¿Escucho yo mi conciencia?

Relato de la muerte de Juan Bautista 

Marcos se aprovecha de esto para contar el homicidio, del que todo el mundo hablaba en Palestina. Jesús acaba de decir que el éxito aparente de la misión no está asegurado: ya advirtió a sus amigos antes de enviarlos. Y los primeros lectores de Marcos, en Roma, vivían también en la persecución. Es la Pasión redentora que ha comenzado, y que prosigue hoy.

Noel Quesson
Evangelios 1

En esta barca

Muchos dicen que en esta barca
vamos, más que nunca, a la deriva;
que es muy antigua y nada atractiva,
que ha perdido seguridad y rumbo,
que hace aguas por todas las esquinas
a pesar de los arreglos y proclamas;
y que sus timoneles desconciertan
a quienes se acercan con fe y ganas.

Dicen que sólo ofrece palabras;
que coarta la libertad y la gracia;
que ata, en nombre de Dios, la esperanza
anunciándose servidora humana;
y que se cree tan verdadera y necesaria
que las personas honestas y sanas
acaban  dejando que pase,
olvidándola o rechazándola.

Y aunque se pase las noches bregando
ya no pesca nada en las aguas que surca
ni puede compartir con otras barcas
las fatigas y gozos de las grandes redadas.
Antes de quedar varada en la orilla,
todavía puede, siguiendo tu palabra,
remar mar adentro y echar las redes,
pero se halla falta de pericia y confianza.

Y, sin embargo, esta barca,
tan llena de miserias, tan humana,
tan poco atractiva y desfasada,
a la que ya pocos miran
y es objeto de risas y chanzas,
es la que nos llevó por el mar de Galilea
y nos enseñó a no temer tormentas,
y a descubrirte, sereno, en la popa.

Esta barca a la que Tú te subiste,
para hacernos compañía y prometernos
ser pescadores y entrar en tu cuadrilla,
todavía recibe ráfagas de brisa y vida
y es, aunque no lo comprendamos,
nuestra casa, hogar y familia
para andar por los mares de la vida
a ritmo y sin hundirnos, con la esperanza florecida.

Florentino Ulibarri

La misa del domingo

La escena del Evangelio se desarrolla a orillas del lago de Genesaret, probablemente en las proximidades de Cafarnaúm, puesto que es allí donde residía Pedro y donde por lo mismo es de suponer que ejercía su oficio de pescador.

Se llamaba a este lago “de Genesaret” o también lago “de Tiberíades” por su proximidad a estas ciudades. Se le llamaba también “mar” de Galilea debido a sus amplias dimensiones: 21 kilómetros de norte a sur y 12 de este a oeste.

Una mañana el Señor Jesús va en busca de Pedro, que con sus compañeros se ha pasado la noche pescando. Ése era su oficio. El Señor y Pedro ya se conocían de antes. Andrés, su hermano, se lo había presentado cuando estaban en Judea. Andrés era discípulo del Bautista y un buen día se atrevió a seguir al Señor cuando Juan lo señaló como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. El Señor lo invitó junto con Juan a pasar una tarde inolvidable con Él, y de regreso buscaron a Pedro para compartirle su gran experiencia y descubrimiento: «¡Hemos encontrado al Mesías!» (Jn 1, 41). Cuando lo llevaron a conocer a Jesús Él le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas» (Jn 1, 42). Es de suponer que Pedro, Andrés, Juan, Felipe y otros lo acompañaron luego a Caná, allí donde realizó su primer milagro, «manifestó su gloria, y creyeron en Él sus discípulos» (Jn 2, 11). Por tanto, podemos suponer que Pedro era ya discípulo del Señor, aunque no de un modo muy comprometido.

Por ello, cuando el Señor se acerca aquella mañana a la orilla luego de que Pedro y sus compañeros han pasado toda la noche bregando infructuosamente, no tiene reparo en permitirle subir a su barca para predicar desde allí a la muchedumbre que había seguido al Señor. Tampoco tiene dificultad en obedecerle cuando el Señor, una vez culminada su predicación, se dirige a él para pedirle que reme mar adentro y eche nuevamente las redes. Llamándolo “Maestro”, hace lo que Jesús le dice a pesar de que su experiencia frustrante le dice que no hay pescado: «Maestro, nos hemos pasado toda la noche trabajando y no hemos sacado nada; pero, si tú lo dices, echaré las redes».

Por su obediencia se produce una pesca inesperada y tan sobreabundante que reventaba la red. Al llegar a la orilla Simón Pedro no hace sino arrojarse a los pies de Jesús: el asombro se ha apoderado de él y de sus compañeros. El signo realizado por Jesús hace que de Maestro pase a llamarlo “Señor”, título que en el nuevo Testamento se emplea como reconocimiento de la divinidad de Jesucristo. Ante esta manifestación de la gloria del Señor Pedro le suplica que se aparte de él, puesto que él es un hombre impuro, pecador.

La experiencia de Pedro guarda una profunda semejanza con la del profeta Isaías, descrita en la primera lectura. En una visión Isaías se encuentra cara a cara con Dios, el Santo. Ante el Señor percibe con intensidad la realidad de su propio pecado, su impureza y su indignidad ante la elección divina: «¡Ay de mí, estoy perdido!», exclama Isaías. El temor se apodera de él. ¡La santidad de Dios denuncia su impureza, su pecado! ¿Cómo puede lo impuro mantenerse en la presencia del Santo? Mas Dios procede a retirar su culpa y purificar sus labios con una brasa ardiente. Si bien Isaías no es digno, Dios lo hace digno, lo purifica para que pueda responder al llamado y a la misión de hablar en su Nombre.

Tampoco Pedro se considera digno de estar en la presencia del Señor Jesús, de seguirlo. Pero el Señor Jesús no se detiene ante el pecado de Pedro. Él conoce bien de qué barro está hecho, conoce sus pecados, sus miserias y debilidades, sabe perfectamente que no es digno de Él, incluso sabe que lo va a negar y traicionar, pero su mirada va más allá de todo eso: el Señor Jesús mira su corazón, sabe que ha sido formado desde el seno materno para ser “pescador de hombres”, para ser apóstol de las naciones, para ser “Pedro”, la roca sobre la que va a construir su Iglesia, y teniendo todo ello en mente lo alienta a no tener miedo de mirar el horizonte y asumir la grandeza de su vocación y misión.

Vencidos sus temores por la confianza en el Señor, Pedro respondió con generosidad al llamado del Señor: dejándolo todo, lo siguió. Dejando su oficio de pescadores y a sus padres lo siguieron también los demás apóstoles allí presentes. También Isaías, vencidos sus temores y obstáculos, mostró esa disponibilidad total para hacer lo que Dios le pedía: «Aquí estoy, envíame».

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

La respuesta que el Señor Jesús ofrece a Pedro parece no responder a su confesión y petición: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador». No le dice el Señor: “tus pecados son perdonados”, como lo hará con otros, sino que le dice: «No temas».

¿Por qué le dice “no temas”, sino porque ve miedo en el corazón de Pedro? ¿Pero a qué le tiene miedo? ¿Es el temor que experimenta el hombre ante la santidad infinita de Dios? ¿O es el miedo a un seguimiento más radical? ¿Intuye acaso Pedro que el Señor “lo persigue” porque quiere pedirle una mayor entrega? ¿Es miedo a que el Señor le pida dejarlo todo por Él?

La respuesta del Señor, aquel “no tengas miedo”, busca infundir en él el coraje y la confianza necesarios para vencer ese miedo. Es como si le dijera: “¡Confía en Mí! ¡Yo he venido a mostrarte tu vocación profunda, el sentido de tu vida y tu misión en el mundo! ¡Yo estaré contigo para enseñarte y ayudarte a desplegar eso que tú estás llamado a ser: pescador de hombres! ¡No tengas miedo de responder a lo que yo te pida!”

Ese miedo que experimentó Pedro está también muy presente en nuestras vidas. El seguimiento del Señor causa temor: el temor de comprometerse hasta el fondo y de por vida con Él, el miedo de no saber por dónde nos puede llevar ese compromiso o cuánto nos va a exigir, el miedo de no ser yo quien controle mi propia vida según mis planes, el miedo enorme de dar ese “salto al vacío” que tantas veces exige la fe, de ese decirle al Señor, “aquí me tienes, hágase en mí según tu palabra”. ¡Cuántos siguen al Señor “de lejos”, y cuántos se echan atrás cuando el Señor les muestra un horizonte más grande, cuando los invita a renunciar a su comodidad, a sus planes, a sus seguridades, para lanzarse a la gran aventura de seguir lo que Dios les pide, de someterse a lo inseguro, e incluso a lo doloroso, para cooperar con Él a cambiar el mundo, según su Evangelio!

También a nosotros el Señor, profundo conocedor del corazón humano, nos dice: “¡No tengas miedo! ¡No tengas miedo a la verdad sobre ti mismo, esa verdad que requiere que mires cara a cara y aceptes con humildad tu propia debilidad, tu miseria e incluso tus pecados más vergonzosos y terribles, pero verdad que va más allá de tu “soy pecador”! ¡No tengas miedo de descubrir en Mí tu propia grandeza y dignidad, tu verdadera identidad, el sentido de tu vida, tu vocación y tu hermosa misión en el mundo!”

El Señor te alienta a no tener miedo de la verdad de ti mismo, pero de la verdad completa, íntegra, aquella que sólo Él puede revelarnos en toda su altura y profundidad, en toda su grandeza y plenitud. Y sí, descubrir la propia grandeza da miedo porque trae consigo una serie de exigencias, trae consigo la necesidad de responder a esa grandeza. Da miedo ser lo que uno está llamado a ser, da miedo quebrar todo límite mezquino, romper las barreras que uno mismo se ha impuesto por largo tiempo y despojarse de toda falsa seguridad para lanzarse a conquistar día a día, con entusiasmo y coraje, el horizonte de santidad y plenitud humana que el Señor Jesús nos propone a cada uno.

Ante el miedo que podemos experimentar se nos invita a confiar en Dios y lanzarnos hacia adelante para conquistar el horizonte que el Señor nos propone: el horizonte de la propia grandeza, el horizonte de ser también nosotros pescadores de hombres, según la vocación particular a la que el Señor te llame: el matrimonio, el sacerdocio o la vida consagrada. El miedo se resuelve en un profundo acto de confianza en Dios: «En la confianza estará vuestra fortaleza» (Is 30, 15). «Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor» (Sal 40, 5).

Comentario al evangelio – Viernes IV de Tiempo Ordinario

Imitadores

René Girard, antropólogo cultural, habla de que nuestros deseos son imitativos: Como no tenemos ni idea de qué desear, copiamos el deseo de los demás y acabamos en un lío. La hija de Herodías no tiene ni idea de qué pedir. Así que corre a su madre, toma prestado el deseo de su madre, ¡y se queda con la cabeza sangrando! Nos retorcemos ante su estúpida elección tanto como lamentamos la pérdida de la cabeza de Juan. ¿Pero no somos nosotros también imitadores?

Cuando Dios se ofrece a cumplir nuestros más grandes deseos («¿Cuánto más dará el Padre celestial el Espíritu Santo a los que se lo pidan? » Lc 11,13) acabamos mirando a los que están a nuestra izquierda y derecha, copiamos sus deseos y pedimos: «Señor, dame un coche; un trabajo; mucho dinero; 15 minutos de fama». ¡Qué vergüenza! ¡Qué desperdicio de la oportunidad de una vida!

Paulson Veliyannoor, cmf

Meditación – Viernes IV de Tiempo Ordinario

Hoy es viernes IV de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Marcos (Mc 6, 14-29):

En aquel tiempo, como la fama de Jesús se había extendido, el rey de Herodes oyó hablar de él. Unos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso las fuerzas milagrosas actúan en él». Otros decían: «Es Elías». Otros: «Es un profeta como los antiguos». Herodes, al oírlo, decía: «Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado». Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado. El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano. Herodías aborrecía a Juan y quería matarlo, pero no podía, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Al escucharlo quedaba muy perplejo, aunque lo oía con gusto. La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea. La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven: «Pídeme lo que quieras, que te lo daré». Y le juró: «Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino». Ella salió a preguntarle a su madre: «Qué le pido?». La madre le contestó: «La cabeza de Juan el Bautista». Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió: «Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista». El rey se puso muy triste; pero por el juramento y los convidados no quiso desairarla. Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre. Al enterarse sus discípulos fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro.

El durísimo Evangelio que nos presenta la liturgia de hoy, donde se narra el martirio de Juan Bautista, viene a despertarnos de las vacaciones y a interpelar nuestro corazón y misión de cara al presente año. Me atrevo a decir esto por algo esencial que pocos saben, pero que los historiadores y teólogos subrayan con insistencia, a saber: es la muerte del inocente, en este caso de Juan Bautista, lo que finalmente dispara la Vida Pública de Jesús ¡Sí, como lo escuchan! Después de haber pasado 30 años de trabajo, silencio y oración en Nazaret, Jesús va a salir al mundo indignado justamente por esta muerte, por la muerte del inocente. Y es que a Jesús le quema dentro la injusticia, le quema dentro ver tanta mentira, tanta corrupción, tanto atropello, tanta impunidad… y, por supuesto, tanto inocente sufriendo. Jesús, entonces, con sus palabras y su vida, con su Evangelio y su Misión, viene a decir “¡Basta!”. Mi Padre Dios y yo, no podemos ser testigos de semejantes aberraciones y no hacer nada. Por eso, como dice el profeta: “he aquí que vengo yo mismo” a poner manos a la obra en la construcción de un Cielo nuevo y una Tierra nueva. También nosotros, en tiempos en que se ha puesto tan de moda la cultura de la “indignación” (a lo largo y ancho del planeta aparecen una y otra vez grupos de “indignados”), también nosotros –digo- podríamos preguntarnos si, como Jesús, estamos dispuestos a salir de nuestras comodidades, de nuestros aletargamientos, de nuestros ensueños, de nuestras vacaciones para poner manos a la obra en un mundo que ya no resiste más el flagelo constante de la injusticia, de la mentira, de la corrupción, de la violencia. A inicios de febrero, todavía preparando el corazón y calentando los motores para el año lectivo, les invito entonces a que nos preguntemos bien en serio a qué injusticia vamos a dar respuesta con nuestras vidas, con nuestro tiempo, con nuestros apostolados, con nuestro dinero. Si el Señor nos regala la vida y con ella nos regala tantos dones y cualidades, seguro es porque espera de nosotros una respuesta a la altura de las circunstancias. Si Dios quiso que habitáramos este tiempo tan desafiante de la historia, esto no ha sido mera casualidad, seguro Dios quiere confiarnos a nosotros la Justicia, la Verdad, la Paz, el Derecho, la Solidaridad que este tiempo de la humanidad requiere. Jesús ha venido él mismo a ponerse a la vanguardia de la justicia y la verdad, ha venido él mismo a ponerse a la cabeza de la solidaridad y de la paz. Ahora nos toca a nosotros, discípulos y misioneros suyos, seguidores de su Evangelio, enarbolar estas mismas banderas y levantar la voz cada vez que seamos testigos de martirios flagrantes como los del Evangelio de hoy. Por lo demás, un último pedido brota solo al contemplar esta imagen tan tremenda de la decapitación de Juan Bautista: ¡Cuidado amigos! No nos convirtamos también nosotros en Herodes y Herodías, esto es, en “cortadores de cabezas” de nuestros hermanos. Ya lo ha dicho el Papa Francisco decenas de veces: con los chismes, con los lleva y trae, con las envidias, con las mentiras, con las exageraciones, con los chusmeríos de turno y demás… ¡Cuántas veces hemos sido nosotros mismos los decapitadores de algún hermano! Hoy puede ser un buen día, también, para un sano examen de conciencia que nos ayude a ver cómo éstas y otras formas de crítica a los hermanos, no hacen más que sembrar en el mundo más injusticia, más mentira, más violencia, más tristeza… El mundo ya no soporta un gramo más de todo esto, el mundo pide a gritos lo contrario, pide a gritos Justicia, Paz, Verdad… (….)

P. Germán Lechini SJ

Liturgia – Viernes IV de Tiempo Ordinario

VIERNES DE LA IV SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO, feria

Misa de la feria (verde)

Misal: cualquier formulario permitido. Prefacio común.

Leccionario: Vol. III-par

  • Eclo 47, 2-11. Con todo su corazón David entonó himnos, demostrando el amor por su Creador.
  • Sal 17. Bendito sea mi Dios y Salvador.
  • Mc 6, 14-29. Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado.

Antífona de entrada Cf. Sal 32, 11. 19
Los proyectos del Corazón del Señor subsisten de edad en edad, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre.

Monición de entrada y acto penitencial
El corazón, en el lenguaje bíblico, representa el lugar donde residen nuestros sentimientos y, sobre todo, nuestro amor. Celebrar el Sagrado Corazón de Jesús significa, por tanto, actualizar la presencia de su amor inmenso al Padre y a nosotros; este amor ha llegado a su extremo en la prueba máxima de dar la vida por nosotros y ahora lo celebramos, aquí presente, en la eucaristía.

• Tú, que eres manso y humilde de Corazón. Señor, ten piedad.
• Tú, que nos salvas del pecado. Cristo, ten piedad.
• Tú, que nos amas con un amor inmenso. Señor, ten piedad.

Oración colecta
SEÑOR, Dios nuestro,
revístenos con las virtudes del Corazón de tu Hijo
e inflámanos en sus mismos sentimientos,
para que, conformados a su imagen,
merezcamos participar de la redención eterna.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Al celebrar, hermanos, el amor infinito de Jesucristo, nuestro Dios y Señor, supliquemos humildemente al Padre de la misericordia.

1.- Por la santa Iglesia de Dios, nacida del corazón de Cristo, para que anuncie a todos los pueblos el amor de Dios a los hombres. Roguemos al señor.

2.- Por todas las naciones y sus habitantes, para que vivan en la justicia y se edifiquen en la caridad. Roguemos al Señor.

3.- Por los necesitados, los enfermos y los pecadores, para que el Señor se compadezca de ellos, los cure y los ilumine. Roguemos al Señor.

4.- Por los miembros de nuestra comunidad, para que sepamos amarnos mutuamente y reine entre nosotros la humildad y la comprensión. Roguemos al Señor.

Oh, Dios, que nos has manifestado tu amor en el corazón de tu Hijo, muéstranos también tu inmensa bondad escuchando las oraciones de tu pueblo. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
OH, Dios, Padre de toda misericordia,
que, por el gran amor con que nos amaste,
nos has dado con inefable bondad a tu Unigénito,
haz que, en perfecta unión con él,
te ofrezcamos un homenaje digno de ti.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión          Jn 7, 37-38
Dice el Señor: el que tenga sed, que venga a mí y beba El que cree en mí, de sus entrañas manarán ríos de agua viva.

Oración después de la comunión
DESPUÉS de participar del sacramento de tu amor,
imploramos de tu bondad, Señor,
ser configurados con Cristo en la tierra
para que merezcamos participar de su gloria en el cielo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Martirologio 4 de febrero

ELOGIOS DEL 4 DE FEBRERO

En Roma, en las catacumbas de la vía Apia,san Eutiquio, mártir, que durante mucho tiempo fue torturado con privación de alimentos y sin poder dormir, para ser arrojado, finalmente, a una profunda cavidad, venciendo, con su fe en Cristo, todas las crueldades del tirano. (s. inc.)

2. En Perge, lugar de Pamfilia, en la actual Turquía, santos Papías, Diodoro y Claudiano, mártires. (s. III)

3. En Alejandría de Egipto, pasión de los santos mártires Fileas, obispode Thmuis, y Filoromo, tribuno militar, quienes, durante la persecución llevada a cabo bajo el emperador Diocleciano, no cedieron a las persuasiones de sus deudos y amigos para que salvaran su vida, y obtuvieron del Señor la palma del martirio al ser decapitados. (s. IV)

4. En Pelusio, también en Egipto,san Isidoro, presbítero, hombre de profunda doctrina, que, despreciando el mundo y las riquezas, trató de imitar la vida de san Juan Bautista en el desierto, para lo que vistió el hábito monástico. (c. 449)

5*. En Châteaudun, cerca de Chartres, en la Galia, hoy Francia, tránsito de san Aventino, obispo, que había ocupado la mencionada sede de Chartres. (c. 511)

6. En Troyes, en la Galia Lugdunense, también en la actual Francia,san Aventino, que fue servidor de san Lupo, obispo. (c. 537)

7. En Maguncia, ciudad de Franconia, en Alemania, san Rabano,apellidado “Mauro”, obispo, que, siendo monje de Fulda, fue elevado a la sede de Maguncia. Docto en ciencia y elocuente en el hablar, nunca dejó de llevar a cabo todo lo que pudiese redundar a mayor gloria de Dios. (856)

8*. En Constantinopla, hoy Estambul, en Turquía, san Nicolás Estudita, monje, que exiliado repetidas veces por defender el culto de las santas imágenes, terminó sus días como abad del monasterio de Estudion. (868)

9. En Sempringham, lugar de Inglaterra, san Gilberto, presbítero, que fundó, con la aprobación del papa Eugenio III, una Orden monástica, en la que impuso una doble disciplina: la Regla de san Benito para las monjas y la de san Agustín para los clérigos. (1189)

10. En Bourges, en Aquitania, actualmente Francia, santa Juana de Valois, que, siendo reina de Francia, al ser declararse nulo su matrimonio con Luis XII, se dedicó a servir a Dios. Cultivó una especial piedad hacia la Santa Cruz y fundó la Orden de la Santísima Anunciación de santa María Virgen.(1505)

11*. En Durham, en Inglaterra, beato Juan Speed, mártir, el cual, por haber auxiliado a unos sacerdotes, alcanzó, durante el reinado de Isabel I, la palma del martirio al ser decapitado. (1594)

12.En Amatrice, población de los Abruzos italianos, san José de Leonessa, presbítero de la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos, quien, en Constantinopla, sostuvo en su fe a los cristianos cautivos y sufrió grandes tribulaciones por haber predicado el Evangelio, incluso en el mismo palacio del Sultán. De regreso a su patria, se distinguió por atender a los pobres. (1612)

13. En Oriur, en el reino de Maravá, en la India,san Juan de Brito, presbítero de la Orden de la Compañía de Jesús y mártir, que, tras convertir a muchos a la fe, imitando la vida y la conducta de los ascetas de aquellas regiones, terminó su vida con un glorioso martirio. (1693)

– Beato Iustus Takayama Ukon (1552- Manila, Filipinas 1615). Japonés, laico, padre de familia, que renunció a su alta posición social y a sus riquezas por amor a Cristo y que a causa de los maltratos que sufrió en su patria, por quienes odiaban su fe, murió en el exilio en 1615.