Comentario – Domingo VII de Tiempo Ordinario

(Lc 6, 27-38)

Con mucha insistencia y con palabras muy convincentes, Jesús presenta un ideal cristiano que no puede ser comprendido con criterios meramente humanos. El amor a los enemigos sólo se entiende desde la fe y sólo se vive con el amor que el Señor nos regala. Ese amor a los enemigos, a los que nos hacen daño y nos odian, se expresa fundamentalmente en tres actitudes: tratarlos bien, desearles el bien y rezar por ellos. Por lo tanto la actitud más opuesta al evangelio sería la de desearles el mal, la sed de venganza. En el fondo, este ideal consiste en tratarlos a ellos como desearíamos ser tratados por ellos. San Pablo expresaba este pedido de Jesús diciendo: «No te dejes vencer por el mal, mejor vence el mal con el bien» (Rom 12, 21). Cuando las pasiones nos sugieren venganza, los criterios del Reino nos dicen que responder con la misma moneda es crear una espiral de violencia que termina dañándonos a todos. Pero además, Jesús nos hace ver que este amor a los enemigos es el signo de que estamos viviendo a otro nivel, es lo que verdaderamente distingue a los cristianos de los que se mueven por criterios meramente humanos. En el fondo, se trata de «dar gratis», de no tratar a alguien basándonos en lo que recibimos de él, sino de dar sin esperar. Aquí se supera la mera justicia, se va más allá, más lejos y más profundo, y se comienza verdaderamente a ser hijos del Padre celestial, que es bueno también con los ingratos. Finalmente, este texto nos resume la imitación de Dios en la misericordia, que se expresa cuando no juzgamos y cuando hacemos el bien. Esa misericordia es lo que hace que nuestras acciones agraden al Padre, de manera que él usará con nosotros la misma medida que usemos nosotros con los demás (para juzgarlos y para dar). Y esta misericordia es la que hace posible una vida en comunidad. Decía el Padre Lucio Gera: «¿Qué es la vida comunitaria sino un entramado de recíprocas ofrendas?».

Oración:

«Padre Dios, inmensamente misericordioso, que siempre das gratuitamente a buenos y malos, sin esperar nada, solamente que actuemos nosotros de la misma manera con los demás, toca mi corazón y llénalo de tu generosidad y de tu compasión». 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

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