Adorando a «don dinero»

1. – Jesús amaba a los ricos, por eso en su entierro nadie cantó la Internacional, —digo—, ni rezó el rosario. Allí no había un solo pobre de los que Jesús ayudó. Por el contrario, sí había dos burgueses: Nicodemo y José de Arimatea. Bueno, como en el otro entierro había una serie de burgueses de los que no se ha hablado: arquitectos, abogados, empresarios, gracias a los que la obra del Padre fue posible cuando los de la Internacional no conocían el barrio.

También recordáis que Jesús tuvo una familia muy querida que no vivió, precisamente, en Orcasitas, sino en la Florida o Mirasierra (**). Y me refiero a Marta, María y Lázaro que vivían en Betania, una urbanización de ricos. Esto va por delante para que sepamos dar el valor debido de las bienaventuranzas de los pobres y los ¡Ay! contra los ricos. Ni el rico es malo por ser rico, ni el pobre es bueno por ser pobre. Los malos son los idólatras, los que hacen su dios del dinero, o hacen de la pobreza su dios.

Cuando el pobre, o el que presume de ello, presupone que se le debe todo —sin dar golpe—, que tiene todos los derechos, hasta el de conculcar los derechos de los demás, cuando no, de disponer de las vidas de los supuestos opresores. Entonces, adora a su propia pobreza y a esos pobres no les corresponden las bienaventuranzas, sino sus “¡Ays!”.

Y cuando el rico se aferra a lo que posee y lo aumenta a costa de la miseria y hambre de sus semejantes, está adorando a Don Dinero, aunque presuma de amistad con Dios. A esos ricos también les corresponden los “¡Ays!” de Jesús.

Como ha dicho la primera lectura: Maldito el que confía en el hombre, pone en él la confianza que debió poner en Dios y en esto caen pobres y ricos. Durante décadas se ha idolatrado a un hombre ateo que se hizo dios de las masas prometiéndoles un paraíso imposible, porque no hay paraíso sin Dios. Allí se adora también al poderoso Don Dinero y ambas idolatrías son malas.

2. – Desde luego que jamás Jesús quiso engatusar a los pobres con unas bienaventuranzas cantadas en clave de resignación. La pobreza es un mal y Dios no lo quiere. Dios quiere el desarrollo de todos sus hijos, y todos, ricos y pobres, deben unir sus esfuerzos para que ese progreso, esa realización de la personalidad de cada hombre, se lleve a cabo.

3. – Y ¿Quiénes son los pobres felices ante los ojos de Dios?

— Los que saben gozar con alegría lo poco que tienen y hasta saben compartir.

— Los que soportan con paciencia y buen humor la senilidad de padres y abuelos, o la larga enfermedad de una tía soltera.

— Los que sufren la hostilidad o impertinencia de un prepotente jefe de negociado que no aguanta a las personas que no se avergüenzan de ser reconocidas como católicas.

— Los que por defender una causa justa han sido arrollados por una injusta justicia humana.

3.- Todos estos son los bienaventurados de hoy a los ojos de Dios. Pero ¿quiénes son esos ricos de los “Ays” de Jesús?

— Los que, individualmente o en grupo, aparcan sus creencias religiosas o políticas apoyando al que más engorde sus cuentas bancarias, pasando por alto las consecuencias educacionales, sociales o religiosas que ese apoyo traiga a la nación.

— Los que llegan a la trampa y al tapujo por su propio interés aunque arrollen con ello a los demás. Éstos se llaman corruptos.

— Los alpinistas que suben pisando con una bota a los otros.

— Los ejecutivos para los que todo es lícito, en defensa de los intereses propios o de la empresa.

Todos estos son los idólatras, adoradores del Becerro de Oro contra los que ya lanzó su juicio el Señor Jesús hace dos mil años.

José María Maruri

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