¡Que no decaiga el ánimo!

1.-Seguir a Jesús es relativamente fácil. Llevar a cabo todo su programa evangélico es poco menos que imposible. Isaías, en su propio oficio, recibió la llamada del Señor. Pedro y Juan también. Y ¿Nosotros? ¿Hemos sentido en algún momento ese aldabonazo que ha conseguido marcar y orientar nuestra existencia? ¿Nos hacemos mar adentro dejando, detrás de nosotros, los pequeños horizontes que nos impiden contemplar la grandeza de la salvación de Dios?

Hasta ahora, nuestros ojos y nuestras dudas, estaban en el Señor. Sus Palabras nos dejaron boquiabiertos, su afán universal, por el contrario, a punto estuvo de costarle el bajar por un desfiladero.

El Señor, no quiere ir en solitario. El Señor, si algo quiere, es un buen equipo. Su reino lo quiere llevara cabo con hombres y mujeres de carne y hueso. Pero, eso sí, conscientes de que el poder y la respuesta a cada situación no está tanto en los medios y en las horas que invertimos, sino en la firme promesa de que El nos acompañará.

2.- ¿Qué las iglesias en algunos lugares están casi desiertas? Por la Palabra del Señor, tendremos que seguir insistiendo en que, la fe, llena de esperanza y de ilusión a aquellos que frecuentan los lugares sagrados

–¿Que las familias han dejado de ser cadenas transmisoras del evangelio? Por la Palabra del Señor tendremos que utilizar nuestro ingenio para involucrar más todavía a unos padres que, se preocupan de comprar “la barca” del Bautismo para sus hijos, pero a continuación la dejan olvidada en la orilla.

–¿Que los jóvenes son injustamente críticos con la iglesia y que no quieren saber nada de ella? Por la Palabra del Señor, lejos de darlos por perdidos, les daremos un margen de confianza e intentaremos revisar los medios que estamos utilizando para que también, hasta ellos, llegue la Buena Noticia.

–¿Que las normas de la Iglesia y su presencia es insignificante en medio del ancho mar de una sociedad hedonista y relajada? Por la Palabra del Señor tendremos que empezar desde el principio. Llamando y despertando conciencias que empiecen, que emprendamos a vivir el evangelio, con autenticidad y coherencia.

3.- No podemos consentir que, el pesimismo, haga brechas en la gran barca de nuestra Iglesia. ¡Peores momentos que el presente ha pasado en su historia!

Sacerdotes y laicos, hombres y mujeres, estamos llamados – con la profesión que estamos ejerciendo- a remar mar adentro. Y, esto, no es palabrería ni simple poesía. ¡Es la hora de la iglesia! ¡Hoy más que nunca!

Como Pedro y como Juan, muchos de los agentes de pastoral, no dormimos porque nos mueve un afán: pescar para y por el Señor. ¿Qué extraemos, en varias ocasiones, de las redes de nuestras catequesis, cursillos, charlas, planes de formación, reuniones, etc.? Posiblemente pocos frutos a simple vista para el esfuerzo que realizamos. Pero, por el Señor y en su nombre, seguiremos en ese empeño: remaremos y echaremos las redes donde el Espíritu Santo y la Iglesia nos indique. A veces, incluso es bueno un aparente vacío, para saber de qué y cómo tenemos que llenarlo de nuevo.

El miedo, además de crearnos fantasmas, nos paraliza. Una Iglesia que cree y anuncia la Resurrección de Jesús es una iglesia que, entre otras cosas, no tiene miedo ni a la misma muerte. ¿Por qué habría de tener temor a seguir remando contracorriente? ¿Por qué nos ha de temblar el pulso o la mano a la hora de presentar, tal cual, el Evangelio y sus consecuencias? ¿Por miedo a quedarnos solos en la barca? ¿Por miedo a que nos falten relevos? ¿Por recelo a dejar la comodidad de lo que estamos haciendo? ¿Por la tristeza que produce el “ya no somos tantos”? ¡Demasiados comparados con aquel equipo de 12 con los que comenzó Cristo su aventura!

4.- No puede decaer el ánimo. Si Jesús creyó y echó el resto por su reino, nosotros no podemos dejarle en la estacada. No podemos romper los planes que tiene para cada uno de nosotros.

Y, para que no decaiga la moral, nos hace falta a todos una buena dosis de confianza en Dios. Alguien que no se fía no es de fiar. Si, el Señor, siendo como somos –frágiles y pecadores como Pedro- se fía de nosotros, pone el remo de su barca en nuestras manos y cuenta con nosotros para la pesca de cada día…¿cómo no vamos a fiarnos de El y saber que, El, cumple aquello que promete?

Por su nombre, una y otra vez, echaremos las redes. Sabiendo que, al fin y al cabo, donde nosotros no vemos, El ve; donde nosotros fracasamos, El levanta; donde nosotros no sembramos, El cosecha y donde nosotros nos cansamos, el vuelve a enviarnos para hacernos comprender algo muy importante: ¡con Dios todo es posible!

5.- AYÚDAME, SEÑOR

A remar hacia las profundidades de las aguas de la fe
A lanzar, aunque me parezca inútil, las redes de la esperanza
A esperar, aunque me desespere, en lo que hago por tu nombre

AYÚDAME, SEÑOR
A confiar en tu Palabra
A fiarme de tus indicaciones
A orientarme, sin miedo alguno, en la dirección que me marcas

AYÚDAME, SEÑOR
A sentirme aquello que soy: pecador
A ser consciente de lo poco que soy
A ofrecerte lo escaso que tengo
A darme con lo mucho que Tú me das

AYÚDAME, SEÑOR
A no resquebrajarme cuando no hay resultados inmediatos
A no desinflarme cuando surgen dificultades
A no dejar de pescar, en terrenos que me parecen indiferentes

AYÚDAME, SEÑOR
A juzgarme indigno de ser tu asalariado
A sentirme inmerecido de Alguien tan excepcional como Tú
A considerarme limitado, ante Alguien tan magnánimamente perfecto

AYÚDAME, SEÑOR
A deslizarme del “yo” hacia el “nosotros”
A caminar de lo “mío” hacia lo “nuestro”
A pescar, no tanto en aguas tranquilas,
cuanto en aquellas otras que pueden dar, por Ti,
un feliz, soñado y sacrificado fruto.
Amén.

Javier Leoz

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