Vulnerabilidad y plenitud

Es propio de la lectura dualista proyectar la “salvación” en un ser separado, que termina siendo idealizado o incluso divinizado. En paralelo, se produce una desconexión de la propia identidad, cayendo en el olvido y la ignorancia de lo que realmente somos. El resultado, objetivamente, no puede ser otro que la alienación y el sufrimiento.

El ser, la vida, el poder, la “salvación”… no es “algo” que “alguien” podría otorgarnos, aunque todos puedan enseñarnos y de todos podamos necesitar.

De acuerdo con nuestra constitución paradójica, somos vulnerabilidad -que se cansa de bregar y parece no conseguir nada, según el simbolismo del relato- y somos también, en nuestra identidad profunda, plenitud de vida: paz, confianza, fuerza, dinamismo.

En Jesús, como en tantas otras personas, hemos podido descubrir a alguien que ha vivido en esa certeza. El error está en que, en lugar de verlo como un espejo que reflejaba lo que somos todos, lo hemos visto como un ser separado y distinto de nosotros y hemos terminado alienándonos.

En la comprensión no-dual se advierte que lo que es Jesús lo somos todos. Y que solo necesitamos ahondar en nuestra verdad más profunda -ahí donde somos uno con todos los seres- para escuchar con fuerza: “No temas, rema mar adentro…”

Esto no es un endiosamiento del propio yo, ya que la conexión con nuestra verdadera identidad -si es tal, y la vivimos de manera consciente- desnuda al yo y lo disuelve. Dicho de modo más simple: no es el yo quien nos “salva”, sino más bien al contrario, la comprensión de lo que realmente somos nos “salva” del (de la identificación con el) yo.

La conexión consciente con nuestra verdadera identidad se revela como plenitud, como un estado de ser caracterizado por la consciencia de unidad. En medio de todas las circunstancias de nuestra existencia, vivimos anclados en lo que somos y en unidad con todos, en un sí consciente a la vida.

¿Descubro en mí ese “fondo” que es plenitud de vida y de presencia?

Enrique Martínez Lozano

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II Vísperas – Domingo V de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS

DOMINGO V TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Quédate con nosotros,
la noche está cayendo.

¿Cómo te encontraremos
al declinar el día,
si tu camino no es nuestro camino?
Detente con nosotros;
la mesa está servida,
caliente el pan y envejecido el vino.

¿Cómo sabremos que eres
un hombre entre los hombres,
si no compartes nuestra mesa humilde?
Repártenos tu cuerpo,
y el gozo irá alejando
la oscuridad que pesa sobre el hombre.

Vimos romper el día
sobre tu hermoso rostro,
y al sol abrirse paso por tu frente.
Que el viento de la noche
no apague el fuego vivo
que nos dejó tu paso en la mañana.

Arroja en nuestras manos,
tendidas en tu busca,
las ascuas encendidas del Espíritu;
y limpia, en lo más hondo
del corazón del hombre,
tu imagen empañada por la culpa.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Desde Sión extenderá el Señor el poder de tu cetro, y reinará eternamente. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Desde Sión extenderá el Señor el poder de tu cetro, y reinará eternamente. Aleluya.

SALMO 113A: ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO: LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO

Ant. En presencia del Señor se estremece la tierra. Aleluya.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. En presencia del Señor se estremece la tierra. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

LECTURA: 2Co 1, 3-4

¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios de todo consuelo! Él nos alienta en nuestras luchas hasta el punto de poder nosotros alentar a los demás en cualquier lucha, repartiendo con ellos el ánimo que nosotros recibidos de Dios.

RESPONSORIO BREVE

R/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

R/ Digno de gloria y alabanza por los siglos.
V/ En la bóveda del cielo.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.» «No temas, Simón Pedro, desde ahora serás pescador de hombres.»

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.» «No temas, Simón Pedro, desde ahora serás pescador de hombres.»

PRECES

Adoremos a Cristo, Señor nuestro y cabeza de la Iglesia, y digámosle confiadamente:

Venga a nosotros tu reino, Señor.

Señor, haz de tu Iglesia instrumento de concordia y de unidad entre los hombres
— y signo de salvación para todos los pueblos.

Protege, con tu brazo poderoso, al papa y a todos los obispos
— y concédeles trabajar en unidad, amor y paz.

A los cristianos concédenos vivir íntimamente unidos a ti, nuestra cabeza,
— y que demos testimonio en nuestras vidas de la llegada de tu reino.

Concede, Señor, al mundo el don de la paz
— y haz que en todos los pueblos reine la justicia y el bienestar.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Otorga a los que han muerto una resurrección gloriosa
— y haz que gocemos un día, con ellos, de la felicidad eterna.

Terminemos nuestra oración con las palabras del Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Vela, Señor, con amor continuo sobre tu familia; protégela y defiéndela siempre, ya que sólo en ti ha puesto su esperanza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Y dejándolo todo, lo siguieron

Sí, se dice Pedro a sí mismo, “dejándolo todo… lo seguimos”. Es la frase que lo explica todo. Recuerda emocionado aquellos días y hechos que le cambiaron el rumbo, que le dieron un nombre y una identidad nueva, otra forma de pensar y de vivir. Y todo empezó con Jesús… con ese Nazareno que le salió al encuentro, que se subió a su barca, que intentó darle lecciones de pesca, a él, que no había hecho otra cosa en su vida… Todo empezó con ese hombre que le hizo conocerse por dentro y sentirse en relación con Dios, cerca de Él. Por él, por Jesús, todo había cambiado… dejó todo: barca, redes, trabajo, amigos, familia…

Sí, habían pasado muchos años y aún lo recordaba vivamente. Él estaba afanado y malhumorado por una noche de trabajo inútil, con ganas de terminar de remendar las redes para irse a casa y entonces Jesús se sube a su barca como si nada, y se pone a hablar a todos. Son tantos los que le escuchan que se ve obligado a separar la barca de la orilla para que no lo aplasten… ¡Como si no tuviera más que hacer! pero recuerda como poco a poco él mismo va dejando las redes y también escucha… ¡Nadie ha hablado como este hombre! Está entusiasmado él también… Y cuando termina se siente más tranquilo, de mejor humor. Y entonces viene lo inesperado, oye que Jesús le dice: “Rema mar adentro y echa las redes para pescar”… Y recuerda que tuvo que hacer un esfuerzo para no gritarle: ¿A estas horas? Que sabrás tú de pesca…

Pero vuelve a sentirse como entonces, y ahora entiende por qué no le discutió. Recuerda que contra toda lógica empezó a hacer lo que le decía y que llevado por una fuerza desconocida en él se oye decir: Lo hago porque tú lo dices, solo porque tú lo dices. Pero, ¿quién eras tú para mí entonces? Un maestro que hablaba de lo que no sabía… aun así obedeció saltándose toda lógica.

Y sucedió el milagro. Sí, el milagro, recuerda Pedro, no fue pescar mucho a mediodía, con ser al menos algo fuera de lo normal. El milagro es lo que le pasó por dentro: cómo se descubrió a él mismo y cómo descubrió a Jesús, fue como verse con el alma y el corazón desnudo frente a Dios, un Dios que te sonríe y te quiere y eso le hacía sentirse más pobre, más pecador, más indigno de estar con Él.

Y entonces vino la frase “pescador de hombres” y Pedro, que seguía sin entender nada, hizo lo mismo que acababa de hacer con la pesca… en tu nombre, porque tú lo dices… “lo dejo todo y te sigo”.

Han pasado muchos años, fue testigo de su muerte. Es testigo de su vida de resucitado y ahora en Roma está a punto de terminar su vida, está condenado a muerte. Y de nuevo “Por Él”. ¿Ha valido la pena?

La pregunta no es para Pedro sino para ti y para mí. Porque el evangelio de este domingo habla de nuestra vida, de la de todo cristiano. ¿Podemos vislumbrar nuestra propia historia, como Pedro, a la luz de este evangelio?

Escuchamos a Ana, una mujer sencilla del grupo de reflexión bíblica. Al terminar de leer este texto, toma la palabra y un tanto emocionada nos dice:

Yo era joven, estudiante. Poco a poco, entre voluntariados, charlas y celebraciones al aire libre la imagen de Jesús se fue perfilando ante mí, tan impresionante como la describe Lucas en la orilla de Tiberíades. Sin que yo lo decidiera, así es como lo recuerdo, Él se metió en mi vida, se subió a mi barca y casi sin darme cuenta sus palabras captaron mi atención; lo que decía era verdad y me llenaba el corazón. Y empecé a escucharle día tras día, a leer los evangelios, a buscar a los que hablaban de Él y a rezar hablando con Él como tantos a mi alrededor.

Y una tarde, recuerdo el sitio y la hora, me dijo algo parecido a ese “rema mar adentro”… me sonó a “Dedícate a cuidar a los que nadie cuida…” Deja todas tus preocupaciones y planes sobre el futuro y sígueme.  Yo, que estaba terminado la carrera y tenía ya ofertas de empleo en una gran multinacional, yo que me prometía un futuro exitoso y brillante… Y como Pedro pensé: “Qué sabrás tú de éxitos y ganancias en esta sociedad del s. XXI tan distinta a la que tú viviste…”

Yo quería seguir con él, pero ¿dejarlo todo? ¿No podíamos llegar a “un arreglo”? Poco a poco, mis mismas preguntas y dudas me ayudaron a conocerme…. A descubrirme tan poca cosa para recibir su invitación… a no entender cómo me invitaba a mí que era… Y, como Pedro, solo le quería decir “apártate de mí que soy así” Pero también yo escuché aquello de “Te haré…” y la alegría me envolvió, me entusiasmó de tal forma que aún sin entender nada, dejé todos mis planes, mis ofertas de trabajo en las que iba a ganar tanto dinero y… aquí estoy cuidando cada día a los que nadie más cuida… ganándome la vida de otra forma, con otros criterios, más cercanos a los suyos. Y me siento tan feliz y agradecida por su invitación y su llamada… Aún me repito: me llamó a mí, a pesar de mi falta de fe, a pesar de mi pobreza y mi pecado… 

Como Pedro, como Ana, ¿podremos descubrir en este evangelio nuestra historia? ¿Cómo narraríamos nuestro encuentro con Jesús, ese encuentro que nos cambió la vida? ¿O aún estamos buscando “arreglos” que nos ayuden a seguir siendo sus discípulos, sus discípulas, sin dejarlo todo?

Abramos nuestro corazón y “en su nombre”, solo porque El lo dice, hagamos que este evangelio sea nuestra historia, recordemos que lo es y demos gracias a Dios por ello.

Mª Guadalupe Labrador Encinas, fmmdp

Todos estamos llamados a desplegar nuestro ser sin límites

Empezamos hoy el c. 5 del evangelio de Lucas con un episodio múltiple: La multitud que se agolpa en torno a Jesús para escuchar la palabra de Dios; la enseñanza desde la barca; la invitación a remar mar adentro; pesca inesperada; la confesión de la indignidad de Pedro; la llamada de los discípulos y el inmediato seguimiento. No nos dice de qué les habla Jesús, pero lo que sigue nos da la verdadera pista para descubrir de qué se trata. Este relato es muy parecido al que narra Juan en el capítulo 21. Los dos abren un horizonte nuevo. Los dos nos invitan a conocer a Jesús y a conocernos mejor para parecernos a él.

Hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada. El hecho de que la pesca abundante sea precedida de un total fracaso, tiene un significado teológico muy profundo. ¿Quién no ha tenido la sensación de haber trabajado en vano durante décadas? Solo tendremos éxito cuando actuemos en nombre de Jesús. Esto quiere decir que debemos  actuar de acuerdo con su actitud vital, más allá de nuestras posiciones raquíticas y a ras de tierra. Lo que se nos pide es muy distinto a decir: por Jesucristo nuestro Señor.

Rema mar adentro. La multitud se queda en tierra, solo Pedro y los suyos (muy pocos) se adentran en lo profundo. Esta sugerencia de Jesús es también simbólica. En griego “bados” y en latín “altum” significan profundidad (alta mar), y expresa mejor el simbolismo. Solo de las profundidades del hombre se puede sacar lo más auténtico. Todo lo que buscamos en vano en la superficie está ya dentro de nosotros mismos. Pero ir más adentro exige traspasar las falsas seguridades del yo superficial y adentrarse en aguas incontroladas. Adentrarse en lo que no controlamos exige fe-confianza. Decía Teilhard de Chardin: Cuando bajaba a lo hondo de mi ser, dejé de hacer pie y parecía que me deslizaba hacia el vacío.  

Fiado en tu palabra, echaré las redes. El que Pedro se fíe de la palabra de Jesús que le manda, contra toda lógica, echar las redes a una hora impropia, tiene mucha miga. Las tareas importantes las debemos hacer siempre fiándonos de otro. Tenemos que dejarnos conducir por la Vida. Cuando intentamos controlar lo que es más que nosotros, aseguramos nuestro fracaso. El mismo Nietzsche dijo: “El ser humano nunca ha llegado más lejos que cuando no sabía a donde le llevaban sus pasos”. Lo que trasciende a nuestro ser consciente es mucho más importante que el pequeñísimo espacio que abarca nuestra razón. Dejarnos llevar por lo que es más que nosotros es signo de verdadera sabiduría.

No temas. El temor y el progreso son incompatibles. Mientras sigamos instalados en el miedo, la libertad mínima indispensable para crecer será imposible. Más de 130 veces se habla en la Biblia del miedo ante lo divino. Casi siempre, sobre todo en los evangelios, se afirma que no hay motivo para temer nada. El miedo nos paraliza e impide cualquier decisión hacia la Vida. Si el acercamiento a Dios nos da miedo, ese Dios es falso. Cuando la religión sigue apostando por el miedo, está manipulando el evangelio y abusando de Dios.

El mar era el símbolo de las fuerzas del mal. “Pescar hombres” era un dicho popular que significaba sacar a uno de un peligro grave. No quiere decir, como se ha entendido con frecuencia, pescar o cazar a uno para la causa de Jesús. Aquí quiere decir: ayudar a los hombres a salir de todas las opresiones que el impiden crecer. Solo puede ayudar a otro a salir de la influencia del mal, el que ha encontrado lo auténtico de sí mismo. Crecer en mi verdadero ser es lo mejor que puedo hacer por todos los demás. La principal tarea de todo ser humano está dentro de él. Dios quiere que crezcas siendo lo que eres de verdad.

Y, dejándolo todo, lo siguieron. Seguimos en un lenguaje simbólico, teológico. Es imposible que Pedro y sus socios dejaran las barcas, los peces cogidos, la familia… y se fueran físicamente detrás de Jesús desde aquel instante. El tema de la vocación es muy importante en la vida de todo ser humano. La vida es siempre ir más allá de lo que somos, por lo tanto, el mismo hecho de vivir nos plantea las posibilidades que tenemos de ir en una dirección o en otra. Con demasiada frecuencia se reduce el tema de la «vocación» al ámbito religioso. Nada más ridículo que esa postura. Quedaría reducido el tema a una minoría. Todos estamos llamados a la plenitud, a desplegar todas nuestras mejores posibilidades.

La vocación no es nada distinto de mi propio ser. No es un acto puntual y externo de Dios en un momento determinado de mi historia. Dios no tiene otra forma de decirme lo que espera de mí, que a través de mi propio ser. Elige a todos de la misma manera, sin exclusiones ni preferencias. La meta es la misma para todos. Dios no puede tener privilegios con nadie. Soy yo el que tengo de adivinar todas las posibilidades de ser que yo debo desarrollar a lo largo de mi existencia. Ni puede ni tiene que añadir nada a mi ser. Desde el principio están en mí todas esas posibilida­des, no tengo que esperar nada de Dios.

Mi vocación sería encontrar el camino que me llevará más lejos en esa realización personal, aprovechando al máximo todos mis recursos. Los distintos caminos no son, en sí, ni mejores ni peores. Lo importante es acertar con el que mejor se adecue a mis aptitudes personales. La vocación la tenemos que buscar dentro de nosotros mismos, no fuera. No debemos olvidar nunca que toda elección lleva con sigo muchas renuncias que no se tienen que convertir en obsesión, sino en la conciencia clara de nuestra limitación. Si de verdad queremos avanzar hacia una meta, no podemos elegir más que un camino. El riesgo de equivocarnos no debe paralizarnos, porque aunque nos equivoquemos, si hacemos todo lo que está de nuestra parte, llegaremos a la meta, aunque sea con un mayor esfuerzo.

Este relato está resumiendo el proyecto vital de todo ser humano. Jesús estaba desarrollado su proyecto de vida y quiere que los demás desarrollen el suyo. No se trata de una imitación externa sino de un vivir lo que él vivió desde su ser más auténtico y profundo. Pedro lo ve como imposible y hace patente su incapacidad. Está instalado en su individualidad y en su racionalidad y es figura de todos nosotros que no somos capaces de superar el ego psicológico y el ego mental. Todo lo que no son mis sentimientos y mis proyectos racionales lo considero inalcanzable. Todas las posibilidades de ser que están más allá de esta ridícula acotación no me interesan y ni siquiera tengo interés en descubrirlo.

Pero la verdad es que más allá de lo que creo ser, está lo que soy de verdad. Aquí está la clave de nuestro fracaso espiritual. Descubrimos que hay seres humanos que han alcanzado ese nivel superior de ser, pero a mí me parece inalcanzable porque “soy un pecador”. “¿Quién te ha dicho que estabas desnudo?” Dios se lo pregunta a Adán, dando por supuesto que Él no ha sido. Notad el empeño que ha tenido la religión en convencernos de que estábamos empecatados y que no debíamos aspirar más que a reconocer nuestros pecado y hacer penitencia. Ojalá superásemos esa tentación y aspirásemos todos a la plenitud a la que podemos llegar. Ni lo biológico, ni lo psicológico, ni lo racional constituyen la meta del hombre, pero en nuestro mundo es la única aspiración y lo único que cuenta.

Fray Marcos

Comentario al evangelio – Domingo V de Tiempo Ordinario

(Lc 5, 1-11)

Pedro con sus compañeros estaba limpiando las redes, triste porque no había logrado pescar nada en toda la noche, él que era un gran pescador, orgulloso de su humilde oficio y confiado en sus habilidades. Él conocía el lago como la palma de su mano y sabía lo que había que hacer para poder pescar. Y en ese momento pasa por la orilla un maestro, Jesús. Pedro era un judío piadoso, y respetaba a los maestros, los traba con veneración. Por eso, cuando Jesús le dice que navegue mar adentro para pescar, Pedro le obedece sólo por respeto, pero no deja de hacerle notar que es inútil porque ya lo había intentado toda la noche. Pero acepta volver mar adentro, allí donde él se creía rey y señor y había fracasado. Pero obedeciendo al maestro pescó más que nunca, y entonces vuelve reconociendo su desconfianza y declarando a Jesús como “Señor”.

Pero Jesús no quiere que Pedro lo siga por temor, y le pide que abandone el miedo; él lo busca para confiarle la misión de pescar hombres para el Reino. Pedro y sus compañeros descubren que con un Señor tan poderoso y a su lado no necesitan apoyarse en nada, no necesitan otras seguridades, y por eso lo dejan todo.

Hay que destacar que si bien estaban también Santiago y Juan, sin embargo las palabras de Jesús se dirigen particularmente a Pedro, con lo cual ya se comienza a ver el lugar particular que él tendrá en la Iglesia.

Oración:

“Señor, lléname de confianza en tu palabra para que me lance mar adentro. Ya no quiero confiar en mis seguridades humanas sino en tu poder que me guía y me sostiene. Y perdóname Señor por mis desconfianzas, porque soy un pobre pecador”.

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Tres vocaciones muy distintas: Isaías, Pablo y Pedro

Después del fracaso en Nazaret (que leímos el domingo pasado), la liturgia dominical omite algunos episodios y pasa a la vocación de los primeros discípulos, aunque el relato de Lucas podríamos titularlo, con más razón, “La vocación de Pedro”. Como paralelo del Antiguo Testamento, la primera lectura cuenta la vocación de Isaías. Y la segunda, aunque se centra en el contenido de la primera predicación cristiana, hace una referencia clara a la vocación de Pablo. Buen tema de reflexión en una época en la que tanto nos preocupa la escasez de vocaciones.

A propósito de la visita de Jesús a Nazaret vimos que Lucas se basa en el evangelio de Marcos, pero lo modifica para enfocar el episodio de forma nueva. Hoy ocurre lo mismo con la vocación de los primeros discípulos. Para comprender el relato de Lucas conviene recordar el de Marcos.

El escueto relato de Marcos sobre la vocación de los cuatro primeros discípulos

Parecen simples notas para ser desarrolladas por el evangelista en su comunidad. Dos parejas de hermanos, un lago, unas redes, una barca, el padre de dos de ellos, unos jornaleros. En este ambiente tan sencillo y cotidiano, Jesús se encuentra por primera vez con estos cuatro muchachos, los llama, y ellos lo siguen dejándolo todo. Una reacción que desconcierta a cualquier lector atento.

Los tres cambios que introduce Lucas

1. Pretende hacer más comprensible el seguimiento de los discípulos. No es la primera vez que se encuentran con Jesús. Él ya ha estado antes en Cafarnaúm, incluso ha comido en casa de Simón y ha curado a su suegra. Luego ha seguido su vida de predicador itinerante y solitario, pero, cuando vuelve a Cafarnaúm, no es un desconocido. Es un maestro famoso y la gente se agolpa para escucharle. El lector no se extraña de que lo sigan.

2. Centra su atención en Pedro, no en los cuatro discípulos, hasta el punto de que ni siquiera nombra a su hermano Andrés. Jesús sube a la barca de Simón, le pide que se aleje un poco de tierra; con él dialoga después de hablar a la multitud, ordenándole adentrarse en el lago y echar las redes; y Simón Pedro es el único que reacciona arrojándose a los pies de Jesús y reconociéndose pecador. Aunque luego se menciona a Santiago y Juan, que también seguirán a Jesús, las palabras finales y decisivas las dirige Jesús solo a Simón: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres”.

3. Subraya la importancia de Jesús. No se limita a pasear por el lago (como cuenta Marcos) sino que está predicando a la gente, que se agolpa a su alrededor hasta el punto de necesitar subirse a una barca. Luego, Simón le da el título de “Maestro” y le obedece, volviendo a pescar, aunque parece absurdo. Finalmente, Simón cae de rodillas y lo reconoce como un personaje santo, no un pobre pecador como él. La vocación de los discípulos supone un mayor conocimiento de Jesús.

¿Qué pretende decirnos Lucas con estos cambios?

La finalidad del primero es clara: hacer más comprensible el seguimiento de los discípulos.

El segundo pretende poner de relieve la figura de Pedro. Lo mismo hace Lucas al final de su evangelio, cuando pone en boca de los discípulos estas palabras: “Realmente ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón” (Lc 24,34). Simón, protagonista al comienzo y al final del evangelio de Lucas. Es posible que algunos cristianos, basándose en el duro ataque de Pablo a Pedro en Antioquía (contado en la carta a los Gálatas), pusiesen en discusión su autoridad, y Lucas quisiera ponerla a salvo.

El tercer cambio nos recuerda que cualquier vocación sirve para conocer mejor a Jesús. El relato de Marcos dice que Jesús no es un francotirador cuya obra desaparecerá con su muerte; quiere y busca colaboradores que continúen su misión. Lucas añade el aspecto de la enseñanza y la autoridad. Pero sugiere también algo mucho mayor: es un personaje santo, que provoca en Simón un sentimiento de indignidad. Para comprender este aspecto hay que recordar la vocación de Isaías, primera lectura de este domingo.

El relato de la vocación de Isaías (1ª lectura)

Retrocedamos ocho siglos, al 739 a.C., año de la muerte del rey Ozías. En ese momento sitúa Isaías su vocación. Pero la cuenta de un modo muy distinto. En ese encuentro inicial con Dios lo que más le llama la atención es su majestad y soberanía, que destaca mediante tres contrastes.

El primero con Ozías, muerto; del rey mortal se pasa al rey inmortal.

El segundo, con los serafines, a los que describe detenidamente, mientras de Dios solo puede decir que “la orla de su manto llenaba el templo”.

El tercero, con Isaías, que se siente impuro ante el Señor.

Tenemos tres contrastes que subrayan la soberanía de Dios (vida-muerte, invisibilidad-visibilidad, santidad-impureza). Todo esto, enmarcado en un terremoto que hace temblar los umbrales y llena de humo el templo.

Basándose en la queja de Isaías (“soy un hombre de labios impuros”), un serafín purifica sus labios, como símbolo de la purificación de toda la persona. Por eso, la consecuencia final no es que Isaías ya tiene los labios puros, sino que “ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado”. Cuando Dios pregunte “¿A quién mandaré? ¿Quién irá de mi parte?”, Isaías podrá ofrecerse voluntariamente: “Aquí estoy, mándame”.

La vocación de Isaías y la vocación de Simón

Lucas, gran conocedor del Antiguo Testamento, parece ofrecer en su relato de la vocación de Simón Pedro una relectura de la vocación de Isaías. Al menos es interesante advertir las diferencias.

El escenario. La vocación de Isaías tiene lugar en el ámbito sagrado del templo, con Dios en un trono alto y excelso, rodeado de serafines. La de Pedro, en una barca dentro del lago, rodeado de los compañeros y jornaleros.

La persona que llama. En el caso de Isaías se subraya la majestad y santidad de Dios. A Jesús se lo presenta inicialmente de forma muy humana, aunque capaz de congregar a una multitud y de convencer a Pedro para que vuelva a pescar. Solo después de la pesca advertirá Pedro que se encuentra ante un personaje excepcional.

La reacción inicial del llamado. En ambos casos, el protagonista se siente pecador. La reacción de Isaías es más trágica (“estoy perdido”) porque parte de la idea de que nadie puede ver a Dios y seguir con vida. Pedro se reconoce simplemente ante un personaje sagrado junto al cual no puede estar (“apártate de mí”).

La preparación del enviado. A Isaías, un serafín lo purifica como paso previo para poder realizar su misión. Jesús no realiza nada parecido con Pedro. La forma de prepararse es seguir a Jesús. “Dejándolo todo lo siguieron”.

La misión. La liturgia ha suprimido la parte final del relato de Isaías, donde recibe la desconcertante misión de endurecer el corazón del pueblo judío y cegar sus ojos; la misión principal de Isaías consistirá en transmitir un mensaje durísimo. En cambio, la de Pedro será positiva: “pescador de hombres”.

La reacción final del llamado. Aquí no hay diferencia. En ambos casos se advierte la misma disponibilidad, aunque en los discípulos se subraya que lo dejan todo para seguir a Jesús.

La breve referencia de Pablo a su vocación (2ª lectura)

Al enumerar las apariciones de Jesús, Pablo no evita una referencia a sí mismo: “por último, como a un aborto, se me apareció también a mí”. La gran diferencia con Isaías y Pedro es que Pablo ha sido un perseguidor de la iglesia. Pero también él recibe una misión y ha respondido con toda generosidad. Incluso con cierto orgullo confiesa: “he trabajado más que todos ellos”. Para corregirse inmediatamente: “Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo”.

Reflexión y pregunta

La generosidad de los primeros discípulos, de Isaías, de Pablo, nos recuerda a tantas personas que siguen dejando todo, incluso la familia y la patria, a veces para ser “pescadores de hombres”, otras para ayudar a cualquiera que lo necesite, incluso de religión distinta. Un ejemplo que sirve de estímulo y demuestra el poder de la llamada de Jesús.

La pregunta: ¿Cuántas veces a la semana cumplo su mandato: “Rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies”?

José Luis Sicre

Lectio Divina – Domingo V de Tiempo Ordinario

Desde ahora serás pescador de hombres.

INTRODUCCIÓN

El Concilio Vaticano II nos dice que los evangelios han sido escritos “adaptándolos a las situaciones de las diversas Iglesias y que conservan el estilo de proclamación” (D.V. nº 19). No tienen forma de biografía sino proclamación y catequesis sobre Jesús. Por eso es muy importante conocer “el contexto” en que se sitúa el texto. En nuestro caso, la pesca  milagrosa se sitúa en un contexto de vocación. Al final del relato se dice: “lo dejaron todo y se fueron con Jesús”. Teniendo en cuenta que la elección de los doce la pone Lucas un poco más adelante, en  (Lc. 6,12-16) cabe imaginar que  esta llamada está dirigida también a todos los cristianos. Y ¿qué cualidades se necesitan para seguir a Jesús, para  ser un buen cristiano?  Esto lo podéis encontrar en la reflexión  que hacemos sobre el texto.

LECTURAS DEL DÍA

1ª lectura: Is. 6,1-2a.3-8.           2ª lectura: 1Cor 15, 1-11.

EVANGELIO

Lc.5,1-11.

Una vez que la gente se agolpaba en torno a él para oír la palabra de Dios, estando él de pie junto al lago de Genesaret, vio dos barcas que estaban en la orilla; los pescadores, que habían desembarcado, estaban lavando las redes.3Subiendo a una de las barcas, que era la de Simón, le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente. Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Rema mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca». Respondió Simón y dijo: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes». Y, puestos a la obra, hicieron una redada tan grande de peces que las redes comenzaban a reventarse. Entonces hicieron señas a los compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían.  Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús diciendo: «Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador». Y es que el estupor se había apoderado de él y de los que estaban con él, por la redada de peces que habían recogido;  y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Y Jesús dijo a Simón: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres». Entonces sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron. 

CUALIDADES DE UNA AUTÉNTICA VOCACIÓN CRISTIANA

1.– FIARSE DE JESÚS. Es el mismo Jesús el que provoca una situación poco lógica. Unos pescadores, entre los que se encontraba también Pedro, se han pasado toda la noche pescando y no han conseguido nada. La noche es el tiempo propicio para la pesca, Han hecho lo que razonablemente todo pescador hace. A la mañana siguiente (tiempo ya no propicio para pescar) el Señor invita   a Pedro a echar las redes en el mismo sitio. Pedro le podía haber dicho a Jesús: Maestro, en el arte de la pesca, soy un profesional. ¿Me vas a decir tú cual es la hora mejor para pescar? Sin embargo, Pedro echa las redes, de mañana, fiado de la Palabra del Señor. No se puede ser buen cristiano sin fiarse de Jesús. Sucede que en la vida normal, todos nos tenemos que fiar: nos fiamos del panadero, y a nadie se nos ocurre pensar que ha podido echar veneno en la harina. Lo mismo del que nos vende alimentos en un supermercado… Y nos fiamos del conductor del autobús, del piloto de un avión etc.  Nos estamos fiando de todo el mundo, ¿y vamos a desconfiar de Jesús? Pedro se fía: «en tu nombre echaré las redes”. Y el fiarse le fue bien. Como a Abrahán, como a Moisés, como a los profetas, como a María, la madre de Jesús.

2.– HUMILDAD. “APARTATE DE MI QUE SOY UN PECADOR” Ante la pesca milagrosa, San Pedro cae en la cuenta de que “ese hombre” es más que un hombre. Es Dios. Notemos que San Pedro está feliz con Jesús y no quiere separarse de Él. De  hecho, cuando algunos discípulos quieren dejar a Jesús, les pregunta: ¿También vosotros queréis marchar? Entonces Pedro, en nombre de ellos, le contesta: Maestro, ¿adónde iremos?  “Tú tienes palabras de vida eterna”. (Jn. 6, 68-69) Pedro no quiere irse de Jesús, pero se siente pequeño, pecador. Es como si le dijera: Señor, eres demasiado para mí y no merezco estar a tu lado. Esta admiración, este asombro ante Jesús que, además de ser hombre, es también Dios,   es totalmente necesario en nuestra vida espiritual si no queremos reducir a Jesús a un amigo, a un colega. Corremos el riesgo de hacernos una religión de bolsillo. Dios nos hizo a su imagen y semejanza; pero nunca el hombre puede hacer lo mismo con Dios. Debemos cultivar el sentido de humildad, de adoración, de veneración y asombro ante Él. Lo expresaba muy bien San Agustín:” Señor, ¿qué es eso que al mismo tiempo me enardece y me estremece? Eres Tú, Dios mío. Me enardece eso que tienes tan semejante a mí: eres hombre como yo; pero me estremece eso que tienes tan distinto a  mí. Eres Dios”.

3. – ¡NO TENGAS MIEDO! Jesús ha venido a quitar el miedo a Dios. Respeto, obediencia, veneración, sí. Pero miedo, no. Es precisamente Jesús el que  se ha dedicado por completo a decirnos que Dios es nuestro Padre. Un Padre maravilloso que quiere ser amado, pero no quiere ser temido. Un Dios  que nos quiere hijos, pero no esclavos. La mayor alegría de Jesús ha sido el poder comunicarnos cómo es ese Padre… Bondadoso, misericordioso, lleno de ternura.

4. – DESDE AHORA OS HARÉ PESCADORES DE HOMBRES. La mayoría de las personas que se van de este mundo se llevan la sensación de haber dejado la vida a medio hacer, o a medio llenar. Jesús ha venido a este mundo a que tengamos vida y vida en abundancia (Jn. 10,11). Todo el que no llene la vida plenamente de sentido será un frustrado. Y siempre se lamentará de lo que pudo haber sido y no lo fue. Jesús es el hombre perfecto, el ideal de hombre. Toda persona que quiera realizarse plenamente debe parecerse a Jesús. El evangelio es la mejor escuela de humanismo. . “Jesús revela el hombre al hombre” (G.S. 22).

PREGUNTAS

1.- ¿De qué me fío más: de la libreta del Banco o de Jesús?

2-   ¿Alguna vez me siento pequeño ante Dios?  ¿Cómo lo expreso?

3.–  ¿Alguna vez tengo miedo a Dios? ¿Cuándo?

4.- ¿Me parece una tarea apasionante ayudar  a la gente a crecer, a realizarse, a vivir en plenitud?  ¿Qué hago en concreto?

Este evangelio, en verso, suena así

Toda la noche bregando,
sin pescar ni un pez pequeño.
Cuando pescamos sin Dios,
el mar no regala premios.
Pero un día venturoso,
Jesús salió a nuestro encuentro.
Con alegría nos dijo:
“Remad con fe, mar adentro”.
Superando nuestras dudas,
resistencias y recelos,
puesta la fe en tu Palabra,
corrimos todos los riesgos.
Asombrados descubrimos
que, con Jesús, todo es nuevo,
que la barca de la vida
navega a favor del viento.
Entre Jesús y nosotros
hubo un “enamoramiento”.
Dejando todo en la orilla,
fuimos en su “seguimiento”
Recogimos de sus manos
la vocación, el proyecto
de ser “pescadores de hombres”,
anunciando el Evangelio.
Señor, que todos cristianos,
como Pedro y compañeros,
queramos ser Misioneros,
Mensajeros de tu Reino.

(El autor de estos versos es José Javier Pérez Benedí)

Pescando

1.- Las maneras primitivas de vida humana son la del agricultor y el pastoreo, antes de la existencia de lo que llamamos sector terciario, primero la artesanía, después la industria. Arañar y sembrar la tierra, desplazarse acompañando y cuidando de animales útiles, son las más extendidas y las que se pueden ejercer, prácticamente, en cualquier lugar del mundo. Existen otras dos que, de alguna manera, podemos considerar marginales: La caza y la pesca. Jesús fue, en su larga vida inicial un artesano, después, las circunstancias le obligaron, acompañó en su oficio a sus discípulos, casi todos ellos pescadores. Parece que no le encantó esta ocupación, pues, hasta en el molesto balanceo de la barca, era capaz de quedarse dormido. El oficio no le entusiasmó, pero sí sintió predilección por las barcas. Pescando peces con sus amigos, Él los pescó a ellos, o se dejaron pescar ellos fascinados.

Al enorme depósito de agua llamado lago de Genesaret, o mar de Tiberiades o de Galilea, los judíos le llaman Kineret, es decir lira, sea por las líneas de su contorno, sea por la musicalidad de sus olas cuando brincan. No es muy extenso, en números redondos tiene de norte a sur 20 Km., de este a oeste 10. En realidad no es otra cosa que un ensanchamiento del Jordán, que cursa, siguiendo una grieta del terreno, una fisura que va desde el pie del Hermón, donde nace, hasta los grandes lagos de África. Ahora bien, esta corriente, se queda encharcada en el Mar Muerto, de aguas espesas, el lugar más bajo de la superficie, a casi 400 m bajo el nivel del mar. La superficie del de Galilea no llega a tanto, se queda en algo más de 200 m. Os explico estos detalles, mis queridos jóvenes lectores, para que la certeza del relato aumente y para que imaginéis el bochorno que se siente allí debido a la presión atmosférica que se sufre y la gran humedad que impregna todo. Escuchar al Señor en tal lugar, exige más esfuerzo que el que uno debe hacer en la campiña, a unos cuantos metros de elevación respecto a la superficie.

2.- Observaréis que el Maestro, al no poseer ni el más elemental aparato de megafonía, su único recurso era alejarse un poco, para que a todos les llegara su voz, sin el impedimento de ningún obstáculo, de aquí que suba a una barca. Pero aun así, se debía tener, sin duda, el oído muy fino. Lo pienso siempre que estoy en aquellos lugares. Y las palabras del Maestro debían resultarles muy interesantes, reflexiono yo, envidiándoles. Seguramente su predicación le resultó satisfactoria aquel día y no quiso acabarlo sin sacarle más provecho. Les sugiere, pues, ir a pescar. Ellos habían trabajado de lo lindo por la noche, sin conseguir nada. Y no hay cosa que moleste más a un pescador frustrado, que el que se le hable de la pesca. Y más si el entrometido es un profano en el oficio, como lo era el Señor. Pero, sin saber porqué, se avinieron a la sugerencia. Y obtuvieron sorprendente éxito. Os he dicho el tamaño del embalse para que entendáis que, navegando por su superficie, toda ella es visible en el buen tiempo y no es extraño que pudieran comunicarse con otros pescadores, para lograr llevar a puerto la gran carga conseguida.

3.- El hecho no era ningún espectacular milagro. En el lago abundaba, y aun abunda, la pesca. El fenómeno había sido sorprendente. Y esto, que científicamente carece de valor, enriquece en el terreno de la Fe. Creyeron en Él, se dieron cuenta un poco de su enorme grandeza y constataron la pequeñez de ellos mismos. Mucha gente de hoy en día dice que no cree, porque están siempre calculando, midiendo, contando. Están incapacitados para la sorpresa, por ello tienen cerrados los conductos que llevan a Dios. Si uno quiere progresar, le es preciso, en primer lugar, saber asombrarse, luego tener audacia. El mundo cristiano no es de los calculadores. Asombrarse y estar dispuesto a ser audaz, son cualidades indispensables para vivir alegremente, la gran aventura de la vida que nos ofrece Dios y, con ello, ser fecundos. Sea de una manera biológica, sea espiritual, pero no morir con las manos vacías, después de una vida estéril. Pescando mucho o no tanto, recibiendo cada día las sorpresas que el Señor nos depara, somos fieles a sus proyectos y vivimos la felicidad que al hombre, en esta tierra, le es posible gozar.

Pedrojosé Ynaraja

Y dejándolo todo, le siguieron

1.- Eso de dejarlo todo y seguirle es muy fuerte. Vivimos tiempos de laicado. En Latinoamérica, lo sabemos bien, hay pocos sacerdotes y los seglares organizan la mayor parte del trabajo de las parroquias, que viven de su profesión, dentro del matrimonio, rodeados de mujer e hijos. No lo han dejado todo. Han puesto su vida en sintonía con Jesús. Aquellos que lo dejan todo son los que eligen a Jesús como familia, como única familia. Son los sacerdotes, religiosos y consagrados. Los laicos –bueno todos, laicos y consagrados– deben reflexionar sobre esa posición que hoy parece un poco desvaída y, sin embargo, es muy importante. Porque nadie puede restar la importancia de los apoyos familiares, el gozo de la procreación, el fundamentar una familia de la propia sangre. Todo esto es muy hermoso y, además, está inserto en un mensaje biológico que llevamos dentro. Pero, algunos han renunciado a ello y han llevado su amor por Jesús y por los hermanos a sus más altas cotas. Es verdad que el Señor ha fundado un pueblo de reyes y sacerdotes. Y que todo bautizado tiene una cierta condición sacerdotal, pero la renuncia a todo compromiso humano plantea una entrega mayor, más especial y más difícil.

A todos nos ha elegido Jesús. Y a partir de ahí no hay diferencias porque todos somos iguales ante los ojos del Señor. Pero a los consagrados les ha elegido para una misión más importante y total. Y el resto del Pueblo de Dios, no debe olvidarlo. Ha sido notable y providencial, el esfuerzo que ha hecho la Iglesia a partir del Concilio Vaticano II de impulsar la presencia de los laicos en la vida activa –y operativa– de la Iglesia. Y, en cierta medida, se ha puesto en su sitio esa función de una parte del pueblo cristiano que, tal vez, hace unos años sólo actuaba de una manera pasiva y alejada. Pero por esa misma elevación de los laicos, se debe profundizar más en el conocimiento del papel de los sacerdotes, monjas, religiosos, consagrados y consagradas. Una de las doctrinas más atractivas de la Iglesia es la de la Comunión de los Santos y es la comunicación permanente de todos los bautizados de todos los momentos, épocas y situaciones. Por ahí se debe inscribir las relaciones entre todos los seguidores de Cristo que confluyen en el Templo y en la Vida.

“Y dejándolo todo, lo siguieron” Lo radical de la palabra todo marca esas diferencias. Pero dicha entrega total no debe ser, en ninguno de los casos, privilegio. Es solo honor y obligación. A la postre hay una frase que define muy bien al “número uno” de la Iglesia de Cristo: “el siervo de los siervos de Dios”, que así se llama desde hace siglos a los Papas.

2.- Este domingo quinto del Tiempo Ordinario hace una “referencia fuerte” al tema de la vocación. Y todas las vocaciones son iguales y tienen su precio, su esfuerzo. No es ociosa la diferenciación que se ha hecho un poco más arriba respecto a los que efectúan una entrega total a Jesús. Pero será siempre producto de la inspiración directa del Espíritu. No tendrá más mérito que aquel que ha decidido servir al Señor desde el matrimonio. Sin embargo, es conveniente meditar sobre esas diferencias, ya aludidas. Lo que cuenta Isaías en la primera lectura que acabamos de escuchar es la manifestación directa, terrible, visible de la presencia de Dios. Pero la vocación que nos envía Jesús es menos visible y magnífica, pero no por eso menos profunda, porque la presencia de Dios en nuestro interior también estremece por su importancia. Ya se sabe lo que dice Santa Teresa en su Moradas, Dios está dentro de nosotros en un castillo todo de cristal y diamante. Dios está siempre con nosotros. Pero la llamada de ese Dios oculto es lo que nos ayuda a entender su presencia real.

3.- San Pablo en su Primera Carta a los Corintios, en el capítulo 15, comienza a responder a preguntas sobre la resurrección de los muertos y lejos de dar soluciones particulares para aquellos que no querían perecer físicamente, establece la doctrina más fundamental sobre Cristo Resucitado que es lo más grande de la doctrina cristiana. Pero ofrece testimonios fiables sobre la Resurrección de Jesús mediante la cercanía de muchos testigos vivos de las apariciones del Maestro y, entre ellos, él mismo. La glorificación futura de los cuerpos, la resurrección definitiva es, también, otra de las grandes esperanzas que nos comunica el cristianismo y ella sólo es posible porque Cristo lo ha querido y así lo ha comunicado.

Hoy se hace necesario un epilogo que justifique todo esto. Y así resaltar la valoración suficiente y necesaria de los consagrados por parte de los laicos y de, obviamente, del respeto total, reconociéndoles su sitio en la Iglesia, por parte de los consagrados a los seglares. No suelen ser temas habituales en comentarios y homilías, pero, de vez, en cuando hay que hablar de ellos, no vaya a ser que se nos olviden.

Ángel Gómez Escorial

No al autodesprecio

Durante siglos, algunos sectores han promovido una “espiritualidad” basada en el desprecio de uno mismo, como si fuera una “virtud”. Así, en la “Imitación de Cristo” encontramos capítulos titulados “Poca estima de uno mismo”, “La miseria humana”, “Baja estima de uno mismo ante Dios”, con frases como: “gran perfección es el no tenerse uno en nada; infúndeme fuerza para que no me domine esta carne miserable…” Y santa Catalina de Siena se refiere a sí misma como “miserable, que tanto ofendí a tu Majestad,” y pide a Dios “que te apiades de tus miserables criaturas”. Estas frases y otras muchas, que se han propuesto como “modelos” sin explicar su verdadero sentido, han provocado que muchos cristianos tengan la certeza de que, cuanto más nos autodespreciemos y peor nos consideremos, más nos acercaremos a Dios. Pero también ha provocado el “efecto rebote”: que muchos se aparten de la fe cristiana porque no comprenden ni comparten que Dios quiera que nos autodespreciemos de ese modo.

No podemos negar que somos pecadores, por supuesto; ni tampoco que, ante Dios, somos “nada”. Pero junto a esta realidad hemos de recordar que nuestra “nada” es amada infinitamente por Dios, hasta el punto de que ha querido hacerse uno de nosotros, se ha hecho “carne”. Y si Dios asume una carne como la nuestra, es que el ser humano no es tan “miserable” como algunos han dicho y dicen.

Urge, pues, recuperar y anunciar una sana espiritualidad, en la cual nos situemos correctamente ante Dios, sabiéndonos criaturas, sabiéndonos pecadores y frágiles, pero sin autodespreciarnos, sino sabiéndonos y sintiéndonos amados infinitamente por Él.

Y la Palabra de Dios, en este domingo, nos ofrece varias pistas al respecto. Hemos visto tres ejemplos, uno en cada lectura, de la reacción del ser humano al encontrarse ante Dios. En la 1ª lectura, Isaías exclama: ¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, he visto al Señor… En la 2ª lectura, san Pablo reconoce: no soy digno de ser llamado apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios. Y, en el Evangelio, Pedro se echó a los pies de Jesús diciendo: “Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador”.

Es cierto que, cuando realmente nos encontramos ante Dios, también nos “vemos” realmente, sin las máscaras y disimulos con las que ocultamos, a nosotros y a los demás, nuestra fragilidad y pecado. Y esto nos provoca remordimiento, culpabilidad, desagrado de nosotros mismos, miedo ante Dios… Pero no debemos quedarnos atascados en esto sentimientos para “que Dios se apiade de nosotros”, porque Él no quiere eso. En la 1ª lectura se le dice al profeta: Al tocar esto tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado; san Pablo dice: Por la gracia de Dios soy lo que soy; y Jesús dice a Pedro: No temas… Dios no nos quiere humillados, ni que nos autodespreciemos ante su grandeza. Al contrario, Él manifiesta su grandeza viniendo a nosotros con su perdón y su gracia, para que recuperemos la dignidad que Dios nos ha dado: somos hijos suyos, y así vivamos y actuemos como tales.

La conciencia de la grandeza de Dios y de nuestra pequeñez, incluso de nuestro pecado, no es una llamada al autodesprecio sino, al contrario, es un impulso, una invitación del Señor a “levantarnos” para ser discípulos misioneros y anunciar cómo es Él realmente y cómo actúa con nosotros.

Así, en la 1ª lectura, el Señor pregunta: ¿A quién enviaré? ¿Y quién irá por nosotros? Y el profeta responde: Aquí estoy, mándame; Jesús dice a Pedro: desde ahora serás pescador de hombres. Y, dejándolo todo, lo siguieron; y san Pablo dice: su gracia para conmigo no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos.

¿He vivido o vivo esa falsa espiritualidad del autodesprecio? ¿Creo realmente que así me acerco más a Dios? ¿Conozco a alguien que se haya apartado de la fe por creer que para ensalzar a Dios hay que despreciar al ser humano? Aunque soy pecador, ¿me siento amado infinitamente por Dios? ¿Me siento llamado y enviado por Dios a ser discípulo misionero, como Isaías, Pablo y Pedro?

No confundamos la humildad, que es una virtud necesaria para ser discípulos misioneros, con la humillación y el autodesprecio. Ojalá, con humildad pero con confianza, hagamos nuestras las palabras de san Pablo: por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no se ha frustrado en mí, y trabajemos como pescadores de hombres, para manifestar de palabra y de obra el verdadero rostro de Dios, cuya gloria no necesita nuestro autodesprecio sino, como dijo san Ireneo: “la gloria de Dios es el hombre viviente”.