Cristo resucitado

1. – Comentamos aquí solo la epístola de San Pablo ya que las referencias sobre el Evangelio de Lucas ocupan el interés de las otras homilías presentes en ésta página. Y es que la realidad es que nuestro camino va en pos de Cristo resucitado. Cuando tras el desconcierto de los Apóstoles suscitado por la muerte en Cruz de Jesús, la resurrección no era otra cosa que la confirmación de su divinidad. Jesús había cambiado y los discípulos comenzaron a cambiar también.

Hay una reacción humana frecuente que es conseguir aplomo, gravedad y entereza al enfrentarse con hechos grandes y extraordinarios, cuando tales hechos son perfectamente aceptados y comprendidos. Cristo había sido muy claro con sus seguidores. Les había anunciado su persecución y muerte. Había repetido, asimismo, que su reino no era temporal, ni «histórico». No iba a ser el liberador de los romanos, ni tampoco iba a repartir oro igual que hizo con el pan y los peces. La escena de los discípulos de Emaús es notable. Cuando Jesús -transformado y, por tanto, desconocido- les habla todavía no entienden nada. Hablan de él como profeta poderoso y expresan ante un «desconocido» su frustración. Pero cuando comprenden que ha resucitado se lanzan otra vez al camino para anunciar ese hecho extraordinario.

2. – La esperanza de Pablo está en la resurrección de todos los demás. Y la nuestra también. Un día resucitaremos y la gloria de Dios alcanzará nuestros cuerpos. Entre lo principal de nuestra de fe está esa creencia en la resurrección. No es fácil hacerse a la idea. Es más fácil pensar en un más allá espiritual donde las almas –materia espiritual– permanecen. La vuelta a la dimensión corporal nos resulta más difícil de comprender y, sin embargo, nuestro paso a la Eternidad será con el conjunto -alma y cuerpo- que tenemos ahora. La gloria de Jesucristo evitará la corrupción definitiva y el cuerpo glorioso permanecerá para siempre.

Para Pablo la resurrección fue una de las grandes metas. Nadie como él estudió y planteó este tema. Tal vez, en las primeras horas esperaba que la venida del Señor Jesús se produjera antes de morir el propio Pablo. Luego se convenció de que el plazo era más largo. En estos tiempos, la formación científica y la polarización sobre lo más inmediato: paz, justicia, amor aleja la idea de la resurrección y, sin embargo, como muy bien dice San Pablo: «Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados. ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos». Eso es: el primero de todos. Y después los demás. Esa es nuestra esperanza. Pero esa espera no puede desplazar los problemas y obligaciones actuales. No se debe uno enloquecer esperando el último día y la resurrección, dejando al lado a los hermanos y todo lo demás que también ha dicho Jesús.

Ángel Gómez Escorial

Anuncio publicitario