Comentario – Miércoles V de Tiempo Ordinario

Mc 7, 14-23

Nada hay en el exterior del hombre… que entrando en él pueda mancharle. Lo que sale del corazón… esto es lo que mancha al hombre.

El que tenga oídos para oír, que oiga.

Cuando se hubo retirado de la muchedumbre, y entrado en casa, los discípulos le preguntaron por el significado de la parábola.

Volvemos a encontrar pues el procedimiento ya usado por Jesús para la formación más intensiva de su grupito de discípulos.

¿Soy yo también de los que buscan comprender mejor? ¿Tengo «oídos para escuchar» la palabra secreta de Dios? ¿Sé ir más allá de la envoltura de las palabras del evangelio?

¿»Lejos de la muchedumbre», de corazón a corazón con Jesús, me pregunto sobre el «sentido» de sus palabras?

¿Tan faltos estáis de inteligencia? Este será un tema cada vez más frecuente en san Marcos: la ininteligencia de los mismos discípulos. Ver ya en Mc 4, 13 ¿No comprendéis?».

Empezamos a entrever por algunas frases de ese estilo, de qué modo Jesús ha debido encontrarse aislado, incluso entre sus mejores amigos. Atacado por sus enemigos.

Incomprendido por sus amigos; Jesús, por la profundidad misma de su personalidad misteriosa, estaba solo.

Paso unos instantes contemplando este sufrimiento del corazón de Jesús.

¿No comprendéis que…? Y Jesús, pacientemente, reemprende en la intimidad con sus discípulos, la explicación de lo que ya ha tratado de hacer comprender a la muchedumbre y a los fariseos.

No olvidemos que 40 años más tarde, cuando Marcos escribía este relato, la cuestión de los «alimentos prohibidos» no estaba aún completamente resuelta: los Hechos de los Apóstoles, el primer Concilio de Jerusalén, las Epístolas de san Pablo se hacen eco de las divergencias entre Pedro y Pablo en esas cuestiones. ¿Había que imponer a los paganos que entraban en la Iglesia las estrictas costumbres de la alimentación «pura e impura» que eran tradicionales entre los judíos?

Así Jesús declaraba puros todos los alimentos.

Cuando se sabe la importancia que para cada nación, o para cada provincia tienen las costumbres culinarias… se adivina que Jesús tenía sobre ello una visión amplia, universal, liberadora. La fe y la verdadera religión hacia Dios no están ligadas a estas costumbres.

Jesús se retrotrae en relación a los hábitos culturales de su propio pueblo. Es una ley esencial de la misión, -como nos lo ha recordado el Decreto conciliar sobre «La actividad misionera en la Iglesia»: «Los misioneros deben familiarizarse con las tradiciones nacionales y religiosas de los pueblos a evangelizar…, descubrir con alegría y respeto las simientes que el Verbo depositó y están escondidas en las diversas culturas…» Descubrir los valores de culturas que no son las nuestras. Al declarar que «todos los alimentos son puros, Jesús contravenía gravemente una tradición de su pueblo… pero lo hacía para abrir la Iglesia a todos los que no tenían esas tradiciones judías. Jesús pensaba en los paganos.

De dentro del corazón del hombre proceden los pensamientos perversos: las fornicaciones, los hurtos, los homicidios, los adulterios, las codicias, las maldades, el fraude, la impureza, la envidia, la blasfemia, el orgullo. Todas estas maldades proceden del interior del hombre y lo manchan.

Pero Jesús pensaba también en los judíos y en todos los hombres. Todos tenemos necesidad de re-descubrir lo esencial desde el interior. Y es la simple conciencia universal, la moral más natural, lo que Jesús revalora.

Ninguna costumbre nacional, ninguna tradición de los antiguos, de los antepasados, puede ir en contra de esas leyes esenciales que todo hombre recto reconoce en el fondo de su conciencia.

Noel Quesson
Evangelios 1

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