Lectio Divina – Domingo VII de Tiempo Ordinario

La medida que uséis la usaran con vosotros

INTRODUCCIÓN

A este trozo del evangelio de hoy se le ha denominado “evangelio de la extravagancia”. ¿Quién puede perdonar al enemigo? ¿Quién puede poner la otra mejilla? Jesús no tomó esto al pie de la letra. De hecho, cuando le pegan, él mismo dice: ¿Por qué me pegas? (Jn.18,23).  Jesús, con esta manera de hablar quiere desconcertar, provocar, para cambiar nuestra manera de pensar tan distinta de la suya. “Si te piden el manto, da también la túnica”. Y esto significa: “si te piden la ropa exterior, da también la interior”. ¡Y me quedo desnudo! Así, desnudo de prejuicios, de pensamientos humanos, de tradiciones pasadas, hay que abordar el evangelio. Déjate sorprender por la novedad de Dios.

LECTURAS DEL DÍA

1ª lectura: 1Sam. 26, 2-23               2ª lectura: 1Cor. 15, 45-49

EVANGELIO:

Lc. 6,27-38.

En cambio, a vosotros los que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os calumnian. Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, no le impidas que tome también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien solo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo. Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados y desagradecidos. Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados;dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros».

REFLEXIÓN

1.– Las heridas del corazón sólo pueden ser curadas con amor. Todos hemos sufrido “heridas morales” que nos han hecho sufrir: el odio, la calumnia, la envidia, la violencia, la humillación. Estas heridas han dejado huellas tan profundas que nosotros no podemos curar. No tenemos un amor tan grande que pueda olvidar. Pero Dios sí. El salmo 103 nos habla del amor perdonador de Dios y pone estas frases: “perdona todas tus culpas” y “cura todas tus enfermedades”.  Nuestras culpas, por numerosas que sean, son como gotas de agua que caen en el mar infinito de su amor misericordioso. Nuestras enfermedades, en este contexto, son las secuelas del pecado, las huellas que han marcado nuestra carne y han dejado unas profundas cicatrices. De todas esas enfermedades nos libra el Señor. Dirá muy bien San Agustín: «Para un médico tan poderoso no hay enfermedad que se le resista”. Ahora bien, si nosotros, no con nuestro pequeño amor, sino con el amor grande que Dios nos da, somos capaces de curar esas heridas humanamente incurables, somos conscientes del gran milagro que se ha obrado en nuestro corazón, y entonces saltamos de gozo, y lo celebramos con gran júbilo.

2.– El que ama sin esperar nada a cambio, está capacitado para entender el verdadero amor.  Ya los griegos solían hablar de dos tipos de amores: el “erótico” que es un amor interesado. Y el “ágape” que es amor desinteresado. Normalmente nosotros amamos con amor interesado: Amo porque me aman; amo porque así me amarán a mí; doy para poder recibir; o amo porque me caen bien las personas o por las cualidades que tienen. Los que nos movemos en este tipo de amores, nunca podremos disfrutar del verdadero amor. Jesús, en su evangelio, nos hace una propuesta:” cuando hagas una comida o una cena, invita a los que no pueden pagarte” (Lc. 14,13).  Así descubrirán el gozo de dar a fondo perdido, de servir a cambio de nada, Experimentarás que “hay mayor alegría en el dar que en el recibir” (Hechos 20,25).  “El auténtico amor no exige paga; le basta con existir para estar pagado”. El que tiene este amor tiene un verdadero tesoro. Y ese tesoro es Dios, “el mejor pagador”.   Decía Santa Teresita: «Amar es darse sin medida/ pues el amor salario no reclama/ Yo te doy, sin contar, toda mi vida/, pues no sabe de cuentas el que ama”.

3.– Sólo los limpios de corazón, pueden ver la grandeza y hermosura de Dios. El evangelio de hoy termina hablando de una medida “generosa, colmada, remecida, rebosante”.  Esa es la medida que debemos usar para dar la talla en la vida, para realizarnos plenamente como personas, para disfrutar de todo lo que Dios nos ha dado. En el evangelio se habla de “tinajas que rebosan” (Jn. 2,8); de perfume que se derrama (Lc. 7,38): de “doce cestos de panes sobrantes” (Jn.6,13); “de barcas que se hunden por la cantidad de peces” (Lc.5,6). Todo ese derroche, esa sin medida, no es sino un signo del derroche de amor que Dios ha tenido con nosotros. Los tacaños, los mediocres, los que le dan a Dios “lo justito”, nunca podrán conocer a Dios. En cambio, los limpios de corazón, los que no tienen apegos a las cosas materiales, los que le han dado a Dios no sólo el corazón sino “todo el corazón” esos son los que conocen a Dios. Dice San Francisco de Sales: “No es el amor como el oro, que el que más vale es el que más pesa, sino como la llama que, la más pura, es la que más dista de la materia”. Dejemos que la “llama de amor viva” purifique nuestro corazón.

PREGUNTAS

1.-Estoy convencido de que yo no puedo amar como me pide el evangelio. Pero ¿Estoy dispuesto a dejarme amar por Dios para poder cumplirlo?  ¿Qué medios voy a poner?

2.- ¿Tienesalguna experiencia de amar por el gozo de amar, por el gozo de hacer feliz a la persona que amo? En caso positivo, ¿Cómo te has sentido?

3.-¿Qué medida estoy usando para el amor?  pequeña, mezquina o ¿generosa, rebosante, colmada? La que use con los demás la usarán conmigo.

Este evangelio, en verso, suena así:

Hoy nos recuerdas, Señor,
amar a los enemigos,
hacer el bien, bendecir,
rezar por los vengativos.
Son mandatos “imposibles”
para el corazón herido,
pues nuestra sangre reclama
venganza, rencor, castigo.
Sólo, si llenos de fe,
contamos, Señor, contigo,
pondremos la otra mejilla,
prestaremos el vestido.
Tú nos hablaste de un Padre
bondadoso y compasivo.
Tú quieres que te imitemos
siguiendo tu mismo estilo.
Concédenos los regalos
de amar a fondo perdido,
prestar, sin esperar nada,
perdonar hasta el olvido.
Que, en el corazón sembremos
rosas de amor y cariño,
pues todos somos hermanos,
todos “hijos del Altísimo”.
Al comulgar hoy, Señor,
Con tu pan y con tu vino,
Como Tú, queremos dar
La vida por los amigos.

(Compuso estos versos José Javier Pérez Benedí)

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