¿Una moral sin pecado?

Se dice a menudo que ha desaparecido la conciencia de pecado. No es del todo cierto. Lo que sucede es que la crisis de fe ha traído consigo una manera diferente, no siempre más sana, de enfrentarse a la propia culpabilidad. De hecho, al prescindir de Dios, no pocos viven la culpa de modo más confuso y solitario.

Algunos han quedado estancados en la forma más primitiva y arcaica de vivir el pecado. Se sienten «manchados» por su maldad. Indignos de convivir junto a sus seres queridos. No conocen la experiencia de un Dios perdonador, pero tampoco han encontrado otro camino para liberarse de su malestar interior.

Otros siguen viviendo el pecado como «transgresión». Es cierto que han borrado de su conciencia algunos «mandamientos», pero lo que no ha desaparecido en su interior es la imagen de un Dios legislador ante el que no saben cómo situarse. Sienten la culpa como una transgresión con la que no es fácil convivir.

Bastantes viven el pecado como «autoacusación». Al diluirse su fe en Dios, la culpa se va convirtiendo en una «acusación sin acusador» (Paul Ricoeur). No hace falta que nadie los condene. Ellos mismos lo hacen. Pero ¿cómo liberarse de esta autocondena?, ¿basta olvidar el pasado y tratar de eliminar la propia responsabilidad?

Se ha intentado también reducir el pecado a una «vivencia psicológica» más. Un bloqueo de la persona. El pecador sería una especie de «enfermo», víctima de su propia debilidad. Se ha llegado incluso a hablar de una «moral sin pecado». Pero ¿es posible vivir una vida moral sin vivenciar la culpabilidad?

Para el creyente, el pecado es una realidad. Inútil encubrirlo. Aunque se sabe muy condicionado en su libertad, el cristiano se siente responsable de su vida ante sí mismo y ante Dios. Por eso confiesa su pecado y lo reconoce como una «ofensa contra Dios». Pero contra un Dios que solo busca la felicidad del ser humano. Nunca hemos de olvidar que el pecado ofende a Dios en cuanto que nos daña a nosotros mismos, seres infinitamente queridos por él.

Sobrecogido por la presencia de Jesús, Pedro reacciona reconociendo su pecado: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador». Pero Jesús no se aparta de él, sino que le confía una nueva misión: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres». Reconocer el pecado e invocar el perdón es, para el creyente, la forma sana de renovarse y crecer como persona.

José Antonio Pagola

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Comentario al evangelio – Sábado IV de Tiempo Ordinario

Elección: Salomón vs. Jesús

Me temo que Salomón eligió mal. David había elegido mucho más sabiamente: David había elegido el amor. Al final de todo, vemos a David justificado y a Salomón pereciendo en su sabiduría.

La sabiduría sólo puede llevarte hasta cierto punto: es demasiado calculadora, demasiado cautelosa, demasiado prudente. Va a lo seguro, y sabiamente.

Pero es el amor el que salta por encima de los imposibles, con una locura del corazón que la razón nunca podrá comprender.

La sabiduría te dice que Jesús y sus discípulos deberían haber descansado después de una labor tan dura. Jesús mismo sabe que sus discípulos necesitan descansar. Necesitan comer bien, dormir ocho horas, hacer yoga, ir a un chequeo médico cada seis meses. Al fin y al cabo, ¿no tienen por delante largos años de ministerio?

Pero entonces Jesús ve a la multitud. Su corazón se hace cargo. Descansa.

Paulson Veliyannoor, cmf

Meditación – Santa Águeda

Hoy celebramos la memoria de santa Águeda.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 9, 23-26):

En aquel tiempo, Jesús decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre haber ganado el mundo entero, si él mismo se pierde o se arruina? Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras, de ése se avergonzará el Hijo del hombre, cuando venga en su gloria, en la de su Padre y en la de los santos ángeles».

Hoy celebramos la memoria de santa Águeda, virgen martirizada probablemente durante la persecución de Decio. Tenemos un instinto natural que nos empuja a protegernos, a huir del dolor y de la muerte. Salvo casos extraños, todos nos aferramos a esta vida. Y por querer salvarla equivocadamente, muchas veces la perdemos. Para salvar de verdad esta vida, hay que -aparentemente- perderla. Muchos han muerto en la lucha por defender al otro. Muchos misioneros y voluntarios han dado su vida trabajando por defender la justicia y anunciar el mensaje de Jesús. No han perdido la vida; ¡la han ganado!

Ésa es la ley del cristiano. Ésa es la consecuencia de ser discípulo de Jesús. Si queremos ser discípulos suyos, Él lo dejó muy claro: «Niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame» (Lc 9,23). No es posible ser al mismo tiempo «cristiano» y cómodo y egoísta. El buen padre, la buena madre, saben que su responsabilidad es «dar la vida» por el hijo: noches sin dormir, sacrificios, esfuerzos, trabajo, paciencia… Eso es ser cristiano. Se debe estar dispuesto a dar la vida en cada momento.

Así lo entendió santa Águeda, la santa nacida en Sicilia en el siglo III. No era posible compaginar su decidido seguimiento a Jesús y, al mismo tiempo, hacer caso a las pretensiones del gobernador, que intentaba obligarla a quebrantar su promesa de virginidad. Águeda, jovencita cristiana, recibió duras y crueles amenazas de muerte. Pero ella había bebido ya de la fuente del Evangelio: «Quien quiera salvar su vida, la perderá» (Lc 9,24). Y pidió la fuerza del Señor para no desfallecer.

No es fácil hoy resistir a las llamadas de la sociedad a una vida fácil, cómoda y sin compromisos. Nos prometen una «salvación» que nunca nos va a llegar. Nos engañan. Como santa Águeda, también hoy nosotros hemos de rezar con el Salmo: «Guárdame como la pupila de los ojos, escóndeme a la sombra de tus alas de esos impíos que me acosan, enemigos ensañados que me cercan» (Sal 17,8-9).

Rev. D. Jesús VEGA Mesa

Liturgia – Sábado IV de Tiempo Ordinario

SANTA ÁGUEDA, virgen y mártir, memoria obligatoria

Misa de la memoria (rojo)

Misal: 1ª oración propia y el resto del común de mártires (para una virgen mártir) o de vírgenes (para una virgen); Prefacio de la memoria. Conveniente Plegaria Eucarística I.

Leccionario: Vol. III-par

  • 1Re 3, 4-13. Concede a tu siervo un corazón atento para juzgar a tu pueblo.
  • Sal 118. Enséñame, Señor, tus decretos.
  • Mc 6, 30-34. Andaban como ovejas que no tienen pastor.

Antífona de entrada
Esta virgen valiente, ofrenda de pureza y castidad, sigue al Cordero crucificado por nosotros.

Monición de entrada y acto penitencial
Celebramos hoy la memoria de santa Águeda de Catania, en Sicilia, virgen y mártir, que en la primera mitad del siglo III, soportando indecibles tormentos, dio testimonio de la fuerza de Dios en la debilidad de lo humano.

Yo confieso…

Oración colecta
SEÑOR,
que santa Águeda, virgen y mártir,
nos alcance tu perdón,
pues ella te agradó siempre por la fortaleza en el martirio
y por el mérito de su castidad.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Oremos a Dios Padre.

1.- Para que proteja y guía su Iglesia. Roguemos al Señor.

2.- Para que conceda al mundo la justicia y la paz. Roguemos al Señor.

3.- Para que socorra a las necesidades. Roguemos al Señor.

4.- Para que nos conforte y conserve en su servicio. Roguemos al Señor.

Te pedimos, Señor que te muestres favorable a la oración de los que te suplican. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
SEÑOR,
que los dones que te presentamos en la fiesta de santa Águeda
sean tan agradables a tu bondad
como lo fue para ti el combate de su martirio.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión          Ap 7, 17
El Cordero que está delante del trono los conducirá hacia fuentes de aguas vivas.

Oración después de la comunión
OH, Dios,
que coronaste a la bienaventurada Águeda entre los santos
con el doble triunfo de la virginidad y del martirio,
concédenos, en virtud de este sacramento,
vencer con fortaleza toda maldad
y alcanzar la gloria del cielo.
Por Jesucristo nuestro Señor.

Martirologio 5 de enero

ELOGIOS DEL 5 DE FEBRERO

Memoria de santa Águeda, virgen y mártir, que en Catania, ciudad de Sicilia, en Italia, siendo aún joven, en medio de la persecución mantuvo su cuerpo incontaminado y su fe íntegra en el martirio, dando testimonio en favor de Cristo Señor. (c. 251)

2. En el Ponto, actual Turquía, conmemoración de muchos santos mártiresque murieron en la persecución desencadenada bajo el emperador Maximiano. Unos fueron rociados con plomo derretido, otros atormentados con cañas puntiagudas clavadas bajo las uñas y los restantes vejados con repetidos tormentos, hasta merecer del Señor, con su gloriosa pasión, la palma y la corona del martirio. (s. III ex.)

3. En Vienne, en la Galia Lugdunense, hoy Francia, san Avito, obispo, que en tiempo del rey Gundobaldo, con su fe y su actividad pastoral defendió a la Galia contra la herejía arriana. (518)

4. En Sabiona, lugar de Recia, actual región del Alto Adigio, en Italia, san Ingenuino, primer obispode esta sede. (c. 605)

5*. En Lucania, en la actual Italia, san Lucas, abad según las instituciones de los Padres orientales, que llevó una activa vida monástica, primero en Sicilia y después, a causa de la invasión de los sarracenos, en diversos lugares. Murió finalmente cerca de Armento, en el monasterio Carbonense de los Santos Elías y Anastasio fundado por él mismo. (995)

6*. En Roma, en el monasterio de San Cesareo, san Sabas, monje, llamado el «Joven», que, junto con su hermano san Macario, difundió la vida cenobítica por Calabria y Lucania, en tiempo de la devastación causada por los sarracenos. (995)

7. En Brixen, lugar de la región de Trento, en la actual Austria, conmemoración desan Albuino, obispo, que trasladó a esta ciudad la sede episcopal de Sabiona. (1005/1006)

8*. En Colonia, en la región de Lotaringia, Hoy Alemania, santa Adalheide, primera abadesa del monasterio de Vilich, en el que introdujo la Regla de san Benito, y después al monasterio de Santa María de Colonia, donde falleció. (1015)

9. En Nagasaki, ciudad de Japón, pasión de los santos Pablo Mikijunto con veinticinco compañeros, cuya fiesta litúrgica se celebra mañana. (1597)

10*. En Laval, en Francia, beata Francisca Mézière, virgen y mártir, que, dedicada a educar niños y a curar enfermos, durante la Revolución Francesa fue muerta por odio a la fe cristiana que profesaba. (1794)

11*. En Roma, beata Isabel Canori Mora, madre de familia, que tras haber sufrido durante mucho tiempo, caritativa y pacientemente, la infidelidad del marido, así como angustias económicas y el cruel trato por parte de parientes, ofreció su vida a Dios por la conversión, salud, paz y santificación de los pecadores, y entró a formar parte de la Tercera Orden de la Santísima Trinidad. (1825)

12. En la localidad de Valtiervilla, en México, san Jesús Méndez, presbítero y mártir, que murió por su fe en Cristo durante la Revolución Mexicana. (1928)