Cuidemos nuestras palabras y nuestras obras en las relaciones con los demás

1.- ¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? – ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? – Cada árbol se conoce por su fruto. – De lo que rebosa el corazón habla la boca.

En este relato evangélico, según san Lucas, Jesús propone a sus discípulos cuatro reflexiones sapienciales, que eran dichos populares, para que reflexionen sobre ellos y los tengan en cuenta durante su vida diaria. Nosotros debemos reflexionar sobre ellos como si Jesús nos los hubiera dicho a cada uno de nosotros. El primero –¿acaso puede un ciego guiar a otro ciego? — está dirigido especialmente a todos los que, de una manera o de otra, tenemos la obligación de guiar y educar a los demás: padres, profesores, educadores, catequistas, escritores, etc. Tenemos la obligación de ser autocríticos, social y moralmente, a la hora de juzgar y hablar de los demás; que nadie pueda aplicarnos el otro dicho popular: consejos vendo, pero para mí no tengo. Seamos consecuentes y lógicos antes de atrevernos a aconsejar o criticar a los demás. Que todas las personas a las que tenemos la obligación de guiar puedan vernos moralmente como a auténticos guías morales. Al segundo — ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? — le pedimos aplicar todo lo que hemos dicho sobre el primero, porque el que pretende guiar a una persona tiene que conocerlo y juzgarlo de alguna manera. El tercero – Cada árbol se conoce por su fruto– se refiere a la necesaria relación que debe existir entre nuestra profesión social y pública y lo que realmente hacemos cada día, entre lo que públicamente somos y los que públicamente hacemos. A todos los políticos y escritores les vendrá muy bien que reflexionen sobre este dicho. El cuarto – de lo que rebosa el corazón habla la boca- nos dice que si queremos cambiar de verdad de conducta debemos empezar por cambiar previamente nuestro corazón. “Cambia tu corazón y cambiarán tus obras”, nos dice san Agustín. Si somos buenos de corazón, seremos compasivos y misericordiosos con los demás y no querremos nunca hacer mal a nadie. Jesús tenía un corazón manso y humilde y, por eso, quería de verdad a todas las personas y, de una manera especial, a los que más necesitaban ayuda y comprensión: pobres, marginados, pecadores… El corazón es siempre la fuente primera de donde nacen todas nuestras buenas obras. Pidamos hoy todos a Dios que nos dé un corazón manso y humilde, porque sólo así podremos llamarnos de verdad discípulos de Cristo.

2.- Cuando la persona habla se descubren sus defectos, la persona es probada en su conversación, la palabra revela el corazón de la persona. Todo lo que nos dice esta lectura del libro del Eclesiástico está yo suficientemente explicado en el comentario del relato evangélico.

3.- Cuando esto visible se vista de incorrupción se cumplirá la palabra que está escrita “La muerte ha sido absorbida por la victoria”. De modo que, hermanos míos, entregaos siempre sin reservas a la obra del Señor, convencidos de que vuestro esfuerzo no será vano en el Señor.

Como nos dice hoy san Pablo en esta su carta a los Corintios, si somos buenos discípulos de Cristo la muerte física de nuestro cuerpo no será nunca una victoria sobre la verdadera vida que Cristo nos ha ganado con su vida, muerte y resurrección. Seremos eternos junto a Dios gracias a los méritos de nuestro Señor Jesucristo. Digamos, pues, con el salmo responsorial “es bueno dar gracias siempre al Señor”.

Gabriel González del Estal

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