Valores

1.- Sabréis muy bien, mis queridos jóvenes lectores, que se dice que no tenéis valores. Afirman otros, que lo que más apreciáis es la familia y uno, ante el panorama que observa, se pregunta ¿de qué familia se debe tratar? ¿cuál, si en tantas ocasiones se da la circunstancia de que los cónyuges se han separado? Otros dicen que el máximo aprecio lo ponéis en el dinero, el éxito social, el placer o a la droga… Seamos sinceros ¿vale la pena vivir sintiendo apego, a estas cosas? ¿Qué tiene que ver esto con las lecturas de la misa de este domingo? Se me ha ocurrido plantearos estas preguntas, a raíz de la primera lectura.

El rey David, que es figura central en la historia de Israel, tatarabuelo del Mesías, poeta, astuto militar y diestro político, que logró unificar a las tribus del norte y con las del sur en un solo reino, cosa inaudita, que preparó con esmero un imperio para su hijo Salomón, pero que su conducta dejó mucho que desear en otros campos, aunque no sea hoy el día apropiado de hablar de ello. Al rey David nos lo encontramos hoy, como protagonista de novela de aventuras y trataremos de sacarle jugo al breve relato, ocurrido en el desierto de Zif, no lejos de Hebrón.

2.- Conozco un poco aquellos parajes donde efectuaba sus correrías, el fugitivo David. El guerrillero, al servicio del mejor postor. Muchos se indignan cuando lo califico así, pero no se llamarlo de otra manera. Llevaba una vida a salto de mata, para no ser hecho prisionero por el rey Saúl, que podía ser lo indigno que uno quiera, pero que era, sin lugar a dudas, el escogido de Yahvé. Y David, que había recibido una educación donde se inculcaban valores de peso, en la que cada uno de estos tenía asignado un orden, sabía que, en la cúspide de ellos, estaba el respeto a Dios. Saúl, el rey, era el escogido, debía, pues, respetársele la vida. La descripción tiene su gracia, el guerrillero no puede ocultar su vanidad y despierta al rival y le demuestra como podía haberle matado, pero que ha respetado su vida, por ser el ungido del Señor. Nuestro protagonista pudo ser mujeriego, dejarse vencer por intrigas de palacio, sin duda fue buen militar, pero deficiente en el cumplimiento de algunos preceptos de la ley de Moisés. No obstante todo ello, aceptó y tuvo presente, una escala de valores. Él, como vosotros, mis queridos jóvenes lectores, como todos, yo mismo, no lo oculto, cometemos pecados, pero si no olvidamos el Norte hacia el que debemos dirigir nuestras vidas, encontraremos siempre salvación y no extraviaremos nuestras vidas.

Cabe, pues, preguntarse ahora: ¿tengo en mi mente a qué debo ser fiel en mi vida? ¿a qué ideales, a qué posesiones, a qué placeres, a qué títulos, dedicar mi existencia? Es conveniente ahora tomar un papel y empezar a anotar, poniendo una calificación al lado, qué cosas creemos merecen nuestro sacrificio o que creemos nos proporcionarán felicidad. Sopesar bien los conceptos, no fuera que habláramos o pensáramos en cosas que ya no tienen vigencia y uno debe olvidar. Estoy pensando en ideas políticas que ya no se sostienen, pues carecen de fundamento, y, para que nadie se sienta ofendido, diré que pretender valorizar el clan o la tribu, que en otras épocas fueron valores sociales, hoy sería total anacronismo. Ignoramos, o queremos ignorar, que se vociferan nombres de grupos, o territorios, que tampoco vale la pena sacrificarse por ellos, por carecer de fundamento profundamente humano, el tan en boga llamado valor antropológico. Pero Dios, no lo olvidéis, es siempre un valor en alza, aunque no se cotice en bolsa, ni el carné de creyente nos facilite descuentos comerciales, ni la Fe nos haga inmunes a dificultades y fracasos.

3.- El texto del evangelio del presente domingo es la exposición de la mayor parte de valores que deben conducir al cristiano en el progreso de su vida. Leedlos pausadamente. No sirven como pauta para partidos políticos, ni como consignas de campañas electorales, ni para hacerse famoso en televisión, ni para ganar dinero. Los negocios, la política, el éxito social, la fama, siguen otros derroteros. Hay que tener la audacia de fiarse del Señor, que no engaña, aunque a veces parece que se aleje de nuestro lado. Confiar en el que nunca traiciona, aunque a veces podamos sentirnos traicionados por algunos que dicen ser sus seguidores.

Empapaos, mis queridos jóvenes lectores, de las reflexiones que el Maestro nos ofrece hoy y tratad en vuestra vida de ponerlas en practica, os aseguro, yo que soy viejo, que una vida siguiendo esos rumbos, vale la pena de vivirla, y que el camino que se ha hecho en los andares de nuestra historia, atraviesa las barreras de la eternidad, nos conduce a la Felicidad de la que empezamos a gustar y gozar, ya ahora.

Pedrojosé Ynaraja

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