Vísperas – Viernes VII de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

VIERNES VII de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¿Quién es este que viene,
recién atardecido,
cubierto con su sangre
como varón que pisa los racimos?

Éste es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.

¿Quién es este que vuelve,
glorioso y malherido,
y, a precio de su muerte,
compra la paz y libra a los cautivos?

Éste es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.

Se durmió con los muertos,
y reina entre los vivos;
no le venció la fosa,
porque el Señor sostuvo a su Elegido.

Éste es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.

Anunciad a los pueblos
qué habéis visto y oído;
aclamad al que viene
como la paz, bajo un clamor de olivos. Amén.

SALMO 134: HIMNO A DIOS, REALIZADOR DE MARAVILLAS

Ant. El Señor es grande, nuestro dueño más que todos los dioses.

Alabad el nombre del Señor,
alabadlo, siervos del Señor,
que estáis en la casa del Señor,
en los atrios de la casa de nuestro Dios.

Alabad al Señor porque es bueno,
tañed para su nombre, que es amable.
Porque él se escogió a Jacob,
a Israel en posesión suya.

Yo sé que el Señor es grande,
nuestro dueño más que todos los dioses.
El Señor todo lo que quiere lo hace:
en el cielo y en la tierra,
en los mares y en los océanos.

Hace subir las nubes desde el horizonte,
con los relámpagos desata la lluvia,
suelta a los vientos de sus silos.

Él hirió a los primogénitos de Egipto,
desde los hombres hasta los animales.
Envió signos y prodigios
—en medio de ti, Egipto—
contra el Faraón y sus ministros.

Hirió de muerte a pueblos numerosos,
mató a reyes poderosos:
a Sijón, rey de los amorreos,
a Hog, rey de Basán,
y a todos los reyes de Canaán.
Y dio su tierra en heredad,
en heredad a Israel, su pueblo.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor es grande, nuestro dueño más que todos los dioses.

SALMO 134

Ant. Casa de Israel, bendecid al Señor; tañed para su nombre, que es amable.

Señor, tu nombre es eterno;
Señor, tu recuerdo de edad en edad.
Porque el Señor gobierna a su pueblo
y se compadece de sus siervos.

Los ídolos de los gentiles son oro y plata,
hechura de manos humanas;
tienen boca y no hablan,
tienen ojos y no ven,

tienen orejas y no oyen,
no hay aliento en sus bocas.
Sean lo mismo los que los hacen,
cuantos confían en ellos.

Casa de Israel, bendice al Señor;
casa de Aarón, bendice al Señor;
casa de Leví, bendice al Señor.
fieles del Señor, bendecid al Señor.

Bendito en Sión el Señor,
que habita en Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Casa de Israel, bendecid al Señor; tañed para su nombre, que es amable.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE ADORACIÓN

Ant. Vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, Señor.

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, Señor.

LECTURA: St 1, 2-4

Hermanos míos: Teneos por muy dichosos cuando os veáis asediados por toda clase de pruebas. Sabed que, al ponerse a prueba vuestra fe, os dará constancia. Y si la constancia llega hasta el final, seréis perfectos e íntegros sin falta alguna.

RESPONSORIO BREVE

R/ Cristo nos amó y nos ha librado por su sangre.
V/ Cristo nos amó y nos ha librado por su sangre.

R/ Nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios.
V/ Por su sangre

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cristo nos amó y nos ha librado por su sangre.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Señor nos auxilia a nosotros, sus siervos, acordándose de su misericordia.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor nos auxilia a nosotros, sus siervos, acordándose de su misericordia.

PRECES

Invoquemos al Señor Jesús, a quien el Padre entregó por nuestros pecados y lo resucitó para nuestra justificación, diciendo:

Señor, ten piedad de tu pueblo.

Escucha, Señor, nuestras súplicas, perdona los pecados de los que se confiesan culpables,
— y, en tu bondad, otórganos el perdón y la paz.

Tú que por el Apóstol nos has enseñado que, si creció el pecado, más desbordante fue la gracia,
— perdona con largueza nuestros muchos pecados.

Hemos pecado mucho, Señor, pero confiamos en tu misericordia infinita;
— vuélvete a nosotros, para que podamos convertirnos a ti.

Salva a tu pueblo de los pecados, Señor,
— y sé benévolo con nosotros.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que abriste las puertas del paraíso al ladrón arrepentido, que te reconoció como salvador,
— ábrelas también para nuestros difuntos.

Reconociendo que nuestra fuerza para no caer en la tentación se halla en Dios, digamos confiadamente:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, Padre santo, que quisiste que Cristo, tu Hijo, fuese el precio de nuestro rescate, haz que vivamos de tal manera que, tomando parte en sus padecimientos, nos gocemos también en la revelación de su gloria. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Viernes VII de Tiempo Ordinario

“Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre”

1.-Oración preparatoria.       

Señor, yo quiero entender bien lo que Tú piensas de la vida, de nuestros problemas, de nuestros intereses. En el caso de hoy, lo que piensas sobre el amor de los esposos. Dame la fuerza del Espíritu para penetrar en tus sabias palabras ya que éstas y no las palabras humanas van a ser las que orienten nuestra vida.

2.- Lectura sosegada del evangelio según san Marcos 10,1-12

En aquel tiempo Jesús se marchó a la región de Judea, y al otro lado del Jordán, y de nuevo vino la gente donde él y, como acostumbraba, les enseñaba. Se acercaron unos fariseos que, para ponerle a prueba, preguntaban: «¿Puede el marido repudiar a la mujer?» Él les respondió: ¿Qué os prescribió Moisés?» Ellos le dijeron: «Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla» Jesús les dijo: «Teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón escribió para vosotros este precepto. Pero desde el comienzo de la creación, Él los hizo varón y hembra. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre» Y ya en casa, los discípulos le volvían a preguntar sobre esto. Él les dijo: «Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro.

3.-Qué dice el texto bíblico.

Meditación-reflexión

Los dos serán una sola carne. El plan de Dios sobre el matrimonio está claro: que fueran felices, plenamente felices. Dios, antes de entregar a Eva por esposa, somete a Adán a “una experiencia de soledad”. En medio de un jardín maravilloso, se encontraba solo. La belleza de la creación con sus ríos, árboles, flores, pájaros…, no le arrancaba de su soledad. Y esta situación le dio pena a Dios. “No es bueno que el hombre esté solo”. Y, después de un profundo sueño, para que jamás el hombre se creyera que la mujer era obra suya y no regalo de Dios, le entregó a Eva, salida del mismo corazón de Adán. Y, al verla, vino la admiración, la sorpresa, el entusiasmo. ¡Esto sí que es carne de mi carne! En la unión de ambos está la felicidad y en la ruptura, la desgracia. Este era el plan de Dios. ¿Y cuándo ese plan no se cumple por el egoísmo de las personas? Moisés había permitido el divorcio como “mal menor”. Ahora bien, lo que no podía tolerar Jesús era la hipocresía. Mientras el hombre podía separarse de la mujer, “porque había encontrado en ella algo vergonzoso” la mujer nunca podía separarse del hombre. San Marcos interpreta muy bien el pensamiento de Jesús cuando, hablando a gente no judía, dice:” y si ella repudia a su marido”.  Admite que ella tiene el mismo derecho otorgado por Moisés. Naturalmente que el ideal siempre será “volver al amor primero” donde el amor se vive con ilusión, y con una inmensa alegría. Si, a pesar de todo, los corazones se endurecen a causa del egoísmo, habrá que tratarlos con el bálsamo de la misericordia.

Palabra del Papa

“Esta Exhortación de la “Alegría del amor” adquiere un sentido especial en el contexto de este Año Jubilar de la Misericordia. En primer lugar, porque la entiendo como una propuesta para las familias cristianas, que las estimule a valorar los dones del matrimonio y de la familia, y a sostener un amor fuerte y lleno de valores como la generosidad, el compromiso, la fidelidad o la paciencia. En segundo lugar, porque procura alentar a todos para que sean signos de misericordia y cercanía allí donde la vida familiar no se realiza perfectamente o no se desarrolla con paz y gozo”. (S.S. Francisco, La alegría de amor, exhortación apostólica post sinodal, n. 5).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto. (Guardo silencio)

5.- Propósito. Rezaré para que se cumplan los sueños de Dios sobre el matrimonio.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, yo quiero darte gracias por lo maravilloso que eres, por los sueños tan bonitos que has tenido sobre cada uno de nosotros. Nos has hecho libres para elegir vivir la vocación cristiana en una vida de pareja o vivir la vocación a la vida célibe. Pero en ambos casos siempre has pensado en una vida con amor. Ni quieres matrimonios sin amor, ni quieres curas o monjas sin amor, sin ilusión. Tú eres Amor. Si nos salimos de ti estamos perdidos.

Comentario – Viernes VII de Tiempo Ordinario

Los acercamientos de los fariseos a Jesús solían esconder casi siempre intenciones aviesas. En esta ocasión, como tantas otras veces, se acercan con una pregunta, pero no con intención de aprender, sino de ponerlo a prueba para tener después de qué acusarlo. Las pruebas a que quieren someterle son siempre la antesala de la acusación. Lo único que pretenden es desacreditarlo a los ojos del pueblo, que le admira, y encontrar un motivo de condena. La pregunta es: ¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?

Los fariseos ya tenían respuesta para esta pregunta. A un hombre le era lícito divorciarse de su mujer siempre que hubiera causa justa o razón suficiente. Para unos esta causa podía ser el suceso más intrascendente en la vida del matrimonio: cualquier fallo o falta por leve que fuera; para otros, sólo un adulterio podía ser motivo de divorcio. Vivían, por tanto, bajo una legislación divorcista o que permitía el divorcio. Para ello podían ampararse en la ley de Moisés que permitía esta ruptura matrimonial dando acta de repudio a la mujer. A esta tradición se remiten cuando Jesús les pregunta: ¿Qué os ha mandado Moisés?

Jesús reconoce la existencia de esta legislación y la justifica en gran medida invocando una razón: Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Luego se trata de una permisión legal debida a la terquedad de los hombres de aquel tiempo, quizá para evitar males mayores. Pero al principio no fue así. Jesús se remite en este caso a una tradición anterior a la mosaica, una tradición que, a su entender, habría que recuperar. Al principio Dios los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.

Son textos del Génesis. Y Jesús invoca esta Escritura como exponente de la tradición más primigenia. Dios los creó hombre y mujer y, por tanto, distintos. Siendo los mismos huesos y la misma carne, sin embargo son sexualmente distintos, pero también complementarios. Aquí la diferencia distingue, pero no separa. Aquí la diferencia, por ser complementaria, une. Fueron creados hombre y mujer con miras a formar una unión de dos abierta a la vida, dos en una sola carne.

Por eso, porque están naturalmente encaminados a esta unión, el hombre abandonará a su padre y a su madre para unirse a su mujer y formar con ella una sola carne. Se abandona en cierto modo a la familia de procedencia para formar una nueva familia o una unión que sea el origen de una nueva familia. Porque la unidad de la carne tiene un inmediato fin procreador.

Aquí está el origen de la familia. Luego en la creación bisexuada del hombre y la mujer ya hay un designio divino de unión. Y como la unión sólo puede darse entre un hombre y una mujer concretos, hay que pensar que cuando se produce esa unión efectiva, Dios la quiere. Es decir, que Dios quiere la unión de ese hombre y esa mujer concretos en los que ha surgido el amor y la mutua atracción. Pues bien, lo que Dios quiere unido porque lo ha unido, que no lo separe el hombre. Separar lo que Dios quiere que sea una sola carne es romper una unión querida por Dios.

Pero ¿semejante voluntad cierra el camino a cualquier permisión como la de Moisés? Cuando esa unión se ve resquebrajada y se presenta como irrecuperable, ¿no habrá que aceptar con resignación este estado de hecho y, por tanto, la separación? ¿Se les puede negar a los separados la posibilidad de restablecer la unión con otra persona? Esas son las preguntas que nos seguimos haciendo hoy. Porque si permitimos a los separados restablecer la unión con otra persona, estamos dando por finalizada o invalidada la unión anterior. ¿No la ha destruido ya de hecho la separación?

Quizá estas y otras preguntas son las que llevan a los discípulos de Jesús a volver sobre el tema. Y su respuesta ahora es más comprometida y diáfana: Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Luego la mujer de la que uno se divorcia (o separa) para casarse con otra sigue siendo su mujer, hasta el punto de serla infiel, cometiendo adulterio, si se casa con otra. Esta respuesta de Jesús no deja escapatoria. Atrás parece haber quedado el precepto de Moisés y su justificación. Ya ha dejado de comparecer la terquedad como motivo justificante del divorcio.

En los nuevos tiempos la terquedad humana ya no parece ser razón suficiente para permitir el divorcio. Jesús, al remitirse a los orígenes, recupera en toda su radicalidad la pureza de esta unión constituida por el hombre y la mujer hasta poder hablar de una sola carne siendo dos: matrimonio monógamo e indisoluble.

Hoy día, ante la avalancha de experiencias de fracaso, nos cuesta mucho admitir esta indisolubilidad, tanto que nos parece una intransigencia más de la Iglesia que se aferra al dictado de Cristo de manera poco flexible. Pero la Iglesia no es tan inflexible como pudiera parecer. También admite separaciones, aunque no admita divorcios; también concede anulaciones; también se apiada de esas personas que se encuentran en situación irregular. Lo que no puede hacer es invalidar una norma que surge de la entraña del mismo evangelio con su carga incuestionable de radicalidad.

El cristiano está constantemente invitado a vivir la radicalidad evangélica. Pero su fracaso en el intento o su pecado, incluido el de adulterio, no queda al margen de la misericordia del que perdonó a la mujer sorprendida en adulterio o del que pidió el perdón para los que le crucificaban. No, las exigencias evangélicas no son nunca obstáculo para el uso balsámico de la misericordia. Al contrario, es sobre los pecadores sobre los que se derrama más copiosamente.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Comentario – Viernes VII de Tiempo Ordinario

Mc 10, 1-10

Marcos ha agrupado, entre el segundo y el tercer anuncio de la Pasión una serie de enseñanzas de Jesús sobre los problemas candentes de la vida cristiana:

— Dios actúa mucho más allá del grupo estructurado de los discípulos…

— Guardad entre vosotros «la sal» de una verdadera vida fraternal, responsables los unos de los otros: servicios recíprocos -el vaso de agua-… atención a los demás…

— La ley fundamental del matrimonio: la indisolubilidad del mismo…

— La importancia de los niños, de los pequeños, capaces de entrar en relación con Dios.

— La actitud «desprendida» respecto al dinero…

— La verdadera jerarquía de valores: Dios y el Reino, en primer lugar…

Unos fariseos abordan a Jesús y, para ponerlo a prueba, le preguntan. «¿Es lícito al marido repudiar a la mujer?»

Pregunta insidiosa y sorprendente de su parte, puesto que este «permiso estaba previsto por la ley de Moisés (Dt 24, 1).

Ellos le responden: «Moisés manda escribir el libelo de repudio y despedirla».

En este contexto de la sociedad judía de su tiempo, en el que el divorcio era legal… la respuesta de Jesús tomará un relieve tanto más sorprendente.

Por la dureza de vuestro corazón, os dio Moisés esta ley.

Jesús establece aquí una distinción extremadamente importante: la Ley del Deuteronomio no es un «mandamiento»… sino un «permiso» concedido por Moisés de mala gana porque no hay manera de hacerlo de otro modo, «por la dureza de vuestro corazón». Pero no es para Jesús una abolición de la ley fundamental del matrimonio, la cual subsiste.

Pero al principio del mundo, cuando Dios creó la humanidad, los hizo varón y hembra.

La ley fundamental del matrimonio hay que buscarla a ese nivel: la complementariedad de los sexos, es una «creación», una «voluntad» de Dios, inscrita en la naturaleza profunda del hombre y de la mujer, desde el origen.

Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre y serán los dos una sola carne. De manera que no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios unió, no lo separe el hombre.

Esta fórmula sacada del Génesis (1, 27 y 2, 24) sugiere:

1) La vehemencia del instinto que empuja un sexo hacia el otro. «Unirse» al otro. «No ser sino uno» con el otro. «Dejar a su padre y a su madre», romper con todo el pasado para fundar una nueva familia. Estas fórmulas, muy fuertes, indican ya, según parece, que la indisolubilidad es el voto, el deseo más profundo del amor.

2) Sin embargo Jesús va todavía más lejos: la sola voluntad de los esposos no basta para explicar el voto de fidelidad y de indisolubilidad que se inscribe en el núcleo mismo del amor. Dios está también implicado. No son «dos» solamente las voluntades comprometidas, sino «tres»: los esposos no están comprometidos solamente el uno con el otro por una especie de contrato entre dos que podría romperse por común acuerdo… hay también una «voluntad de Dios», un compromiso ante El. Ningún hombre, ni el mismo Moisés, dice Jesús, puede romper esta unidad básica de los dos cónyuges. Dios interviene, con todo su absoluto, para solidificar el amor.

Vueltos a casa, de nuevo le preguntaron sobre esto los discípulos. El les dijo: «El que repudia a su mujer… Si la mujer repudia al marido…

Esta precisión dada a los discípulos es capital: la reciprocidad es total para Jesús. El hombre y la mujer tienen los mismos derechos y las mismas obligaciones. El amor conyugal es un terreno privilegiado donde se juega la venida del Reino de Dios.

Noel Quesson
Evangelios 1

Comentario – Viernes VII de Tiempo Ordinario

(Mc 10, 1-12)

Jesús afirma que la práctica del divorcio no era una ley de Moisés (mandó), sino una permisión (permitió), como una tolerancia frente a una costumbre y una debilidad. Pero para Jesús eso no corresponde al plan original de Dios, que une a los esposos como una sola carne para que nunca se separen.

Por eso Jesús reafirma el rechazo al adulterio, pero con una característica destacable: el varón no tiene derecho a repudiar a la mujer, y si lo hace no tiene derecho a una nueva unión.

El texto antiguo (Deut 24, 1-3) daba amplios poderes al varón para liberarse de la mujer si luego de casado descubría en ella algo que no le agradaba, y así dejaba a la mujer a merced de los caprichos del varón.

Jesús elimina esa superioridad despótica y arbitraria del varón y coloca las cosas en su lugar. Las exigencias son las mismas para los dos.

Hoy en día, al mismo tiempo que se desarrollan tendencias feministas que quitan a la mujer las preciosas características que la distinguen para hacerla parecida al varón, también siguen en pie muchas formas de machismo, donde el varón pretende tener un dominio despótico sobre la mujer y se siente con el derecho de hacer cosas que de ninguna manera permitiría a su mujer. Especialmente a nivel sexual, el varón suele relativizar la importancia de sus infidelidades, mientras es absolutamente intolerante y celoso con la mujer en este ámbito.

Muchos siglos atrás Jesús declaraba inválidas estas pretensiones injustas, pero todavía hoy, como en tantas otras cosas, el estilo de vida que Jesús propone está lejos de muchas costumbres sociales.

Oración:

«Señor, da la gracia de la fidelidad a los que se han unido en matrimonio; concédeles que se sientan realmente una sola carne, que vivan el gozo de pertenecerse el uno al otro a pesar de todo y sepan superar las dificultades que amenazan al amor».

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

La misa del domingo

A veces no vemos con claridad lo más grande, lo más evidente, lo que está en nuestras narices que son nuestros propios errores. En cambio lo chiquito, lo que está más lejos, los errores de los demás eso sí lo vemos con toda claridad.

«Hipócritas» nos dice Jesús el día de hoy. Porque te das cuenta de la pajita que hay en el ojo ajeno y no te das cuenta del tronco que tienes en el tuyo.

Cuando tengas un problema con una persona, antes de sacarle una lista de reclamos, pregúntate qué es lo que tú has hecho mal. Empieza reconociendo lo que tú has hecho mal y cambiar tú mismo.

Si empiezas por tus propios errores, vas a ser más capaz de ayudar al otro a cambiar. En primer lugar porque vas a darle el buen ejemplo. En segundo logar porque lo vas a poder corregir con la humildad de quien también sabe que se ha equivocado y no con la soberbia de quien cree tener toda la razón.

No se puede corregir a una persona sin amor ni caridad. Como no se puede hacer una intervención quirúrgica sin anestesia porque el paciente se moriría de dolor. El amor es como esa anestesia que le permite al otro poder aceptar la corrección.

Si sientes placer o gusto por corregir los errores del otro, eso no viene de Dios. Probablemente estás buscando desahogar tu ira o buscas venganza. Cuidemos siempre nuestras palabras.

Cuando la Palabra se hace cuerpo

Vivir
es dejar que la Palabra se haga cuerpo
en nuestro cuerpo humano,
cuerpo de carne y sangre
con espíritu bíblico
y aliento solidario.

Y para ello
se necesita paciencia y tiempo,
cántaros de esperanza compartida
y dejar que la semilla crezca sola
en nuestras entrañas humanas
aunque no sepamos cómo.

Vivir
es gestar en paz y con cuidado al esperado,
que siempre es nuestro hermano,
que viene ilusionado a su casa,
sin ánimo de destronarnos
y sí de enriquecernos y alegrarnos.

Pero para ello
hay que estar embarazados
o dejar al Espíritu que repose,
como él quiera, en nuestro regazo;
y ponerse de parto
para que la Palabra acampe entre nosotros.

Vivir es…
¡Ya estoy, Señor, dándote cuerpo!

Florentino Ulibarri

Comentario al evangelio – Viernes VII de Tiempo Ordinario

La cuestión del divorcio sigue siendo muy actual. Aunque, a lo peor, no tanto, porque la gente se casa menos. Pero es uno de los temas por los que más “discuto” con los amigos, cuando estoy de vacaciones. Yo siempre les digo que la opinión de la Iglesia es para los creyentes, que si ellos no se consideran así, no tienen por qué enfadarse con lo que dice el Magisterio. Pero eso es otra cuestión.

Continuamos acompañando a Jesús, en su camino evangelizador, enseñando por todas partes. En esta ocasión, sus enemigos intentan otra vez liarlo con cuestiones legales. La ley está muy bien, nos hace falta, para vivir en sociedad. Sin leyes, viviríamos mucho peor. Primaría la ley del más fuerte. En muchas sociedades antiguas, las primeras leyes eran, además aglutinantes de la comunidad. Gracias a las normas, la gente puede saber a qué atenerse.

Pero, como ya sabemos, a Jesús no le interesa tanto la ley, como el sentido de la misma. Hay que ir siempre a la raíz de las cosas, para poder entenderlas mejor. Lo que está claro para Cristo es que lo que Dios ha unido, es mejor que no lo separe el hombre. En el fondo de la unión matrimonial está el amor entre un hombre y una mujer, que prometen vivir juntos, en fidelidad, y recibir de Dios los hijos que Él quiera darles.

El acta de repudio fue una (pequeña) garantía para la mujer, una forma de defensa frente al abandono. Nada que ver con lo que hoy entendemos, pero algo es algo. Sin embargo, en la concepción cristiana del matrimonio, la clave es la fidelidad, una fidelidad que se sostiene en el amor. No puede la ley garantizar el amor. Deben hacerlo los propios cónyuges.

“El Señor es compasivo y misericordioso”. Puede ser un buen lema para los esposos, en los casos en que la luna de miel quede ya lejos, y los roces del día a día hayan ido desgastando el amor primero. El Papa Francisco siempre aconseja en las bodas que los cónyuges no se duerman nunca enfadados, que hablen y comenten los problemas de cada día. Ponerse en el lugar del otro, intentar escuchar (no con la respuesta preparada antes de que el otro termine), saber perdonar, aprender a olvidar lo secundario y centrarse en lo fundamental. En lo más importante, en el amor de dos personas que quieren compartir sus vidas para siempre.

“El Señor es compasivo y misericordioso”. Que no se nos olvide nunca. Nunca. Y que no nos falte nunca la paciencia, que es virtud bien buena y que, parece, alarga la vida. Paciencia es la primera palabra que aprendí en Rusia, cuando todavía había colas por todas partes, en el año 1997. La paciencia todo lo alcanza, decía santa Teresa. Me voy convenciendo de que es así.

Alejandro Carbajo, cmf