Discernimiento

En mi adolescencia fui fan de un grupo musical, tenía todos sus discos y no me cansaba de escucharlos. Pero un día escuché una entrevista a uno de sus miembros, en la que expuso su opinión sobre un tema que para mí era muy importante. Lo que dijo y cómo lo dijo no me gustó nada y, desde ese momento, empecé a perder el interés por ese grupo. Es algo muy habitual: nos dejamos llevar por la primera impresión que tenemos de alguien (sea cantante, actor, deportista, político o, simplemente, alguien a quien acabamos de conocer) y nos formamos una imagen idealizada sin conocer realmente a esa persona. Y, más tarde, al conocer mejor cómo es esa persona, al oírla hablar y verla actuar, la imagen idealizada se nos rompe.

Esto, en el caso de cantantes, actores, deportistas… no tiene mayor trascendencia. Pero en otros campos sí la tiene: por ejemplo, si nos dejamos llevar por la primera impresión de un político y le damos nuestro voto “porque nos cae bien”, sin escucharle, quizá después nos arrepintamos.

Y más importancia tiene en las relaciones de amistad o amor: podemos quedar deslumbrados por la primera impresión que alguien nos causa sin profundizar más, depositamos en esa persona nuestra confianza, nos hacemos planes… pero si después descubrimos que no es como pensábamos, la ruptura puede ser muy difícil y dolorosa y lamentamos profundamente habernos confiado tanto.

Por eso, la Palabra de Dios de este domingo nos hace una llamada a ir más allá de la primera impresión en nuestras relaciones personales, sociales, etc., para no caer ni en idealizaciones ni en prejuicios. La 1ª lectura nos decía: Cuando la persona habla, se descubren sus defectos. La palabra revela el corazón de la persona. No elogies a nadie antes de oírlo hablar, porque ahí es donde se prueba a una persona.

Y, en el Evangelio, Jesús nos ha dicho que el hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca.

No se trata de ser unos desconfiados, sino de tener abiertos los ojos, los oídos y el entendimiento para evitar en lo posible las malas decisiones. Se trata de aprender a discernir, que “no supone solamente una buena capacidad de razonar o un sentido común, es también un don que hay que pedir”. (Gaudete et exsultate 166)

Lo que queremos, como cristianos, es que la fe en Cristo ilumine nuestra vida y que nuestra vida sea coherente con esa fe, sin dejarnos llevar por primeras impresiones o imágenes idealizadas. Como escribió el Papa Francisco en “Gaudete et exsultate”, en el discernimiento “se trata de entrever el misterio del proyecto único e irrepetible que Dios tiene para cada uno y que se realiza en medio de los más variados contextos y límites. No está en juego sólo un bienestar temporal, ni la satisfacción de hacer algo útil, ni siquiera el deseo de tener la conciencia tranquila. Está en juego el sentido de mi vida ante el Padre que me conoce y me ama, el verdadero para qué de mi existencia que nadie conoce mejor que él”. (170)

Por eso “el discernimiento no sólo es necesario en momentos extraordinarios, o cuando hay que resolver problemas graves, o cuando hay que tomar una decisión crucial. Es un instrumento para seguir mejor al Señor. Nos hace falta siempre, para estar dispuestos a reconocer los tiempos de Dios y de su gracia, para no desperdiciar las inspiraciones del Señor, para no dejar pasar su invitación a crecer. Muchas veces esto se juega en lo pequeño, en lo que parece irrelevante, porque la magnanimidad se muestra en lo simple y en lo cotidiano”. (169)

¿En ocasiones me he dejado llevar por la primera impresión? ¿Me arrepentí después? ¿Sé discernir mi vida, y lo que concierne a mi vida? ¿Lo hago habitualmente o sólo en momentos puntuales?

Como dice el Papa, “hoy día, el hábito del discernimiento se ha vuelto particularmente necesario. Porque la vida actual ofrece enormes posibilidades de acción y de distracción, y el mundo las presenta como si fueran todas válidas y buenas. Sin la sabiduría del discernimiento podemos convertirnos fácilmente en marionetas a merced de las tendencias del momento”. (167)

Nos disponemos a iniciar la Cuaresma, un tiempo de gracia para ejercitarnos en el discernimiento, para que nuestra vida personal, familiar, laboral, social, política… sea más coherente con el Evangelio. Pidamos el don del discernimiento y aprendamos a utilizarlo, porque “necesitamos crear lugares donde regenerar la propia fe en Jesús crucificado y resucitado, donde compartir las propias preguntas más profundas y las preocupaciones cotidianas, donde discernir en profundidad con criterios evangélicos sobre la propia existencia y experiencia, con la finalidad de orientar al bien y a la belleza las propias elecciones individuales y sociales”. (Acción Católica Italiana, mensaje de la XIV Asamblea Nacional, citado en Evangelii gaudium 77)

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