Las palabras del monte

1.- «Bendice, alma mía al Señor, y todo mi ser a su santo nombre» (Sal 102, 1) «Bendice, alma mía, al Señor -sigue diciendo el salmista- y no olvides sus beneficios. Él perdona todas tus culpas y cura tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y ternura”. Por medio de este diálogo consigo mismo, el salmista nos invita a cada uno de nosotros a repetirlo en nuestro interior, en el silencio sonoro de la oración personal.

Ante todo vamos a recordar los beneficios que el Señor nos ha ido concediendo a lo largo de nuestra vida. Como somos torpes y desagradecidos vamos a pedirle luces a Dios, para ver con claridad la serie ingente de dones que nos ha otorgado desde que comenzamos a existir, pues la vida, ya de por sí, es un don de valor incalculable.

Y luego todo lo demás. Si somos conscientes y tenemos un mínimo de gratitud, es como para echarse a llorar por haber recibido tanto y haberlo olvidado con esta facilidad. Es para sentirse avergonzado y, al mismo tiempo, lleno de gozo al saberse tan querido por Dios, obsequiado incesantemente por él. Y decirnos a nosotros mismos: bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.

«El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad» (Sal 102, 8) De entre todos los dones que el Señor nos entrega, hay uno que destaca de modo particular. Un don que ciertamente es comparable con la vida, tanto la natural como la sobrenatural, la Vida de la gracia. Y ese don tan maravilloso es el perdón de Dios, su infinita capacidad de compasión.

A veces uno tiene la impresión, al leer ciertos pasajes de la Sagrada Escritura, que Dios es tan bueno que jamás condenará a nadie, y menos a las penas eternas del infierno. Sin embargo, la sombra de su terrible amenaza se cierne también en esos pasajes. Aquí, por ejemplo, se habla de su ira, aun cuando se diga que es lenta en desatarse.

De todos modos, Dios es Amor y, aunque ese amor le lleva a castigar como castiga el amante fiel traicionado, el corazón de Dios se resiste a condenar, aguanta hasta lo indecible. No nos trata -dice el salmo- como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas. Como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos; como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles…

2.- «El primer hombre, Adán, se convirtió en ser vivo» (1 Co 15, 45) El libro del Génesis nos narra cómo el poder creador de Dios fue sacando de la nada cuanto existe. Con un lenguaje sencillo, al alcance de las mentes más elementales y primitivas, el autor sagrado va explicando cómo el Señor hace nacer la luz y las aguas, la tierra y los árboles, las fieras y los peces. Y que al final, como quien cierra con broche de oro, Dios creó al hombre. Entonces no es sólo la palabra la que dice y hace; en el caso del hombre son las manos mismas de Dios las que hacen surgir espléndida la figura humana. Creado a su imagen y semejanza, el hombre es el amigo que acompaña a Dios en el atardecer, el dueño y señor de cuanto existe.

Pero aquella grandeza y majestad se derrumba pronto y deja tras de sí un montón de escombros, de dolor y de lágrimas. Y el que era fiel reflejo de Dios, luz suave que precede al sol, quedó transformado en algo opaco y sin brillo, abocado a la muerte tras una triste vida de amargo sudor y de duro trabajo… Pobre Adán y pobre Eva, pobre pareja humana que descubre de improviso su propia desnudez. Un presagio de penas sin límites se cierne sobre ellos. La palabra divina cae fulminante, con una maldición que endurece la tierra, fácil sólo para abrojos, cardos y ortigas.

«Nosotros que somos imagen del hombre terreno, seremos también imagen del hombre celestial » (1 Co 15, 49) La misericordia de Dios prevalece sobre la miseria del hombre. En medio de aquella maldición resuenan palabras de esperanza iluminada. Llegará el día en que caiga el muro de separación que el hombre ha levantado con su rebeldía. Es cierto que pasarían muchos años, siglos y siglos de expectación y de anhelo. Pero al fin llegó el que tenía que venir. El otro Adán, el hombre nuevo que con su obediencia repararía con creces los daños que ocasionó la desobediencia del viejo Adán.

Otra vez Dios se acercó al hombre, de nuevo le acarició, con sus divinas manos, le habló con tonos de paterno amor. Nunca estuvo el Señor tan cerca, nunca fue tan fácil acudir a él, nunca se mostró su cariño de forma tan sorprendente. Y si las consecuencias del pecado de Adán fueron nefastas, las de la muerte de Cristo fueron maravillosas: hombre redimido, hombre elevado hasta la categoría de hijo de Dios, hombre destinado a la gloria inmarcesible de una dicha sin fin. En verdad que el poder y el amor de Dios fue mayor al redimir que al crear, en verdad que el perdón rebasó con mucho al castigo. Ojalá seamos conscientes de nuestra propia dignidad, esa que Cristo nos ha conseguido al precio de su sangre.

3.- «Amad a vuestros enemigos…» (Lc 6, 27) El premio que Dios promete a quienes sean fieles a sus preceptos rebasa con mucho a cuanto el hombre puede desear. Una vida eterna sin sombra de dolor o de tristeza, una felicidad inefable y siempre duradera. Por eso también sus exigencias rebasan en ocasiones las inclinaciones naturales y congénitas del hombre. Lo cual no quiere decir que pida cosas imposibles. Si así fuera, ningún hombre podría cumplir con la ley divina, por muy grandes y ciertas que fueran las promesas. El Evangelio es arduo de cumplir, pero no imposible. Jesús no ha disimulado jamás las dificultades que lleva consigo el seguirle; al contrario, casi podríamos decir que las ha exagerado en cierto modo. Por otra parte, Él nos ha prometido su ayuda a la hora de la dificultad. De hecho muchos han conseguido la victoria definitiva, a pesar de su debilidad y de sus miserias, tan patentes y graves como las de cualquier hombre.

De todos modos, hay que reconocer que las exigencias del Evangelio suponen esfuerzo y lucha, esa violencia contra uno mismo de la que habla el Señor cuando afirma que sólo los «violentos» entrarán en ese Reino, el de Dios, que padece violencia. En efecto, lo que nos enseña el pasaje evangélico de hoy, supone violentarse a sí mismo. El hombre tiende a querer a los que le quieren y a odiar a los que le odian. Sin embargo, Jesús nos dice que hemos de amar a nuestros enemigos, hacer bien a los que incluso nos odian, hablar bien de los que nos maldicen y orar por los que nos desprecian o injurian. Es más, si es preciso, hay que poner la mejilla izquierda cuando te han pegado en la derecha, y dar la túnica a quien se ha llevado el manto.

Sin duda que son palabras hiperbólicas que encierran un espíritu, más que una casuística detallada. De hecho cuando Jesús en la Pasión recibe una bofetada, no sólo no pone la otra mejilla sino que protesta, serenamente, eso sí, de aquel atropello injusto. Sin embargo, en esa ocasión el Señor no se resiste, se entrega a sus enemigos y les deja hacer con él lo que les parece: una parodia infame y cruel, tejida de espinas y golpes, de insultos y vejaciones. Antes de ese momento, Jesús había huido de sus enemigos, o los había vencido sólo con la majestad de su porte. Cuando llega la hora de entregarse, según la voluntad del Padre, él suplica y llora, suda sangre ante el peligro que se avecina, pero finalmente se entrega con decisión y generosidad. Así nos redime y, al mismo tiempo, nos explica con su ejemplo cuál es el sentido profundo de sus palabras.

Antonio García Moreno

Anuncio publicitario