I Vísperas – Domingo VIII de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO VIII de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

No sé de dónde brota la tristeza que tengo.
Mi dolor se arrodilla, como el tronco de un sauce,
sobre el agua del tiempo, por donde voy y vengo,
casi fuera de madre, derramado en el cauce.

Lo mejor de mi vida es dolor. Tú sabes
cómo soy; tú levantas esta carne que es mía;
tú, esta luz que sonrosa las alas de las aves;
tú, esta noble tristeza que llaman alegría.

Tú me diste la gracia para vivir contigo;
tú me diste las nubes como el amor humano;
y, al principio del tiempo, tú me ofreciste el trigo,
con la primera alondra que nació de tu mano.

Como el último rezo de un niño que se duerme
y, con la voz nublada de sueño y de pureza,
se vuelve hacia el silencio, yo quisiera volverme
hacia ti, y en tus manos desmayar mi cabeza.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu,
por los siglos de los siglos. Amén.

SALMO 121: LA CIUDAD SANTA DE JERUSALÉN

Ant. Desead la paz a Jerusalén.

¡Qué alegría cuando me dijeron:
«Vamos a la casa del Señor»!
Ya están pisando nuestros pies
tus umbrales, Jerusalén.

Jerusalén está fundad
como ciudad bien compacta.
Allá suben las tribus,
las tribus del Señor,

según la costumbre de Israel,
a celebrar el nombre del Señor;
en ella están los tribunales de justicia,
en el palacio de David.

Desead la paz a Jerusalén:
«Vivan seguros los que te aman,
haya paz dentro de tus muros,
seguridad en tus palacios.»

Por mis hermanos y compañeros,
voy a decir: «La paz contigo.»
Por la casa del Señor, nuestro Dios,
te deseo todo bien.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Desead la paz a Jerusalén.

SALMO 129: DESDE LO HONDO A TI GRITO, SEÑOR

Ant. Desde la aurora hasta la noche, mi alma aguarda al Señor.

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica.

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela a la aurora.

Aguarde Israel al Señor,
como el centinela a la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Desde la aurora hasta la noche, mi alma aguarda al Señor.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Aleluya.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo y en la tierra. Aleluya.

LECTURA: 2P 1, 19-21

Esto nos confirma la palabra de los profetas, y hacéis muy bien en prestarle atención, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día, y el lucero nazca en vuestros corazones. Ante todo, tened presente que ninguna predicción de la Escritura está a merced de interpretaciones personales; porque ninguna predicción antigua aconteció por designio humano; hombres como eran, hablaron de parte de Dios, movidos por el Espíritu Santo.

RESPONSORIO BREVE

R/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.
V/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

R/ Su gloria sobre los cielos.
V/ Alabado sea el nombre del Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Un discípulo no es más que su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Un discípulo no es más que su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro.

PRECES
Invoquemos a Cristo, alegría de cuantos se refugian en él, y digámosle:

Míranos y escúchanos, Señor.

Testigo fiel y primogénito de entre los muertos, que nos has librado de nuestros pecados por tu sangre,
— no permitas que olvidemos nunca tus beneficios.

Haz que aquellos a quienes elegiste como mensajeros de tu Evangelio
— sean siempre fieles y celosos administradores de los misterios del reino.

Rey de la paz, concede abundantemente tu Espíritu a los que gobiernan las naciones,
— para que atiendan con interés a los pobres y postergados.

Sé ayuda para cuantos son víctimas de cualquier segregación por causas de raza, color, condición social, lengua o religión,
— y haz que todos reconozcan su dignidad y respeten sus derechos.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

A los que han muerto en tu amor, dales también parte en tu felicidad,
— con María y con todos tus santos.

Porque Jesús ha resucitado, todos somos hijos de Dios; por eso nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Oh Dios, creador y dueño de todas las cosas, míranos y, para que sintamos el efecto de tu amor, concédenos servirte de todo corazón. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado VII de Tiempo Ordinario

“Y abrazando a los niños, los bendecía”

1.- Oración Introductoria.

Hoy, Señor, quiero hacer mi oración con el encanto, la sencillez y la espontaneidad de los niños. Sólo si tengo corazón de niño me atreveré a hablarte como a mi Abbá, mi papá. Es la palabra que usaba Jesús cuando hablaba contigo. No vengo a ti a pedirte nada. Me conformo con que Tú siempre seas mi “papá”. Contigo lo tengo todo.

2.- Lectura reposada del Evangelio Marcos 10, 13-16

Le presentaban unos niños para que los tocara; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús, al ver esto, se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él». Y abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos.

3.- Qué dice este texto bíblico.

Meditación- reflexión

Jesús pone a un niño como modelo. ¿Por qué? ¿Qué cualidades tiene un niño? Veamos:

  1. El niño, mientras es niño, vive feliz en dependencia del Padre. Su papá es todo para él. Vivir en una gozosa dependencia de Dios, sintiéndonos amados por Él es una buena cualidad del cristiano.
  • El niño tiene una enorme capacidad de asombro. Va aprendiendo “asombrándose de las cosas”. Abre sus ojos y estrena la vida cada día. Necesita expresar sus sentimientos “jugando”.  A los mayores nos hace mucho daño la costumbre, la rutina, el tedio, el aburrimiento.
  • El niño sólo tiene una ley: crecer. Es feliz teniendo un año más. En cambio, los mayores no crecemos, no evolucionamos, nos entristecemos al cumplir un año más. La mirada del mayor está puesta en un pasado nostálgico; en cambio la mirada del niño está en un futuro esperanzador. Y como el niño no tiene pasado, no tiene prejuicios, no tiene clichés, no juzga a nadie. Todas las personas pueden ser “sus tatos”, sus amigos. La vida se les llena de luz, de transparencia, de fragancia, de primavera,

Palabra del Papa

“Lo que quería decir resulta muy claro si recordamos el episodio sobre los niños presentados a Jesús «para que los tocara», descrito por todos los evangelistas sinópticos. Contra la resistencia de los discípulos, que quieren defenderlo frente a esta intromisión, Jesús llama a los niños, les impone las manos y los bendice. Y explica luego este gesto diciendo: «Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el Reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él». Los niños son para Jesús el ejemplo por excelencia de ese ser pequeño ante Dios que es necesario para poder pasar por el «ojo de una aguja», a lo que hace referencia el relato del joven rico en el pasaje que sigue inmediatamente después. Poco antes había ocurrido el episodio en el que Jesús reaccionó a la discusión sobre quién era el más importante entre los discípulos poniendo en medio a un niño, y abrazándole dijo: «El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí». Jesús se identifica con el niño, Él mismo se ha hecho pequeño. Como Hijo, no hace nada por sí mismo, sino que actúa totalmente a partir del Padre y de cara a Él”. (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, segunda parte, p. 7).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto. (Guardo silencio)

5.- Propósito: Vivir este día con “alma de niño” es decir, con sencillez, alegría y capacidad de asombro.

6.- Dios me ha hablado hoy a través de su palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Gracias, Señor, por esta bonita lección que me has dado. Quiero pasar por la vida con mi corazón de niño, amando a todos, disfrutando de todo, sintiéndome feliz al poder recibir de ti ese “abrazo” que un día diste a aquel niño. Que no entre en mí nunca la apatía, el aburrimiento, la desgana, el desinterés por la vida.

Obras son amores y no buenas razones

1.- Así dice el refrán castellano y, como la mayoría de ellos, está cargado de verdad. Seguramente os habréis dado cuenta, mis queridos jóvenes lectores, del interés que siento por Tierra Santa y las referencias que os doy a la cultura propia de la cuenca mediterránea. No es puro capricho. Si la Revelación, el fundamento de nuestra Fe, es de iniciativa divina libre y gratuita, tuvo su origen en un determinado terreno dotado de una geografía peculiar y donde habitaban concretas personas con su peculiar cultura. El paisaje y las costumbres dieron forma al lenguaje bíblico.

3.- Digo siempre, prácticamente lo mismo, pero con otras palabras: Tierra Santa es la matriz de la Palabra de Dios. Y vosotros bien sabéis que las características de un hombre vendrán condicionadas por sus genes, pero también por los avatares por los que pasó su madre cuando él estuvo en su seno. Si estuvo enferma, si fumó o bebió alcohol, si respiró la atmósfera contaminada de una gran urbe, la criatura gozará de menos calidades que si el embarazo transcurrió en el campo y se alimentó con sanos comestibles y bien sazonados. Conocer, pues, el paisaje y los usos y costumbres de la gente de aquel tiempo, ayudará a entender con más facilidad el mensaje bíblico.

4.- El largo prólogo que os he escrito, como tantas veces ocurre, pretende presentar unas nociones que deberán tenerse en cuenta para la lectura y entendimiento de los textos litúrgicos de la misa de este domingo.

El autor del libro del Eclesiástico habría observado o practicado, la labor del agricultor cuando pasa por el cedazo la mies o la harina. Una parte, la buena, atraviesa la malla, la otra, las piedrecitas o las pieles, que son inútiles, se quedan en el tamiz y luego se tiran. Algo semejante ocurre con la arcilla que escoge un alfarero. De su calidad, de la destreza que ponga al mover con sus pies el torno y con las manos mojadas modelar la pasta, de acertar la temperatura del horno al introducir la pieza, que deberá estar seca, y de sacarla, que será preciso hacerlo sin precipitarse, dependerá la calidad y belleza del producto.

5.- Así también al observar y saborear una fruta, conoceremos la calidad del árbol del que ha salido. Teniendo en cuenta estas imágenes, el autor inspirado nos dice que si queremos calibrar la bondad de una persona no la juzguemos por su facilidad de palabra y la elegancia de su expresión verbal, sino por lo acertado de su juicio.

–Hablando bien se puede engañar. Con bellos discursos engatusar malos productos.

–Buenas sentencias estas para completarlas con las del Señor en la lectura evangélica.

–Del árbol sano se obtienen frutos saludables. De las zarzas, que lo invaden todo y se agarran a todo, no salen más que espinas.

6.- Hay conductores que por lo noche piensan y dicen que los faros de los demás están mal reglados y deslumbran, sin importarles comprobar dónde y cómo enfocan los suyos. No os fijéis en las parrafadas despampanantes de un orador político, observad si en su proceder son honrados y generosos y atienden a las necesidades de su pueblo, cuando ocupan cargos. Hay quien va a clase a sacar faltas de la lección que dicta el maestro, creyéndose más espabilado y erudito que él. El alumno debe aprender cuando va a clase, ya llegará el día que poseyendo conocimientos suficientes académicos, podrá tal vez superar al profesor y hasta ser un genio. Mientras tanto que sea modesto.

7.- Sorprende, pero no debería sorprendernos, que de una persona sencilla y buena, salgan favores, que un egoísta, pedante y narcisista, nunca sabrá otorgar. Fijaos bien en la bondad del hombre bueno y no hagáis caso del que se vanagloria de sus cualidades, pero a nadie da nada.

8.- Las flores de invierno y primavera, ingenuas y atrevidas, son más bellas que las que se están ahora incubando en invernaderos y saldrán a los mercados más tarde, de bello aspecto, pero, casi siempre, sin perfume e incapaces de permanecer vivas. Una planta silvestre, diminuta y perfumada, con su flor incauta, encontrada casualmente por la montaña, podéis ofrecerla, mis queridos jóvenes lectores, a la persona que más améis o depositarla junto al sagrario. Sabrá que el regalo es demostración de que la amáis, o expresión de amor y adoración a Jesús Eucaristía, sin que haya intervenido el dinero que podáis poseer, más o menos bien conseguido.

Pedrojosé Ynaraja

Comentario – Sábado VII de Tiempo Ordinario

(Mc 10, 13-16)

Este texto sobre los niños nos indica dos cosas; por un lado la mirada de amor que Dios dirige a los niños.

No olvidemos que en aquella época se decía «tantas personas, sin contar las mujeres y los niños»; parecía como si mujeres y niños no fueran plenamente seres humanos. No era así para Jesús, que no sólo se detenía a acariciarlos y a bendecirlos, sino que además decía que el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos.

Pero por otra parte el evangelio nos invita a recuperar la actitud de humilde confianza que caracteriza a los niños (Sal 131); el Reino de Dios debe ser recibido con esa confianza, propia del que sabe que solo no puede, que necesita del poder de Dios, que sin el Señor no tiene fuerza ni seguridad.

Esta actitud de confianza plena, que puede llamarse «infancia espiritual» no es un infantilismo, y tampoco es una añoranza melancólica de la niñez. Es más bien una actitud adulta del que sabe colocarse frente a Dios como corresponde, con las manos vacías, sabiendo que ante su infinita grandeza y ante su amor de Padre sólo cabe una actitud de dependencia humilde y de sincera gratitud. Así lo expresaba Santa Teresa de Lisieux: «En el atardecer de esta vida me presentaré ante ti con las manos vacías Señor, porque no te pido que cuentes mis obras… Quiero recibir de tu amor la posesión eterna de ti».

Oración:

«Señor, ayúdame a depender de ti como un niño, liberado de la soberbia y de las falsas seguridades; ayúdame a descubrir que sólo en ti está mi fortaleza, que sin ti no puedo, que sólo en tu poder mi vida se hace firme». 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Comentario – Sábado VII de Tiempo Ordinario

Mc 9, 2-13

Presentáronle unos niños para que los tocase; pero los discípulos los reprendían. Viéndolo Jesús se enojó… y abrazándolos, los bendijo imponiéndoles las manos.

Marcos, Mateo y Lucas cuentan esta escena. Pero es interesante comparar los tres relatos: solamente Marcos ha notado que Jesús se enojó… sólo Marcos dijo que los abrazaba… (Mt 19, 13-15; Lc 18, 15-17).

Esto nos revela un Jesús muy «humano», próximo a nosotros… un Jesús que se enoja cuando no está de acuerdo… un Jesús tierno, amoroso, sensible, un Jesús que abraza…

¡Esto pone más en evidencia el contraste entre su actitud y la actitud de los apóstoles, «que regañaban a los niños! ¡Cuando se acaricia a un niño, cuando se besa a un niño, cuando se defiende a los niños… se continúa una actitud profunda de Jesús! Para Jesús ningún ser es insignificante: el mas pequeño, el más débil, el más indefenso, es el más sagrado.

«Dejad que vengan a mí los niños, y no se lo estorbéis, porque de ellos y de los que se semejan a ellos es el Reino de Dios».

No se trata pues tan sólo de un amor natural, encantador, es una toma de posición teológica, como diríamos hoy: para Jesús, el Reino de Dios no está reservado exclusivamente a los adultos. Los niños son capaces de entrar en relación con Dios de un modo muy auténtico.

Las comunidades primitivas, a las que Marcos se dirigía conocían ya la controversia que subsiste aún en nuestros días: ¿hay que bautizar a los niños pequeños, hay que integrarles a la vida de la comunidad litúrgica, hay que hacerles participar de la eucaristía? Ahora bien, el Judaísmo tendía a considerar al niño como cantidad desdeñable durante su tierna edad: la entrada verdadera en la Sinagoga se hacía alrededor de los doce años. Y en la sociedad romana en tiempo de san Marcos, era todavía más rotundo: el niño estaba en una situación de total dependencia de los adultos.

Las tomas de posición de Jesús «en favor de los niños», en este contexto tienen una resonancia capital: el niño no es insignificante, ¡es una persona! Y delante de Dios tiene un valor infinito. Múltiples palabras de Jesús lo prueban.

En verdad os digo: «quien no acoge el Reino de Dios como lo hace un niño, no entrará en él.

No solamente el niño es capaz de una verdadera relación con Dios… sino que, en este punto preciso se da como ejemplo a los adultos.

Tratemos de comprender bien la profundidad de este texto capital: no es una exhortación a cualquier infantilismo, ni siquiera una nostalgia de la inocencia y del frescor puro de nuestros años jóvenes… Es una invitación a ponernos en relación con Dios en una total «dependencia» de El: el niño es aquí el símbolo de la disponibilidad, de la dependencia, de la obediencia. El niño no calcula, se da todo él, de una pieza, sin discutir, sin hacer comentarios… mientras que el adulto tiende a perderse en el análisis complicado de sus razonamientos.

El niño dado como ejemplo a los adultos es el que se echa en brazos de su madre y ¡que confía plenamente en ella… para todo! El niño no puede vivir si no es amado. Vive de este amor. Depende vitalmente de este amor. Es para él una cuestión de vida o muerte.

Pues bien, Jesús nos dice: sed así ante vuestro Padre del cielo. Es también una cuestión de vida o muerte: «¡el que no acepta el Reino como lo hace un niño, no entrará en él!» Hay toda una concepción teológica sobre la «gracia», sobre la vida sobrenatural, en esta fórmula aparentemente tan benigna y tan sencilla.

Noel Quesson
Evangelios 1

Comentario – Domingo VIII de Tiempo Ordinario

El pasaje evangélico de este día reúne un conjunto de sentencias de carácter proverbial, al estilo de esos proverbios que recogen los libros sapienciales del Antiguo Testamento y que con toda seguridad utilizó Jesús en su predicación. Ya el libro del Eclesiástico usaba este género de enseñanza tan ligado a la sabiduría popular: Se agita la criba y queda el desecho, así el desperdicio del hombre cuando ex examinado.

Todos pasamos por diversos exámenes a lo largo de la vida: el examen repetido de nuestros padres en la infancia, el de nuestros maestros y profesores en la escuela y en el instituto, el de nuestro confesor; exámenes de conducta, académicos, test de inteligencia, pruebas de acceso a la universidad o a un puesto de trabajo en una empresa, exámenes de oposición; el profesor examina a sus alumnos, pero también los alumnos examinan al profesor; y nos examinamos cuando damos cuenta de nuestro saber, valía, competencia, capacidad intelectual, madurez. También Dios nos pedirá cuenta de la gestión de los talentos recibidos; también prueba nuestra capacidad de aguante, nuestra firmeza, nuestra paciencia, etc.

El hombre –sentencia el Eclesiástico- se prueba en su razonar; el fruto muestra el cultivo de un árbol, la palabra la mentalidad del hombre; no alabes a nadie antes de que razone, porque ésa es la prueba del hombre. Lo propio del hombre, a diferencia de los animales, es su capacidad para razonar. Y el cauce del razonamiento es la palabra: en ella se nos ofrece la razón del que habla.

Por sus frutos se conoce la naturaleza y calidad del árbol y el fruto del razonar humano se sirve en la palabra; por eso la palabra nos muestra la mentalidad del que la profiere y por su palabra podremos conocer la naturaleza y calidad del hombre que hace uso de ella. El razonar de esa persona nos mostrará si es sensata o insensata, si es razonable y juiciosa o irracional, frívola o insustancial, si es prudente o temeraria, si es bondadosa o cruel, si es generosa o mezquina. Es verdad que las palabras pueden ocultar la mentira, pero también las obras pueden esconder hipocresía. También los árboles ofrecen frutos aparentemente sanos, pero dañados por dentro.

Todo en esta vida está expuesto a la mentira o mostrar una apariencia engañosa de verdad. Cualquier examinador puede ser engañado, salvo el que ve y lee el corazón y penetra los pensamientos. Y ése es únicamente Dios, el Juez supremo y último, Aquel al que hemos de dar cuentas en nuestro examen final. Y éste versará sobre lo que hayamos dicho (palabras) y hecho (obras); porque tan benéficas o dañinas pueden ser nuestras palabras como nuestras obras: hablando mal, también hacemos mal; pero lo que decimos o hacemos no es sino el fruto de lo que somos, porque la boca habla lo que rebosa del corazón y el que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien.

Si el corazón de un hombre está lleno de amargura, las palabras que salgan de su boca serán amargas; si está lleno de entusiasmo o de esperanza, las palabras que broten de él llevarán su marca, serán entusiastas y esperanzadas. ¿Qué otra cosa que bien puede sacar de su corazón el que es bueno? Si esto es así, a lo primero que debemos prestar atención es a la propia interioridad, examinando lo que estamos almacenando en ella, porque podemos almacenar amor u odio, fe o desconfianza, esperanza o amargura y porque no podremos sacar al exterior más que lo que hemos atesorado dentro: si bondad, el bien; si maldad, el mal.

No obstante, nosotros no solemos ser ni enteramente buenos, sin ninguna mezcla de maldad, ni enteramente malos, sin ninguna capacidad para el bien. Eso significa que, aun siendo buenos, no dejamos de ser sujetos de reprensión o de corrección. De ahí la advertencia de Jesús: ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: «Hermano, déjame que te saque la mota del ojo», sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano.

Antes de intentar corregir el defecto (la mota) del hermano, hemos de volver nuestra mira examinadora a nosotros mismos para corregir nuestro pecado (la viga de nuestro ojo), porque éste (impureza, soberbia, rencor, antipatía, envidia) nos incapacita para ver con objetividad y claridad lo que debe corregirse en el hermano. Sólo tras la purificación de intenciones, sentimientos, juicios, estaremos debidamente equipados para proceder a la corrección fraterna.

Y esto es aplicable a todos los campos de la vida. Mejorar el mundo, el pequeño mundo que nos rodea, el de nuestra familia, comunidad, vecindad, laboriosidad, supone una mirada previa (juicio) que nos permita conocer el mal que hay que corregir o sanar; pero esa mirada debe ser limpia, purificada de elementos distorsionantes que enturbien, deformen o impidan la visión real de las cosas: una mirada comprensiva y compasiva, que no persiga otra cosa que hacer mejores. Sólo así podremos empeñarnos con eficacia en su transformación.

Pero con frecuencia sufrimos el espejismo de creer ver motas en todos los ojos ajenos, motas que nos parecen vigas, como a Don Quijote le parecían gigantes los molinos de viento de la Mancha, mientras que nuestras vigas nos parecen motas, cosas insignificantes, faltas que no merecen siquiera consideración. De ahí que tengamos que tener sumo cuidado para no engañarnos a nosotros mismos.

Pero al final, si superamos el examen, obtendremos la recompensa. San Pablo nos lo recuerda, y nosotros debemos acudir a este recuerdo sobre todo cuando veamos flaquear nuestras fuerzas: Trabajad siempre –decía él- por el Señor sin reservas, convencidos de que el Señor no dejará sin recompensa nuestra fatiga. Dios, que nos sacó de la nada, no permitirá nuestra vuelta a la nada.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Comentario – Sábado VII de Tiempo Ordinario

El aprecio de Jesús por los niños es realmente notable. Así ha quedado reflejado en los evangelios, en que los niños aparecen con frecuencia como modelos dignos de imitación, lo cual no deja de causar extrañeza.

En cierta ocasión, nos dice Marcos, presentaron a Jesús unos niños para que los tocara. El hecho de que se los presentaran da a entender que eran realmente pequeños, llevados en brazos o de la mano de sus padres (no son los niños los que se acercan a él como formando corro a su alrededor), y que la iniciativa es de los acompañantes o familiares de los mismos. Se los presentan para que les toque. Confían, pues, en el efecto benéfico del tacto de Jesús. Entienden que de sus manos destilan bondad, y salud, y gracias celestiales.

En ese preciso instante comparecen los discípulos de Jesús para regañar a la gente que así actúa; quizá les incomode el alboroto o las interrupciones derivadas de esa acción; quizá quieran evitarle molestias a su Maestro. En cualquier caso, aquella intervención provocó el enfado de Jesús que no quiere que le impidan el contacto con los niños, y lo expresa manifiestamente: Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son modo ellos es el Reino de Dios.

En esta frase nos dejó una bella enseñanza en relación con los niños. Estos merecen toda su atención, tanto o más que los adultos. De ellos es el Reino de Dios; porque si de los que son como ellos es el Reino de Dios, mucho más lo será de ellos. Y él está en este mundo para anunciar la cercanía de este Reino y para hacerlo presente.

Si tal es el caso, los niños pasan a tener un protagonismo inesperado en relación con el Reino, no tanto por lo que son –y que dejarán de ser-, sino por lo que representan –y hay que llegar a ser-. Para formar parte del Reino de Dios es preciso aceptarlo, y quizá no haya mejor modo de hacerlo que el de un niño. Por eso, para entrar en él hay que acogerlo como un niño, cuando ya no se es niño. ¿Y qué es acogerlo como un niño?

En un niño encontramos de ordinario docilidad para dejarse guiar, aunque también ingenuidad; conciencia de la propia pequeñez y, por tanto, necesidad de recurrir a los mayores, que son quienes deben solucionar sus problemas; inocencia virginal para recibir lo que viene de fuera y no ha despertado aún su desconfianza; abandono en manos de los que son más fuertes o de quienes tienen el deber de protegerlos; asombro ante la vida y las novedades que les presenta.

Se ha hablado mucho de la infancia espiritual, tan ligada a la biografía de ciertos santos como Teresa de Lisieux: un estado del espíritu que refleja muchos de los rasgos de la infancia: inocencia, abandono, humildad, docilidad, etc. Es este hacerse como niños, necesario para entrar en el Reino de Dios. ¡Cómo no va a ser requisito necesario para entrar en el Reino de Dios acoger al Dios de ese Reino, acoger el amor de ese Dios! Sin el amor de Dios, acogido y gozado, y presente en todos los rincones, no puede haber Reino de Dios. Y la mejor forma de acoger ese amor es hacerse como un niño. Un niño, mientras es niño, no sabe hacer otra cosa que dejarse amar. Es pura receptividad.

Esto mismo es lo que se aprecia en la narración evangélica: no eran ellos los que abrazaban a Jesús, sino Jesús quien los abrazaba y bendecía a ellos. No es extraño que los teólogos invoquen este pasaje para justificar el bautismo de los niños, bautismo en el que no son ellos (los bautizandos) los que se acercan a Jesús, sino Jesús quien se acerca a ellos, o mejor, en el que son llevados a Jesús para que él les abrace, les bendiga, les limpie, les imponga las manos, les unja y les dé una nueva vida. Aquí se resalta mucho más la gratuidad del don y la pasividad del agraciado que en el caso del bautismo de adultos.

Pues bien, ya no queda sino invitaros a haceros como niños en la presencia de Dios, de su mensaje y de sus dones. ¿No sucede que los hijos nunca dejan de ser del todo niños en relación con sus padres, y eso aun habiendo pasado a ser sus cuidadores (respectivamente, padres) en su estado de ancianidad?

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

La bodad siempre florece

1.- Como de costumbre, tenemos una relación muy precisa entre la primera lectura y la tercera, el evangelio. El Libro del Eclesiástico., en su capitulo 27 y Lucas en el capitulo 6 de su relato evangélico coinciden en su diagnostico de no precipitarse en el juicio hacia los demás. La distancia temporal entre el texto del Antiguo Testamento y el momento en que san Lucas recoge las palabras de Jesús que acabamos de escuchar en considerable. Pero también son muchos años los dos mil transcurridos desde que Jesús de Nazaret predicaba por las tierras de Palestina y nuestros tiempos, pero todo sigue igual. Y aunque Jesús es drástico y hasta muy duro en sus palabras, los cristianos hemos seguido apreciando más la mota en ojo ajeno que la viga en la nuestra. La hipocresía, con la soberbia, son los más grande defectos de la humanidad a lo largo de los siglos.

2.- San Pablo en su carta primera a los Corintios nos transmite las siguientes frases “La muerte ha sido absorbida en la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?”. Obviamente la victoria es de Cristo y según Pablo de Tarso la muerte es el pecado. Hoy., todavía, impresionan esas frases, aun limitadas un tanto por las muchas veces que las hemos escuchado. Pero si todos los humanos hemos de acabar en la muerte parece que esta, finalmente, vence. Pero, no; nuestro final no existe porque seguiremos viviendo junto a Cristo.

3.- La bondad del hombre aparece sin esfuerzo y sin grandes investigaciones. Está presente en su vida cotidiana y en su relación con los demás hermanos. Y Cristo señala que puede ser similar para el hombre malo: a la maldad se la ve venir. Sin duda, hay hombres y mujeres malvados que tapan, que ocultan, su maldad y no asumen su mal proceder. Pero no podrán ocultar su desafuero por mucho tiempo. Y aunque algunos intentan disfrazar su maldad en bien, tampoco lo consiguen. El mensaje de Jesús de Nazaret queda muy claro: “El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca”.

Saquemos pues nuestras consecuencias y, sobre todo, sigamos, junto a Jesús, las muchas vicisitudes de nuestras vidas. El bien ha de ser nuestra divisa y el amor a nuestros hermanos, el mejor trabajo cotidiano.

Ángel Gómez Escorial

Cuidemos nuestras palabras y nuestras obras en las relaciones con los demás

1.- ¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? – ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? – Cada árbol se conoce por su fruto. – De lo que rebosa el corazón habla la boca.

En este relato evangélico, según san Lucas, Jesús propone a sus discípulos cuatro reflexiones sapienciales, que eran dichos populares, para que reflexionen sobre ellos y los tengan en cuenta durante su vida diaria. Nosotros debemos reflexionar sobre ellos como si Jesús nos los hubiera dicho a cada uno de nosotros. El primero –¿acaso puede un ciego guiar a otro ciego? — está dirigido especialmente a todos los que, de una manera o de otra, tenemos la obligación de guiar y educar a los demás: padres, profesores, educadores, catequistas, escritores, etc. Tenemos la obligación de ser autocríticos, social y moralmente, a la hora de juzgar y hablar de los demás; que nadie pueda aplicarnos el otro dicho popular: consejos vendo, pero para mí no tengo. Seamos consecuentes y lógicos antes de atrevernos a aconsejar o criticar a los demás. Que todas las personas a las que tenemos la obligación de guiar puedan vernos moralmente como a auténticos guías morales. Al segundo — ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? — le pedimos aplicar todo lo que hemos dicho sobre el primero, porque el que pretende guiar a una persona tiene que conocerlo y juzgarlo de alguna manera. El tercero – Cada árbol se conoce por su fruto– se refiere a la necesaria relación que debe existir entre nuestra profesión social y pública y lo que realmente hacemos cada día, entre lo que públicamente somos y los que públicamente hacemos. A todos los políticos y escritores les vendrá muy bien que reflexionen sobre este dicho. El cuarto – de lo que rebosa el corazón habla la boca- nos dice que si queremos cambiar de verdad de conducta debemos empezar por cambiar previamente nuestro corazón. “Cambia tu corazón y cambiarán tus obras”, nos dice san Agustín. Si somos buenos de corazón, seremos compasivos y misericordiosos con los demás y no querremos nunca hacer mal a nadie. Jesús tenía un corazón manso y humilde y, por eso, quería de verdad a todas las personas y, de una manera especial, a los que más necesitaban ayuda y comprensión: pobres, marginados, pecadores… El corazón es siempre la fuente primera de donde nacen todas nuestras buenas obras. Pidamos hoy todos a Dios que nos dé un corazón manso y humilde, porque sólo así podremos llamarnos de verdad discípulos de Cristo.

2.- Cuando la persona habla se descubren sus defectos, la persona es probada en su conversación, la palabra revela el corazón de la persona. Todo lo que nos dice esta lectura del libro del Eclesiástico está yo suficientemente explicado en el comentario del relato evangélico.

3.- Cuando esto visible se vista de incorrupción se cumplirá la palabra que está escrita “La muerte ha sido absorbida por la victoria”. De modo que, hermanos míos, entregaos siempre sin reservas a la obra del Señor, convencidos de que vuestro esfuerzo no será vano en el Señor.

Como nos dice hoy san Pablo en esta su carta a los Corintios, si somos buenos discípulos de Cristo la muerte física de nuestro cuerpo no será nunca una victoria sobre la verdadera vida que Cristo nos ha ganado con su vida, muerte y resurrección. Seremos eternos junto a Dios gracias a los méritos de nuestro Señor Jesucristo. Digamos, pues, con el salmo responsorial “es bueno dar gracias siempre al Señor”.

Gabriel González del Estal

Dar fruto de buenas obras

1.- Lo que hay en el hombre se revela por sus palabras y por sus hechos. El Sirácida escribe este libro de la Sabiduría en una época muy cercana ya a la venida de Jesucristo. Se trata de un hombre que ha viajado mucho, que conoce el corazón del hombre. Sabe ver y admirar a Dios, que se encuentra en «todas las cosas». De ahí que su tarea consista en brindar al pueblo un buen manual que le facilite la vivencia de la sabiduría y el temor de Dios y que le ayude a profundizar en su fe en el Señor. En este pasaje dice que lo que hay en el hombre se revela por sus palabras y por sus hechos. No es el juzgar precipitadamente, sino el examen atento y objetivo el que proporciona el don de la sabiduría. Este examen es necesario cuando necesitamos decidir si queremos conceder a una persona nuestra confianza. Por sus hechos demostrará que podemos fiarnos. Hay una gran relación entre esta lectura y el evangelio de este domingo.

2.- Ver antes nuestros fallos que los de los demás. El evangelio de Lucas continúa con el «discurso del llano». Las enseñanzas sobre el ciego que guía a otro ciego y la de los árboles que dan buenos o malos frutos se aplican a todo el mundo, empezando por los mismos discípulos, que de este modo son invitados a hacerse autocrítica seria. No debemos creernos demasiado sabios ni pretender dirigir a los demás, sino que tenemos que conocer cuáles son nuestras propias posibilidades y la necesidad que todos tenemos de aprender y buscar luz. El discípulo siempre debe estar en estado de aprendizaje, intentando llegar a ser como su maestro, Jesús. No debemos corregir a los demás sin haber mirado antes si nosotros tenemos algo por corregir. El texto es desmesuradamente exagerado (¡una viga en el ojo!), pero es que también es muy absurda la pretensión de arreglar la vida de los demás, cuando uno tiene tantas cosas por arreglar en la suya. La exageración de la imagen muestra que Jesús debía tener especial interés en prevenir a sus discípulos ante esta manera de actuar, y que debía pensar que era muy fácil caer en ella. Un aviso también para nosotros, para que evitemos caer en la crítica destructiva hacia los demás. Primero hay que reconocer nuestros propios fallos

3.- «Por sus frutos los conoceréis«. Son los hechos, el modo de hablar y de actuar, los frutos, lo que muestra quién es y cómo es cada persona. Es lo que resume la famosa frase: «Por sus frutos los conoceréis». Lo importante es saber qué llevamos dentro, qué criterios y qué actitudes de fondo nos mueven a actuar. Porque si lo que llevamos dentro es bondad, lo que aflorará serán frutos de bondad, mientras que si llevamos maldad, los frutos serán de maldad. Hay un «modo de ser», una manera de entender la vida y las relaciones con los demás, que es la del Reino, y otra que es contraria al Reino. Está claro que necesitamos conversión (metanoia), un cambio en la manera de pensar y de ver las cosas.

José María Martin OSA