Homilía – Domingo I de Cuaresma

TENTADOS Y TENTADORES

LA VOZ DE ALERTA

Con qué énfasis los padres y los hermanos mayores tratan de abrir los ojos a los hijos y hermanos menores sobre el efecto que les están causando o les pueden causar las malas compañías, los malos ambientes… Ellos no se dan cuenta, están inmersos en la atmósfera, y todo les parece natural. Si lo hacen todos, ¿por qué ellos no? Eso es lo que, sin darnos cuenta, puede ocurrimos a nosotros, envueltos en un ambiente de contaminación y contaminados nosotros también. Pero somos afortunados: Jesús es el hermano mayor que nos alerta, nos abre los ojos.

Todos los comentaristas bíblicos están de acuerdo en que el relato sobre las tentaciones es una escenificación de las tentaciones que Jesús sufrió a lo largo de toda su vida. No hubieran podido ser filmadas porque sus personas y escenas eran imaginarias; pero el hecho de que las tentaciones de Jesús no fueran localizables no quiere decir que no fueran reales. Los evangelistas las ponen en paralelo a las tentaciones que sufrió el pueblo elegido en su marcha a la tierra de promisión y las que sufre y sufrirá el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, cada uno de los cristianos y, en definitiva, toda persona. El relato presenta a Jesús como el hombre que «venció al mal con el bien» (Rm 12,21) y que nos incita a optar con sensatez como él lo hizo.

A veces las tentaciones y los tentadores son muy concretos, tienen rostro; pero, generalmente, son los modos mundanos y antievangélicos de vida que percibimos a diario los que nos tientan. Se trata de modos equivocados de reafirmarse, de realizarse, de querer ser feliz, con los que nos familiarizamos y connaturalizamos porque es la atmósfera que respiramos.

Estas tentaciones nos llegan desde la familia, desde los compañeros de trabajo, desde el ambiente vecinal y de amigos, desde los medios de comunicación social que presentan como algo natural modos frívolos de vida y canonizan diversas formas de egoísmo. Y porque son difusas y nos envuelven, son más peligrosas, porque ni siquiera las reconocemos como tentaciones ni como formas perjudiciales de vida. El mensaje evangélico nos recuerda que a quien hemos de seguir es a Jesús, aunque sea a contrapelo de la sociedad.

 

VALORES CONFESADOS, PERO NO VIVIDOS

El hecho de que nuestra sociedad se tenga por cristiana por el hecho de verificar determinados gestos religiosos y proclamar teóricamente los valores cristianos hace que fácilmente nos identifiquemos con su estilo de vida sin presentar resistencias. Eso es lo que los psicólogos y sociólogos llaman «valores confesados pero no vividos». Es una forma pagana de vivir pero con envoltorio religioso. Por ejemplo, el 83% se confiesa cristiano, pero, ¿cuántos viven el cristianismo? Un gran porcentaje de ciudadanos apostata del consumismo, lo critica, pero casi todos incurren en él. Para los españoles la familia es el primer valor (teórico), porque en la práctica ya sabemos lo que pasa. Se aceptan teóricamente las bienaventuranzas, se confiesa a Jesús de Nazaret como el Hijo de Dios, el Maestro insuperable de todos los tiempos, se le reconoce (teóricamente) como «el Señor», pero después se sirve a otros señores: dinero, sexo, éxito social (Mt 6,24) y se viven las «bienaventuranzas del mundo». Todos sabemos cuál es la jerarquía de valores que, de hecho, gobierna nuestra sociedad.

Esta atmósfera que se respira de forma insensible constituye una gran tentación difusa y muy peligrosa. Esto lleva al cristiano a legitimar fácilmente sus comportamientos con las pautas sociales del entorno: «Esto es lo que hace todo el mundo; no vas a ser el raro». En muchos enfoques y actitudes que no son evangélicos los cristianos hemos de ser unos «herejes sociales», como lo fue Jesús de Nazaret. Él fue tentado como nosotros a aclimatarse a los esquemas y expectativas de la sociedad en que vivía; sintió la presión de su entorno a adoptar un mesianismo fácil, eficacista, espectacular. Pero no se dejó seducir (Hb 4,15). Nosotros, en mayor o menor medida, estamos enganchados a los ídolos. Y eso a pesar de nuestra fe y de nuestra vivencia cristiana. Por eso, no sólo hemos de abrir los ojos para no dejarnos seducir, sino que hemos de someternos a un proceso de liberación y de rehabilitación.

 

NUESTRAS TENTACIONES

Jesús, con el amor apasionado de amigo y hermano, nos lanza el grito de alerta ante las graves equivocaciones que siempre nos acechan. Con todo ello únicamente pretende que cada día seamos más humanos.

La primera equivocación es la de considerar la satisfacción de las necesidades materiales como el objetivo último y absoluto: «Di que estas piedras se conviertan en pan». Es la tentación de pensar que la felicidad última del hombre se encuentra en la posesión y el disfrute de los bienes. Es el afán enfebrecido de vivir para «tener», para consumir, en lugar de buscar tener simplemente para vivir y «ser». Según Jesús, esa satisfacción de las necesidades materiales, con ser muy importante, no es suficiente. El hombre se va haciendo humano cuando aprende a escuchar la palabra del Padre que le llama a vivir como hermano. Entonces descubre que ser hombre es compartir y no poseer, dar y no acaparar, crear vida y no explotar al hermano.

La segunda equivocación es la de buscar el poder, el éxito y el triunfo personal por encima de todo y a cualquier precio, cayendo esclavo de las idolatrías más ridículas. Según Jesús, el hombre acierta, no cuando busca su propio prestigio y poder en competencia y rivalidad con los demás, sino cuando es capaz de vivir en servicio generoso y desinteresado.

La tercera equivocación es la de tratar de resolver el problema último de la vida sin riesgos, luchas ni esfuerzos, utilizando interesadamente a Dios de manera mágica y egoísta. Según Jesús, entender así la religión es destruirla. La verdadera fe no conduce a la pasividad ni a la evasión; al contrario, quien ha entendido un poco lo que es ser fiel a Dios, se arriesga cada día más en la lucha por lograr una sociedad de hombres libres y hermanos.

 

«¡AYUDADME A SER HOMBRE!»

Hay que decir que dejarse arrastrar por la corriente de la sociedad, por una filosofía naturalista de la vida, por una felicidad fácil y barata, lleva a una vida sin calidad. Los habitantes del Primer Mundo teniéndolo todo, son infelices, están tristes. Evidentemente, su calidad de vida no corresponde a su nivel económico.

«¡Ayudadme a ser hombre, no me dejéis ser bestia!», clamaba Miguel Hernández. Es lo que dicen todos los padres a sus hijos: «Júntate con buenos amigos que te ayuden a ser mejor». Me decía un matrimonio amigo: «Si no fuera por el oxígeno que respiramos en el grupo cristiano, seríamos unos alejados, agnósticos o cristianos indecentes».

Pablo VI se quejaba de que los cristianos se dejan paganizar, en vez de cristianizar ellos: «Los paganos paganizan a los cristianos, en vez de cristianizar los cristianos a los paganos». Estamos llamados a regenerar el ambiente, a provocar el bien, la paz, la justicia, la ternura; a ser ventiladores que regeneren el ambiente. «Vence al mal con el bien» (Rm 12,21) era la consigna de Pablo.

Toda la vida, pero especialmente la Cuaresma, es tiempo para desintoxicarnos a fin de que el día de Pascua nos sintamos nuevos. Los evangelistas afirman que Jesús, después de las tentaciones, fue servido por los ángeles, del mismo modo que lo fue el pueblo de Israel en el desierto: recibieron provisiones «milagrosas». Jesús recibe también la visita del ángel consolador en el huerto de Getsemaní. «Quien se ufana de estar de pie, cuidado con caerse. Ninguna prueba os ha sobrevenido que salga de lo ordinario: fiel es Dios, y no permitirá que la prueba supere vuestras fuerzas. Ante la prueba Dios os dará fuerza para resistir» (1Co 10,12-13).

Un cristiano convertido de los ídolos a Jesús confiesa: «Yo era antes como un mendigo que me alimentaba de desperdicios; cuando el Señor me ha convertido, me veo sentado en un gran banquete que ni siquiera se imaginan los que, como yo antes, viven un cristianismo de trámite. Yo no me canso de invitar a todos: ‘Vengan, entren; no se pierdan el banquetazo. No sean insensatos'». Todos los que le conocen, comentan: «Desde que se ha convertido en un entusiasta de la religión, está feliz». Ante el hecho de que tantos abandonan la vivencia cristiana yendo tras los ídolos, Jesús nos pregunta como a los apóstoles ante el abandono masivo a causa del discurso eucarístico de Cafarnaún: «¿También vosotros queréis marcharos?». Contestemos resueltamente como Pedro: «Señor, ¿a quien vamos a acudir si sólo tú tienes palabras de vida eterna?» (Jn 6, 68-69).

Atilano Alaiz