Amor como certeza de no-separación

El amor no nace de la voluntad, sino de la comprensión: en nuestra verdadera identidad, somos Amor. Habremos de recurrir a la voluntad para poner los medios que nos ayuden a liberarlo cuando lo notemos apagado o bloqueado, pero el amor no nace de la voluntad: es una realidad transpersonal, es lo que somos.

El amor no conoce fronteras, límites ni finales: es dinamismo que fluye sin cesar. Lo cual no niega que sea también lúcido y asertivo.

El amor no pone condiciones -es siempre humilde, gratuito e incondicional-, aunque moviliza poderosamente y nos saca de las inercias del egocentrismo.

El amor da paz, aunque nunca nos deja en paz.

El amor incluye a los enemigos -tal como afirma Jesús, que supo vivirlo así-, porque no existe nada separado de la totalidad: la realidad es no-separación. De hecho -más allá de la legítima protección ante cualquier amenaza-, lo que impide amarlos es la lectura que el ego hace de ellos y de la situación.

El amor es universal, pero el ego, según sus particulares e interesados criterios, divide y fracciona la humanidad en “buenos” y “malos”. A partir de esa etiquetación, genera comportamientos de diverso tipo.

Lo que ha ocurrido es que se ha desplazado el amor del centro, lugar que pretende ocupar el ego. El amor es, por su propia naturaleza, universal; el ego, por el contrario, egocéntrico. El amor fluye en todas las direcciones; el ego se mueve en función de sus intereses.

El amor no es, en primer lugar, un sentimiento o una emoción; es certeza de no separación. En cuanto tal, el amor no pasa nunca, porque aquella certeza es definitiva: define la naturaleza de lo real. La realidad no es una suma de objetos separados, sino un único tejidoque, desplegado en infinidad de formas diferentes, comparte la misma “sustancia” o identidad. Eso explica que también los “enemigos”, más allá de todos sus comportamientos, son no-separados de mí.

¿Cómo entiendo y vivo el amor?

Enrique Martínez Lozano

II Vísperas – Domingo VII de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS

DOMINGO VII de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Dios como un almendro
con la flor despierta;
Dios que nunca duerme
busca quien no duerma,
y entre las diez vírgenes
sólo hay cinco en vela.

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Gallos vigilantes
que la noche alertan,
Quien negó tres veces
otras tres confiesa,
y pregona el llanto
lo que el miedo niega.

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Muerto le bajaban
a la tumba nueva.
Nunca tan adentro
tuvo al sol la tierra.
Daba el monte gritos,
piedra contra piedra.

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Vi los cielos nuevos
y la tierra nueva.
Cristo entre los vivos
y la muerte muerta.
Dios en las criaturas,
¡y eran todas buenas! Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Oráculo del Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha». Aleluya.+

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Oráculo del Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha». Aleluya.

SALMO 110: GRANDES SON LAS OBRAS DEL SEÑOR

Ant. El Señor, piadoso y clemente, ha hecho maravillas memorables. Aleluya.

Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman.

Esplendor y belleza son su obra,
su generosidad dura por siempre;
ha hecho maravillas memorables,
el Señor es piadoso y clemente.

Él da alimento a sus fieles,
recordando siempre su alianza;
mostró a su pueblo la fuerza de su obrar,
dándoles la heredad de los gentiles.

Justicia y verdad son las obras de sus manos,
todos sus preceptos merecen confianza:
son estables para siempre jamás,
se han de cumplir con verdad y rectitud.

Envió la redención a su pueblo,
ratificó par siempre su alianza,
su nombre es sagrado y temible.

Primicia de la sabiduría es el temor del Señor,
tienen buen juicio los que los practican;
la alabanza del Señor dura por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor, piadoso y clemente, ha hecho maravillas memorables. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

LECTURA: 1P 1, 3-5

¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza vida, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo. La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final.

RESPONSORIO BREVE

R/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

R/ Digno de gloria y alabanza por los siglos.
V/ En la bóveda del cielo.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «No juzguéis, y no os juzgarán; porque os van a juzgar como juzguéis vosotros», dice el Señor.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «No juzguéis, y no os juzgarán; porque os van a juzgar como juzguéis vosotros», dice el Señor.

PRECES

Invoquemos a Dios, nuestro Padre, que maravillosamente creó al mundo, lo redimió de forma más admirable aún y no cesa de conservarlo con amor, y digámosle con alegría:

Renueva, Señor, las maravillas de tu amor.

Te damos gracias, Señor, porque, a través del mundo, nos has revelado tu poder y tu gloria;
— haz que sepamos ver tu providencia en los avatares del mundo.

Tú que, por la victoria de tu Hijo en la cruz, anunciaste la paz al mundo,
— líbranos de toda desesperación y de todo temor.

A todos los que aman la justicia y trabajan por conseguirla,
— concédeles que cooperen, con sinceridad y concordia, en la edificación de un mundo mejor.

Ayuda a los oprimidos, consuela a los afligidos, libra a los cautivos, da pan a los hambrientos, fortalece a los débiles,
— para que en todo se manifieste el triunfo de la cruz.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú, que al tercer día, resucitaste gloriosamente a tu Hijo del sepulcro,
— haz que nuestros hermanos difuntos lleguen también a la plenitud de la vida.

Concluyamos nuestra súplica con la oración que el mismo Señor nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, concede a tu pueblo que la meditación asidua de tu doctrina le enseñe a cumplir, de palabra y de obra, lo que a ti te complace. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Si descubro que no hay enemigo, podré amar a todos

Seguimos con el sermón del llano de Lucas. Después de las bienaventuranzas, nos propone otro de los hitos del mensaje evangélico: “Amad a vuestros enemigos”. Es el único dato que puede asegurarnos que cumplimos la propuesta. Tampoco es fácil entenderlo, mejor dicho, es imposible entenderlo si no se tiene la vivencia de unidad con Dios. Como programación o como obligación venida de fuera, nunca tendrá éxito, aunque el que lo proponga sea el mismo Dios. Para entrar en la dinámica que los evangelios nos proponen es indispensable comprender que no hay ningún enemigo.

Si sigo pensando que estas exigencias son demasiado radicales, es que no he entendido nada del mensaje evangélico; aún estás pensándote como individualidad separada y egótica, no te has enterado de lo que realmente eres. Jesús propone un planteamiento existencial, que va más allá de toda comprensión racional. Compromete el ser entero, porque se trata de dar sentido a toda mi existencia. Es verdad que desbarata el concepto de justicia del todo el AT y también el del Derecho Romano que nosotros manejamos. Pagar a cada uno según sus obras o la ley del talión, ojo por ojo… quedan superadas.

Quiero sacaros de la sensación de angustia al descubrir que no somos capaces de amar al enemigo. Esa incapacidad es consecuencia inevitable de un mal planteamiento. Si sigo creyendo que el amor es un sentimiento, cerceno la posibilidad de cumplir el evangelio, porque los sentimientos no están sujetos a la voluntad, son independientes y anteriores a  nuestros deseos. Intentaré explicarlo. En griego hay dos verbos que nosotros traducimos por amar: “agapeo” y “phileo”. Pero los primeros cristianos aplicaron al “agapeo” un significado muy concreto, que va más allá del que aplicamos al amor humano.

Agape significó para ellos el amor de Dios o el de un ser humano que imita el amor de Dios. Y ya sabemos que el amor en Dios no es una relación sino un total identificación con todo. Phileo siguió significando un amor de amistad, de cariño, de empatía con otra persona. En el texto que comentamos dice agapete, es decir, amaos como Dios ama o mejor, amaos con el mismo amor de Dios. Esta pequeña aclaración nos puede dar una pista de cómo debemos entender el amor a los enemigos. No se nos exige simpatía o amistad con el enemigo sino el amor de Dios al que tenemos que imitar.

Cuando interpreto la propuesta de amar al enemigo como una obligación de tener sentimientos positivos hacia él, entramos en una esquizofrenia porque no está a mi alcance. Lo que pide Jesús es otra cosa que sí está al alcance de nuestra voluntad. Se nos pide que amemos con el mismo amor con que Dios nos ama. Yo no puedo tener simpatía hacia el que me está haciendo daño, pero puedo considerar que hay algo en ese sujeto por lo que Dios le ama; y yo estoy obligado a considerar ese aspecto que me permita considerarlo parte de mí e identificarme con él a pesar de su actitud.

Esto quiere decir que el amor que nos pide Jesús no está provocado por las cualida­des del otro, sino que es consecuencia exclusiva de una maduración personal. En la vida normal damos por supuesto que tenemos que amar a la persona amable; que debemos acercar­nos a las personas que nos pueden aportar algo positivo. El evangelio nos pide algo muy distinto. Dios ama a todos los seres, no porque son buenos, sino porque Él es bueno. Pero en vez de entrar en la dinámica del amor de Dios, le hemos metido a Él en la dinámica de nuestro instinto. Hemos hecho un dios que premia a los buenos y castiga a los malos. Si pensamos que Dios ama solo a los buenos, ¡qué podemos hacer nosotros!

Ningún amor puede ser consecuencia de un mandamiento. Cualquier forma de programación es lo más contrario al amor. Ésta es la causa de tanto fracaso espiritual. El amor de que habla el evangelio, como todo amor, tiene que ser consecuencia de un conocimiento. La voluntad es una potencia ciega, no tiene capacidad ninguna de elección. Solo puede ser movida por un objeto que la inteligencia le presente como bueno. Lo que le es presentado como malo, lo rechaza sin paliativos, no puede hacer otra cosa. Cuando en la vida real, repetimos una y otra vez una acción que consideramos mala, es que, en el fondo, no hemos descubierto la razón de mal en esa acción, y solamente la hemos considerado mala como fruto de una programación externa o una obligación impuesta.

Pero ese conocimiento, que nos lleve a descubrir como algo bueno el amor al enemigo, no puede ser el que nos dan los sentidos ni la razón, que ha surgido exclusivamente para apoyar a los sentidos y garantizar la vida individual y biológica. El conocimiento que me lleve a amar al enemigo tiene que ser una toma de conciencia de lo que realmente soy, y por ese camino, descubrir lo que son los demás. Este amor es lo contrario del egoísmo. Llamamos egoísmo a una búsqueda del interés individual del falso yo. Cuando descubro que mi verdadero ser y el ser del otro se identifican, no necesitaré más razones para amarle. De la misma manera que no tengo que hacer ningún esfuerzo para amar todos los miembros de mi cuerpo, aunque estén enfermos y me duelan.

No podemos esperar que este Amor, que se nos pide en el evangelio, sea algo espontáneo. Todo lo contrario, va contra la esencia del ADN que nos empuja a hacer todo aquello que puede afianzar nuestro ser biológico y a evitar todo lo que pueda dañarlo. Para dar el paso de lo biológico a lo espiritual, tenemos que recorrer un proceso de aprendizaje inteligente, pero más allá de la razón. Solo la intuición puede llevarme al verdadero conocimiento, del que saldrá el Amor-agape.

Los motivos que propone el evangelio para ese amor, también apuntan al “agape”. “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”. Mateo es más radical y habla de “sed perfectos como vuestro Padre del cielo es perfecto.” Se nos pide que nos comportemos como Dios. Se nos pide salir al padre, comportarse como el padre. Solo alcanzando una conciencia clara de ser hijos, podremos considerarnos hermanos. Para los judíos, el concepto de hijo estaba más ligado a la relación humana que a la biológica. Alcanzar la plenitud humana es imitar a Dios como Padre. Por eso Jesús consideró a Dios Padre.

Otro problema muy complicado es compaginar este amor con la lucha por la justicia, por los derechos humanos. Jesús habla de no oprimir, pero también, de no dejarse oprimir. Tenemos la obligación de enfrentarnos a todo el que oprime a otro o trata de oprimirme a mí. Tolerar la violencia es hacerse cómplice de esa violencia. Si no ayudamos a los demás a conseguir los derechos mínimos que no se le pueden negar a un ser humano, se nos calificará, con razón, de inhumanos. Pero la defensa de la justicia, nunca se debe hacer con odio, venganza y violencia. Sin la experiencia interior, será imposible armonizar la lucha por la justicia y el verdadero amor. Sin renunciar a la lucha por la justicia, debemos tener claro que esa lucha, tenemos que llevarla a cabo con amor.

Fray Marcos

Comentario – Domingo VII de Tiempo Ordinario

(Lc 6, 27-38)

Con mucha insistencia y con palabras muy convincentes, Jesús presenta un ideal cristiano que no puede ser comprendido con criterios meramente humanos. El amor a los enemigos sólo se entiende desde la fe y sólo se vive con el amor que el Señor nos regala. Ese amor a los enemigos, a los que nos hacen daño y nos odian, se expresa fundamentalmente en tres actitudes: tratarlos bien, desearles el bien y rezar por ellos. Por lo tanto la actitud más opuesta al evangelio sería la de desearles el mal, la sed de venganza. En el fondo, este ideal consiste en tratarlos a ellos como desearíamos ser tratados por ellos. San Pablo expresaba este pedido de Jesús diciendo: «No te dejes vencer por el mal, mejor vence el mal con el bien» (Rom 12, 21). Cuando las pasiones nos sugieren venganza, los criterios del Reino nos dicen que responder con la misma moneda es crear una espiral de violencia que termina dañándonos a todos. Pero además, Jesús nos hace ver que este amor a los enemigos es el signo de que estamos viviendo a otro nivel, es lo que verdaderamente distingue a los cristianos de los que se mueven por criterios meramente humanos. En el fondo, se trata de «dar gratis», de no tratar a alguien basándonos en lo que recibimos de él, sino de dar sin esperar. Aquí se supera la mera justicia, se va más allá, más lejos y más profundo, y se comienza verdaderamente a ser hijos del Padre celestial, que es bueno también con los ingratos. Finalmente, este texto nos resume la imitación de Dios en la misericordia, que se expresa cuando no juzgamos y cuando hacemos el bien. Esa misericordia es lo que hace que nuestras acciones agraden al Padre, de manera que él usará con nosotros la misma medida que usemos nosotros con los demás (para juzgarlos y para dar). Y esta misericordia es la que hace posible una vida en comunidad. Decía el Padre Lucio Gera: «¿Qué es la vida comunitaria sino un entramado de recíprocas ofrendas?».

Oración:

«Padre Dios, inmensamente misericordioso, que siempre das gratuitamente a buenos y malos, sin esperar nada, solamente que actuemos nosotros de la misma manera con los demás, toca mi corazón y llénalo de tu generosidad y de tu compasión». 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Amad a vuestros enemigos

El domingo pasado, en la primera parte del “Discurso en la llanura”, Jesús distinguía dos antagónicos: pobres-odiados y ricos-estimados. Los primeros recibirán en el cielo su recompensa; los segundos lo perderán todo. Pero aquí, en la tierra, ¿cómo deben relacionarse ambos grupos? ¿Deben comenzar los pobres una guerra contra los ricos? ¿Pueden contentarse, al menos, con maldecirlos y desearles toda clase de desgracias? A favor de esta postura se podrían citar numerosos salmos, textos proféticos, y la práctica contemporánea de la comunidad de Qumrán. Pero Lucas quiere inculcar una actitud muy distinta, basándose en la enseñanza de Jesús.

Comportamiento con los enemigos (6,27-36)

Al comienzo del evangelio de Lucas, Zacarías, padre de Juan Bautista, profetiza que el descendiente de David vendrá “para que arrancados de las manos de los enemigos, le sirvamos [a Dios] con santidad y justicia”. Es una falsa esperanza. La venida de Jesús no nos arranca de las manos de los enemigos. ¿Qué hacer con ellos?

Ante los sentimientos y palabras adversos

Jesús comienza dirigiéndose a “vosotros que escucháis”, sus discípulos. No puede ser más duro y exigente: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecida los que os maldicen, rezad por los que os injurian”. Ya no se trata de dos grupos separados (pobres – ricos), cada uno viviendo su propia vida. Hay un grupo enemigo que odia, maldice e injuria a las comunidades cristianas. Igual que hoy día se odia, insulta y critica a la Iglesia. ¿Cómo reaccionar ante ello? Es frecuente la autodefensa, negar las acusaciones o relativizarlas. No es eso lo que quiere Jesús. Incluso en el caso de que el odio, la crítica o la maldición sean injustificados, la postura del cristiano debe ser positiva. De las cuatro cosas que indica Lucas, dos al menos son posibles en cualquier circunstancia: hacer el bien y rezar. El “amor” no hay que entenderlo en sentido afectivo (como el amor entre los esposos, o entre padres e hijos), sino en el sentido práctico de “hacer el bien”. En el evangelio de Lucas, el ejemplo concreto sería el de Jesús curando la oreja del soldado que viene a detenerlo.

Ante las acciones

De repente, del “vosotros” se cambia al “”. Lo que hay que afrontar ahora no son sentimientos adversos (odio) o palabras hirientes (maldiciones, injurias), sino acciones concretas: “Al que te golpee en la mejilla… al que te quite el manto… al que te pide… al que te quite”. Estas frases le gustarían mucho a Gandhi. Pero a la mayoría le pueden resultar absurdas y prestarse al chiste: “Al que te robe el móvil, dale también el reloj”; “al empresario que intenta robarte, no se lo reclames”.

¿Hay que tomar estas exhortaciones al pie de la letra? En el NT se escuchan dos bofetadas: una a Jesús y otra a Pablo. Ninguno de los dos pone la otra mejilla. Jesús reacciona: “Si he hablado mal, dime en qué. Y si no, ¿por qué me pegas?” (Jn 18,23). Pablo, que se dirige al sumo sacerdote, es más duro: “Dios te va a golpear a ti, pared encalada. Tú estas sentado para juzgarme según la Ley y me mandas golpear contra la Ley” (Hch 23,3).

En cambio, con respecto al no reclamar en caso de injusticia, hay una reflexión de Pablo muy parecida. Un miembro de la comunidad de Corinto tuvo un pleito con otro y acudió a los tribunales paganos. Pablo les escribe que eso debería resolverlo un experto dentro de la comunidad. Y añade algo en la línea del evangelio que comentamos: “Ya es bastante desgracia que tengáis pleitos entre vosotros. ¿Por qué no os dejáis más bien perjudicar? ¿Por qué no os dejáis despojar?” (1 Cor 6,1-11).

La regla de oro

El discurso vuelve al “vosotros”: “Como queréis que os traten los hombres tratadlos vosotros a ellos”. La formulación negativa de esta famosa norma aconseja: “No hagas a otro lo que no quieres que te hagan”. Aquí se pide algo más que no hacer daño; se pide tratar bien a cualquier persona. ¿Cómo te gusta que te trate la gente, hable de ti (por delante y por detrás), se comporte contigo? Ponte en la piel de la otra persona y actúa como te gustaría que ella se comportase contigo.

Motivos para actuar así

Lucas es consciente de que Jesús pide algo muy difícil. Por eso añade tres motivos que pueden ayudarnos a actuar de ese modo.

1) El cristiano debe superar a los pecadores. Lo repite tres veces, recogiendo dos verbos iniciales (amar, hacer el bien) y añadiendo uno nuevo (prestar). Si el cristiano se limita a imitar al pecador, no tiene mérito alguno. Se queda sin premio.

2) El premio. Ya al principio del discurso prometió Jesús “una recompensa abundante en el cielo” (6,23). Ahora vuelve a mencionar esa “recompensa abundante” (6,35). Pero no habrá que esperar a la otra vida para recibirla porque, actuando de ese modo, “seréis hijos de Dios, que es generoso con ingratos y malvados”. Algunas personas han pagado grandes sumas por un título nobiliario. La realidad de “hijo de Dios” no se compra, se consigue actuando de forma benévola con los enemigos.

3) El cristiano debe imitar a su Padre, que es compasivo (v.36), como confirmará más adelante la parábola de los dos hermanos, en la que el padre abraza y festeja al hijo sinvergüenza que ha gastado su fortuna con malas mujeres. Jesús pide mucho, pero también Dios se exige mucho a sí mismo.

Jesús y sus enemigos: ataque, reproche, silencio, disculpa y perdón

Los preceptos anteriores resultan a veces muy tajantes, sin matices. Si Jesús mismo no practicó alguno de ellos, ¿cómo debemos interpretar los otros? La respuesta se encuentra en el resto del evangelio. Leyéndolo se advierte que el tema de los enemigos es mucho más complejo de lo que aquí aparece. Jesús encuentra enemigos muy distintos a lo largo de su vida: los escribas y fariseos, enemigos continuos, que critican y condenan todo lo que hace; las autoridades religiosas y políticas de Jerusalén (sacerdotes y ancianos), que lo condenan a muerte y se burlan de él cuando está en la cruz; Judas, que lo traiciona; los soldados, que se burlan de él, lo golpean y crucifican; el mal ladrón, que lo zahiere.

La reacción de Jesús es muy distinta en cada caso. A los escribas y fariseos no los bendice; los ataca de forma durísima, sin desaprovechar ocasión alguna de condenarlos, insultarlos y dejarlos en ridículo. A las autoridades les reprocha en el huerto que vengan a apresarlo como si fuera un ladrón, luego guarda silencio. Con un reproche reacciona también ante Judas: “¿Con un beso entregas al hijo del hombre?”. Ante los soldados, por mucho que se burlen de él y lo hieran, no protesta ni maldice. Pero su actitud global la representan sus palabras en la cruz: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”, que abarcan a todos los grupos. No solo perdona, también disculpa. Al morir por todos nosotros, estaba cumpliendo su mandato de hacer el bien a los que nos odian.

La medida que uséis con los demás la usará Dios con vosotros (37-38)

El discurso cambia de tema. Deja de referirse a los enemigos para centrarse en la conducta con los otros miembros de la comunidad. La primera parte comenzó con cuatro órdenes (amad, haced bien, bendecid, rezad). Ahora encontramos dos prohibiciones (no juzguéis, no condenéis) y dos mandatos (perdonad, dad).

Lo novedoso es que de nuestra conducta depende la que adopte Dios con nosotros. Si juzgamos, nos juzgará; si condenamos, nos condenará; si perdonamos, nos perdonará; si damos, nos dará. Y aquí llega al colmo el tema de la “recompensa abundante” que ha salido ya dos veces en el discurso; ahora se dice que será “una medida generosa, apretada, remecida, rebosante”.

Estas cuatro normas parecen una receta excelente para corromper a Dios y forzarle a tratarnos bien y perdonarnos. Por desgracia, muchas veces preferimos arriesgar su condena por el breve placer de criticar o condenar a alguien.

El tema de no juzgar y no condenar se desarrolla a continuación, pero la liturgia ha reservado el resto del discurso para el domingo 8º.

La 1ª lectura (1 Samuel 26,2.7-9.12-13)

Ofrece un ejemplo concreto de perdón al enemigo, pero por debajo de lo que pide el evangelio. David, perseguido continuamente por Saúl, tiene la posibilidad de matarlo. A eso lo anima su compañero Abisai. David se niega a hacerlo “porque no se puede atentar impunemente contra el Ungido del Señor”. ¿Y si no se tratara del rey? Cuando estaba al servicio de los filisteos devastaba los pueblos vecinos “sin dejar vivo hombre ni mujer”. David no es el modelo ideal para el modo de tratar al enemigo. Pero podemos aplicarnos el mensaje de esta escena: si David perdonó a Saúl por ser el rey de Israel, yo debo perdonar a cualquiera por ser hijo de Dios.

Cuando los enemigos nos hacen un gran favor

En esta época en que se critica tanto a la Iglesia, conviene recordar que las críticas y persecuciones le hacen gran bien. Tertuliano escribía en el siglo III: “La sangre de los mártires es semilla de cristianos”.

En 1870, el estado italiano se apoderó de Roma y arrebató al Papa la mayor parte de los Estados Pontificios. Lo que muchos católicos de finales del siglo XIX vivieron como una terrible ofensa a la Iglesia, hoy lo vemos como una bendición de Dios. Algunos incluso piensan que Italia debería haberse quedado con todo. San Pedro no tenía nada.

Un propósito muy evangélico

No enviar por las redes sociales ninguna noticia, chiste o comentario que fomente el odio o el desprecio, que insulte o se burle de cualquier persona, de cualquier ideología.

José Luis Sicre

Lectio Divina – Domingo VII de Tiempo Ordinario

La medida que uséis la usaran con vosotros

INTRODUCCIÓN

A este trozo del evangelio de hoy se le ha denominado “evangelio de la extravagancia”. ¿Quién puede perdonar al enemigo? ¿Quién puede poner la otra mejilla? Jesús no tomó esto al pie de la letra. De hecho, cuando le pegan, él mismo dice: ¿Por qué me pegas? (Jn.18,23).  Jesús, con esta manera de hablar quiere desconcertar, provocar, para cambiar nuestra manera de pensar tan distinta de la suya. “Si te piden el manto, da también la túnica”. Y esto significa: “si te piden la ropa exterior, da también la interior”. ¡Y me quedo desnudo! Así, desnudo de prejuicios, de pensamientos humanos, de tradiciones pasadas, hay que abordar el evangelio. Déjate sorprender por la novedad de Dios.

LECTURAS DEL DÍA

1ª lectura: 1Sam. 26, 2-23               2ª lectura: 1Cor. 15, 45-49

EVANGELIO:

Lc. 6,27-38.

En cambio, a vosotros los que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian. Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, no le impidas que tome también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien solo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo. Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados y desagradecidos. Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados;dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros».

REFLEXIÓN

1.– Las heridas del corazón sólo pueden ser curadas con amor. Todos hemos sufrido “heridas morales” que nos han hecho sufrir: el odio, la calumnia, la envidia, la violencia, la humillación. Estas heridas han dejado huellas tan profundas que nosotros no podemos curar. No tenemos un amor tan grande que pueda olvidar. Pero Dios sí. El salmo 103 nos habla del amor perdonador de Dios y pone estas frases: “perdona todas tus culpas” y “cura todas tus enfermedades”.  Nuestras culpas, por numerosas que sean, son como gotas de agua que caen en el mar infinito de su amor misericordioso. Nuestras enfermedades, en este contexto, son las secuelas del pecado, las huellas que han marcado nuestra carne y han dejado unas profundas cicatrices. De todas esas enfermedades nos libra el Señor. Dirá muy bien San Agustín: «Para un médico tan poderoso no hay enfermedad que se le resista”. Ahora bien, si nosotros, no con nuestro pequeño amor, sino con el amor grande que Dios nos da, somos capaces de curar esas heridas humanamente incurables, somos conscientes del gran milagro que se ha obrado en nuestro corazón, y entonces saltamos de gozo, y lo celebramos con gran júbilo.

2.– El que ama sin esperar nada a cambio, está capacitado para entender el verdadero amor.  Ya los griegos solían hablar de dos tipos de amores: el “erótico” que es un amor interesado. Y el “ágape” que es amor desinteresado. Normalmente nosotros amamos con amor interesado: Amo porque me aman; amo porque así me amarán a mí; doy para poder recibir; o amo porque me caen bien las personas o por las cualidades que tienen. Los que nos movemos en este tipo de amores, nunca podremos disfrutar del verdadero amor. Jesús, en su evangelio, nos hace una propuesta:” cuando hagas una comida o una cena, invita a los que no pueden pagarte” (Lc. 14,13).  Así descubrirán el gozo de dar a fondo perdido, de servir a cambio de nada, Experimentarás que “hay mayor alegría en el dar que en el recibir” (Hechos 20,25).  “El auténtico amor no exige paga; le basta con existir para estar pagado”. El que tiene este amor tiene un verdadero tesoro. Y ese tesoro es Dios, “el mejor pagador”.   Decía Santa Teresita: «Amar es darse sin medida/ pues el amor salario no reclama/ Yo te doy, sin contar, toda mi vida/, pues no sabe de cuentas el que ama”.

3.– Sólo los limpios de corazón, pueden ver la grandeza y hermosura de Dios. El evangelio de hoy termina hablando de una medida “generosa, colmada, remecida, rebosante”.  Esa es la medida que debemos usar para dar la talla en la vida, para realizarnos plenamente como personas, para disfrutar de todo lo que Dios nos ha dado. En el evangelio se habla de “tinajas que rebosan” (Jn. 2,8); de perfume que se derrama (Lc. 7,38): de “doce cestos de panes sobrantes” (Jn.6,13); “de barcas que se hunden por la cantidad de peces” (Lc.5,6). Todo ese derroche, esa sin medida, no es sino un signo del derroche de amor que Dios ha tenido con nosotros. Los tacaños, los mediocres, los que le dan a Dios “lo justito”, nunca podrán conocer a Dios. En cambio, los limpios de corazón, los que no tienen apegos a las cosas materiales, los que le han dado a Dios no sólo el corazón sino “todo el corazón” esos son los que conocen a Dios. Dice San Francisco de Sales: “No es el amor como el oro, que el que más vale es el que más pesa, sino como la llama que, la más pura, es la que más dista de la materia”. Dejemos que la “llama de amor viva” purifique nuestro corazón.

PREGUNTAS

1.-Estoy convencido de que yo no puedo amar como me pide el evangelio. Pero ¿Estoy dispuesto a dejarme amar por Dios para poder cumplirlo?  ¿Qué medios voy a poner?

2.- ¿Tienesalguna experiencia de amar por el gozo de amar, por el gozo de hacer feliz a la persona que amo? En caso positivo, ¿Cómo te has sentido?

3.-¿Qué medida estoy usando para el amor?  pequeña, mezquina o ¿generosa, rebosante, colmada? La que use con los demás la usarán conmigo.

Este evangelio, en verso, suena así:

Hoy nos recuerdas, Señor,
amar a los enemigos,
hacer el bien, bendecir,
rezar por los vengativos.
Son mandatos “imposibles”
para el corazón herido,
pues nuestra sangre reclama
venganza, rencor, castigo.
Sólo, si llenos de fe,
contamos, Señor, contigo,
pondremos la otra mejilla,
prestaremos el vestido.
Tú nos hablaste de un Padre
bondadoso y compasivo.
Tú quieres que te imitemos
siguiendo tu mismo estilo.
Concédenos los regalos
de amar a fondo perdido,
prestar, sin esperar nada,
perdonar hasta el olvido.
Que, en el corazón sembremos
rosas de amor y cariño,
pues todos somos hermanos,
todos “hijos del Altísimo”.
Al comulgar hoy, Señor,
Con tu pan y con tu vino,
Como Tú, queremos dar
La vida por los amigos.

(Compuso estos versos José Javier Pérez Benedí)

Valores

1.- Sabréis muy bien, mis queridos jóvenes lectores, que se dice que no tenéis valores. Afirman otros, que lo que más apreciáis es la familia y uno, ante el panorama que observa, se pregunta ¿de qué familia se debe tratar? ¿cuál, si en tantas ocasiones se da la circunstancia de que los cónyuges se han separado? Otros dicen que el máximo aprecio lo ponéis en el dinero, el éxito social, el placer o a la droga… Seamos sinceros ¿vale la pena vivir sintiendo apego, a estas cosas? ¿Qué tiene que ver esto con las lecturas de la misa de este domingo? Se me ha ocurrido plantearos estas preguntas, a raíz de la primera lectura.

El rey David, que es figura central en la historia de Israel, tatarabuelo del Mesías, poeta, astuto militar y diestro político, que logró unificar a las tribus del norte y con las del sur en un solo reino, cosa inaudita, que preparó con esmero un imperio para su hijo Salomón, pero que su conducta dejó mucho que desear en otros campos, aunque no sea hoy el día apropiado de hablar de ello. Al rey David nos lo encontramos hoy, como protagonista de novela de aventuras y trataremos de sacarle jugo al breve relato, ocurrido en el desierto de Zif, no lejos de Hebrón.

2.- Conozco un poco aquellos parajes donde efectuaba sus correrías, el fugitivo David. El guerrillero, al servicio del mejor postor. Muchos se indignan cuando lo califico así, pero no se llamarlo de otra manera. Llevaba una vida a salto de mata, para no ser hecho prisionero por el rey Saúl, que podía ser lo indigno que uno quiera, pero que era, sin lugar a dudas, el escogido de Yahvé. Y David, que había recibido una educación donde se inculcaban valores de peso, en la que cada uno de estos tenía asignado un orden, sabía que, en la cúspide de ellos, estaba el respeto a Dios. Saúl, el rey, era el escogido, debía, pues, respetársele la vida. La descripción tiene su gracia, el guerrillero no puede ocultar su vanidad y despierta al rival y le demuestra como podía haberle matado, pero que ha respetado su vida, por ser el ungido del Señor. Nuestro protagonista pudo ser mujeriego, dejarse vencer por intrigas de palacio, sin duda fue buen militar, pero deficiente en el cumplimiento de algunos preceptos de la ley de Moisés. No obstante todo ello, aceptó y tuvo presente, una escala de valores. Él, como vosotros, mis queridos jóvenes lectores, como todos, yo mismo, no lo oculto, cometemos pecados, pero si no olvidamos el Norte hacia el que debemos dirigir nuestras vidas, encontraremos siempre salvación y no extraviaremos nuestras vidas.

Cabe, pues, preguntarse ahora: ¿tengo en mi mente a qué debo ser fiel en mi vida? ¿a qué ideales, a qué posesiones, a qué placeres, a qué títulos, dedicar mi existencia? Es conveniente ahora tomar un papel y empezar a anotar, poniendo una calificación al lado, qué cosas creemos merecen nuestro sacrificio o que creemos nos proporcionarán felicidad. Sopesar bien los conceptos, no fuera que habláramos o pensáramos en cosas que ya no tienen vigencia y uno debe olvidar. Estoy pensando en ideas políticas que ya no se sostienen, pues carecen de fundamento, y, para que nadie se sienta ofendido, diré que pretender valorizar el clan o la tribu, que en otras épocas fueron valores sociales, hoy sería total anacronismo. Ignoramos, o queremos ignorar, que se vociferan nombres de grupos, o territorios, que tampoco vale la pena sacrificarse por ellos, por carecer de fundamento profundamente humano, el tan en boga llamado valor antropológico. Pero Dios, no lo olvidéis, es siempre un valor en alza, aunque no se cotice en bolsa, ni el carné de creyente nos facilite descuentos comerciales, ni la Fe nos haga inmunes a dificultades y fracasos.

3.- El texto del evangelio del presente domingo es la exposición de la mayor parte de valores que deben conducir al cristiano en el progreso de su vida. Leedlos pausadamente. No sirven como pauta para partidos políticos, ni como consignas de campañas electorales, ni para hacerse famoso en televisión, ni para ganar dinero. Los negocios, la política, el éxito social, la fama, siguen otros derroteros. Hay que tener la audacia de fiarse del Señor, que no engaña, aunque a veces parece que se aleje de nuestro lado. Confiar en el que nunca traiciona, aunque a veces podamos sentirnos traicionados por algunos que dicen ser sus seguidores.

Empapaos, mis queridos jóvenes lectores, de las reflexiones que el Maestro nos ofrece hoy y tratad en vuestra vida de ponerlas en practica, os aseguro, yo que soy viejo, que una vida siguiendo esos rumbos, vale la pena de vivirla, y que el camino que se ha hecho en los andares de nuestra historia, atraviesa las barreras de la eternidad, nos conduce a la Felicidad de la que empezamos a gustar y gozar, ya ahora.

Pedrojosé Ynaraja

¡Y ahora esto!

1. – El domingo pasado San Lucas nos presentaba la versión más “radical” de las Bienaventuranzas. Dichosos los pobres, los que lloran, los que tienen hambre y a ellos Jesús les ofrecía el Reino de los Cielos. Hoy nos dice que amemos a los enemigos, que les pongamos la otra mejilla, y que les demos capa y túnica. ¡Es demasiado! Verdaderamente, ¿alguno de nosotros sería capaz de esa conducta pacífica? Pues, es difícil. Pero las palabras de Jesús no son teoría, ni representan un mensaje simbólico.

2. – La clave para intentar insertarse en todo ese camino tan difícil, la explica, respecto a las Bienaventuranzas, José Luis Martín Descalzo en su monumental biografía de Cristo. Dice Martín Descalzo, al plantear las diferencias entre Mateo y Lucas –pobres a secas o pobres de espíritu– en la primera bienaventuranza, que quien de verdad sea pobre de espíritu terminará siendo pobre en términos reales, porque la condición de pobre de espíritu impide luchar por las riquezas y no desearlas. Y a fuer de no buscarlas, no aparecerán. Asimismo, si se es pacifico en el espíritu se comenzará a serlo en el comportamiento cotidiano, evitando la agresividad, la ira, la venganza, el odio o la «defensa justificada». La solución a estas dificultades debe estar en impregnarse en el Espíritu de Jesús y dejar que reine en nosotros. Si no es así va a ser muy difícil entender –y vivir– su Palabra.

Ángel Gómez Escorial

Sin violencia

En un centro oficial, una persona montó un escándalo porque, según decía, no se le estaba atendiendo debidamente. Algunos de los presentes le daban la razón diciendo: “Es que, como no te pongas así, no te hacen caso”. Cada vez está siendo más habitual que se recurra a la violencia verbal y/o física para conseguir aquello a lo que creemos que tenemos derecho. Muchas personas tienen un sentimiento de desprotección ante determinadas situaciones personales, vecinales, laborales, sociales, políticas… porque las reclamaciones llevan mucho tiempo y esfuerzo, y se acaban estrellando contra un muro infranqueable ante el que no hay nada que hacer, y se toma la decisión de reclamar y obtener por la fuerza lo que no se consigue de un modo pacífico.

En la 1ª lectura hemos escuchado que a David, que estaba siendo perseguido por Saúl, se le presenta una ocasión propicia para matar a Saúl, y Abisay le dice: Dios pone hoy al enemigo en tu mano. Déjame que lo clave de un golpe con la lanza en tierra. Pero David rechaza aprovechar esta oportunidad y más tarde dice a Saúl: El Señor te ha entregado hoy en mi poder, pero yo no he querido extender mi mano contra el ungido del Señor. A pesar de que lleva la razón, David no quiere actuar en contra de lo que Dios espera de él porque, aunque haya actuado mal, Saúl fue ungido por Dios como rey de Israel.

La decisión de David de rechazar la violencia provoca que Saúl reconozca: He obrado mal. No volveré a hacerte mal, por haber respetado hoy mi vida, rompiendo el círculo de violencia en que estaban metidos.

En el Evangelio, Jesús nos ha dado varias indicaciones: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian. De entrada, podemos pensar que esto es poner el listón muy alto, sobre todo ante determinadas situaciones y agravios recibidos.

Pero, como dice el Papa Francisco en “Fratelli tutti”, esto “no quiere decir permitir que sigan pisoteando la propia dignidad y la de los demás, o dejar que un criminal continúe haciendo daño. Quien sufre la injusticia tiene que defender con fuerza sus derechos y los de su familia precisamente porque debe preservar la dignidad que se le ha dado, una dignidad que Dios ama. Si un delincuente me ha hecho daño a mí o a un ser querido, nadie me prohíbe que exija justicia y que me preocupe para que esa persona —o cualquier otra— no vuelva a dañarme ni haga el mismo daño a otros”. (241)

Lo que Jesús nos dice es que esa legítima exigencia de justicia no la hagamos “para alimentar una ira que enferma el alma, o por una necesidad enfermiza de destruir al otro que desata una carrera de venganza, para vengarnos, para hacerle al que fue violento lo mismo que él nos hizo, para planificar ocasiones de desquite”. (242) Quienes siguen las palabras de Jesús “renuncian a ser poseídos por esa misma fuerza destructiva que los ha perjudicado. Rompen el círculo vicioso, frenan el avance de las fuerzas de la destrucción. Deciden no seguir inoculando en la sociedad la energía de la venganza que tarde o temprano termina recayendo una vez más sobre ellos mismos”. (251)

El modo de actuar vivido y propuesto por Jesús marca el estilo y la diferencia de quienes quieran ser sus seguidores, sus discípulos y apóstoles. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Y si hacéis el bien sólo los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo.

¿En alguna ocasión he recurrido a la violencia verbal o física para reclamar algo a lo que pensé que tenía derecho? ¿Por qué lo hice? Si tengo oportunidad, ¿devuelvo el mal que me han hecho? ¿Mi modo de actuar tiene ese estilo y diferencia que pide Jesús, o me comporto como cualquier otro?

La vida cotidiana nos presenta múltiples situaciones en las que nos vemos desprotegidos: ante quienes se saltan las normas de circulación y convivencia sabiendo que no les va a pasar nada, ante la precariedad laboral, las condiciones abusivas de entidades financieras y empresas de suministros, la impunidad de administraciones que no cumplen sentencias judiciales, la indiferencia de políticos que no atienden las necesidades reales de los ciudadanos…

Para no responder con violencia sino al estilo de Jesús, Él hoy nos ha dejado también dos frases para que las tengamos presentes: Tratad a los demás como queréis que ellos os traten y con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros. Éste puede ser nuestro punto de apoyo para no ver tan alto el listón que Jesús ha puesto. Y aun así tendremos que aguantar y tragar, pero lo asumimos como parte de nuestro “cargar con la cruz”, como Jesús, porque es el único modo de romper la espiral de violencia en la que cada vez más nos vamos introduciendo a nivel personal, social y político.

Comentario al evangelio – Domingo VII de Tiempo Ordinario

VENCER A LOS ENEMIGOS


Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón y así infundes respeto (Salmo 120)

         Dicen que el culmen del mensaje evangélico está recogido en estas palabras: «amad a vuestros enemigos…para que seáis hijos de nuestro Padre celestial».

       La palabra «enemigo» es una palabra fuerte, y probablemente evitemos aplicarla, e incluso digamos: «Yo no tengo enemigos».  Un enemigo sería alguien que no nos quiere bien, que pretende hacernos daño, que nos lleva por sistema la contraria o desprecia nuestros puntos de vista, su presencia nos incomoda, compite con nosotros para dejarnos por debajo…

El Papa Francisco ha escrito:

«… me duele tanto comprobar cómo en algunas comunidades cristianas, y aun entre personas consagradas, consentimos diversas formas de odio, divisiones, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer las propias ideas a costa de cualquier cosa, y hasta persecuciones que parecen una implacable caza de brujas. ¿A quién vamos a evangelizar con esos comportamientos? (Evangelii Gaudium 100)

           Habrá quien tenga enemigos porque él mismo se los busca con su manera inadecuada de ser o estar (alguien antipático, borde, mentiroso, inmaduro, manipulador…).  Pero otras veces no hay una justificación: Si hasta el mismísimo Jesús tuvo enemigos declarados, porque sus valores, actitudes y opciones chocaban abiertamente con las de otros que se sentían amenazados o puestos en evidencia por él.

             Para comprender la radicalidad y el alcance de las palabras de Jesús, que pide a sus discípulos: «amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada… y seréis hijos del Altísimo» nos vendrá bien repasar brevemente algunos con quienes tenemos que ponerlas en práctica:

 §  El otro, es decir, el que tiene distinto carácter, criterios, ideas, intenciones… O sea, el diferente. El que no tiene mis gustos, mis ideas, no comparte mis puntos de vista. Aquel con quien me resulta tan difícil un entendimiento aceptable. No los podemos aguantar. Entre nosotros hay incompatibilidad de caracteres, de mentalidad, de temperamento. Ocurren fácilmente malentendidos, incomprensiones y sufrimiento. ¿Recordáis aquello que decía Sartre: «el infierno son los otros»?

 §   El adversario, el que por la razón que sea, compite conmigo, me suele llevar la contraria, intenta ponerse por encima de mí, salirse con la suya, quiere tener siempre la razón, imponerme su manera de ver las cosas. ¡Cuántas veces alguien de casa: pareja, hijos, padres, hermano!, o un compañero de trabajo…

 §  El pesado o inoportuno, que me hace perder el tiempo, que me repite las cosas mil veces como si no me hubiese enterado, el que tiene la habilidad de interrumpirme en el peor momento, que me cansa, me aburre, me agota.

 §  El chismoso que va haciendo comentarios a mis espaldas, o tiene que poner verde a alguien, el que me desprestigia, el que hace correr rumores y comentarios con fundamento o sin él, es indiscreto, no sabe guardar un secreto, ni disculparme…

 §  El hipócrita que tiene varias caras, y ocultas intenciones, que disimula cuando le conviene, que no te puedes fiar de él, que no sabes si va o si viene, o lo que realmente piensa… No está muy lejos del «mentiroso».

 §   El antipático, el que me cae mal, no me gusta su forma de ser o estar, con el que no tengo casi nada en común, me cuesta mucho aguantarle, y prefiero evitarlo…

 §   Y el arrogante, el aprovechado, el celoso, el que me la ha jugado, el manipulador…

¿Qué nos pide Jesús que hagamos con todos estos «personajes»?

Primero cuatro peticiones generales:

– Amad a vuestros enemigos

– Haced el bien a los que os odian, 

– Bendecid (hablad bien) a los que os maldicen, 

– Orad por los que os calumnian. 

Y luego algunos comportamientos concretos:

– Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; 

– Al que te quite la capa, no le impidas que se lleve la túnica. 

– A quien te pide, dale 

– Al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames 

           Es decir, que la vieja Ley del Talión («Ojo por ojo, diente por diente») no vale. Tampoco hacerles frente,  esto es, no corresponder con sus mismas actitudes. Si ellos «disparan» y yo también disparo… entonces me he puesto a su altura, y de algún modo se puede decir que me han ganado. Y luego, encima, me sentiré mal. Yo no quería disparar. Pero en el fondo se han llevado su merecido. Total, que la enemistad y la violencia permanecen.

                 No invita Jesús a la «pasividad», a dejarse pisotear, a que se aprovechen de ti. Se trata más bien, como dice la Escritura en otros lugares, de «vencer el mal a fuerza de bien». No echar más basura a la que ya hay. Incluso ser «excesivos» en nuestro modo de tratarles «bien». Amarles para desarmarles.

Ahora bien: «amarles» no significa:

* Quitarle importancia a lo que nos ha hecho daño. Si la tiene, hay que dársela

* Tampoco significa «aquí no ha pasado nada». Porque ha pasado. Puede que el otro se corrija y cambie de actitud…o quizá no. Puede que no fuera muy consciente del daño que me hacía, y procure disculparle, como hizo Jesús en la cruz con sus asesinos («perdónales porque no saben lo que hacen»). Es el triunfo del amor en mí, por encima del dolor, la rabia o el deseo de maldecir o vengarme.

Para que esto sea posible es necesario contar con la ayuda de Dios, con ese amor sin condiciones con que Él me ha tratado a mí, un amor que nunca me retira aunque yo me lo merezca. Quien es consciente de sus limitaciones y errores y  experimenta que Dios le trata bien a pesar de todo… deja de ser intransigente con los demás.

* No tengo por qué tener sentimientos positivos hacia él. Los sentimientos no se pueden forzar. Surgen o no surgen. No dependen de nuestra voluntad. Si alguien me cae mal… no puedo obligarme a mí mismo a que me caiga bien, por ejemplo. Pero puedo tratarle bien, correctamente, amablemente, educadamente. No es necesario que me lo lleve a comer a casa.

* Las heridas tardan en cerrarse. Aunque yo perdone… no deja de dolerme automáticamente. Necesito darme tiempo. Quizá nunca me deje de doler. Pero tampoco es nada conveniente seguir dándole vueltas a lo que pasó, haciendo que la herida se mantenga abierta o incluso se profundice y se pudra. Eso es como «darles poder» para que nos amarguen la vida, aunque haya pasado tiempo de aquello. Es un modo absurdo de traer el presente… lo que es mejor dejar en el ayer.

          Este es el reto de Jesús: Sed perfectos como lo es nuestro Padre celestial. Una perfección que consiste y está centrada en nuestro trato con los demás, y no en esa «autoperfección» en la que tanto esfuerzo gastaban los fariseos. Una perfección que sólo es posible en la medida en que experimentamos en nosotros el amor/misericordia de Dios.

Quique  Martínez de la Lama-Noriega, cmf 
Imagen Superior «Sr. García en El País», imagen inferior «Red de Oración del Papa»