Comentario – Jueves VII de Tiempo Ordinario

(Mc 9, 41-50)

Jesús nos invita a revisar nuestra escala de valores y a descubrir que el Reino tiene tanto valor que justifica renuncias y sacrificios. El que busca la vida mejor que Jesús propone no puede dar rienda suelta a todas sus inclinaciones, sobre todo cuando las propias acciones hacen daño a los demás (v. 42). El evangelio exige un nuevo estilo de vida marcado sobre todo por una sincera preocupación por el bien del otro, por un delicado temor que nos lleva a revisar nuestras acciones para evitar que hagan daño a los demás. Vale la pena leer 1 Cor 8,8-13 para descubrir una vez más que nuestra libertad está al servicio del amor al hermano y de su bien.

El mismo sentido aparece en el tema de la sal. La sal representa todo ese conjunto de características que distinguen a los cristianos y que deben contagiarse cada vez más al mundo (Mt 5, 13).

Pero la sal también era usada en las alianzas como señal de amistad. Por eso el texto dice «tengan sal y estén en paz con todos». Esto implica que esas características distintivas de los cristianos son ante todo las actitudes buenas para con el prójimo.

El amor al prójimo da sabor a la vida, hace que la existencia tenga un sentido luminoso y que valga la pena vivirla: «Con un poco de amor sobrevivo… Con un poco de amor yo me salvo. Sólo un poco de amor, y soy algo» (Silvio Rodríguez).

Oración:

«Señor, no quiero que mi vida pierda su sabor; quiero una vida que valga la pena, un corazón abierto al hermano, cuidadoso para no dañar a nadie, deseoso de hacer el bien, amante de la paz y la unidad, generoso y paciente».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

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