Lectio Divina – Viernes VI de Tiempo Ordinario

“Quien quiera salvar su vida, la perderá”

1.- Ambientación.

Dios mío, hoy tu palabra es dura y muy exigente. Nos invitas a llevar la cruz, y eso repugna a nuestra naturaleza. Tú no quieres el dolor ni el sufrimiento. Pero hay situaciones inevitables que hay que aceptar. Que busque en ellas una oportunidad para expresar el amor, un modo de solidarizarme con tanta gente que lo pasa mal. Dame fuerza para ser un cristiano de verdad.

2.- Lectura reposada de la Palabra de Dios. Marcos 8, 34-9,1

Llamando a la gente a la vez que a sus discípulos, les dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida? Pues ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida? Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles. Y añadió: Yo les aseguro que algunos de los de aquí presentes no morirán sin haber visto primero que el Reino de Dios ha llegado ya con todo su poder.

3.- Qué dice este texto bíblico.

Meditación-reflexión.

Hay dos maneras de orientar la vida: desde el egoísmo o desde el amor. Los que viven para sí mismos, los que sólo piensan en sí mismos, los que tienen el corazón tan lleno de sí mismos que ya no cabe nadie en él, no aciertan, se equivocan, no dan en el blanco, fracasan. Pero los que orientan su vida hacia el amor a los demás, a la donación de sí mismos para favorecer a otros, estos aciertan. “¿Qué debe hacer el hombre para vivir? Morir a sí mismo. ¿Qué debe hacer el hombre para morir? Vivir a sí mismo” (Talmud). Cuando se trata de “salvar la vida” significa no reducir la vida “a esta vida”, significa tener horizontes más amplios. “La vida sólo se puede encontrar en el don de sí mismo, Sólo así es vida libre, desinteresada, abierta, a la que Dios y el prójimo tienen acceso. Una vida de este género no cesa al morir porque pertenece a Dios y él permanecerá cercano incluso en la muerte”. (Schweizer). El que apuesta todo en el tener queda empobrecido en el ser. Quien vive en lo inmediato suprime la vida futura. La oposición no está entre esta vida y la otra sino entre vida plena y vida vacía.

Palabra del Papa

“La cruz es algo más grande y misterioso de lo que puede parecer a primera vista. Indudablemente, es un instrumento de tortura, de sufrimiento y derrota, pero al mismo tiempo muestra la completa transformación, la victoria definitiva sobre estos males, y esto la convierte en el símbolo más elocuente de la esperanza que el mundo haya visto jamás. Habla a todos los que sufren -los oprimidos, los enfermos, los pobres, los marginados, las víctimas de la violencia- y les ofrece la esperanza de que Dios puede convertir su dolor en alegría, su aislamiento en comunión, su muerte en vida. Ofrece esperanza ilimitada a nuestro mundo caído. Por eso, el mundo necesita la cruz. No es simplemente un símbolo privado de devoción, no es un distintivo de pertenencia a un grupo dentro de la sociedad, y su significado más profundo no tiene nada que ver con la imposición forzada de un credo o de una filosofía. Habla de esperanza, habla de amor, habla de la victoria de la no violencia sobre la opresión, habla de Dios que ensalza a los humildes, da fuerza a los débiles, logra superar las divisiones y vencer el odio con el amor. (Benedicto XVI, 5 de junio de 2010).

4.- Qué me dice hoy a mí este evangelio ya meditado. (Silencio)

5.-Propósito. Que las dificultades de este día sean ocasiones para crecer en el amor.

6.- Dios me ha hablado hoy a través de tu Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Gracias, Señor, porque hoy he comprendido mejor que salvar la vida es no estropearla, no malograrla, no vivir a medias, no vivir para uno mismo. La vida es demasiado hermosa como para no aprovecharla. Y la experiencia me dice que vivo en plenitud cuando vivo en la clave del amor. Haz Señor que no haga nada en esta vida que no pueda reciclarse en amor.

Comentario – Viernes VI de Tiempo Ordinario

Mc 8, 34-9, 1

Jesús, llamando a la muchedumbre y a sus discípulos les dijo: El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.

Jesús acaba de anunciar la «cruz para sí». Decididamente, el evangelio está dando un viraje: habla inmediatamente de la «cruz para los discípulos». El único camino de la gloria es el de la cruz, tanto para sus discípulos como para él.

Y esta exigencia es enseñada no sólo a los Doce, sino a la muchedumbre: no hay dos categorías de cristianos… algunos que deberían aplicar a su vida exigencias más fuertes, y la masa, más ordinaria, de cristianos medianos.

No, Jesús lo dice a todos.

La existencia del cristiano está definida por la de Jesús: seguir e imitar… reproducir y estar en comunión… venir a ser otro Cristo…

¿Qué importancia doy, en mi vida al conocimiento y a la imitación de Jesús? ¿Qué parte tiene la «renuncia a mí mismo»? ¿Cómo se traduce, en mi vida cotidiana, esta invitación de Jesús? ¡Atención, atención! El evangelio va siendo provocante. Quizá también nosotros vamos a perder contacto. Hasta aquí hemos seguido a Jesús y a san Marcos. Pero, ¿estamos decididos y prestos a seguir el evangelio hasta el final?

Pues quien quiera salvar su vida la perderá. Pero quien pierda su vida por mí y por el evangelio, ese la salvará.

Paradoja del evangelio! Quien «gana» pierde. Quien «pierde» gana.

Verdaderamente lo que hay aquí es la cruz para Jesús. Y lo evocado es la persecución para los cristianos. Hay que aceptar sacrificar la propia vida por fidelidad a Jesús y al evangelio.

Para los primeros lectores de Marcos en Roma, esto significaba precisamente que un candidato al bautismo era a la vez candidato al martirio: ser cristiano implicaba un cierto peligro, y la decisión debía hacerse con pleno conocimiento de causa Si Jesús invita a «sacrificar su vida», es que también puede «salvarla»: la resurrección para Jesús como para los discípulos se halla efectivamente en esto.

«Perder su vida». No hay vida cristiana sin renuncia de sí mismo. La vida, siguiendo el evangelio, no es una vida fácil.

«Salvar su vida». El sacrificio cristiano no es un fin en sí mismo. La renuncia podría ser negativa. En el pensamiento de Jesús, se renuncia para la vida.

Y ¿qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si él se pierde? En efecto, ¿qué puede dar el hombre a cambio de sí mismo?

Jesús pone paralelamente «el universo entero» … y «yo»… Y tú me dices, Señor, que yo soy más importante que todo el universo. Por la renuncia se trata en efecto de que «me» realice en plenitud.

Si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras ante esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles.

Como las gentes de su tiempo, podemos preguntarnos: «¿Quién es pues Jesús para tener tales exigencias?» He aquí la respuesta: Jesús es el «Juez escatológico del fin de los Tiempos» anunciado por el profeta Daniel 7, 13. Es el «Hijo del hombre» que viene sobre las nubes del cielo. Jesús se atribuye aquí un poder extraordinario.

Quiero confiar en ti y creer en tu palabra, Señor. Mis renuncias, mis opciones, mis fidelidades, y mis cobardías… comprometen mi vida eterna: esto es algo muy grande, muy serio, algo que vale la pena.

Noel Quesson
Evangelios 1

Comentario – Viernes VI de Tiempo Ordinario

(Mc 8, 34 – 9, 1)

Jesús pasa ahora de su persona a la vida de los discípulos. Como siempre, el evangelio de Marcos presenta un juego misterioso entre la vida de Jesús y la nuestra; al mismo tiempo que nos dice quién es Jesús, nos dice también quién es o debe ser el discípulo.

Por eso, una vez que ha mostrado claramente que él debe pasar por la pasión, indica a los discípulos que ellos deben aceptar su parte de pasión, también ellos deben cargar la cruz. Pretendiendo una vida sin problemas en realidad se pierde la vida, pero aceptando perder la vida, en realidad se la está salvando, ya que son los valores más profundos los que le dan sentido, valores que a veces hay que defender con sangre y lágrimas.

Pero al invitar a no avergonzarse de él, Jesús da a entender precisamente a qué sufrimientos, a qué cruz se refiere: la incomprensión, los rechazos, las burlas, los desprecios sociales. Identificarse con Cristo implica también aceptar esa incomprensión.

En 9, 1 Jesús anuncia una inminente venida del Reino con poder. Es lo que presenciaron y vivieron los discípulos a partir de la Resurrección de Jesús. Pero digamos también que los primeros discípulos habían interpretado este anuncio como la llegada inminente de la Parusía. Luego, con el paso de los años, esa espera se fue atenuando, y se convirtió en el empeño por vivir a pleno cada día como si fuera el último.

Oración:

«Jesús, dame la gracia de no avergonzarme de ti y de tu evangelio cuando llegue la incomprensión o el desprecio del mundo. Quiero unirme a tu pasión y cargar contigo mi cruz, viviendo cada día como si fuera el último de mi vida».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

La misa del domingo

Una interesante clave de lectura para aproximarnos al Evangelio de este Domingo nos la da la primera lectura. David, teniendo la ventaja y oportunidad para eliminar al rey de Israel, quien inflamado por la envidia y el odio se había convertido en su enconado perseguidor, decide guardar su vida. David expone la razón de su proceder: «¿Quién atentó contra el ungido de Yahveh y quedó impune?» ¿Puede él levantar la mano contra el ungido del Señor, por más que éste se haya apartado de sus caminos?

David supera el impulso de la venganza, de querer tomar la justicia por sus propias manos. ¿No es lo justo devolver mal por mal, ojo por ojo, diente por diente? (Ex 21,23-24; Lev 24,19-21; Dt 19,21; Mt 5,38-39) Más allá del odio que ha envenenado su espíritu, más allá de sus intentos de asesinarlo, Saúl es un ungido del Señor. David ve su dignidad más allá del pecado cometido.

El que es de Cristo debe reconocer asimismo la dignidad de toda persona humana, que estriba en el hecho de haber sido creada a imagen y semejanza de Dios. ¡Tal es la enorme dignidad de todo ser humano, más allá de que su rostro haya quedado desfigurado por el mal o por cualquiera sea su pecado!

De esta visión profunda del hombre y de su dignidad nace la actitud reverente y misericordiosa del discípulo de Cristo hacia todo ser humano. Él ha aprendido a amar en toda persona humana lo que Dios ama en ella. Porque ama al pecador pero odia el pecado, procura levantarlo de su miseria, en todo sentido: material, moral, espiritual. El creyente está invitado, en esta perspectiva, a «vencer el mal a fuerza de bien».

Es de acuerdo a esta visión que el Señor Jesús plantea a sus discípulos exigencias inesperadas, que chocan frontalmente con las actitudes y reacciones ‘normales’ (Evangelio): amar a los enemigos, hacer el bien a quienes los odien, bendecir a los que los maldigan, orar por quienes los difamen, etc. ¿Quién antes que Él se había atrevido a proponer algo semejante? Estas exigencias de la vida cristiana brotan de la vocación del ser humano de ser misericordioso como el Padre es misericordioso, es decir, de amar como Dios ama a los hombres.

Pero, ¿cómo es posible vivir las tremendas exigencias que plantea Cristo, si a semejanza del primer Adán todos nacemos como hombres terrenales? (2ª. lectura) Por el Bautismo cristiano el ser humano se abre a la vida del hombre nuevo porque es transformado en una nueva criatura. Habiendo recibido el Espíritu por el que Dios derrama el amor divino en su corazón (ver Rom 5,5), es capaz de amar con ese mismo amor de caridad, que aprende en la escuela del Señor Jesús. De todo bautizado en Cristo se puede afirmar con toda propiedad que habiéndose revestido de Cristo, ha adquirido una condición semejante a la del Hijo de Dios. En Él no solo recobra la semejanza perdida por el pecado original, sino que también recibe la capacidad de amar como Él mismo nos ha amado, amar con sus mismos amores: a Dios Padre en el Espíritu Santo, a Santa María su Madre, a todos sus hermanos humanos, peregrinos en esta tierra o que ya partieron a la presencia del Señor.

Por este don, por la gracia recibida y con por su decidida cooperación, todo bautizado está llamado a «cristificar» su propia vida reproduciendo en sí mismo la imagen del hombre celeste. Es el camino de la vida cristiana, un proceso de transformación y santificación cuya meta final es la resurrección de los muertos, momento en el que transformado plenamente por y en Cristo, será hecho partícipe de la gloria eterna por la participación en la comunión divina de amor.

El Señor Jesús enseña el camino de cristificación, el camino que lleva a la plena semejanza con Él: dar, darse uno mismo, amar sin límites, amar no sólo a los amigos sino inclusive a los enemigos, a los que nos persiguen e intentan el propio daño o muerte. Se trata de ser magnánimos haciendo el bien siempre, a todos, se trata de ser generosos compartiendo los propios bienes con quienes los necesitan, se trata de no juzgar, de no condenar, sino de perdonar e invitar siempre a «volver a la Casa del Padre». En resumen, se trata de ser misericordiosos, como lo es nuestro Padre celestial, se trata de ser perfectos en la caridad como Dios es perfecto (ver Mt 5,48).

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Son muchas y muy radicales las enseñanzas que este Domingo el Señor propone a aquellos que lo escuchan, es decir, a aquellos y aquellas que verdaderamente están dispuestos a acoger sus enseñanzas para ponerlas por obra, a aquellos que quieran ser verdaderamente sus discípulos, cristianos no sólo de nombre sino también de hecho.

Al escuchar sus enseñanzas podemos preguntarnos: ¿quién puede amar a sus enemigos? ¿Quién puede hacer bien a quien lo odia, bendecir a quien lo maldiga, rezar por quien le desea el mal? ¿Quién puede perdonar a quien le ha ofendido gravemente o le ha causado un enorme sufrimiento y un daño irreparable, sea físico, psíquico, moral o espiritual? ¿Quién puede recibir un golpe sin enfurecerse, sin devolver inmediatamente el golpe con otro golpe, el insulto con otro insulto, la ofensa con otra ofensa? ¿No es utópico pedir algo así? ¿No es pretender demasiado? ¡Cuántas veces perdemos la paciencia, agredimos, insultamos, nos es tan difícil controlar la ira incluso con aquellos a quienes amamos, con aquellos con quienes vivimos!

Sólo quien se abre al amor de Dios, sólo quien aspira a vivir la perfección de la caridad, sólo quien es misericordioso como misericordioso es el Padre celestial, sólo quien ama como Cristo mismo nos ha amado, es capaz de cumplir semejantes exigencias, que causan un profundo rechazo en aquellos o aquellas en quienes prima el «hombre terreno» y no el «celeste».

Nuestra vocación, recordábamos la semana pasada, es un llamado a la felicidad, a la plenitud, al gozo inacabable. Mas el camino es arduo y exigente: vivir el amor, no un amor cualquiera, sino el que viene de Dios, el amor-caridad. Dios nos ha creado por amor y para el amor. La felicidad la alcanzaremos viviendo la perfección de la caridad. Sólo nos realizaremos en la medida en que aprendemos a amar correctamente, en la medida en que amemos como Cristo mismo. No otra cosa promete el Señor cuando nos dice: «Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado» (Jn 15,11). Quien ama como Cristo, con el amor de Cristo (ver Jn 15,12), alcanzará la dicha plena, la paz del corazón y la felicidad tan anhelada.

¿Quieres para ti esa felicidad y dicha perpetua? Ábrete cada día al amor del Señor y ama cada día más como Cristo nos ha amado. La santidad consiste en responder a ese llamado al amor, en aspirar a vivir la perfección de la caridad, en abrirse a la gracia y al amor de Dios para dejarse «amorizar» uno mismo, en expresar ese amor en actitudes y conductas concretas de perdón, de comprensión, de solidaridad, de compasión, de paciencia, de generosidad, de donación, no sólo con quienes nos sentimos afectivamente vinculados, sino también con los extraños o incluso enemigos, que no por ello dejan de ser hijos de nuestro mismo Padre, hombres y mujeres por quienes Cristo ha derramado su Sangre en la Cruz, sujetos de redención como cada uno de nosotros.

Si queremos amar como Cristo, empecemos por perdonar de todo corazón a aquellos que nos han ofendido o causado algún daño, limpiemos nuestros corazones de todo resentimiento, amargura u odio que hayamos consentido y guardamos aún contra algún hermano o hermana. Si es posible, pidamos humildemente perdón a quienes nosotros hayamos ofendido o causado algún daño. Recemos por quienes no nos ven bien o nos tratan con desdeño o desprecio. Seamos pacientes y no devolvamos a nadie insulto con insulto, ofensa con ofensa, golpe con golpe, y desterremos de nuestra mente todo deseo de venganza. Avancemos, pues, cada día, nutridos del amor del Señor y fortalecidos por su gracia, hacia ese ideal de la caridad perfecta que el Señor nos señala, y seamos así verdaderamente discípulos de Cristo.

Paz a vosotros

Paz a vosotros, mis amigos,
que estáis tristes y abatidos
rumiando lo que ha sucedido
tan cerca de todos y tan rápido.

Paz a vuestros corazones de carne,
paz a todas las casas y hogares,
paz a los pueblos y ciudades,
paz en la tierra, los cielos y mares.

Paz en el trabajo y en el descanso,
paz en las protestas y en la fiesta,
paz en la mesa, austera o llena,
paz en el debate y el diálogo sano.

Paz en los sueños y retos sociales,
paz en los surcos abiertos de las labores,
paz en la pasión pequeña o grande,
paz a todos, niños, mujeres y hombres.

Paz en las plazas y caminos,
paz en los asuntos políticos,
paz en vuestras alcobas y ritos,
paz en todos vuestros destinos.

Paz luminosa y siempre florecida,
paz que, al alba, se levante viva
y a la noche, nunca muera,
paz para vivir en fraterna armonía.

Paz que abre puertas y ventanas,
paz que no tiene miedo a las visitas,
paz que acoge, perdona y sana,
paz dichosa y llena de vida.

La paz que canta la creación entera,
que el viento transporta y acuna,
que las flores le ponen perfume y hermosura,
y todos los seres vivos con ella se alegran.

Paz que nace del amor y la entrega
y se desparrama por mis llagas
para llegar a vuestras entrañas
y haceros personas nuevas.

Mi paz más tierna y evangélica,
la que os hace hijos y hermanos,
la que os sostiene, recrea y anima,
es para vosotros, hoy y siempre, mi regalo.

¡Vivid en paz, gozad la paz.
Recibidla y dadla con generosidad.
Sembradla con ternura y lealtad,
y anunciadla en todo tiempo y lugar!

Florentino Ulibarri

Comentario al evangelio – Viernes VI de Tiempo Ordinario

La vida es un bien recibido, que por su misma naturaleza está llamada a convertirse en un bien dado. Algo así puede ser el “kerygma vocacional” de la fe cristiana, compartido por otros muchos. “Gratis lo recibisteis, dadlo gratis”, dice el Señor. La gracia de la vida consiste en ser conscientes de todo lo recibido, para darlo gratis y generar así más vida. Ese es el tronco común de toda vocación.

En este Evangelio, Jesús expresa esta verdad de una forma paradójica: “el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará”.

Es importante darse cuenta de un detalle: Jesús habla primero de su destino, y sólo después anima a sus discípulos a hacer lo mismo. El que le ha afirmado con su llamada, les pide luego negarse a sí mismos. El que les ha mostrado la belleza del Evangelio, les pide después perder su vida por ello. El que les a abierto las puertas del Reino, les invita a darlo todo para abrirle caminos a ese Dios que quiere llegar a todos.

Sólo quien se haya sentido afirmado por Dios, podrá “negarse”, dando todo lo recibido. El Dios que nos lo da todo, es el mismo que nos lo pide todo… para que la Buena Noticia siga su camino. En esa dinámica de recibir y dar, está la gracia de la vida y de toda vocación.

Gracias, Señor, por todo lo recibido.
Tuyo soy. Mi vida para ti.
Y para darla a otros, según tu querer.
Hágase en mi según tu Palabra.

Ciudad Redonda

Meditación – Viernes VI de Tiempo Ordinario

Hoy es viernes VI de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Marcos (Mc 8, 34-9,1):

En aquel tiempo, Jesús llamando a la gente a la vez que a sus discípulos, les dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. Pues, ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida? Pues, ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida? Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles». Les decía también: «Yo os aseguro que entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean venir con poder el Reino de Dios».

Hoy nos fijamos en esta misteriosa expresión —»Hijo del hombre»— con la que Jesucristo —sorprendentemente— se designó a sí mismo. No era un título habitual de la esperanza mesiánica, pero responde perfectamente al estilo de la predicación de Jesus, que se expresa mediante palabras enigmáticas y parábolas. Así, el Maestro intenta conducirnos poco a poco hacia el misterio, que terminaremos por descubrir siguiéndole a Él.

Esta expresión es del Antiguo Testamento: el profeta Daniel transmite la visión del «Hijo del hombre» que viene de lo alto trayendo la justicia universal. Jesucristo se identifica con este «Hijo del hombre» que vendrá a juzgar a vivos y muertos. Pero la gran novedad consistió en que Jesús usó expresamente este «título» para anunciar su Pasión. Con ello, Jesucristo asocia la imagen de Juez del mundo con la del «siervo sufriente» (del profeta Isaías): el «Hijo» ha venido de lo alto, para ser «hombre» que realmente sufre y muere para salvar a todos.

—Jesús, amo tu realeza hecha de sufrimiento y exaltación, de abajamiento y elevación.

REDACCIÓN evangeli.net

Liturgia – Viernes VI de Tiempo Ordinario

VIERNES DE LA VI SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO, feria

Misa de la feria (verde)

Misal: cualquier formulario permitido. Prefacio común.

Leccionario: Vol. III-par

  • Sant 2, 14-24. 26. Lo mismo que el cuerpo sin aliento está muerto, así también la fe sin obras está muerta.
  • Sal 111. Dichoso quien ama de corazón los mandatos del Señor.
  • Mc 8, 34 – 9, 1. El que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará.

Antífona de entrada Cf. Gál 6, 14
Nosotros hemos de gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo: en él está nuestra salvación, vida y resurrección, por él somos salvados y liberados.

Monición de entrada y acto penitencial
El signo de la cruz en la frente es el primer rito que recibimos en la iniciación cristiana. Por la señal de la santa cruz entramos en la Iglesia y es el signo con el que nos identificamos los cristianos, porque en ella nuestro Señor Jesucristo venció al pecado y a la muerte. En el árbol de la cruz estuvo clavada la salvación del mundo; por ello, a lo largo de su vida, todo discípulo del Señor que se precie se identifica con su Maestro recorriendo el camino de la cruz. De este modo, ya en este mundo, los cristianos nos encaminamos a la gloria de la resurrección.

            Yo confieso…

Oración colecta
OH, Dios,
que para salvar al género humano
has querido que tu Unigénito soportara la cruz,
concede, a quienes hemos conocido en la tierra este misterio,
alcanzar en el cielo los premios de su redención.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Imploremos, hermanos, la misericordia de Dios Padre todopoderoso, y oremos para que escuche las peticiones de quienes tienen en él toda su esperanza.

1.- Por los obispos, sacerdotes y religiosos de la santa Iglesia, para que correspondan a su ministerio con una vida santa. Roguemos al señor.

2.- Por la paz entre las naciones y el progreso de todos los pueblos. Roguemos al Señor.

3.- Por los enfermos, los impedidos, los ancianos y cuántos no han podido venir a nuestra celebración: para que, presentes en espíritu, obtengan los bienes de Dios. Roguemos al Señor.

4.- Por esta asamblea reunida en el nombre de Cristo: para que crezca en la fe, en la esperanza y en el amor a Dios y a los hombres. Roguemos al Señor.

Ayuda, Dios de bondad, a tu Iglesia, con tu constante misericordia, para que, en medio de las dificultades de este mundo, se alegre con tus beneficios en la tierra y alcance los dones del reino futuro. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
SEÑOR,
que nos limpie de toda culpa esta oblación,
la misma que en el ara de la cruz
quitó el pecado del mundo entero
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión          Cf. Jn 12, 32
Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí, dice el Señor.

Oración después de la comunión
ALIMENTADOS en tu sagrado banquete,
te pedimos, Señor Jesucristo,
que lleves a la gloria de la resurrección
a los que has redimido mediante el leño de la cruz vivificadora.
Por Jesucristo, nuestro Señor.