Comentario – Viernes VI de Tiempo Ordinario

Mc 8, 34-9, 1

Jesús, llamando a la muchedumbre y a sus discípulos les dijo: El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.

Jesús acaba de anunciar la «cruz para sí». Decididamente, el evangelio está dando un viraje: habla inmediatamente de la «cruz para los discípulos». El único camino de la gloria es el de la cruz, tanto para sus discípulos como para él.

Y esta exigencia es enseñada no sólo a los Doce, sino a la muchedumbre: no hay dos categorías de cristianos… algunos que deberían aplicar a su vida exigencias más fuertes, y la masa, más ordinaria, de cristianos medianos.

No, Jesús lo dice a todos.

La existencia del cristiano está definida por la de Jesús: seguir e imitar… reproducir y estar en comunión… venir a ser otro Cristo…

¿Qué importancia doy, en mi vida al conocimiento y a la imitación de Jesús? ¿Qué parte tiene la «renuncia a mí mismo»? ¿Cómo se traduce, en mi vida cotidiana, esta invitación de Jesús? ¡Atención, atención! El evangelio va siendo provocante. Quizá también nosotros vamos a perder contacto. Hasta aquí hemos seguido a Jesús y a san Marcos. Pero, ¿estamos decididos y prestos a seguir el evangelio hasta el final?

Pues quien quiera salvar su vida la perderá. Pero quien pierda su vida por mí y por el evangelio, ese la salvará.

Paradoja del evangelio! Quien «gana» pierde. Quien «pierde» gana.

Verdaderamente lo que hay aquí es la cruz para Jesús. Y lo evocado es la persecución para los cristianos. Hay que aceptar sacrificar la propia vida por fidelidad a Jesús y al evangelio.

Para los primeros lectores de Marcos en Roma, esto significaba precisamente que un candidato al bautismo era a la vez candidato al martirio: ser cristiano implicaba un cierto peligro, y la decisión debía hacerse con pleno conocimiento de causa Si Jesús invita a «sacrificar su vida», es que también puede «salvarla»: la resurrección para Jesús como para los discípulos se halla efectivamente en esto.

«Perder su vida». No hay vida cristiana sin renuncia de sí mismo. La vida, siguiendo el evangelio, no es una vida fácil.

«Salvar su vida». El sacrificio cristiano no es un fin en sí mismo. La renuncia podría ser negativa. En el pensamiento de Jesús, se renuncia para la vida.

Y ¿qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si él se pierde? En efecto, ¿qué puede dar el hombre a cambio de sí mismo?

Jesús pone paralelamente «el universo entero» … y «yo»… Y tú me dices, Señor, que yo soy más importante que todo el universo. Por la renuncia se trata en efecto de que «me» realice en plenitud.

Si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras ante esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles.

Como las gentes de su tiempo, podemos preguntarnos: «¿Quién es pues Jesús para tener tales exigencias?» He aquí la respuesta: Jesús es el «Juez escatológico del fin de los Tiempos» anunciado por el profeta Daniel 7, 13. Es el «Hijo del hombre» que viene sobre las nubes del cielo. Jesús se atribuye aquí un poder extraordinario.

Quiero confiar en ti y creer en tu palabra, Señor. Mis renuncias, mis opciones, mis fidelidades, y mis cobardías… comprometen mi vida eterna: esto es algo muy grande, muy serio, algo que vale la pena.

Noel Quesson
Evangelios 1

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